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Sociedad

Emilia Díaz: «Ahora parece haber más permiso para odiar»

La actriz y conductora sostiene que el feminismo «es la revolución silenciosa más profunda que atravesamos en estos tiempos» y que se debe trabajar con los varones que ejercen violencia para abordar las causas. Habló de la aporofobia, del odio, el amor y los abrazos, y destacó el tejido social solidario «a veces invisibilizado» que sostiene las ollas populares. Dice que la nueva religión es capitalista, mercantilista y meritocrática, que estamos ocupados en cambiar oro por espejitos de colores, pero también tiene la certeza de que la mejor parte del camino «siempre es la que está por venir».

Producción: VIVIANA RUMBO

Emilia respira, actúa, conduce, canta, cocina galletitas, escribe y escucha. Formalmente, es operadora psicosocial, actriz, comunicadora y madre de dos hijos, Vicente y Felipe. Según lo cuenta ella misma, comenzó haciendo TV en 1994 en el elenco de Plop!, condujo El Teléfono con Rubén Rada, fue cupletera de la murga Curtidores de Hongos, movilera en Pasión de Carnaval, conductora en Consentidas Radio y desde 2006, coconduce Consentidas en Canal 10. Ganó el Premio Iris en varias oportunidades y estuvo nominada a los Florencio. «Me subí a un avión con 20 años y aterricé en España donde limpié pisos y vendí libros puerta a puerta en un catalán dudoso y volví a Uruguay un año después, con la cola entre las patas». Casi de inmediato, Denevi la reincorporó al elenco en la tele y la vida continuó en modo felicidad artística. Estrenó más de 30 espectáculos en el ámbito del teatro independiente, hizo cine y escribió monólogos de humor. Emilia cuenta que el documental Uruguay tierra de río (producido por DeaKá Producciones para Discovery Travel&Living, bajo la producción de Darío Klein) le cambió «para siempre» la perspectiva de la comunicación. Ese recorrido por el río Uruguay, en una canoa de norte a sur, fue lo que inspiró su libro Guardianas (Penguin Random House, Aguilar, 2020). Dice que escribe diarios íntimos desde los 9 años y que escribe para sanar, «para despojarme de demonios y también para abrir las compuertas al caudal de amor a la vida que siento por mis venas». Es feminista en proceso de «aprendizaje y deconstrucción» y asegura que los feminismos son «la revolución pacífica más profunda que atravesamos en estos tiempos». Desde el año 2013 preside la organización Nacer Mejor (NMU), donde colabora en la promoción de la humanización de los partos y promueve los derechos sexuales y reproductivos de la mujer en Uruguay.

 

¿Te imaginabas lo que iba a suceder con tu libro Guardianas?

Fue y es una sorpresa enorme porque todo lo que ha generado Guardianas ha sido alegría, encuentros, rememorar memorias familiares, comunitarias, ha sido todo descubrimiento y muy lindo, porque también los hay feos. Todo ha sido muy suave en tiempos de mucha vertiginosidad y luego lentitud, porque a partir de la pandemia tuvimos que desacelerar el ritmo con el que veníamos y llegó un tiempo interno, con encierros, en condiciones diversas, dependiendo de la situación de cada familia. Pero también se dio una vuelta a la naturaleza, a la soledad, para valorar otras formas de habitar distintos otros espacios, para  valorar nuestros hogares. Creo que además el ritmo de la vida urbana hace que estemos mucho rato afuera y creo que Guardianas se transformó en una invitación a esos reencuentros y climas. Y por supuesto que me genera una gran alegría la buena recepción que ha encontrado el libro en el público.

 

Este tiempo en mayor o menor medida nos ha tenido dispersos, sin mayores posibilidades de encontrarnos, abrazarnos, en cierta medida, aislados. Tal vez las historias de estas mujeres sencillas y humanas nos acercan a eso que perdimos, la posibilidad de encontrarnos.

Sí, ha sido un tiempo en el que surgen -de distinta manera- las ganas de compartir y también de preguntarse qué tipo de vida queremos tener. Muchas veces pasa que esperamos a jubilarnos para «pintar el cielo raso» de nuestras vidas. Estuvimos más tiempo en casa, tuvimos posibilidad de preguntarnos si queremos seguir unidos los matrimonios, si queremos esta familia que conformamos, qué sentido tiene sostener proyectos afectivos, familiares, ha habido muchos divorcios y yo no lo veo mal, creo que la gente está tratando de ser coherente. Ni mal ni bien, como cualquier cosa, sucede. Tratar de entenderlo implica también quizás ponerle un sentido a eso. Creo que en este tiempo hubo espacio para decisiones importantes en muchas familias, la gente ha tomado este tiempo para divorcios, separaciones, cambios de vida, de trabajo, hay quienes decidieron que necesitaban más tiempo para sí mismos, para sus vínculos, para sus familias, que no valía la pena esta tanto tiempo expuesto a horarios dispuestos por otras personas. Y también le ha pasado a mucha gente que comprendió que la muerte está muy cerca, que la vida es corta y tenemos que vivirla ya. O hacer cosas que nunca nos imaginamos que podíamos hacer. Ese sueño que alguien prometió cumplir cuando terminara otros asuntos pendientes y vio que el momento era ahora, no esperar más. Se trata de valorizar el tiempo de otra manera, y lo mismo con las relaciones y repreguntarse los vínculos. También ha habido mucha angustia, mucha soledad y muchos encuentros distintos; pudimos encontrarnos en forma distinta con nosotros mismos. Yo creo que es muy triste lo que le ha pasado al mundo con la pandemia, pero también es muy revelador de una sociedad en la que vivíamos antes de la pandemia. No es que la soledad vino con la pandemia, la soledad ya estaba, lo que hizo la pandemia fue correr un velo y mostrar algo que ya existía. Eso es lo que creo.

 

También tiene otros aspectos más dramáticos: mucha gente que se quedó sin trabajo, miles comiendo en ollas populares, 35.000 niñas y niños que cayeron bajo la línea de la pobreza, el aumento de los riesgos para las víctimas de violencia de género e intrafamiliar, especialmente para quienes no tienen dónde ir y tienen que convivir con el victimario. ¿Cómo ves esa otra cara de la pandemia en términos más duros?

Muy triste, si había soledad ahora es mayor, si había pobreza ahora es mayor también. Las brechas se agigantaron y particularmente hoy, en el contexto actual de este gobierno, siento que el camino que se está tomando en cuanto a políticas públicas hará crecer la desigualdad. No veo que esté protegiendo la vida, garantizando techo, servicios de salud, educación y comida para las personas más excluidas. Es un gobierno neoliberal que está desmantelando algo que existía, que intentaba dar una respuesta. No digo que la diera,  pero lo intentaba al menos. Entiendo que hay horizontes distintos políticos, objetivos políticos nacionales distintos, culturas y políticas económicas distintas, con objetivos distintos. Es decir, si le podíamos reprochar a un gobierno de izquierda que tuviera políticas económicas neoliberales, ¿qué nos queda reprocharle a un gobierno liberal con todo el brazo de la política económica neoliberal? Creo que ese tipo de política tiene un concepto de desarrollo económico que no es sustentable, que ha llevado al mundo a prácticas extractivistas y excluyentes, a alejar a las personas al derecho a habitar las ciudades y la tierra, que prima el poder del capital y del dinero sobre el poder de los DDHH. Si bien estamos todos más sensibles -como sociedad- y se ha logrado visibilizar en mayor medida la necesidad de garantizar esos DDHH, podemos decir que actualmente no están garantidos. Me preocupa que nos haya pasado esto en este contexto político. Las respuestas que se daban antes, con gobiernos progresistas, fueron precarias porque se garantizó cierto acceso a determinados derechos a las personas con necesidades básicas insatisfechas, pero no se redujo la pobreza más dura. Y si no cambias la política económica es muy difícil cambiar la realidad. Habría que pensar en un horizonte de economía de  desarrollo sustentable, que cuide la vida en todos los sentidos, que sea consciente de la interdependencia de las personas y su medio natural y material de existencia y supervivencia. También creo que la pandemia visibilizó un trazado social que sorprende. Por ejemplo, las ollas son mucho más que eso que se ve, hay un movimiento por los DDHH, por el derecho a habitar las ciudades y por el derecho a la tierra. En la punta del iceberg se ve una olla con gente haciendo cola, pero lo que sostiene la olla, lo que produce la olla mientras está en funcionamiento, es algo muy fuerte, es una red de solidaridad.

Por otro lado, también creo que hay un fenómeno que está sucediendo y es que al no aparecer el Estado como antes, surgen nuevas estrategias. Ya no está el papá Estado o aquello de «mamá Estado, dame la teta». Tal había cierto aburguesamiento o estábamos acostumbrados a pedirle al Estado. Por otro lado hay quienes sostienen que el Estado no se hace cargo de nada y yo no creo que sea así. Creo que este gobierno tiene al menos un discurso de ser responsable y pretender resolver cosas y yo le creo, pero no creo en las estrategias de resolución que está proponiendo. Y más allá que sus políticas sean efectivas o no, creo hay una preocupación genuina sobre estas poblaciones y me incluyo como artista sin trabajo. Sinceramente creo que hay una preocupación de que la política llegue a mí. Pero a veces nos deja solos y solas, y aunque genere autonomías, porque me invita a salir y a buscar ayuda, a pensar cómo la pido y a tejer redes y a no sentirme sola en comunidad, hay un límite en «te dejo sola para que te arregles como puedas y te dejo sola a ver qué podés tejer con los demás». Esto que estamos tejiendo con los demás es la parte buena y está bueno que permanezca. No está bueno que permanezca el hambre, ni la gente haciendo cola, pero sí todo lo otro que produce un nuevo discurso sobre cómo estar en comunidad, cómo vivir en comunidad, cómo construir comunidad, cómo vivimos una comunidad y cómo tejemos autonomía ciudadana.

 

¿No crees que existe una mirada sospechosa desde el gobierno hacia las ollas y los espacios de construcción colectiva?

La autonomía y la libertad de los seres humanos siempre genera sospecha. Genera sospecha el movimiento libertario feminista o su sector más anarco, genera sospecha que la gente se organice sola y que tenga fuerza, genera sospecha que la gente conozca sus derechos. Sospechoso es que no seas una oveja que dependa de mi bastón como conductor del rebaño. Genera sospecha que tengas un pensamiento propio, genera sospecha que yo no sepa el poder que existe en la construcción de ciudadanía comunitaria y de revelación en cuanto a conocer -realmente- los derechos y a organizarse con otros para llevar a cabo una estrategia de visibilización de falta de garantías; el Estado debe proteger esos derechos y debe primar la protección de esos derechos sobre la propiedad privada, sobre el capital. Entonces, claro que es sospechoso. En ese plano, cada olla popular es sospechosa pero la construcción de «lo sospecho» también tiene su teoría y la criminalización de las personas organizadas para defender los DDHH no es una moda uruguaya, es algo que históricamente ha sucedido en toda Latinoamérica. No es una cuestión de un ser humano, un presidente, un ministro, es una ideología que sospecha de lo diverso y sospecha de la potencia de lo diverso. Y que suprime lo diverso, necesita homogeneizar, categorizar, necesita estigmatizar, necesita criminalizar para controlar, para gobernar.

 

¿Crees que el discurso del odio se ha ensañado con los feminismos o intenta arrasarlo todo por igual?

Yo creo que el feminismo es la revolución silenciosa más profunda que atravesamos en estos tiempos. Y adhiero a muchas de las teorías feministas. Adhiero en el sentido de concuerdo con eso, pero me cuesta tanto ser coherente que todavía no puedo definir totalmente algunas ideas. Estoy en deconstrucción. No adhiero a todas las formas de expresión de los feminismos pero a pesar de eso, el feminismo no me expulsa. También por eso me gusta el movimiento, porque no me expulsa por no adherir. Hay algunas feministas que expulsan, es verdad, y esas me parece que todavía no entendieron algunas cosas pero también forman parte.

 

Insisto, ¿no hay un escenario más pesado hacia los feminismos? Eso de mandar callar a una diputada cuando está haciendo un alegato contra la violencia machista en la Cámara de Representantes es algo -creo- nunca visto. Y luego fue justificado, respaldado, institucionalizado y legitimado por algunos. Y ese diputado que actuó así hoy es el ministro responsable de las políticas sociales. ¿No crees que hay un envalentonamiento del discurso del odio hacia los feminismos?

Envalentonamiento, sí, el odio o las expresiones de odio siempre estuvieron solapadas. Ahora parece que hay más permiso para odiar. Pero no fue de un día para otro. Ante la desigualdad muchas almas se conmueven, pero ante la desigualdad estructural como es la de las mujeres y sobre todo las pobres y racializadas hay una naturalización enorme de la que todos formamos parte. El desprecio de las ideas del otro, el abuso de poder de mandar callar con lo que no acuerdo, odiar ideas y personas que defienden sus derechos; es algo a lo que no deberíamos acostumbrarnos. Falta profundidad, solidez y compromiso político cuando debatimos, faltan debates serios, discusiones serias. La liviandad y beligerancia de Twitter impregnó nuestras vidas y creemos que podemos cambiar al mundo o gobernarlo en 140 caracteres. El odio es una emoción y esto que decimos del discurso del odio es una construcción que hacemos los que pensamos la vida social. El que está odiando no dice «me voy a subir al discurso el odio». El que está odiando, odia. Es una emoción, te odio porque sos pobre, porque no querés a una persona de tu mismo sexo, te odio porque te acostás con un hombre y sos un hombre. Otro odio: porque tenés plata, porque sos pobre, porque olés mal. Te odio. El odio humano es una emoción. Para mí también es una movida que se promueve desde la exclusión, desde el no reconocimiento de la otredad, de la alteridad, del otro como sujeto de derechos o sujeto de amor o sujeto de políticas sociales. También como sujeto de exclusión, porque el tipo, la tipa o “le tipe” fue excluido de sus derechos y de las garantías. ¿Cómo podemos juzgar la promoción del odio? Creo que tiene sus orígenes en la no tolerancia y en la exclusión de lo diverso, lo distinto y ha sido sostén de prácticas totalitarias dentro y fuera de los movimientos tanto de izquierda como de derecha, de los dos. Y dentro del feminismo también hay prácticas de odio. El macho existe, pero el odio al macho es una práctica excluyente que no invita a encontrarse para trabajar las cuestiones relativas a lo que genera la problemática. Porque todas las mujeres tenemos al patriarcado adentro, entonces también tenemos que deconstruirnos como ellos, odiando al macho que llevo dentro no llego a nada, primero lo reconozco, después intento deconstruirlo día a día. Y el macho tiene que hacer lo suyo, obvio. Ese laburito lo tiene que hacer y no por voluntarismo, tiene que nacer de una necesidad. Pero desde el odio, o sentirse odiado, al macho, el laburo de deconstruirse le va a llevar más tiempo, más resistencia, y más odio a los feminismos. No ayuda a pensar bien la cuestión, esa es mi opinión.

 

Trabajar las causas de su violencia y sus acciones.

Exacto. Como sos un violento te odio, te excluyo, te encarcelo, te torturo y termino haciendo lo mismo que estoy pidiendo que no hagan conmigo.

 

Así no hay recuperación posible

Claro. O la prescripción o cancelación. Te cancelo porque vi que sos un macho, patriarca y unas cuantas cosas así. Yo creo que los extremos hay que saberlos tamizar, hay que saberlos masajear, saber que uno tiene que volver de ahí y que el odio es un síntoma de esta sociedad, no es una realidad estructural. Yo no creo que el hombre, la mujer, les persones, los seres humanos nazcamos con el odio como algo estructural. Capaz que soy muy romántica, pero yo creo que nacemos con una necesidad de amor, de cobijo, de supervivencia, de nutrición, de tibieza, de mirada amorosa y creo que a partir del miedo que sentimos cuando no recibimos eso es que generamos una emoción que nos ayuda a «sobrevivir», llamada odio. Y hay quienes piensan que entonces el odio les dará fuerza, poder y hasta finalmente amor. Ese amor que nunca tuvieron. Pero es un craso error.

Yo creo que una persona que odia en el fondo es alguien con mucho miedo, una persona mal tratada, abandonada emocionalmente, abandonada materialmente, no solo emocionalmente, una persona carente, con pocos recursos para poder pensarse para poder abrazarse, para poder amar.

 

¿No estamos naturalizando el odio en la política?

A mí me preocupa y mucho que en determinados discursos políticos en los medios de comunicación, nos estemos dando determinados permisos, se está generando como una promoción de ese tipo de acciones. Ahí considero que hay una falta de responsabilidad por parte de los actores políticos. Cuando un presidente va a la inauguración de viviendas de Mevir y dice que las personas adjudicatarias de esas viviendas son personas que se esforzaron, trabajaron, se sacrificaron y por eso lograron la vivienda, estoy diciendo muchas otras cosas.

 

La meritocracia. Que si no te sacrificás al límite no vas a llegar a tener acceso a tus derechos como la vivienda, la salud, la educación. No se toma en cuenta que hay quienes nacen con todo a su favor y quienes apenas sobreviven a duras penas desde que llegan a la vida.

Claro. Entonces no llegarán «porque no se sacrifican», es una de las posibles interpretaciones de ese discurso. O sea, quien no se sacrifica lo suficiente no logra tener una vivienda digna. Esos son discursos que parecen que no abonan, pero para mí abonan. Abonan la aporofobia, el odio al pobre, el odio a la persona indigente o la persona en situación de calle. Es un discurso del emprendedurismo, está bravo.

 

A los medios les encantan los emprendedores. Si naciste en un asentamiento y ahora sos millonario, sos considerado todo un ejemplo exitoso entre miles que quedaron por el camino para mostrar. 

Romantizar esos casos es peligroso, aunque sí son historias lindas de contar. Aunque vale cómo cuento la historia y no solo la historia en sí. Esto de romantizar el sacrificio y barnizar con violines la vulnerabilidad humana es éticamente delicado. Redentores y resilientes habrá siempre, pero este discurso de «depende solo de vos que le metas ganas a la vida» es complejo cuando la vida misma no tiene la posibilidades de existir. Lo que no estamos mostrando son las pequeñas muertes cotidianas que provoca esta lógica del capital por el capital. No mostramos todo lo invisible que se hace en red para sostener esto tan frágil que está siendo la existencia humana. Lo vertiginosamente rápido que estamos siendo despojados de una vida digna, con tiempo de calidad en educación, en relaciones interpersonales, en buena comida para el cuerpo y el alma. Ahora este discurso de lo «apolítico» de algunas organizaciones no tiene sentido para mí. No hay nada más político que lo apolítico. Si tomamos posición sobre algo nos escrachan o excluyen, si pedimos garantías para ejercer nuestro derecho a la educación, a la salud, a la vivienda digna y salimos a las calles a decirle a quienes tienen que garantizarlo que no alcanza, somos unos «barderos opositores bancados por ideologías». ¿Y cuándo nos vamos a preguntar cuál es la ideología que excluye y tiene como argumento un desarrollo que precariza la vida? ¿Eso no es ideología? Claro que lo es. No tengamos miedo en decir que la nueva religión es capitalista, mercantilista y meritocrática. Y esto que estamos haciendo todos es cambiar oro por espejitos de colores. Por ejemplo hoy se está pensando una educación utilitaria, con competencias funcionales a un mercado que nos lo presentan como la panacea, al mismo tiempo que se subestiman en el currículum materias como filosofía, historia, literatura, que son las que pueden nutrir tu pensamiento y tus acciones de un espíritu crítico. Estas decisiones, son ideológicas. ¿Alguien lo dice? Parece que no. Los que proponen cambios en el sentido de lo público dentro del Estado, en políticas sanitarias, educativas, sociales, definen ideológico todo lo que se opone, pero lo que proponen, ¿no es ideológico? Nos quieren hacer creer que no. Y a ese tren se suben los apolíticos, que creen que con sus propuestas enjuagadas de política partidaria son objetivos y pragmáticos, pero al final no son más que otros devotos de san mercado. Eso es político también, y permear la lógica del mercado a la función pública y democrática del Estado, es un camino con base ideológica. Separar ideas de estrategias materiales para la supervivencia es una disociación imposible. No veo bien que se criminalicen ideologías que promueven pensamiento crítico. Yo participo del mercado, claro que si, hasta lo necesito, pero trato de que no me lleve de las narices, y me va la vida en eso. Me interrogo mucho y todo el tiempo. Pero no, no comulgo con ideologías que tienen como bandera un desarrollo que excluye y que no pretende transformar la desigualdad estructural y cuestionar privilegios de clase, de raza y de género. Es duro cuestionar mis privilegios, pero debemos hacerlo todos. Cuestionarlos para transformarlos, no para darnos con un látigo, rezar con culpa tres ave marías y volver al ruedo. Me encantaría que pudiéramos encontrar espacios de debate e interpelación a estos relatos, porque sé que en Uruguay hay mucha base de compromiso para eso, deberíamos encontrar espacios donde compartir más «sentipiensos» sobre estas cuestiones.

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