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A PROPÓSITO DE UN ARTÍCULO DE IGNACIO DE POSADAS

El insoportable hecho de que las mujeres también somos personas

Las mujeres de Uruguay tenemos una Ley que prioriza los derechos humanos, que responsabiliza al Estado de las causas y de las consecuencias de la violencia que sufren las mujeres, que reivindica su independencia y que protege a los menores en situación de vulnerabilidad.

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El Proyecto de Ley Integral para garantizar a las mujeres una vida libre de violencia basada en género aprobada en el Parlamento hace algo más de un mes sigue haciéndose eco en los medios y, desgraciadamente, suenan voces contrarias a la aprobación que, lejos de argumentar y rebatir, despliegan su habilidad destructiva que enriquece poco al debate colectivo, demostrando una vez más que por la boca muere el pez, y que esta resolución parlamentaria es un avance para las mujeres en particular y para la sociedad en general.

El movimiento feminista entendió desde sus inicios que el final de las violencias machistas, en todas sus formas, no podía tener su cuna únicamente en el plano institucional, y que la modificación de las leyes en pos de garantizar más y mejores derechos no sería suficiente, pues cuando una violencia es estructural hasta los poderes del Estado se empapan de ella.

El otro campo de batalla, por tanto, es el de las prácticas normalizadas y, en este sentido, esta ley demuestra que existe un cuestionamiento y una denuncia por parte de gran parte de la ciudadanía con respecto a las normas que determinan dichas prácticas. Vivimos en una sociedad cuyo discurso social dominante responde principalmente a las necesidades e intereses de los hombres. Dicho discurso es tan poderoso que se proclama verdadero, firme e intocable a través del lenguaje, de las normas, de las leyes, de las políticas y de las prohibiciones.

A lo largo de la historia han sido los hombres los que han ocupado puestos de poder, los que han llevado a cabo el desarrollo del intelecto y de la razón y, por tanto, los principales productores del discurso social dominante, de las normas y de los derechos. Esto supuso una posición de subordinación para las mujeres, dando paso así a una relación de poder que aún pervive.

La diferencia que existe entre la posición ocupada por ellos y la posición ocupada por nosotras, las mujeres -diferencia a la cual el discurso ha ido favoreciendo a lo largo de la historia-, ha sido achacada siempre a la esencia que deriva del sexo, haciendo referencia al hecho biológico y a las características físicas de los cuerpos, cuando realmente esa diferencia proviene de la asignación automática de ciertas formas de comportamiento y actitudes en la sociedad. Las instancias de producción discursiva, de producción de poder, de producción de saber y de conocimiento son, al fin y al cabo, las instancias de producción de la norma, proclamada verdad. Dicha verdad se in-corpora (se penetra en el cuerpo), se introduce bajo las conductas, se interioriza como natural en la vida y en el día a día de todas las personas.

La función de dichas pautas y determinaciones, en tanto que imposiciones que tenemos que seguir o a las cuales debemos de ajustar nuestra forma de ser y de actuar, es garantizar que tanto las mujeres como los hombres cumplamos dentro del conjunto de la sociedad ciertas funciones que permitan sostener un sistema capitalista repleto de modos de consumo, de estereotipos y de formas de relacionarnos tanto en el ámbito privado como en el ámbito público, consolidando así el discurso. Dicho discurso está encarnado en el conjunto de la sociedad, pues nos acompaña desde los primeros minutos de nuestras vidas y está al servicio de las necesidades de un sistema productivo que, por ende, concibe y legitima el sistema patriarcal, y que no posibilita la construcción de sujetos capaces de relacionarse en condiciones de igualdad o, como mínimo, en condiciones de justicia. Se trata de comprender que el poder se encuentra enquistado en la estructura propia de las disposiciones y relaciones sociales en la que nos desarrollamos y desenvolvemos. Son dichas relaciones las que han sido construidas en base a unas normas, y reproducir sus dinámicas de forma natural no es otra cosa que el reflejo de que pertenecemos a un marco que nos dice cómo debemos relacionarnos y con quién, en qué términos y bajo qué condiciones.

Es por eso precisamente que el marco, poco a poco, hay que reconstruirlo, para entablar otro tipo de relaciones que no subordinen a nadie, para que no tengamos que soportar la violencia, que va desde el asesinato a la objetualización, pasando por el acoso callejero, la invisibilización en los espacios públicos, las desigualdades laborales o la atribución de supuestas tareas innatas o naturales a nuestro sexo.   Esta ley viene a decir que el discurso dominante no ha priorizado las voces, las voluntades y las necesidades de las mujeres, y que no nos conformamos con asumir dicho discurso como propio. ¿Por qué? Porque ese discurso legaliza sueldos más bajos para las mujeres con respecto a los hombres, permite que un juez nos pregunte después de una violación si cerramos bien las piernas, legitima a los hombres a opinar sobre nuestros cuerpos e invadir nuestro espacio.

En la punta del iceberg, por si aún no quedara claro, nos matan, y las leyes absuelven a los asesinos y el discurso les perdona. Esta ley es una victoria del feminismo y viene a combatir el machismo, y ese machismo no es la violencia que sufrimos las mujeres por parte de los hombres (como creen algunos, que se quejan de que la violencia que sufren los hombres hay que priorizarla de igual manera), sino la violencia que sufren todas aquellas personas que, frente a la posición de poder de los hombres, son víctimas en tanto que subordinadas. Y esto engloba a mujeres, pero también a niños y a niñas, a personas trans y a homosexuales. Lo que nos hace víctimas de las violencias machistas son las relaciones de poder.

La eterna lucha de las mujeres día a día es la del reconocimiento de nuestra identidad, la mención de nuestra existencia, la consideración de lo que somos y de lo que hacemos. No queremos luchar por dejar de ser sujetos sometidos, queremos que los sujetos que nos someten dejen de hacerlo, y si esta Ley se dota de todas las herramientas posibles para ello, como parece que pretende, adelante con la aplicación de todos sus artículos.   No se trata con esta Ley de crear una nueva Constitución, sino de adaptar la que existe a las necesidades de la ciudadanía, que han de ir configurándose en base a las voluntades y deseos por parte de un pueblo. Ese pueblo son también todas sus víctimas. La ley no se elabora y aprueba con el fin de defender a las mujeres frente a los hombres y priorizar la violencia que sufrimos nosotras más que la que ellos pueden sufrir, se trata de poner en cuestión las relaciones que entablamos a nivel social y que llevan a unos a estar, en la mayoría de las ocasiones, por encima del resto. Y eso es un hecho.

Cuando las mujeres luchamos por el reconocimiento de unos derechos esperamos que esos derechos sean recogidos por nuestros representantes políticos, y su defensa aplicada por nuestra justicia una vez convertidos en leyes. Si nos regimos por prácticas normalizadas, y normalizar algo es convertirlo en ley, es preciso cambiar las normas para tener otras leyes, pero, como bien dice Ignacio de Posadas, que es en lo único en lo que estaríamos de acuerdo, las leyes no garantizan nada. Por eso, junto a las leyes, hay que hacer un cambio más profundo que derribe los estereotipos que nos acompañan en la publicidad, en los libros de texto de las escuelas, en la prensa o en los cuentos de Disney. Y ambos lugares, el institucional y el simbólico, son los que hay que disputar desde lo que algunos llaman ignorancia voluntarista, para que a las princesas no nos encierren en torres y para que los príncipes sean juzgados si nos besan sin nuestro consentimiento.