Para un país como Uruguay, estas decisiones llegan sin que haya margen para incidir en ellas. Cuando las tasas suben en Estados Unidos, el dólar tiende a fortalecerse frente a las demás monedas y los capitales buscan refugio en activos estadounidenses. Para las economías emergentes eso significa una deuda en dólares más cara de financiar y presión sobre sus monedas. En el caso uruguayo, un peso más débil se traslada a los precios de los bienes importados y, por esa vía, a la inflación.
El primer lugar donde se va a sentir es el Banco Central del Uruguay, que tiene reunión de política monetaria el 17 de noviembre. Si responde subiendo su propia tasa para contener el dólar y la inflación, encarece el crédito para empresas y familias en un momento en que el consumo es el principal sostén de la actividad. Si no lo hace, corre el riesgo de que la inflación siga subiendo. Cualquiera de los dos caminos tiene costos, y buena parte del problema se define fuera del país.