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El debate hipocondríaco y paranoico de nuestros días

Por Rafael Bayce.

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Usted no suele cuestionar las declaraciones de científicos o especialistas sobre temas de interés público masivo. Hace bien. Es lógico que así sea y recomendamos esta actitud en la mayoría de los casos. Porque usted no tiene, en primer término, el nivel de conocimientos necesario para hacerlo ni tampoco el tiempo o la asesoría requeridos como para estudiar temas variados desde sus múltiples fuentes, desde las avalanchas que lo invaden, tanto de información como de desinformación (por ejemplo, redes sociales, medios de prensa masivos).

El problema suscitado con la pandemia del coronavirus es que si esta vez nos dejamos llevar por científicos y especialistas, arriesgamos ser parte de una crédula e histérica majada de macacos y papagayos hipocondríacos y paranoicos con una acrítica conducta de masas. Nos están llevando de las narices y nos corren con el poncho, cada vez más, sin que nos demos cuenta ni queramos saberlo, para no dejar de ser como la mayoría y para no cultivar dudas, incertidumbres ni conflictos en nuestra economía psíquica y en nuestra interacción cotidiana con otros.

En mi caso personal, como parte de una personalidad rebelde, curiosa, pensativa y crítica, cuando huelo indicios de que las cosas podrían no ser tan así como nos son presentadas, de que algunos pocos vivos o inmorales podrían estar detrás de eso, y de que no es fácil desmontar y enfrentar esos mecanismos y actores ocultos, me dedico a estudiar el asunto y a comunicar lo que voy encontrando, para que otros que no tienen esas cualidades y facilidades puedan enterarse.

Con el tema del coronavirus, usted puede consultar los ejemplares de Caras y Caretas del 20/3, 27/3 y 3/4/2020, una audición en radio Uruguay, y podrá asistir, muy probablemente desde mayo, a un curso sobre el tema, de Educación Permanente, en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República.

 

Temas no debatibles o que se dan por descontados

¡Cuidado! Las siguientes son objeciones muy articuladas, pero que pueden ser a su vez criticadas por los partidarios de la opinión hegemónica, también a veces muy sabia y atendible.

Que los agentes focales puedan no ser virus infecciosos agresivos sino confundibles con partículas intracelulares defensivas (por ejemplo, exosomas).

Que las enfermedades consecuentes y sintomáticas de la infección no son efectivamente provocadas de modo principal por los virus sino por otros factores contribuyentes cuya cocausalidad se descarta equivocadamente, para el diagnóstico y para los tratamientos, que pueden ser así innecesariamente invasivos. Los daños en tal caso podrían ser así iatrogénicos y no causados por un supuesto virus sabiamente detectado y heroicamente combatido.

Que los daños han sido magnificados por extender conclusiones excesivas y falaces desde malas y sesgadas muestras iniciales en Wuhan.

Que se necesitarían estudios desde muestras representativas de las diversas poblaciones focales, con parámetros poblacionales y biológicos integrados en modelos epidemiológicos dinámicos predictivos.

Que los tests usualmente utilizados para detectar la presencia del virus no son conclusivos al respecto, pecando de insuficiencia causal en la conexión de la presencia de RNA con la infección desde el virus, y de producción de demasiados falsos positivos. Se necesitarían tests de anticuerpos en muestras representativas.

Que hay múltiples inferencias causales espurias y falaces que se han extendido acríticamente desde esos errores iniciales, generando una espiral geométrica y exponencial de falacias científicas y de decisiones políticas erróneas. Como botón de muestra valga la pena lo mostrado con cifras y gráficos por Knut Wittkowski: China y Corea del Sur decidieron, ante el crecimiento de infectados y fallecidos, imponer una limitación de los contactos sociales; la reducción de los mismos provocó, entonces, imitación de la medida por casi todo el mundo. Sin embargo, las gráficas día a día de la epidemia mostraron que la limitación de los contactos empezó cuando ya había pasado el pico de crecimiento y empezado ya la disminución; por lo tanto, el descenso no se produjo básicamente por la medida, que tampoco opera inmediatamente ni influye instantáneamente en la alteración de las curvas que grafican la evolución de la infección.

La globalidad de la medida fue una acrítica imitación de una inferencia falaz sobre la antecedencia causal del corte de los contactos sociales sobre la inflexión de la curva de infectados y fallecidos. Además, tampoco es epidemiológicamente indudable que la restricción de los contactos sociales sea aconsejable en todos los casos para mejorar la pandemia: el encierro puede mantener el virus más vivo que ventilándolo y eliminándolo al aire libre estacional como en las afecciones respiratorias; se maximizaría la vida del virus, se harían más factibles los contagios intergeneracionales, se minimizaría la inmunización entre los menos riesgosos menores, se demoraría la inmunización comunitaria (o ‘de rebaño’, ‘herd immunity’) y se prolongaría una epidemia psíquicamente demoledora, intrafamiliarmente destructiva y económicamente ruinosa. Lector, tampoco se convenza solo por esto, tómelo en cuenta y consúltelo, como hice yo.

Que la pandemia impresiona más que nada por un proceso de acoso científico y mediático que, como ya ha sido muy estudiado, le come la cabeza a usted mediante un proceso de magnificación cuantitativa (por ejemplo, se dan cifras todo el tiempo, sin porcentuar por las poblaciones y sin comparar con otras afecciones ni períodos); de dramatización cuantitativa (por ejemplo, coronavirus es igual a ataúdes, hospitales y afligidos, cuando en realidad los muertos, internados y perjudicados son muy pocos de los afectados, pocos a su vez en la población; de dramatización icónica; de reiteración obsesiva; de redundancia en la focalización de temas convergentes y potenciadores del pánico).

Que los medios de comunicación de masas, globalizados y estúpidamente amplificados por las redes sociales y el rumor cotidiano, son los máximos productores de la pandemia psicosocial, con la que lucran, así como una serie de poderosos actores globales y locales, hasta políticos, conocidos por la investigación de las ciencias sociales.

Que no es tan clara la prioridad sanitaria de la pandemia frente a toda la problemática sanitaria, ni menos aún comparada al desastre económico, financiero, laboral, familiar, psicosocial, a la catástrofe psicosomática derivada de la suma de soledad, promiscuidad, ansiedad, miedo-pánico, conflictos conyugales, intergeneracionales, violencia doméstica. Ya verá usted que los juzgados de familia, los civiles, los de género, se verán más desbordados que los hospitales, paranoicamente privilegiados frente a toda otra patología social posible.

Que hay beneficiarios claros de la instalación de la creencia en la gravedad de la pandemia, como está estudiado que los hubo en todas las epidemias anteriores en el siglo XXI y en otros miedos-pánicos inducidos estudiados desde hace al menos 35 años. Lo que no quiere decir que esos beneficiarios hayan sido actores causales en la consolidación de la pandemia coronavirus, lo que configuraría una construcción conspirativa y paranoica excesiva, aunque debe usted recordar que hay teorías conspiratorias importantes e influyentes, como el marxismo y el machismo y patriarcalismo de género, entre otras muchas grandes explicaciones e interpretaciones del mundo. Pero cada miedo-pánico tiene sus beneficiarios, en este caso virólogos, inmunólogos, epidemiólogos, lobbies médico-mutual y químico-farmacéutico (obscenos) y la prensa carroñera con sus anunciantes y productoras.

Las ciencias sociales, por su parte, listan otros actores y procesos constructores y beneficiarios, presentes en la bibliografía y que serán cubiertos en mi curso. Le doy una corta lista de links y nombres desde los cuales investigar por usted mismo si se quiere salvar de ser una oveja más en la majada de papagayos y macacos hipocondríacos y paranoicos que se comen todas las pastillas con tal de ser como la mayoría y no hacerse problemas interiores ni con otros: John Ioannidis, Knut Wittkowski, Pablo Goldschmidt, Francis Boyle, David Crowe, www.rethinkingaids. com, Jay Bhattacharya, Is Covid-19 really an exosome and not a virus?, El Covid-19 no es un virus: es un exosoma influido por la contaminación eléctrica, etcétera.

Pero no se contradogmatice. Compare con la hegemonía dominante, que tiene mucho para decir, y para objetar a los contrahegemónicos también. Ahora tiene más tiempo, cuarentenado, aislado, sin contactos físicos, aterrorizado con la culpa de la instrucción que no siguió y que puede afectarlo o afectar a otros, o por el otro que me puede afectar.

Aproveche y estudie. Y recuerde que una cosa es discutir en el papel y muy otra tener que decidir medidas políticas en condiciones de incertidumbre, presionados por lobbies del terror, de la prensa carroñera, con oposiciones siempre prontas para saltarle a la yugular, y una opinión pública cada vez más irracional e histérica, aunque disfrazada de prudente racionalidad. No les envidio el momento.

 

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