La sociedad suele estar tan cargada de prejuicios en el tema de la desigualdad de género, como no lo ha estado tal vez sobre ningún otro. Ni la esclavitud, ni las guerras, ni las luchas religiosas han despertado tan largo encono y una fila de resistencias tan cerradas como este asunto del género. Durante miles de años se ha asociado la imagen de la mujer con una cosa pasiva, servil, sumisa, silenciosa y obediente a los mandatos masculinos. El escritor ruso Máximo Gorki relata en una de sus obras una paliza larguísima y brutal, presenciada por él, que un campesino practicó con su esposa, a la que primero ató de pies y manos. Esa era y sigue siendo una práctica tan cobarde como habitual en todas las culturas humanas. Hace por lo menos veinte siglos que la mujer de la especie está sometida, de todas las maneras imaginables, al varón de la especie. Esto, que se manifiesta bajo la forma de un sistema estructural, jerárquico y absoluto, que no admite la menor réplica, es lo que se conoce, grosso modo, como patriarcado. Ni hablemos del término feminismo, que ha despertado odios soterrados y viscerales en casi todos los sesudos hombres de pensamiento de todos los tiempos. El feminismo no se contrapone ni puede contraponerse al machismo, porque el machismo es un fenómeno jodido, y el feminismo no debería caer en esa miseria. Este problema no debe ser visto como una rivalidad o competencia entre hombres y mujeres, sino como una verdadera deconstrucción cultural y mental.
Hacete socio para acceder a este contenido
Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.
ASOCIARMECaras y Caretas Diario
En tu email todos los días
Por desgracia, las resistencias son muchas, y por eso la igualdad de género exige lucha, como la han exigido todas las demandas de derechos; y la lucha exige confrontación con un sistema, así como con los defensores del mismo. Los que se quejan o se ofenden con las marchas del 8M son, en el fondo, custodios fieles del patriarcado, y es contra ellos (o ellas) y contra su cabeza que hay que dar la batalla. Las luchas siempre han sido incómodas para los guardianes de cualquier statu quo. Las revoluciones que hicieron rodar cabezas de reyes y tumbaron ideologías, consistieron precisamente en eso: en dar batalla, en enfrentar una idea con otra, en aspirar a derribar todas las arbitrariedades que conspiran contra la conquista de los derechos y las libertades. Y esto genera, como es obvio, rispideces, asombros, acusaciones. Aparecen así los términos denigratorios: las locas, las desnaturalizadas, las feminazis, las que muestran las tetas, las que provocan, las que escandalizan a la gente decente. Quienes así piensan, olvidan que deconstruir un sistema es precisamente desmontar las mentalidades, las visiones del mundo, los imaginarios y los discursos sociales injustos y opresores, pieza por pieza y engranaje por engranaje.
El varón ha sido desde siempre el depositario de todos los privilegios, sean cuales sean (y son muchos). Un privilegio es básicamente una exención de alguna obligación o carga. Privilegio es no tener que tender la cama, o lavar los platos, o barrer la vereda o hacer las compras, por el solo hecho de ser varón. ¿Es algo racional, o es simplemente cultural?
Privilegio es acceder a oportunidades, cargos y reconocimientos solo en función del sexo, ser cuidado en lugar de cuidar, tener voz y lugar en el espacio público, no ser acosado en el trabajo o en la calle. Estas concesiones están tan naturalizadas, que impiden que los privilegiados las reconozcan, y convierten en letra muerta el discurso de que todos tenemos las mismas oportunidades y los mismos derechos, por lo menos mientras se continúe naturalizando un patriarcado que ha estado desde siempre institucional y culturalmente protegido. Solo en un sistema semejante puede haber inequidades tan arbitrarias, indignas e indignantes, construidas en base a la opresión de unos sobre otros. En el juego del género el varón ha sido tradicionalmente el opresor, a través de mil y una expresiones de poder abusivo, y la mujer la oprimida. Ese sistema cuenta con mecanismos defensivos que apuntalan la injusticia. Uno de ellos es el que se resume, ante cualquier conflicto o violencia planteada entre un varón y una mujer (especialmente cuando se trata de violencia sexual y doméstica), en la frase: “A ellas la culpa, a ellos la disculpa”.
A la sociedad en su conjunto le cuesta mucho asumir que debe cambiar sus bases y su orden en tal sentido, que ese cambio es un asunto urgente, que los parámetros culturales y sociales están gravemente deformados, que son terriblemente abusivos y que ello acarrea continuos daños, errores y horrores. Por eso no queda otro camino que la lucha en favor de la igualdad de género, en aras de otra concepción del mundo y otras relaciones entre mujeres y hombres. Por eso la lucha debe ser dada, haciendo caso omiso de los cantos de sirenas de unos sujetos delirantes que, en su patológico afán de negar estas legítimas aspiraciones, llegan al extremo de mentar supuestas teorías conspirativas, por las cuales algún millonario siniestro, oculto en las sombras, ha fomentado la lucha de género para hacer descender la natalidad en el planeta y obtener determinados réditos económicos. Pero el feminismo, mal que les pese a los modernos inquisidores y a los tortuosos teóricos, es en el fondo algo muy simple. Se trata de un principio elemental de igualdad de derechos y de libertades. Se trata de un asunto de justicia, puesto que las mujeres, por su sola condición humana, se encuentran en igualdad de condiciones con los varones, y en función de ello han de poder acceder a las mismas oportunidades y merecimientos; y allí donde esa igualdad se vea interrumpida por fenómenos naturales (embarazos, partos, lactancia entre otros) habrá que establecer desigualdades que beneficien (y no que perjudiquen) a los desiguales, como ya lo dijo Aristóteles. Así debemos asumirlo de una vez por todas, con la honradez y la valentía necesarias. Sabemos que el camino está plagado de obstáculos y de resistencias cuasi formidables. Pero el feminismo no es una idea maligna, una veleidad, un capricho, un invento o una locura. Es una máxima y un imperativo moral, una demanda humana radical, una pretensión racional que nos impulsa a cambiar nuestras formas de actuar de todos los días, hora a hora y minuto a minuto, en aras de transformar el mundo. Los cambios en un sistema injusto y opresor tienen efectos saludables, comprobables en nuestras vidas, ya sea para elevarlas (si perseveramos en la lucha), ya para mantenerlas en estado de perpetua miseria, mezquindad y enfermedad social.
Nadie ignora que ser mujer es un factor de riesgo. Ser mujer es estar expuesta a permanente peligro. No lo dicen las feministas. Lo dicen los números. En 2021, en Uruguay, 75,8% de las víctimas de violencia doméstica fueron mujeres. Se registraron, según datos del Ministerio del Interior, 31 homicidios de mujeres, de los cuales 21 fueron femicidios, porque ocurrieron (81% de ellos) en un contexto de violencia doméstica y de género. Cada 8 días se mató o se intentó matar a una mujer por su sola condición de tal.
Es imperioso un cambio, y este empieza por las transformaciones personales. Una buena pregunta, dirigida a los varones, sería la siguiente: si en la sociedad de mañana me tocara ser mujer, ¿qué principios de justicia elegiría para esa sociedad? Una acción feminista debería ser, tanto en mujeres como en varones, revisar de qué manera los estereotipos y desigualdades que asumimos y fomentamos, afectan a nuestra vida cotidiana. Evitar los chistes y las imágenes machistas (los famosos culos y tetas de las redes sociales), dejar de negociar desde la desigualdad, abandonar toda forma de acoso, ser conscientes de que los privilegios masculinos jamás han sido ganados en buena lid, sino tan solo sustraídos en el marco de un proceso de abuso. Por ahí, por la propia conducta, y también por la propia autocrítica (que exige, claro está, un mínimo de dignidad y de valentía) hay que empezar a andar.