La OCDE acaba de publicar un informe que debería encender alarmas en todos los gobiernos: más de 200 casos reales de uso de inteligencia artificial (IA) en el sector público. No se trata de escenarios futuros ni de pruebas piloto aisladas. Es la evidencia concreta de que la transformación ya está en marcha, mientras muchos países siguen debatiendo si están —o no— preparados.
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La conclusión es clara: el debate sobre la adopción de la inteligencia artificial en el Estado llega tarde. La discusión ya no es si avanzar, sino cómo hacerlo y con qué reglas.
Cuando la IA falla: el caso que sacudió a Europa
El informe también muestra los riesgos. En Países Bajos, un sistema automatizado utilizado para detectar fraude en subsidios infantiles terminó acusando erróneamente a 26.000 familias. Las consecuencias fueron devastadoras: pérdida de empleos, viviendas, rupturas familiares y una crisis política que llevó a la caída del gobierno. El algoritmo no solo falló, sino que amplificó sesgos, afectando especialmente a familias de origen migrante.
El caso se convirtió en un ejemplo global de lo que puede ocurrir cuando la tecnología se implementa sin controles adecuados, sin transparencia y sin supervisión humana efectiva.
Cuando la IA funciona: eficiencia a escala
Pero el informe también muestra el otro lado. En Austria, la administración tributaria utiliza inteligencia artificial desde hace más de una década. Solo en 2023, analizó millones de casos y logró recuperar 185 millones de euros en impuestos no declarados. Sin ruido, sin grandes anuncios, pero con una eficiencia difícil de igualar.
En Francia, la tecnología cruza imágenes satelitales con declaraciones fiscales para detectar construcciones no registradas. Piscinas, ampliaciones o propiedades invisibles para el sistema pasan a ser identificadas con precisión. El Estado amplía así su capacidad de control con herramientas que hace pocos años eran impensables.
Un caso particularmente relevante es el de Brasil, donde la inteligencia artificial comenzó a abordar uno de los mayores cuellos de botella del sistema: los litigios fiscales. Con miles de millones de dólares en disputa y procesos que podían tardar años, la IA permite agrupar, priorizar y gestionar casos con altos niveles de precisión, acelerando tiempos y reduciendo costos.
Servicios públicos más ágiles
La aplicación de la inteligencia artificial no se limita al control o la fiscalización. También transforma la forma en que los ciudadanos interactúan con el Estado.
En Singapur, un sistema basado en IA atendió decenas de miles de consultas tributarias, reduciendo significativamente los tiempos de gestión y liberando recursos administrativos. No se trata de respuestas automatizadas básicas, sino de sistemas capaces de interpretar contextos y resolver trámites completos.
En Argentina, el sistema Prometea ya se utiliza para generar borradores de resoluciones judiciales a partir del análisis de expedientes. Esto acelera procesos que tradicionalmente eran lentos, introduciendo una lógica de mayor eficiencia en un sistema históricamente congestionado.
El riesgo de hacer mal las cosas… o de no hacerlas
El informe deja una advertencia central: la inteligencia artificial no corrige automáticamente los problemas estructurales del Estado. Si los procesos son ineficientes, la tecnología puede simplemente amplificarlos. Si hay sesgos, los puede profundizar. Si falta transparencia, puede volver las decisiones aún más opacas.
Pero hay un riesgo mayor: no hacer nada.
Mientras algunos países avanzan en la construcción de un Estado más inteligente, otros corren el riesgo de quedar rezagados, perdiendo competitividad, eficiencia y capacidad de respuesta. La inacción no es neutral: implica ceder terreno en un proceso que ya está redefiniendo la gestión pública.
La evidencia es contundente. La inteligencia artificial ya está transformando el funcionamiento de los Estados, desde la recaudación hasta la justicia, desde la atención ciudadana hasta la toma de decisiones.
El desafío no es tecnológico, es político e institucional. Se trata de definir reglas, construir capacidades y establecer marcos de gobernanza que permitan aprovechar el potencial de la IA sin perder de vista derechos, equidad y transparencia.
Porque el tren, efectivamente, ya salió. Y la decisión no es si subirse o no, sino en qué condiciones hacerlo.