Por Ricardo Pose
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La derecha en Uruguay busca alcanzar el objetivo político que explica parte de la derrota del Partido de los Trabajadores en Brasil, donde se logró imponer en vastos sectores de la sociedad la asociación “corrupción=PT”.
En su defensa, la izquierda se deshace en la búsqueda de argumentos racionales para un discurso que tiene una fuerte impronta emocional, que, como escribíamos en algún artículo pasado, han instalado llamar corrupción a cualquier hecho de investigación judicial e incluso del uso nada discrecional del Artículo 62.
Si se puede razonar que ningún católico ni toda su estructura eclesiástica es pedófila por algunos curas culpables de tan aberrante práctica, se debería poder razonar que asociar al Frente Amplio [FA] con la corrupción es una generalización grosera y premeditada.
No todos los blancos son Cambón, ni todos los colorados Sanabria ni todos los frenteamplistas Bengoa; sin embargo, se ha convertido la generalización en parte del esgrima político, tanto que la discusión se centra en quiénes han tenido menos procesados.
La dificultad reside en que la discusión política se puede dar entre quienes manejan y practican conceptos políticos, pero no con los escatólogos, esto es, no se puede dar entre quienes analizan la política y quienes analizan excrementos.
Entre el masomenismo oriental y el caradurismo escatológico, se convierte en moneda corriente de cierta práctica política, llevada adelante con mucha naturalidad, levantar públicas denuncias de corrupción como quien grita penal a cualquier infracción por parte de quienes luego se niegan a votar una medida para la transparencia financiera de los partidos políticos.
Los escatólogos de las gárgaras con el Republicanismo, pero que manejan sus intendencias como feudos de hegemonía política y económica; escatólogos de la imprenta que destilan y azuzan el odio desde sendos editoriales y columnas, amparados en una pésima definición de la libertad de prensa.
Manejando el ventilador
Orientando el rumbo del viento artificial, los escatólogos inundan y propagan los malos olores de un pozo negro que también tiene buena parte de sus propios desperdicios, al grito salvador de parapetarse detrás del ventilador.
Luis Lacalle, cada tanto, parece tomar distancia de esa práctica, efectista e irresponsable; en la campaña pasada quiso imponer aquel criterio de “Por la positiva” y, ahora, para desmarcarse de la furibundas críticas de sus adversarios internos, ensayó un discurso que reconocía algunos logros y que el propone profundizar.
Claro, como buena pompita, dura poco; ninguno de los sectores empresariales que financiaran su campaña le banca mucho un discurso conciliador, que por error puede llegar a convalidar los derechos laborales y los Consejos de Salarios.
Pero, de alguna manera, hasta los escatólogos se impregnan del mal olor; han sido tan irresponsables que hasta ellos han quedado en el concepto popular de “los políticos son todos iguales”.
Ni con hipoclorito
Calculado en la baja estofa de los pirrios resultados políticos (tantos minutos en los medios de comunicación, algún votante más, 20 aplausos sumados al final de la frase, un venido de otras filas, etc.), van minando la convivencia democrática.
Cuando el ventilador gira con fuerza y levanta algún chijete que da de lleno en el adversario, por más que este se lave con hipoclorito, la sensación del olor queda. Y más allá de su suerte personal, lo que también se agrieta son las formas republicanas de lucha política. No todo vale, aunque ese todo lo difundan los medios de comunicación y las redes.
La argentinización de la política
El show mediático se impuso a la aldeana forma de hacer política en Uruguay; acá la clase política uruguaya se ha enfrentado apelando a veces a la violencia, fuesen estos duelos, guerras civiles, alzamientos y golpes de Estado, pero dentro de mínimos códigos de racionalidad en el discurso político.
Nos vanagloriábamos, aun en la peor de las crisis políticas e institucionales, de no repetir el molde del “que se vayan todos”. Pero ese concepto, amplificado por las redes sociales, ha ido virando a cuestiones que la sociedad uruguaya siempre se cuidó de preservar: la vida personal de la gente.
No estoy seguro si arranco ahí, pero en este país, que siempre separó la vida pública de la privada, un buen día se empezó a hablar en los medios sobre la orientación sexual del entonces candidato Raúl Sendic.
Varios conocíamos las anécdotas de la presencia en boliches gay del exvicepresidente Gonzalo Aguirre, pero a nadie se le ocurría utilizarlo como recurso para el debate político. Ahora no sólo se cruzan comentarios sobre la vida íntima, quizás apaciguado su impacto por la aprobación de la agenda de derechos, pero se utiliza como método lo que lleve a dos minutos de show. Eso y sólo eso explica lo de Graciela Bianchi y sus “contactos con el mundo del espionaje calificado”.
Fragancia arrasadora
El fétido olor impregna todo lo que encuentre a su paso; además de rociar, actúa sobre el tálamo de alguna gente; como el recurso utilizado por ISIS de reclutar lobos esteparios capaces de cometer atentados individuales, se alienta el accionar de gente que no está en su sano juicio o está bajo el efecto de consumo problemático o del lumpen.
El repique en las redes de estos incidentes, además, se hace propuesta y contagio. Se repite hasta el hartazgo el apaleamiento a un delincuente hasta que se naturaliza la justicia por mano propia y el método se convierte en válido para cualquier objetivo planteado.
En el recorrido de la brisa hedionda se atenta contra placas de la memoria, locales partidarios, plantas de transmisión radial, se ingresa al despacho de un ministro y se dejan consignas amenazantes e insultantes y se destrozan imágenes de referentes políticos, surgen provocadores en actos oficiales, políticos, en las ferias, en la calle, en los comités de base de La Teja.
Huyendo como de un pesticida, presurosos y a los tropezones, los de la izquierda de la izquierda profundizan un discurso nada diferente al de la Oligarquía para asegurarse no quedar impregnados, y otros se bajan en el papel de ofendidos de sus colectivos políticos como por el caño de bomberos para crear algo parecido a lo ya creado.
Pero al igual que la niebla, el olor todo lo inunda y cubre.
Una vez más, en la campaña electoral que promete ser la más dura de la historia contemporánea de Uruguay, el Frente Amplio puede seguir cumpliendo aquel rol del infantil juego de las escondidas, en el cual el último libra a todos.