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¡Es por el poder!

Por Eduardo Platero.

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Caras y Caretas Diario

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Me estoy recuperando de una crisis de orientación que me tenía sumido en un verdadero océano de ideas y dudas. Muchas en contradicción paralizante.

Charlando con un amigo que tuvo la brillante iniciativa de llamar por teléfono y conversar en lugar de enviar mensajitos, empecé a verle la punta a este rollo.

No es el altruista deseo de salvar al mayor número de vidas humanas en esta pandemia de coronavirus lo que tiene tan preocupados a los gobiernos. Y no es la pandemia el principal de los problemas que estos enfrentan.

Lo medular del asunto es que el mundo capitalista globalizado que emergió victorioso luego del derrumbe del campo socialista e inició una nueva etapa en su desarrollo sin enemigos a la vista está en crisis. Crisis de transformación. No de extinción.

No me incluyo dentro del grupo de los optimistas que predicen el fin del capitalismo y esperan que, de ese final, avancemos hacia una sociedad más equilibrada, justa y pacífica.

Por el contrario, la esencia misma del capitalismo es egoísta y rapaz. Supone, necesariamente la explotación de las mayorías en beneficio de los dueños del capital y nada bueno podemos esperar de un sistema que se basa en el despojo.

Es cierto, el capitalismo está en crisis, como en su momento lo estuvo el esclavismo. Pero el cambio, el pasaje de un modo de producción a otro, nunca operó impulsado por ideas de bondad y fraternidad.

Y no se trata de “modo de producción”, sino del control del poder dentro del mismo modo de producción que evoluciona de crisis en crisis.

Será esta la que motive los cambios que ya están operando a nivel global.

Luego de superado el “pánico del coronavirus” emergeremos a una “nueva realidad”.

Ni nuestro presidente inventó el término ni es él quien lo controla. Lo pensaron los ideólogos del capital financiero, en polémica con aquellos a quienes podríamos llamar “panglosianos” porque, como Hillary Clinton, suponían que todo iba bien.

La polémica detrás de las emblemáticas candidaturas de Trump y ella estaba centrada en si cualquier “globalización” era buena o si la misma debía controlarse.

Eso de “menos Estado” no es otra cosa que una simplificación. Quieren y necesitan un poderoso Estado. Lo suficientemente poderoso para asegurar el orden interno y el alineamiento de las naciones del mundo. Quieren un Estado que les salga barato, que les cobre bajos impuestos, que los glorifique como los imprescindibles motores de la economía y que obtenga los recursos que necesita cargando el costo en las espaldas de las mayorías que ellos explotan. Un Estado fuerte y en sus manos. Que sea la suprema garantía del estado de cosas que los privilegia. Y que parezca no existir.

La polémica, entonces, en el plano teórico, contraponía al liberalismo económico, que no consideraba necesaria ninguna traba a la globalización, con quienes quieren conservar el control de lo imprescindible.

Para los primeros no había que poner trabas, todo “andaba bien”.

Cualquier cosa, fruslería o de valor estratégico, se podía producir en cualquier lado. El infalible “dios mercado” regularía.

Únicamente guiado por la obtención de una mayor ganancia y sin tener en cuenta que el país centro, el hegemónico, no podía tener descontento interior.

Así como no podía prescindir de tener “en casa” asegurada la suficiencia alimentaria y la producción de los bienes destinados a respaldar el poder.

Roma dependía del trigo de Sicilia y Egipto y asegurarle el pan a los romanos era condición necesaria para mantenerse en el poder.

Nada importaba si en las provincias el hambre campeaba. La regular distribución de trigo a los habitantes de Roma conservaba el poder o hacía que se perdiese.

Y las legiones estaban dislocadas en los Limes, pero el oro para pagarlas salía de Roma.

Y como “no solo de pan vive el hombre”, había que darles circo.

Las comparaciones son incorrectas en historia, pero son sumamente tentadoras.

El pan y circo podríamos compararlo con la moderna ambición actual de todo yanqui.

¡El automóvil, por supuesto! Uno para cada uno, bien grande y nuevo. La “casita soñada”, con multitud de habitaciones y baños, dos pisos, césped para cortar y un vallado de madera para encalar. El perro grande e inútil, el cuarto de lavado y su “cuarto de hobbies”.

Aunque no lo tengas.

Una especie de locura controlada por los bancos y las inmobiliarias impulsa la constante migración hacia el suburbio cada vez más lejano, la hipoteca cada vez mayor y las ciudades cada vez más extendidas.

Es todo un tema que dejo de lado: la “fragilidad de los conglomerados urbanos”.

Hay más “sueños americanos”.

La sociedad de consumo es tan imperiosa como la necesidad de agregarle circo a los repartos de trigo.

La cargazón infinita de tecnologías de la comunicación para mandarse mensajitos y emoticones. Su licor, su porrito y su esnifada.

Su “culto” sin hacer mucha distinción. No es cuestión de “iconoclastas” contra “iconódulos”.

La cuestión es tener un culto adecuado al vecindario y al color de piel.

¡Congruente, podríamos decir!

Todo eso tiene un costo al cual es necesario agregarle el inmenso costo del despliegue militar en todo el mundo.

Trump es un rudo y torpe matón. Pero no es una excepción o un error. Es lo que los States necesitaban. Y su rudeza esconde la necesidad de reformular los términos de la globalización.

Porque hay competidores que ponen en cuestión su hegemonía económica y, tras de ella, la militar.

Porque, el descontento de los “romanos”, es decir, los votantes, estaba cuestionando la ficción democrática de esa república con presidentes que son reyes temporarios.

El concepto tan sencillamente formulado como “nueva realidad” tiene un significado profundo: la distribución del poder se reformulará en beneficio de las potencias y clases hegemónicas con el supremo objetivo de mantener el poder en manos del capital.

No estoy seguro de completar la palabra con la calificación que desde hace casi un siglo la acompaña.

Cuando mencionamos al capital, ya hace tiempo que no estamos pensando en casos concretos como Henry Ford. Estamos pensando en corporaciones, fondos de inversión, mercado de acciones y esas modalidades. En capital financiero.

Ubicuo, inasible, casi inmaterial. Global por su dislocamiento y asentado en el sistema legal de la nación que controlan para que la misma controle al mundo.

Ya hay una “nueva realidad” y la misma ha sacado provecho del coronavirus para instalarse sin que siquiera no notásemos. No digo “lo resistiésemos”. ¡Ni nos dimos cuenta!

La operativa para resolver una crisis que amenazaba con derrumbar todo el tinglado ya estaba planificada. Y urgía ponerla en práctica.

Sucesivos temores provocados por enfermedades epidémicas habían mostrado el camino.

Tal vez el primer campanazo fue la aparición del sida. ¡Un terror que parecía un castigo divino! ¡Castigaba la homosexualidad! ¡A la drogadicción! ¡A la promiscuidad! Una especie de pánico bíblico que pronto se fue aclarando. No era invencible, no era infamante porque atacaba a todo contacto sexual y era controlable. Evitable con precauciones mínimas. Tampoco el ébola u otras enfermedades tropicales asustaban demasiado.

Estaban  lejos.

¡Hasta que llegó el coronavirus cuya existencia no niego! Tampoco, con torpe ignorancia, le atribuyo una peligrosidad muy baja. Es muy contagioso, razón por la cual hay que temerle.

Puede ser banal y hasta padecerse sin síntomas, pero puede ser mortal. Sobre todo, puede ser “la estocada final” para quienes se infectaron con Covid-19 con el organismo muy debilitado.

¡Es mundial! Vino de China, con su carga de  sospecha y misterio. Se contagia por vías no precisamente identificadas. Y encuentra al mundo con más viajeros que nunca. Con esos elementos tenemos lo suficiente como para iniciar la “operación control”.

Alcanza con formar una pequeña bola de nieve y lanzarla desde lo alto. ¡En tanto haya nieve y la pendiente se mantenga, no hay que hacer nada más!

¡Nos metieron para adentro!El mundo hervía. Conflictos armados en todo Medio Oriente y manifestaciones de protesta en todo el resto. La clase política estaba “perdiendo el favor del cielo”.

En Chile, Ecuador y Colombia la gente era imparable en la calle. En Bolivia, el golpe de Estado se había consumado y la derecha se había instalado en el poder. Bolsonaro en Brasil.

En Centroamérica la protesta tomaba la forma de caravanas migrantes. En Hong Kong las protestas masivas eran contra el incremento del control por parte del gobierno central. India viene procesando un incremento de una intolerancia agresiva para con los musulmanes.

Reino Unido se separa de la Unión Europea; Angela Merkel se retirará; Macron no pudo controlar las protestas y gana tiempo prometiendo y reprimiendo.

La inestabilidad política de Italia y España ya han pasado a ser un dato de la realidad. Y por toda Europa el descontento sin esperanzas de izquierda se inclina hacia el populismo de derecha fascistoide.

Ucrania no se resigna a aceptar la pérdida de Crimea y mantiene una guerra intermitente y sangrienta contra otros “rusófilos”. Lo que la convierte, junto con Polonia, en base de posible agresión contra Rusia.

No estoy en condiciones de enumerar todas las tensiones y protestas y menos detallar sus motivaciones así como sus focos impulsores.

Pero las clases dominantes estaban jaqueadas en los cuatro rincones del mundo y en el más importante, en la Bolsa de Nueva York, el colapso era (y es) inminente. Colapso de especulación. Colapso de desfinanciamiento de los gobiernos y crecimiento a niveles inimaginables de la deuda global que hoy supera cientos de veces el PIB anual del mundo.

Colapso del libre comercio asesinado por los acuerdos regionales. Colapso de una Organización de las Naciones Unidas que, con sus organismos y su Asamblea General, cada vez se parece más a una ballena muerta que flota y se descompone.

¿Cuánto podía durar esto?

La imposición de un “gran pánico” ha venido como anillo al dedo.

Nos debatimos para colaborar, en remediar las carencias de los sistemas de salud jaqueados por la pandemia.

Por cubrir solidariamente las necesidades de los sectores más desprotegidos de la sociedad. Y por no infectarnos, pero, sobre todo, por no infectar. Lo peor es el aislamiento autoimpuesto. Nos sometemos por solidaridad: ¿cómo vamos a contagiar? ¿Y si somos portadores asintomáticos y andamos desparramando virus y matando viejos?

El chantaje implícito en ese concepto de “asintomático” nos paraliza mucho más que el temor por nuestra salud.

¡Nos metieron para adentro! Y no sabemos cómo salir.

Es difícil. Ni siquiera tenemos claro cuán profundo es el control en el cual estamos metidos. Tampoco cómo será la nueva realidad en la que emergeremos.

¡Nos agarró a contrapié!

No tengo solución; ni siquiera estoy seguro de que mis sospechas estén fundadas en evidencias incontestables.

Es un “puede ser”. Un “me parece”. Un alerta porque no veo el fuego, pero huelo a humo.

Únicamente tengo una certidumbre: nada se puede sin el consentimiento de la gente.

Podrán someternos por la fuerza o en engaño, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo. Y tampoco tenerlos sometidos.

Ya encontraremos los caminos si somos capaces de recordar que “el hombre es un animal político”.

Si no nos dejamos separar, aislar y fragmentar, terminaremos por encontrar las formas.

Como siempre: únicamente debemos contar con nosotros mismos.

 

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