En el cuarto aniversario del fallecimiento de mi madre, el pasado viernes 10 de julio, fui a homenajearla al Cementerio del Buceo, al panteón familiar García-Lagos. Con sus favoritos claveles blancos en mano, intenté entrar como siempre lo había hecho, a media mañana, pasado ya el frío matinal de levantamiento de la escarcha o rocío, tan fuerte en los parques. Impedido por el portón cerrado, un funcionario de una empresa de seguridad privada -en predio municipal, nótese- me informa que ahora en los cementerios solo están autorizadas visitas los días domingos y durante los entierros.
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A la triste frustración experimentada siguió una enorme sorpresa por la extraordinaria estupidez contraproducente de la medida, si es que había sido tomada con criterios sanitaristas; y luego, una importante indignación por la frustración sufrida, al constatar la certeza de la magna estupidez sanitaria, a la que se suma la inconveniencia de algunas medidas sindicales, según el testimonio de floristas del cementerio.
El empleado, un poco en broma, un poco conmovido por mi decepción seguida de abundantes y reflexivos insultos, se encogió de hombros y me dijo: “Si es para evitar aglomeraciones, tendría que ver cómo está el cementerio los domingos, y cómo vengo yo, como sardina en lata -tiempo que no oía eso- en el ómnibus para acá”. Toda una evaluación, casi obvia pero comprimida, certera y vivida, de la idiotez contraproducente que esa resolución-supuestamente para evitar contagios y aglomeraciones donde no los podría haber- provoca aglomerando las visitas y aglomerando el transporte público colectivo para esas visitas.
No se precisa ser infectólogo, virólogo o epidemiólogo para darse cuenta de que los cementerios son de los lugares menos proclives a los contagios, no solo de coronavirus, sino de cualquier dolencia transmisible. En primer lugar, porque es un lugar insuperablemente aireado, con máxima presencia de oxígeno, hiperventilado, con buena distancia entre panteones, natural carencia de aglomeración debido a los distintos días de entierro de los fallecidos e imposibilidad de contagio a los muertos y desde ellos (en otros visitas de aniversario, en cambio, los visitados son vivos y muchas veces ancianos contagiables o contagiosos).
Entonces, una aglomeración ejemplarmente improbable es sustituida, alegadamente para ‘evitar aglomeraciones’, por una muy probable aglomeración en cementerios, una objetiva aglomeración en puestos de floristas y comercios varios, y una superaglomeración en ómnibus. Recuérdese que, además, los domingos hay menor frecuencia de buses, menor aun por la pandemia. Nunca se podrían haber fomentado más aglomeraciones y perjuicios cotidianos que concentrando las visitas a cementerios los domingos. Es un ejemplo de medida contraproducente, un absurdo de manual, modelo de política pública inconveniente, diagnóstico equivocado y soluciones contraproducentes. Como el coronavirus: el disparate macroglobal se reitera, fractalmente, a nivel microsocietal.
La ira de los familiares visitantes, muchos de ellos venidos desde lejos, con niños y flores perecederas a cuestas, es empatizable emocionalmente y comprensible intelectualmente. “No nos dejan entrar los días de semana para que no haya contagios por aglomeración; pero hay más aglomeraciones los domingos en cementerios, comercios cercanos y buses; y se nos pudren las flores, y los niños se pasan pidiendo cosas”. Me hace acordar al heroico helicóptero del Ministerio del Interior que sobrevolaba desiertas playas montevideanas durante el fin del verano, en marzo, exhortando a evitar aglomeraciones en playas con no más de una persona cada 50 metros, 25 veces más que el distanciamiento social pedido. Y entonces el helicóptero, cumplida su trascendente misión, rumbeaba para sobrevolar el altamar, probablemente para sugerirles lo mismo a los cardúmenes de pececillos, quizá hasta arrojándoles prudentes barbijos.
Y las medidas sindicales…
Mi indignación ante las absurdas medidas solo fue superada por la de los y las floristas que trabajan en los alrededores del Cementerio del Buceo, quienes agregan una pintoresca información adicional: “Nos dejan sin trabajo toda la semana y nos enloquecen los domingos. No damos abasto y se llena de rastrillos oportunistas que aprovechan que estamos como locos y el puesto lleno de gente para manotearnos flores. Y todo porque los de Adeom no quieren trabajar, y quieren solo un día; y ¡mire que ganan bien, eh!”.
No he investigado el punto, lector. No sé si la medida municipal tiene origen en alguna reivindicación sindical o desde algún argumento sindical-sanitarista más o menos traído de los pelos, tal como los furiosos puesteros de flores vociferan. Pero que es posible, es posible. Sería una perla más de un largo y añoso collar de medidas de exhibición pública de fuerza frente a los gobernantes municipales, también exhibición de líderes frente a su masa liderada. Pero la tradicional justificación de las medidas sindicales, más aún que esas pulseadas retóricas, está en el beneficio de la gente a través del cuestionamiento sistémico y de la erosión del capitalismo por la vía de la disminución de la explotación por parte de empresas públicas y privadas. Pero esos beneficios de la lucha sindical de clases deberían conjugarse con los beneficios sustantivos que las medidas acarrearían colectivamente, más allá del efecto intra y exosindical de las pulseadas. Y no parece este el caso.
Si los sindicatos provocaron la medida, se olvidaron de la gente y pensaron solo en el porvenir político del sindicato y de su cúpula. Si no la provocaron, no fueron suficientemente diligentes o clarividentes como para detectar su carácter contraproducente y oponerse a ella. ¿Habrá sido solo una egoísta pulseada de poder puro? ¿Habrá sido para trabajar menos? Ojalá que no, que los floristas hayan exagerado y que, si no lo percibieron antes, ahora pueden usar su poder sindical, más que para ganar pulseadas en abstracto, para apoyar medidas de beneficio público, tales como la eliminación inmediata de esa concentración de visitas a cementerios los domingos; porque diciendo proteger de aglomeraciones y ser antipandemia, en realidad las fomentan y serían en todo caso propandemia, además de perjudicar el cotidiano de la gente, del transporte público y de los comerciantes cercanos a los cementerios. Bingo. Cartón lleno. Lotería de errores y absurdos.
Para cerrar, aspiraríamos a que la medida municipal de apertura de cementerios solo domingos o para entierros se nos explique, a mí y a los lectores de Caras y Caretas, en sus porqués, para qué y cómo. Porque parece absurda y sanitariamente contraproducente. Y de paso que de Adeom aclaren si fomentaron la medida, si la acompañaron, o si la criticaron pero con insuficiente poder como para impedirla; que contesten también las acusaciones tan duras de los trabajadores y trabajadoras floristas de cementerio. Porque, entre otros problemas, parece que a la gente tampoco le ha parecido bien, y no solo a mí y a los floristas (sin contar al funcionario de la empresa privada de seguridad).
El problema planteado en esta columna, en los cementerios y otros tantos casos absurdos muestran que es momento de empezar a analizar algunas consecuencias del descomunal error de diagnóstico y terapias cometido por la humanidad con el coronavirus. Estamos transitando, y aún nos queda mucho por sufrir, los efectos de la equivocada terapia diseñada a partir de ese enorme error diagnóstico con el coronavirus; efectos contraproducentes no solo macrosocialmente, sino hasta microsanitariamente, quizás hasta sobre la pandemia misma.
Lamentablemente habrá que esperar años, quizás hasta la desaparición de los científicos, políticos y periodistas que alimentaron esa catástrofe humanitaria, para que puedan publicarse las evaluaciones independientes del desastre. Algunas, por suerte, ya están comenzando, sobre todo en Alemania; recomiendo la lectura de este link: www.youtube.com/watch?v=8LcjVgOZnfg, o entrar en YouTube y cliquear ‘Profesionales de Alemania y Austria revelan la farsa’ (a partir del minuto 28:49).