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Internacionales |

España y Ceuta: Víctimas, desahucios y compasión selectiva

De Ohlendorf al desahucio de Maricarmen y la crisis de Ceuta: la compasión selectiva decide quién es víctima y quién no.

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Otto Ohlendorf: el rostro de un hombre normal

Otto Ohlendorf es uno de esos personajes que diríase que la historia nos ofrece para poner a prueba nuestra comprensión de los entresijos del alma humana. Si uno tiene la oportunidad de encontrar alguno de los documentos audiovisuales en los que aparece verá a un hombre de aspecto atildado, bien parecido incluso, en ese tramo de edad de la cuarentena cuando se supone que cada hombre es responsable de las facciones de su rostro. Y a juzgar por ellas cualquiera diría que era un hombre honesto y culto (de hecho estudió Economía y Derecho en sendas universidades alemanas de prestigio), fiable en el cumplimiento de su trabajo (muy eficiente, en efecto), dedicado padre de familia (de cinco hijos, nada menos) y devoto esposo. Un dechado de virtudes.

Herr Ohlendorf fue ejecutado mediante ahorcamiento el 7 de junio de 1951 a los 44 años de edad. Fue sentenciado a esa pena tras ser sometido a juicio por el Tribunal Militar Internacional –más conocido como Tribunal de Núremberg– y haber sido declarado culpable del asesinato de al menos 90.000 personas durante el tiempo que estuvo al mando del Einsatzgruppe D en el sur del frente oriental, mayormente en Ucrania y Crimea, entre junio de 1941 y julio de 1942.

Puntualicemos que los Einsatzgruppen eran escuadrones móviles de la Alemania nazi formados por miembros de las SS, pero no solo, como expone el documental titulado en castellano Aquellos hombres grises, aunque su título original en alemán es más acorde con el punto de vista que el filme adopta: Ganz normale Männer-Der vergessene Holocaust; traduciéndolo literalmente: «Hombres completamente normales-el holocausto olvidado».

Otto Ohlendorf era uno de ellos, un tipo normal en su aspecto y comportamiento al margen de su trabajo durante aquel periodo de tiempo en el que era el director de una siniestra orquesta que interpretaba a diario la horrenda sinfonía del asesinato sistemático de seres humanos, incluyendo entre sus víctimas a niños, mujeres y ancianos. (Qué escalofriante me resulta conforme escribo esto el pensamiento inevitable de que entre los perpetradores del genocidio de Gaza habrá muy probablemente descendientes de los que cayeron bajo el fuego de aquellos alemanes tan normales… Tan normales como los propios militares israelíes que impunemente ejecutan desde hace años el mismo crimen).

El documental expone los hechos, parcialmente dramatizados, apoyándose en los testimonios de solventes expertos revelando en efecto que el grueso de los miembros de tales escuadrones de la muerte estaba conformado por hombres “normales”, muchos de ellos voluntariamente alistados en la creencia de que iban a ejercer labores de policía en los territorios orientales ocupados por la Wehrmacht. De esa manera se libraban de la pavorosa carnicería que tenía lugar en el frente de guerra. No eran fanáticos nazis, sino gente del pueblo por así decir; trabajadores de oficios tradicionales, como panaderos, carpinteros, albañiles, etc. En realidad, no sabían a lo que iban, y cuando se enfrentaron a la espantosa evidencia de su misión tuvieron que asimilar brutalmente el horror moral de su “trabajo” y el inconmensurable coste psíquico que les suponía. Así consta en informes de la época, informes que fueron elevados a los responsables pertinentes, lo que llevó a industrializar el procedimiento para evitar el asesinato cara a cara. Los campos de exterminio no fueron solo motivados por la intención de alcanzar el máximo de productividad genocida, sino que también se diseñaron con la finalidad de evitar el enorme desgaste anímico que suponía para los integrantes de aquellos pelotones de ejecución.

«Mis hombres sufrieron más que las víctimas»

Cuando el hundimiento final del Tercer Reich se produjo el leal Otto Ohlendorf no trató de huir, sino que permaneció con el grupo personal del Reichsführer de las SS Heinrich Himmler –el responsable principal y administrador de los campos de exterminio– siendo testigo de su arresto el 20 de mayo de 1945 en Luneburgo. A partir de aquí sus declaraciones ante las autoridades militares y judiciales aliadas fueron todas de una sinceridad desconcertante. Me llama especialmente la atención la siguiente, recogida en el documental mencionado: «Mis hombres sufrieron más que las víctimas». Ante estas palabras y sabiendo a qué se refieren uno tiende a pensar que quien las pronunció debía de ser como poco un cínico si no un monstruo capaz de alcanzar un nivel de maldad que lo expulsa fuera de la raza humana. O quizá no; puede que sea la prueba –la enésima– de que dentro de la condición humana cabe lo más atroz de forma tan natural como lo más noble.

Pero Ohlendorf no era un cínico. Se tomaba muy en serio lo que hacía y no se lo ocultó a nadie. Su honestidad ciertamente era de una crueldad lacerante, pero honestidad al fin y al cabo que los jueces de Núremberg le agradecieron explícitamente. ¿Cómo es posible reconocer virtudes como la lealtad y la honestidad en alguien a quien uno, por otro lado, no tendría ningún reparo en calificar de psicópata? Por eso sus palabras son un desafío para la inteligencia humana y nos arrojan a la perplejidad, porque era sincera su victimización del verdugo, de los 900 hombres que tuvo a su mando y que día sí y día también, semana tras semana, mes tras mes, disparaban a pocos metros de distancia, mirando a la cara, a niñas y a niños y a todos sus familiares. ¡Esos hombres sufrieron más que sus víctimas!

Nos explica el experto psicólogo que participa en el documental que «los perpetradores buscan mecanismos psicológicos que puedan usar para presentarse como víctimas, porque tuvieron que hacer cosas que les hacían sufrir». Estamos ante una aplicación selectiva de la compasión que confirma Benjamin Ferencz, fiscal en los juicios de Núremberg. Él fue quien se encargó del caso de los Einsatzgruppen. Tuvo que escuchar, entre otras iniquidades, cómo Ohlendorf instruyó a sus hombres para que mataran a los bebés de una determinada forma que conllevase un menor sufrimiento para aquellos amén de un notable ahorro de munición. Ahorro al lector los espeluznantes detalles.

¿Quién merece nuestra compasión?

He aquí una cuestión de una profunda relevancia ética, a saber: ¿quién merece nuestra compasión? ¿A quién debemos identificar como la víctima en una situación o hecho susceptible de juicio moral?

Hace un par de siglos el filósofo escocés David Hume sostuvo que los hechos morales no son objetos naturales con entidad independiente de nuestro juicio. Determinados hechos se convierten en morales porque el sujeto moral, el ser humano, los reconoce como tales. Es su mirada la que les otorga esa condición que les aparta del resto de hechos que en el universo acontecen porque son objeto de valoración; es decir, pueden ser calificados, a grandes rasgos, como buenos o malos. Hume revolucionó la ética al cuestionar que nuestro juicio moral tenga un fundamento racional. Según él, los juicios morales son esencialmente de naturaleza emocional, aunque podamos apuntalarlos con razonamientos más o menos sofisticados de apariencia lógica.

Un siglo después Arthur Schopenhauer atribuyó a la compasión ser nada menos que el fundamento de la moral, ya que ella es la única que excluye el egoísmo como motivación de la conducta. La compasión, en efecto, se ejerce sobre la experiencia de sufrimiento y carencia del otro al convertir su sufrimiento en mi sufrimiento. Para Schopenhauer era «el gran misterio de la ética».

Ya en nuestro siglo la filósofa norteamericana Martha C. Nussbaum, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2012, defendió en su libro Paisajes del pensamiento. La inteligencia de las emociones que la emoción es una función de las facultades cognitivas. Equivale a decir que nuestra percepción de la realidad nunca se halla exenta de una dimensión afectiva que es un componente ineludible de nuestro conocimiento. Sostiene Nussbaum: «El reconocimiento de la afinidad en la vulnerabilidad es, entonces, un requisito epistémico muy frecuente y casi indispensable para que los seres humanos se compadezcan […] la mayoría de las veces extendemos nuestra simpatía basándonos en la existencia de una vulnerabilidad compartida ante el dolor. Pensamos qué horrible sería sufrir un dolor así y sin esperanza alguna de cambiarlo». Más adelante dirá que ese pensamiento «promueve la selección de principios que elevan los niveles mínimos de la sociedad».

De Maricarmen a Ceuta: la compasión selectiva y el «malismo»

Me pregunto a qué altura deja «los niveles mínimos de la sociedad» el caso del desahucio de la señora María del Carmen Abascal Martín (Maricarmen). Desde luego parece dar la razón a esa tradición filosófica de carácter emotivista. El detonante del juicio moral prácticamente unánime que condena la acción –legal, no se olvide– es la identificación de la víctima a través de la compasión que genera ese «reconocimiento de la afinidad en la vulnerabilidad» a la que alude Nussbaum. Pero de nuevo aparece la compasión selectiva cuando se trata de reconocer a la víctima. En este sentido resulta llamativo que sea alguien que se supone investido de una cierta autoridad moral por su destacado cargo eclesiástico quien se acerque a la valoración manifestada en su día por Ohlendorf a propósito de sus víctimas. El silencio que había mantenido el episcopado español acerca de la crisis humanitaria de Ceuta y el desahucio de Maricarmen acabó con las declaraciones de su jefe hace un par de semanas. En ellas el Excelentísimo y Reverendísimo Señor Luis Argüello mezcló la vulneración del derecho constitucional a una vivienda digna de una anciana con la crisis de Ceuta y «el desahucio del vientre materno (sic) provocado mediante el aborto». El juicio moral del prelado se retrata al señalar quiénes son para él las víctimas merecedoras de compasión. En la base de su juicio –como en el caso del criminal nazi– se halla un sistema de creencias políticas de un sesgo ideológico difícil de disimular que impide el reconocimiento de la afinidad en la vulnerabilidad. El resultado es el bloqueo de la empatía hacia la víctima que es Maricarmen.

Tres cuartos de lo mismo sería aplicable al caso de la situación sobrevenida en Ceuta. De nuevo la pregunta básica en el juicio moral (y político) es quiénes son las víctimas, cuya respuesta en un sentido u otro convierte la compasión en selectiva. Como si no fuese posible compadecer a todos, y a todos reconocerles su condición de víctimas, tanto a los inmigrantes como a los ceutíes, pues todos sufren en mayor o menor medida, por una causa o por otra. Ambos grupos son presentados como antagonistas por un planteamiento político mezquino que desvía a la confrontación etnonacionalista lo que debería manejarse según dicta el sentido humanitario dentro del marco legal de respeto a los derechos humanos.

Hannah Arendt acuñó la noción de «banalidad del mal» para categorizar el comportamiento de Adolf Eichmann, un colega de Ohlendorf que fue juzgado en Jerusalén en 1961 tras su captura llevada a cabo por agentes israelíes en Argentina. La filósofa judía de origen alemán asistió al juicio. Fue testigo de cómo el criminal nazi justificó lo que hizo como máximo responsable de la coordinación y organización de los convoyes que enviaron a millones de personas a los campos de concentración y exterminio. En su alegato exculpatorio coincidió básicamente con lo declarado por Ohlendorf: se limitó a cumplir órdenes ejecutando la tarea que era su obligación. Hombres inteligentes y capaces, cultos incluso, pero idiotas morales, según el filósofo Norbert Bilbeny, quien sigue la estela de Hannah Arendt en su ensayo titulado El idiota moral: la banalidad del mal en el siglo XX. En el idiota moral se da la ausencia de pensamiento. Y cuando las condiciones de la vida social contribuyen a que nadie tenga ni tiempo ni propensión para detenerse y pensar se establece un estado de letargia colectiva que dificulta el reconocimiento de la afinidad en la vulnerabilidad. Es lo que crea la diferencia entre ver a los menesterosos inmigrantes de piel oscura como seres cuyos sufrimientos importan y verlos como objetos distantes cuyas experiencias no tienen nada que ver con la vida propia. El juicio moral tiene que superar la brecha psicológica que separa al «ellos» del «nosotros» para atraer a otras personas hacia el ámbito de preocupaciones propio.

En nuestros días el trabajo de zapa ideológica llevado a cabo desde hace décadas en favor de los intereses de las élites del poder global, fundamentalmente económico, ha logrado modificar el marco ético dentro del cual cabe aplicar el juicio moral y, por ende, establecer los límites de nuestra compasión, la cual se siente a partir del reconocimiento de nuestra vulnerabilidad común al dolor, al hambre y a otros tipos de sufrimiento.

Vivimos en los tiempos del «malismo», neologismo que debemos a Mauro Entrialgo, autor del ensayo Malismo, y que define como «el mecanismo propagandístico que consiste en la ostentación pública de acciones o deseos tradicionalmente reprobables con la finalidad de conseguir un beneficio social, electoral o comercial». Si el lector está pensando en Donald Trump como referente mundial del malismo acertará. Su figura ha sido decisiva para extenderlo por todos los rincones del planeta, convirtiéndose en una seña de identidad de la extrema derecha y de la derecha extrema. Y si se piensa en nuestra Isabel Díaz Ayuso («¡pues claro que me gusta la fruta!») como fiel seguidora patria de tan ruin moda volverá a dar en el clavo.

Obsérvese que en ambos exponentes se da el rasgo común de una carencia de empatía o una práctica frecuente de esa compasión selectiva que coloca el foco del victimismo de manera arbitraria. Ténganse en cuenta las declaraciones de la política madrileña sobre las muertes de las residencias de ancianos de su comunidad autónoma durante el confinamiento o las más recientes a propósito del desahucio de Maricarmen, y cuyo estilo no ha corregido tras su fallecimiento.

Que individuos como Otto Ohlendorf prosperen e incurran en actos de la atrocidad que él llegó a perpetrar sin sombra de remordimiento depende en gran medida de todos nosotros, de que no nos dejemos instalar en ese estado de letargia colectiva antes referido. No permitamos que se den las circunstancias para que tal horror se torne realidad (una vez más). Para ello es vital que en las encrucijadas decisivas ante las que nos coloca la historia –las próximas elecciones generales ya convocadas en nuestro país es una de ellas– no nos equivoquemos al identificar a las víctimas y actuemos en consecuencia.

Por José María Agüera Lorente para Rebelion