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Editorial

La gauchada

Por Alberto Grille.

Ya nos habíamos olvidado de las gauchadas de los políticos que antes eran tan famosas y hasta deseadas; probablemente no haya un solo uruguayo que no haya recibido o pedido una.

Tan generosos eran los políticos con los recursos ajenos que conozco a quienes han recibido alguna gauchada en su vida sin quererla e incluso rechazándola.

Las “gauchadas” que hizo Germán Cardozo son verdaderamente las que hicieron y hacen casi todos los políticos blancos y colorados durante los casi ciento cincuenta años de existencia de esos partidos en el gobierno.

Hubo momentos en la historia que el que hacía más y mejores gauchadas era al que mejor le iba en el reparto.

Podías hasta llegar a conseguir un puesto de ujier o portero del Palacio Legislativo si hacías muchos favores y conseguías 250 votos en las internas.

Si hacías más podías ser edil, diputado y tal vez podías llegar aún más alto.

A no dudarlo, es la pura verdad lo que dice Jorge Gandini y Tabaré Viera: todos ellos hacen lo mismo.

El propio Álvaro Delgado se apresuró a declarar a la prensa que Germán Cardozo “nunca va a hacer nada fuera de la ley”, aunque reconoció que no sabía nada sobre el caso en particular.

A propósito, tengo entendido que Álvaro Delgado dispuso de un campo de colonización durante muchos años como consecuencia de una sucesión de “gauchadas” que terminaron en los últimos años de los gobiernos frenteamplistas.

Hay que saber que la historia de los partidos blanco y colorado es la historia del clientelismo.

Muchas veces hemos dicho y escrito que los que peinamos muchas canas recordamos los tiempos en que para conseguir un cargo público, un permiso para poner un quiosco de venta de papel sellado y timbres, una conexión de una línea telefónica y aún para acceder a una “tarjeta de pobre” para que te atendieran en los hospitales públicos o a la leche subsidiada y también para obtener la jubilación, había que disponer de la recomendación de algún político del gobierno de turno y hay que recordar que los gobiernos de turno se integraron durante mucho más de un siglo con tres colorados y dos blancos o viceversa en cada organismo del estado.

Ni hablar de la influencia necesaria para que te sacaran una multa, poner un puesto en la feria o un carro de chorizos en la vía pública.

La “tarjeta del senador” era indispensable para obtener un préstamo sobre sueldos del Banco República y yo vi una cola de tres cuadras en el Teatro Solís, en el año 1985, de portadores de esa tarjeta que se postulaban para ser cabezudos en el corso de Carnaval.

Alguien sugirió una vez que había que hacerle un monumento a La Tarjeta, con la misma solemnidad que el finado Juan Justo Amaro puso el portland para levantar, creo que en Isla Mala, un monumento al caballo.

Si nos remontamos al tiempo de los abuelos y de los padres y abuelos de los abuelos, recogemos las historias de caudillos y comisarios, pulperías, permisos de venta de alcohol, generalas, tabas y chorizada en el día de las elecciones, compra de votos y que se yo cuantas cosas más, además de mentiras, engaños electorales y promesas falsas.

Así que Gandini no tiene nada que contarme. Es y ha sido una práctica común en los llamados partidos tradicionales en donde los vecinos que se acercaban al “clu” del caudillo del barrio, se beneficiaba con un sueldo, una pensión, una ventaja, un beneficio que naturalmente pagaba el Estado y disfrutaba el político que recibía cono contrapartida el voto.

Me contaban que un político blanco, electo Senador, que dicho sea de paso murió pobre, cambió un cargo de Presidente de Ose que le correspondía en el reparto por dos de vocal en UTE y Ancap y a su vez estos por seis de guardahilos y otros seis de chofer con camioneta, que repartió después en el pueblo en donde vivía. Todo pelo a pelo y sin pedir nada.

Obviamente una generosidad admirable.

En el 2004 creímos que se había terminado esa práctica perversa. Cuando en la intendencia de Montevideo se llamó por primera vez a interesados para participar en un sorteo para llenar los cargos no especializados, de limpieza o servicios generales, la gente no lo podía creer y menos aun cuando el concurso se instaló como una práctica generalizada para entrar a los Entes del Estado, a la administración pública y a la Intendencia de Montevideo y después a la de Canelones y otras Intendencias frenteamplistas.

Cuando la jubilación pasó de ser una gracia de los que detentaban el gobierno a ser un derecho que se adquiría con el trabajo y que se cobraba al día siguiente de dejar de trabajar, fue como un terremoto.

No quiero decir con esto que no hubo acomodos en 15 años de gobierno del Frente Amplio porque todos recordamos alguno, pero nunca fue una estrategia generalizada y sistemática como la que desnuda esa frase tan sincera de Gandini, “todos hacemos lo mismo”, defendiendo una práctica política nefasta que utiliza los recursos del Estado para beneficiar a familiares, amigos o potenciales adherentes, lo que redunda en un beneficio propio.

Está claro que si se reduce a eso puede que no sea ilegal, pero pasa a ser ilegal cuando el funcionario que recibe la tarjeta, la llamada telefónica o la recomendación tiene que beneficiar a una persona y no a otra para cumplir con los deseos del político que le pide una “gauchada”.

En realidad, Gandini no lo ve tan mal porque toda su carrera se ha construido con “gauchadas” de este tipo, de la cuál a veces se ha beneficiado, cuando él mismo era contratado en el Ministerio de Deportes como prestador “de auto con chofer”

Muchos creímos que la práctica perversa del clientelismo se había terminado, pero hoy vemos que es una hidra con mil cabezas a la que cuando se le corta una le aparece dos.

Pero no es así y el clientelismo, el acomodo y la tarjetita es una práctica que está vivita y coleando en los pasillos del poder donde los chicos de la 404, que curiosamente llevan el nombre de Aire Fresco, ponen a amigos que conocieron hace seis meses porque se los presentó un amigo o los conoció e un casamiento o estudia con un sobrino y sin ninguna especialización, al frente de reparticiones del Estado.

Podría poner una docena de ejemplos porque este relato, un poco tonto y descarado, sale con cierto desparpajo en los diarios cuando un periodista chupamedias hace una nota de color a uno de los jerarcas recientemente favorecido.

A Germán Cardozo que ha llegado a diputado, a senador y a ministro haciendo gauchadas, no le parece mal pedirle a un jefe policial que le pase  una matrícula, un teléfono o la dirección de un infractor ni hacer una gestión para que se minimice la infracción de una persona amiga que sufrió o cometió un accidente con algún grado de alcoholemia y por eso le pide a su amigo “el comisario” que viole la Ley y eventualmente vaya preso.

Y pensándolo bien, tal vez no calibre el mal que le hace al país esta práctica política que le ha costado al Partido Colorado perder centenares de miles de votos en los últimos 20 años.
Pero Gandini y Álvaro Delgado la tienen que tener mucho más clara desde que la divisa que llevan inscripta en su vincha dice “Naide es más que naide”.

En fin todos hacen lo mismo pero no todos tienen la mala suerte de ser escuchados y grabados por un fiscal indiscreto que se le ocurrió investigar a un policía corrupto que salvo llevar ganado propio, de campo a campo, sin las guías apropiadas, los demás delitos imputados eran por cumplir los pedidos del Ministro amigo… y probablemente, aunque no es estrictamente necesario, correligionario.

Así están las cosas. De ética ni hablemos. Lo que hizo Germán Cardozo está muy mal y él mismo sabe que no lo hubiera hecho si hubiese sabido que lo estaban grabando y que por sus pedidos iba a ir en cana su amigo “el comisario”, que hasta ayer parecía inimputable y servicial porque era el dueño del pueblo.

Cabe decir que según relata el fiscal, el ministro incurrió en sus pedidos de favores en reiteración real pero no es delito pedir una pierna a un amigo, ni varias.

Ahora, lo que debe hacer Germán depende de su conciencia. Si cree que está bien lo que hizo va a seguir siendo ministro porque “todos hacen lo mismo” y la coalición lo va a sostener porque el gobierno ya no aguanta más ministros herreristas y todos tienen miedo de que si se va Germán lo sustituya por el subsecretario que también es amigo de “Luisito”, como la inefable Bianchi.

Para qué seguir levantando polvareda -dice Julio Sanguinetti, asumiendo el papel de juez de la moral ciudadana que nadie le otorgó.

A mi modesto juicio, en materia de ética política es más confiable Germán Cardozo que Julio María. Lo de Maldonado es casi una travesura frente a las macanas que ha hecho y cobijado Sanguinetti en sus casi sesenta años de clientelismo político.

Es difícil que Germán crea que está mal lo que hizo porque lo hizo siempre y porque lo aprendió en su Partido y de sus líderes, y porque, como sabemos, lo más difícil de la vida es la autocrítica.

Me parece que lo políticos sólo aprenden de los revolcones y creo que el Partido Colorado en 2025 se llevará uno grande como un tsunami.

Así que yo voy a esperar sin desearle mal a nadie y menos a Germán que, al fin de cuentas, probablemente cree que se trataba de gestiones inocentes y sabe que sin maldad alguna.

Al fin de cuentas sólo pidió para beneficiar a sus amigos y nunca para que el comisario apretara o encanara a un adversario.

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