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Editorial

SOBRE AUTOCRÍTICAS, PRESIDENTES, CONSENSOS Y OPORTUNIDADES

El Frente Amplio y su laberinto

Por Alberto Grille.

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Reflexiones políticamente incorrectas para leer el fin de semana

No nos engañemos. Aunque redoblen las campanas convocando a desnudar los errores, será muy difícil hallar un momento oportuno para debatir autocríticamente el pasado reciente del Frente Amplio y sus tres gobiernos.

Me temo, que aunque se haya hecho mucho bombo con esto, no habrá autocrítica en el horizonte.

¿Por qué? Porque la responsabilidad de lo que hizo o no hizo el Frente Amplio en todos estos años pasados de gobierno, la tuvieron los cuadros dirigentes y como la autocrítica la deberán hacer ellos mismos, la misma no escarbará demasiado ni será demasiado dura ni se aventurará más allá de la prudencia.

Es más, muchos de quienes dirigen en el Frente Amplio o integran las secretarías, los comités centrales y los organismos de dirección de las dos docenas de partidos o grupos políticos que integran la fuerza política no perciben la autocrítica como una necesidad y, por el contrario la consideran inconveniente o por lo menos perturbadora. Por eso se posterga, un día por una cosa otro día por otra. La bandera de la autocrítica no es una aspiración real, es solo una enseña que se enarbola para distraernos de nuestra debilidad para enfrentar el futuro.

Todo se posterga hasta después de la autocrítica, la táctica, la estrategia, la elección del presidente, la definición de la cúpula, las comisiones temáticas, los centros políticos, las propuestas programáticas, las definiciones impostergables de la propaganda, las finanzas y la comunicación.

La postergación reiterada, es para evitar daños contingentes, porque se necesita poner distancia de los hechos, por el verano, el carnaval, las vacaciones o la pandemia.

No nos engañemos, siempre habrá una buena oportunidad para no hacer la tan mentada autocrítica que, aún si se hiciere, no será demasiado trascendente y mucho menos fermental.

Nada hay nada más inoportuno que una autocrítica, por reciente o por tardía.

Tal vez sería diferente si pudiera hacerse una autocrítica especialmente centrada en los demás, pero como una vez comenzada, si es en serio, sería de hacha y tiza, más vale ni empezar, implorando para que los errores no se reiteren.

Obvio que en algunos errores muy evidentes, todos, al menos en los papeles, estarán más o menos de acuerdo en corregirlos o al menos mencionarlos.

Parecería que si revisáramos en serio estos puntos, que son claves para proyectarse al futuro, estaríamos haciendo bastante, aunque probablemente no sea suficiente.

Parece haber acuerdo en que el gobierno no se debió tragar al partido, aunque al final se concluya que fue inevitable, también en que se debilitaron los lazos con el movimiento social porque la fuerza política se desdibujó.

Casi todos concordamos en que se condujo desde una visión montevideana y se subestimaron las políticas enfocadas en el resto del país, se menospreció el papel de los medios y se facilitó su concentración sin políticas enérgicas para su democratización, no pudimos ponernos de acuerdo en la reforma de la educación, se debilitó el papel de los organismos de base de la fuerza política y se los abandonó a la deriva, se fortaleció una estructura burocrática enraizada en la administración pública, se ignoró el crecimiento de una amplia fuerza social en el campo, con propuestas antiestatales y liberales muy enfrentada a los gobiernos frenteamplistas. Asimismo, se careció de una política de principios en relación con las Fuerzas Armadas y se postergó la idea de una fuerte formación democrática en ellas, se ignoró un notorio debilitamiento de la incidencia de la izquierda en sectores de las capas medias, sobre todo en los profesionales, educadores y en los pequeños y medianos empresarios, se menospreció la política y se sobrevaloró la gestión, se serpenteó sin políticas claras en el tema de la seguridad, se perdió la batalla de la comunicación y se retrocedió varios casilleros en la conformación de la hegemonía cultural, se permitió que aumentara la desigualdad, se ignoró la demanda social de que los dirigentes fueran austeros, humildes y accesibles y se dejaron crecer tendencias burguesas en la conducción de la fuerza política en aras de parecer tolerantes y liberales, se subestimó el papel de las bases y de los independientes, hubo acomodos y clientelismo, gastos superfluos y bastante insensibilidad social.

Las dudas, las diferencias y las fatalidades quedarán por el camino para que las resuelvan otros que vendrán y que buenos te harán.

Pensaremos que si la fuerza estaba ausente, no había como relacionarla fuertemente con el movimiento social, que si los dirigentes estaban clavados en la administración del Estado, no podían trillar el interior, que éramos débiles para enfrentar a los medios hegemónicos, que no sabíamos o no queríamos construir poder, que no percibimos lo que estaba pasando con las capas medias, que el mundo ha cambiado, que las ideologías están vigentes u obsoletas, que las encuestas están manipuladas como los medios, la propaganda y la opinión pública por los más poderosos, que el sentido común es el menos común de los sentidos, que no hubo clientelismo, sino necesidad de contar con gente de confianza. Para todo habrá excusas y opiniones y cada quien, al final, se quedará con la suya. Pero cuando acabemos con las peroratas, lo apuesto cien a uno, los dirigentes serán más o menos los mismos decantados por el tiempo, porque ellos son los más tenaces, los que tienen más ganas y también, muchas veces, los más capaces.

Tal vez, estemos de acuerdo en eso y no discutamos más, aunque quizás el listado sea demasiado exhaustivo y en muchos puntos de los mencionados habrá discrepancias en los énfasis y en lo sustancial. Quizás lo mejor y más equilibrado sería acordar sobre los acuerdos y renunciar a debatir sobre las divergencias. Pero de cualquier forma, hágase una cosa o la otra, la autocrítica no será nunca más que una ilusión, una advertencia, una amenaza o tal vez un debate, un frugal intercambio de opiniones, evitando herir susceptibilidades, erosionar afectos y egos aboyados.

Por las mismas razones que yo pienso que no habrá autocrítica en el Frente Amplio, afirmo que no la hay en ningún partido político triunfante o derrotado.

En general se opta por el camino de convertir derrotas en victorias haciendo balances truchos o jerarquizando más lo bueno que pasó que lo malo que nos pasó y no pudimos evitar.

Si asumiéramos que no habrá la tal autocrítica ni la reiteradamente proclamada actualización ideológica, mejor sería que el Frente Amplio se dedicara a hacer política, defender logros de los gobiernos anteriores y nuevos derechos y procurar reconquistar el gobierno para hacerlo mejor y para construir un país más próspero, democrático y justo. Para ganar habrá que ser mejores, los dirigentes tienen que remangarse e ir a aprender lo que pasa en donde no hay un mango, hay que recordar que la lucha de clases no se detiene en la puerta de los cuarteles, hay que ir al asentamiento y escuchar, hay que ir al campo y aprender cómo viven y que es lo que piensan allí, hay que ir al club del barrio y a la feria, hay que jugar un truco con un desocupado, ayudar en las ollas populares, hablar y escuchar, convivir con los pobres, auscultar lo que piensan las capas medias, atender las demandas justificadas de los pequeños productores, de los comerciantes, de los profesionales, hablar con ellos, persuadir, informar, convencer, retomar la iniciativa y enseñar a luchar, a negociar y golpear si es necesario, unirnos nosotros, aislar al adversario, potenciar nuestras fortalezas y reducir nuestras debilidades.

¿Por dónde empezar esta obra que no es tan compleja porque al final de cuentas ya la hicimos y ganamos? Lo primero es unirnos en la diversidad, aprender de nuevo a ponernos de acuerdo, tolerar nuestras divergencias, reducir nuestras apetencias y aspiraciones y unificar nuestros propósitos.

Para eso se necesita una conducción sólida, una dirección verdadera, una cúpula con autoridad y un presidente de todos. Uno solo, no tres, respetado, representativo, leal y de consenso, porque si se prescinde del consenso y hay elecciones internas, va a haber compañeros con lógicas y legítimas aspiraciones que van a terminar revolcados y, lo peor, ‘al cuete’. Una cúpula que mande y un presidente que la exprese y que conduzca. No es tan difícil, no se necesita un líder, ni un orador brillante, ni un estratega genial, ni un filósofo ni un sabio. Alcanza con que una dirección fuerte, enérgica, lúcida y altamente representativa lo respalde, lo empuje y lo frene.

Sin cúpula no habrá presidente, ni política ni Frente Amplio ni victoria. Hace unos días, alguien que sabe y sabe me dijo que tienen que poder sentarse en el living , no deben ser más de ocho.

Si no podemos ponernos de acuerdo entre ocho, no podemos ponernos de acuerdo en nada.

De pronto Civila, Juan Castillo, Yamandú, Carolina, Bergara, el Pacha, Kechichian y Asti podrían representarnos a todos.

Hay que elegir siete u ocho que manden y un presidente o presidenta que nos represente a todos. Con todo respeto, más allá de las buenas intenciones, lo demás, si no es consenso, es cháchara.

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