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Editorial pandemia |

La agencia, el gobierno y la posverdad

Por Leandro Grille.

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El GACH dejó de existir y el gobierno convirtió esa disolución en una oportunidad para mentir elogios y adjudicarse una sintonía perenne con el grupo asesor que durante toda la pandemia produjo el grueso de la información y las recomendaciones oportunas para evitar que el SARS COV 2 hiciera los estragos que, finalmente, hizo. Toda esa parafernalia en torno al desguace del equipo de hombres y mujeres de ciencia más conocido de nuestro país es otra operación de marketing para impedir que el verdadero divorcio traumático entre ciencia y gestión política no opere como una gigantesca mácula sobre el gobierno de Lacalle Pou que, ante toda las cosas, se encuentra empeñado en salir indemne en el juicio histórico sobre su responsabilidad absoluta en el fracaso total y evidente del manejo de la epidemia durante 2021, que le ha costado a nuestro pueblo la friolera de 5.000 muertes, miles de ellas evitables si se hubiese seguido la hoja de ruta propuesta por el GACH el 7 de febrero.

Ahora todo el mundo dice “gracias GACH”, “qué grande que son”, “orgullo nacional” y cosas por el estilo. No me prendo a ese laudatio colectivo, no porque no valore lo hecho por esas decenas de científicos y científicas, sino porque me parece que los coordinadores del GACH fueron renuentes a poner los puntos sobre las íes en muchas ocasiones y, de algún modo, se cuidaron de enfrentar públicamente al presidente cuando este hizo un apostolado de una doctrina delirante cuyas consecuencias eran previsibles desde mucho tiempo antes de que estuvieran a la vista. Al final es claro que el GACH hizo las recomendaciones pertinentes a tiempo, pero, a mi gusto, a sus coordinadores les faltó la vehemencia o la independencia indispensable para plantarse ante el poder político y decir en voz clara, unívoca y audible, que era el gobierno el que tenía la posibilidad y la responsabilidad de blindar el calendario y no un sujeto difuso e indiscernible.

Pero entre todos los que se amuchan para el homenaje ex post, los que menos derecho tienen son el presidente y sus personeros. Ellos, simplemente, los ignoraron. El presidente incluso los tergiversó en horario central. Dijo falsedades fácilmente comprobables, los hizo quedar como un grupo de incompetentes, cuyas recomendaciones se habrían aplicado en más del 90% y no le hicieron mella a la evolución de la pandemia, simplemente porque eso era, desde la óptica del presidente, imposible: ni o so. Como dice él. Y a mí, en el fondo, me apena que los coordinadores del GACH acepten ese homenaje de los mismos que los ignoraron, los vilipendiaron, los acusaron de ser científicos del Frente Amplio en el mismo diario que hoy publica un libro sobre el GACH, como  si nada de esto hubiese pasado en esas mismas páginas.

Hay que reconocerle al gobierno su dominio de la agenda pública en virtud de un dominio impresionante del sistema de medios dominantes. Hacen lo que quieren, dicen cualquier cosa sin ruborizarse. Humillaron al GACH y le terminaron haciendo un homenaje, le echaron la culpa a los muertos de sus muertes, al pueblo de los contagios, instalaron que la libertad responsable era la condición sine qua non de la humanidad, y le hacen bullying a todo el que se les plante en frente. La oposición se puso dura y salieron a batir auditorías que ni siquiera son auditorías, y son capaces de reconocer que ese posrelato de la posverdad es un componente central de su artillería contra la izquierda. Lacalle Pou no va a quedar en la historia como un gran estadista ni mucho menos, pero este período en el que nuestro país fue gobernado por una agencia de publicidad inescrupulosa ante la máxima subordinación de los medios locales se va a estudiar.

Todo hoy es propaganda para tapar los desastres de la gestión en todos los planos. Lacalle Pou no resiste un archivo, pero el archivo no se expone salvo en redes sociales y medios alternativos. Todo hoy es una sucesión de mentiras, mientras el proyecto restaurador avanza en paralelo a cementerios que se expanden para poder enterrar a la víctimas de la pandemia.  Nunca habíamos vivido algo igual, un oportunismo ideológico necrofílico, que utilizó la pandemia para avanzar disciplinado y aprovechó la distracción impuesta por la muerte de tantos compatriotas para construir poder en base a una publicidad ubicua y engañosa.

Las auditorías no son auditorías. Al GACH se le ignoró en el peor momento. Las muertes por miles eran evitables. Los combustibles subieron dos veces y por encima de la inflación. La pobreza creció de forma impresionante porque el Estado es uno de los que menos invirtió en el continente para paliar los estragos sociales de la pandemia; Uruguay vive un deterioro de las libertades en medio de un discurso de la libertad, una supresión sistemática de derechos que desarman el estado social y el presidente se mete hasta en la interna del sindicato médico u ordena al Parlamento pronunciarse contra una cadena internacional para tomar represalias contra todos los frentes que tuvieron el coraje de contradecirlo o de criticarlo. Este panorama terrible de hiperrealidad venturosa montada sobre una política de tierra arrasada tiene fecha de caducidad. Pero, mientras tanto, sigue haciendo un daño inconmensurable a la sociedad, a las instituciones y a la vida.

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