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EL PRESUPUESTO TIENE MUCHA FANTASÍA

Isaac Alfie, el hacedor de lluvias

Por Alberto Grille.

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Caras y Caretas Diario

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Es curioso cómo el buen marketing personal de un economista puede conducir al desastre de todo un país.

Hay personas que, no se sabe si por su antipatía, su soberbia, su currículum o su distancia con los demás, se valoran más de lo que son en realidad. En particular, cuando un economista se sobrevalora es como el opio de los pueblos.

Suelen ser grandes caretas que detrás de la máscara esconden características que no son fáciles de percibir.

A veces se trata de gente que se destaca por sus aptitudes, son inteligentes, simpáticos, estudiosos. Estos suelen agradar, conquistar, atraer con su gracia. Otros de estos sujetos sorprenden, porque son soberbios, autosuficientes, muy confiados en sus destrezas, atropelladores.

Suele decirse que estos encantadores de serpientes son carismáticos. A veces, de verdad, resulta fácil decir que se trata de carisma, pero es evidente que el carisma es algo muy difícil de definir.

Hay asquerosos que son muy carismáticos y gente buenísima que no tiene carisma ni ahí.

Hay gente que si se lo compra por lo que vale, sale barato, y si se le compra por lo que él y los demás creen que vale, sale carísimo.

Isaac Alfie, conocido como Lito, es un personaje difícil de encasillar; es evidente que tiene algo que lo hace creíble hasta el punto de que lo nombran ministro, lo eligen senador, lo contratan para testimoniar en juicios internacionales, para asesorar a instituciones privadas o del Estado, para ser tesorero de Peñarol, como director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, o también para coordinar al grupo de científicos que asesoran al presidente en la Pandemia.

Alfie se sienta arriba de la billetera, dice saber administrar los recursos siempre escasos y es, a la vez, el circo y el dueño del circo.

Si fuera por lo que a él le parece cuando se mira, Alfie sería un fenómeno.

Es un gato que cuando se mira en el espejo se ve como un tigre. Un león hervíboro. Es una infamia que no sea candidato al premio Nobel. Experiencia no le falta, especialmente en gestionar naufragios. Ha cobrado sueldos en todas las ventanillas del Estado y sigue caminando cosechando aplausos y derrotas tan campante.

Me esfuerzo por encontrar un éxito en su larga carrera de jerarca del Estado y no logro encontrarlo. Fue funcionario de casi todos los gobiernos blancos y colorados, y todos ellos terminaron como el orto. En el 2004, como ministro de Economía, entregó al gobierno del Frente Amplio un país en ruinas; más recientemente, en este último período en que asesoró a Antía en la Intendencia de Maldonado, logró alcanzar un déficit record. Simultáneamente, fue tesorero de Peñarol y consiguió no solo perder el campeonato uruguayo, sino que lo hizo vendiendo a los mejores jugadores juveniles, sin lograr abatir el déficit creciente de mi querido club. Barrera me dijo que Alfie es neoliberal hasta en el fútbol. En el juicio de Aratirí, testimonió contra el Estado uruguayo y, como siempre, su pollo perdió.

A veces pienso que Alfie debe de ser “yetoso“, y me da un poco de pena.

Entonces, me pregunto cómo es posible que alguien que se juega tanto a la suerte pueda carecer de ella, y me asusta.

Según Juan Pedro Damiani, lo peor que hizo Barrera es haberle dejado manejar la caja a Alfie. Alfie es un engañador perfecto, un gran simulador, serial. Algo tiene además de optimismo y fe en sí mismo para que autoridades tan diversas le cedan control para que su nave siempre caiga en picada.

Su proyecto de presupuesto ha revelado una faceta notable que había pasado desapercibida. Isaac Alfie es, además, muy fantasioso y un gran motivador.

El entusiasmo que despertó su proyecto de Presupuesto entre los legisladores de la Coalición de Gobierno lo evidencian.

En su nueva función, Alfie es el inspirador del Presupuesto. El presupuesto tiene un optimismo presuntuoso. Como si lo hubiera escrito íntegramente Alfie.

Supone que todo saldrá bien, se recaudará más y se gastará menos. Al fin del período alcanzará abatir el 50% del déficit fiscal. Corta aquí, corta allá, corta más allá. La cumbia de la motosierra.

El presidente de la Asociación Rural, el productor Gabriel Capurro, sin eufemismos, afirma que Alfie va a hacer lo que nadie nunca hizo, un ajuste fiscal sin aumentar impuestos.

Y como a Alfie le creen todos, nadie se pregunta por qué será que es la primera vez.

Javier De Haedo, más realista, le responde, en El País, que nunca se hizo porque no se puede hacer, porque, por lo que él sabe –más allá de las buenas intenciones–, los supuestos de crecimiento estimados son exagerados y los de recorte del gasto son efímeros. No hay ajuste realista si no se asegura el aumento de los ingresos mediante el incremento de los impuestos o las tarifas públicas… o ambas, dice Javier De haedo.

De Haedo lo torea. Le agita la capa como para que Alfie embista. Le dice que está muy bueno lo que quiere, pero que no puede. Que está sobrestimado el crecimiento y subestimadas las consecuencias de la pandemia sobre la actividad, el impacto fiscal y el empleo. Que el contexto internacional y regional no será alentador, que el dólar probablemente seguirá planchado y el Uruguay seguirá caro en dólares, que las empresas públicas deberán seguir contribuyendo a las cuentas del Estado y que no se podrán rebajar las tarifas públicas.

De Haedo no está en las antípodas de Isaac Alfie, sino que luce alineado con él, aunque menos fantasioso.

Azucena Arbeleche está a la izquierda, si es que está en algún lado.

De Haedo parece preocupado por el sector privado que seguirá con tarifas públicas altas y dólar bajo, y que empezará a protestar cuando se extingan las esperanzas y la luna de miel, máxime si el contexto global le juega una pasada a las ilusiones. El Bank of América también cree que Alfie está exagerando en su optimismo, lo mismo los analistas independientes, los empresarios y la mayoría de las consultoras privadas. Aun las que quieren creer en él.

El presupuesto se juega a la motosierra y pone su foco en la inflación y el déficit fiscal. El dogma es recortar el gasto, los salarios y las jubilaciones. Los primeros dos años, se le hará difícil, pero para los dos últimos luce aún peor. La presión política se irá poniendo complicada y son muchos los que reclamarán aflojar la cincha, primero, los sindicatos; después, las organizaciones sociales, los estudiantes y la Udelar; después, los empresarios pequeños, los medianos, los productores, los parlamentarios de la coalición, y, por último, los ministros.

Al gobierno le será difícil cumplir con las promesas. Ni rebaja de impuestos, ni apreciación del peso, ni mantenimiento del salario real, ni respeto por los derechos conquistados en las pensiones y jubilaciones.

El ahorro en los gastos del Estado para cumplir con la meta del equilibrio fiscal dejará el tendal de víctimas colaterales: la educación, la investigación científica, la salud pública y privada, la Justicia, la infancia, los jubilados y trabajadores, las intendencias, la infraestructura, la vivienda. Tal vez la empresa privada, la industria, y, por qué no, los pequeños y medianos productores agropecuarios que confiaron en este gobierno y pronto van a empezar a sufrir.

Pronto todos se van a acordar de este capitán de las derrotas cuya fama está en las antípodas de la verdad.

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