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barrio | Pablo Coimbra | Borro

Casavalle espera al papa

"Es injusto reducir el barrio a la violencia porque también hay una vida hermosa", dijo padre Coimbra

Pablo Coimbra, sacerdote de la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe ubicada en el Borro, habla sobre el rol de la iglesia católica en el barrio, las necesidades que enfrentan las familias y lo que representa la llegada del papa León XIV.

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Caras y Caretas Diario

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Es lunes, pasado el mediodía, y me encuentro con un barrio en pleno movimiento. Sobre las calles Leandro Gómez y Doctor José Martirene, la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe expresa desde un cartel: “Les anuncio una gran alegría”, junto a una imagen de León XIV. Al costado un equipo de personas trabajan en los preparativos para el acto que tendrá lugar el sábado 7 de noviembre cuando el papa visite uno de los barrios populares de la periferia de Montevideo. Hay vecinas haciendo mandados, otros realizando distintas tareas en el exterior de sus viviendas o simplemente tomando mate. Hay movimiento escolar y también se ven algunos niños y niñas revoloteando. Se escucha música, ruido de caños de escape y ladridos de perros. Estoy parada en el corazón del barrio Borro, en una de las zonas que integran lo que se conoce como Casavalle, que también incluye otros barrios como Unidad Casavalle, Marconi, Lavalleja, Gruta de Lourdes, Los Palomares, el barrio Municipal y parte del barrio Bonomi. Allí me estaba esperando el sacerdote del clero de la Arquidiócesis de Montevideo Pablo Coimbra, quien desde el 2020 está al frente de la parroquia, para recorrer el barrio, conocer las actividades que despliega la iglesia en el territorio, saber cómo se preparan para recibir al papa y qué les hace sentir que la máxima autoridad de la Iglesia católica visite este barrio, que muchas veces se considera entre los olvidados.

Durante el recorrido nos cruzamos con muchas personas diferentes, que van y vienen, pero el factor común es que todas nos saludan. “Hola, buenas tardes, ¿cómo está, padre?”, los saludos se repiten, con naturalidad y respeto. “Padre, ¿qué le pasó?”, le pregunta una señora con gesto preocupado, en referencia a una pequeña herida que tiene en su rostro. Él le cuenta que se cayó, ella le responde un “qué peligro”, y seguimos avanzando hacia un complejo de viviendas que la Iglesia está construyendo para familias integrantes de la parroquia, y que el papa vendrá a bendecir. Como en muchos barrios, conviven distintas realidades, pero a medida que vamos transitando los pasajes la desigualdad se hace carne y ya pesa caminar. Hay algunas viviendas precarias, otras en muy malas condiciones y calles con mucho barro. Pablo cuenta que en algunas zonas no tienen luz ni saneamiento. Seguimos avanzando y nos señala algunas casitas que la Iglesia ayudó a reparar y otras, que antes eran ranchos, y que tiraron abajo para volver a construir.

Nos dirigimos hacia la zona donde se encuentra el merendero y la cancha de fútbol, obras que la Iglesia sostiene junto a la comunidad. “Padre, usted me salvó la vida el otro día, ¿sabe? Llegué al hospital”, le dice un adolescente mientras nos ve pasar. Él lo mira, asiente con un gesto sutil, y seguimos la marcha. Quiero saber qué le pasó al jóven, pero Pablo no hace comentarios al respecto. Yo tampoco pregunto, pero la secuencia deja al descubierto una dimensión de su trabajo que no siempre aparece en las noticias: los vínculos cotidianos, la cercanía con la que desarrolla su tarea y una presencia que también se construye en momentos complicados. “Es muy difícil pensar este barrio sin pensar en la Iglesia”, me dice en un momento de la conversación. Su presencia, explica, “no se limita a la cuestión de la fe”: implica entrar en contacto con las familias, conocer sus circunstancias y acompañarlas en sus necesidades. Le pregunto si el porcentaje de familias vinculadas a la parroquia es significativo en relación a la cantidad de gente que habita el barrio, y me cuenta que actualmente unas 300 familias se vinculan con la iglesia, directa o indirectamente. Reconoce que la cifra es menor a la que les gustaría, pero valora que viene creciendo. “Cuando llegué, en plena pandemia, a la misa de los domingos iban unas cinco monjas. Ahora van unas 150 personas”.

Le manifiesto sorpresa, porque yo también esperaba una cifra mayor, al ver el despliegue que tiene la Iglesia en el territorio. Me explica que durante mucho tiempo la urgencia habitacional les impidió salir a hablar con las personas para acercarlas: “No podíamos salir a evangelizar porque teníamos que salir a poner ladrillos. Tuvimos que dejar de lado la tarea pastoral para dedicarnos a la obra social”. Entonces, me cuenta que la tarea que desarrollan en este barrio se organiza en torno a un programa pastoral social que armó junto al sacerdote Luis Ferrés que denominan “las tres E: estar, entrar y evangelizar.” El “estar” implica que el sacerdote acompaña todas las circunstancias que atraviesan las personas, las malas y las buenas, desde un lugar de compromiso. Con “entrar” se refieren a introducirse en el corazón del barrio y de las familias. Me explica también que para cumplir con la tercera “e”, la de evangelizar —que es tan importante como las otras—, primero es necesario estar y entrar.

¿Cuánto hace que estás en el barrio?

Hace aproximadamente seis años que soy párroco de la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe. Llegué en plena pandemia, por el 2020.

¿Por qué se decidió que el papa visite este barrio?

Una de las razones es porque hay una densidad importante de obras que lleva adelante la Iglesia católica, en favor de los más necesitados, de los que más sufren.

¿Cuáles son algunas de esas iniciativas?

La mayoría de tareas están dedicadas a la atención y educación de niños, adolescentes y jóvenes. Pero no solo eso, prestamos un servicio —por decirlo de alguna manera— para que la gente pueda acceder a una vivienda digna, y también colaboramos con el tema de la alimentación, del deporte. Por otro lado, las hermanas de la Madre Teresa de Calcuta, que están ubicadas en la misma manzana que la parroquia, llevan adelante una obra con personas ancianas abandonadas y las cuidan hasta el momento de la muerte. Son unas 25 abuelas que, en muchos casos, fueron hospitalizadas, y cuando tienen el alta no hay nadie que las recoja y no pueden irse solas. Muchas veces los mismos hospitales llaman a las hermanas porque saben que ellas hacen esa tarea: las llevan, las traen y luego las cuidan en el hogar. Además, tenemos la Obra Banneux, que es muy importante y hace años que trabaja en el Marconi con niños y adolescentes, en la educación. También tenemos Tacurú, una obra social y educativa que se dedica a la atención de más de 2.400 jóvenes y adolescentes a través de distintos programas, con un fuerte hincapié en el tema del trabajo. Está la Escuela de Oficios Don Bosco, las obras Los Pinos, Los Rosales, el CADI (Centro de Apoyo Integral), Nueva Vida, el Liceo Jubilar, el Colegio Santa Bernardita, hay cinco parroquias, doce capillas, es decir, la presencia de la Iglesia es sustancial.

Y después tenemos otro programa educativo muy importante, mediante el cual muchos niños del barrio que están becados en el colegio Santa Bernardita, cuando egresan, pasan al Liceo Jubilar y, en algún caso particular, también pasan a la universidad. Para lo que es una parroquia en este contexto, la pastoral social que se lleva adelante es verdaderamente trascendente.

Comentabas que ofrecen ayuda en el acceso a la vivienda digna, ¿de qué forma?

Actualmente tenemos una pastoral social muy desarrollada en tres programas. El primero de ellos es Viviendas Mejores, que lo que hace es mejorar viviendas existentes que se encuentran muy deterioradas y con diversas carencias. El segundo programa es el llamado Viviendas Dignas, a través del cual tiramos abajo un rancho, que no se puede arreglar, y construimos, en ese mismo lugar, una casita de 50 metros cuadrados. Y el tercer programa es el complejo de viviendas Familias de Guadalupe, que está destinado a integrantes de la parroquia que están preparados para vivir de forma comunitaria. Por ejemplo, en la parroquia hay casos de gente muy buena, pero que en su familia tienen hijos que consumen, que delinquen o con otras problemáticas que hacen que no puedan vivir en comunidad. Para este tipo de familias está pensado el segundo programa. La idea del complejo Familias de Guadalupe no es solo proporcionarles un techo, sino también enseñarles a construir familia a través de un programa que llamamos Escuela Familia, mediante el cual, a través de profesionales, se ayuda a los padres en la educación de sus hijos. Por ejemplo, se les enseña a crearle a sus hijos el sentido y hábito de la higiene, educación afectivo-sexual, se los orienta en cómo ayudar a sus hijos para que sigan estudiando, también se trabaja el tema de los vínculos, de la importancia de la familia, y, en el caso de los padres que son cristianos, se trabaja en cómo transmitir la fe a sus hijos. Es mucho más que un programa de vivienda.

¿Cuántas familias aproximadamente se han beneficiado a través de estos programas?

Ya se han construido y arreglado más de 130 viviendas para familias del barrio, y otras están en proceso. En el caso del complejo Familias de Guadalupe, se están construyendo doce viviendas.

¿Cuándo se inauguran?

Las primeras ocho casas se espera que estén prontas para febrero del año que viene, a más tardar, para que las familias ya se puedan mudar. Las otras cuatro se inaugurarán en una segunda etapa.

¿Y el tema de la alimentación y el deporte cómo se gestiona?

Tenemos el salón Nuestra Señora del Rosario [ubicado en el centro de Unidad Casavalle], que se sostiene a instancias del trabajo de los mismos vecinos y vecinas. Allí funciona el comedor, de lunes a viernes, que ofrece merienda y cena, en atención a que los niños, por ejemplo, ya tienen el almuerzo cubierto en las escuelas, pero la merienda y la cena eran carencias que ahora se atienden desde allí. Y cerca del merendero, prácticamente enfrente, se construyó una cancha de fútbol 9, cercada, con luces, donde todos los días funciona una escuelita de fútbol, con categorías que van desde los 6 años hasta los 14 años.

¿Qué significa para el barrio la visita del papa?

Es una agradable sorpresa, sin duda que estamos sorprendidos. Estamos contentos y queremos estar preparados para recibir con alegría al papa y la comunidad parroquial. Hace mucho tiempo que venimos con una preparación en todo sentido, preparación logística, para ser los anfitriones y también preparación del espíritu. Es el hecho histórico más importante de todo Casavalle y sin duda de nuestra comunidad. ¿Qué más podemos pedir desde el punto de vista de la fe? Pero, además, la figura del papa trasciende el elemento de la fe y se transforma en una figura importante a nivel del mundo. Uno no se imaginaba de ninguna manera que el papa pudiera estar pisando este lugar. Entonces, primero la sorpresa, después la acción de gracias, el gozo y la expectativa de poder encontrarnos con el papa.

Sabemos que la llegada del papa, además de la comunidad parroquial, va a traer mucha gente ajena al barrio, mucha prensa, ¿qué imagen le gustaría que se lleven del barrio?

Estos barrios que forman parte de lo que se llama Casavalle permanentemente están en la prensa, pero no por las cosas que nosotros queremos que se conozcan, sino que se conoce por las noticias negativas: la violencia, la droga, el narcotráfico, la delincuencia. Basta nombrar el Borro y automáticamente vienen a la mente esas imágenes. Pero no podemos reducir el barrio a eso porque es absolutamente injusto. Es injusto porque no es ni la mayoría de la gente ni es lo más relevante que se vive en el barrio todos los días. Acá hay una vida de gente sencilla, con muchas necesidades, de gente que sufre, pero también hay una vida hermosa que vale la pena descubrir, contar y manifestar. Yo realmente admiro a mucha gente de este barrio por las dificultades que les toca afrontar y que, a pesar de eso, salen adelante, siguen buscando algo mejor y que muestran, en las peores circunstancias, lo mejor del ser humano. También están los que muestran lo peor, pero acá hay actos de solidaridad y comunidad que a mí me llaman mucho la atención. Hay familias que están abiertas a la vida, donde siempre hay un lugar para alguien más.

Creo que la labor de la Iglesia ha sido muy importante y esto es una peculiaridad que se vive en las parroquias, que podemos llegar al corazón del barrio. Las instituciones muchas veces no tienen esa posibilidad por su estructura, por su burocracia, por su manera de encarar su actividad. Sin embargo, en la parroquia sí, como somos un vecino más, salimos al barrio, nos encontramos con la gente y llegamos al corazón, donde no llegan las instituciones, donde no llega el Estado. Y llegando al corazón del barrio hemos descubierto verdaderos tesoros que alumbran un lugar en el que a veces hay mucha oscuridad.

¿Cuáles son las principales carencias con las que viven hoy las familias?

La falta de trabajo, de oportunidades, la vivienda. Por otro lado, hoy que se habla tanto de la infantilización de la pobreza, acá es uno de los lugares donde se ve permanentemente, y lleva a que las personas no tengan horizonte. Cuando una persona que vive en este contexto mira su futuro, siempre está oscuro, no ven oportunidad, por lo que suelen vivir mucho el presente. Esto puede tener algo positivo, pero también lleva a que los niños y los jóvenes no se proyecten. Cuando uno habla de estudios, necesariamente tiene que tener una mirada hacia el futuro, porque uno no tiene vocación de ser estudiante, sino de ser un profesional o de saber un oficio, y eso requiere una mirada hacia el futuro. Si no tenés esa perspectiva, ¿cómo vas a invertir tiempo en el estudio? No le encuentran sentido. Y esto se puede trasladar a una cantidad de otros asuntos. Otra problemática que también hay que mencionar, porque es parte de todo esto, es la violencia y el consumo de drogas. Es una realidad que se vive en todo el país, un drama al que nadie escapa, pero acá parece que se intensifica un poco más porque hay mucha vulnerabilidad y poco respaldo, poco respaldo familiar, poco respaldo institucional, poco respaldo en la formación personal, y todo eso hace que las personas, sobre todo los niños y los jóvenes, estén muy expuestos al tema del consumo.

¿Tuviste miedo alguna vez?

No, nunca tuve miedo. Ahora la gente ya me conoce, pero cuando llegué, que no me conocía nadie, entré sin miedo. Y tuve un par de situaciones complicadas, pero me mantengo firme. Acá tenés que mantenerte firme.

Una vez que el Papa haya finalizado la recorrida, que se apaguen las cámaras, ¿qué le gustaría que le deje al barrio su visita?

En un país laico como el nuestro, yo me conformaría mucho con que a la gente le genere en su corazón el deseo de búsqueda, de empezar a hacerse preguntas importantes, profundas, sobre el sentido de la vida y que comiencen al menos un camino espiritual que la puede llevar a la fe o no, porque la fe es un acto libre, pero por lo menos que intente y haga el esfuerzo por encontrar respuesta a las preguntas que todo el ser humano se hace. Si nos tomamos la vida en serio, uno se pregunta acerca del sentido de su vida y creo que hay una respuesta genuina en el ámbito de lo religioso. Así que pienso que la visita del Papa puede llegar a traer en muchas personas ese natural deseo del ser humano, que constitutivamente es un buscador, presentarles un camino y que algunos lo empiecen a transitar. Eso ya está pasando en esta parroquia, hay gente que se está acercando y yo se lo atribuyo a este acontecimiento.

¿Está de acuerdo con la laicidad?

Nosotros estamos de acuerdo con la laicidad, no estamos de acuerdo con el laicismo, que ya es un tema ideológico, que es una deformación de la laicidad. Yo creo que la separación entre el Estado y la Iglesia es algo que les hizo bien a los dos. Nosotros propiciamos eso, nos alegramos y hablamos de una laicidad positiva. Pero el laicismo trae consecuencias que no son buenas. Por ejemplo, el hecho de que al ocultarse el tema de Dios y de la trascendencia a las personas, nuestra cultura naturalmente no tiene esa apertura a lo espiritual. Hay que hacer un esfuerzo mayor para encontrar la espiritualidad.