En los doce días que pasaron entre la asunción de Lacalle Pou y la aparición de los primeros casos confirmados de coronavirus, la población con ingresos fijos se hizo más pobre por tres mecanismos distintos: se le devaluó el salario por la disparada del dólar, le aumentaron los impuestos y le aumentaron las tarifas por encima de la inflación. En los tres mecanismos le cabe responsabilidad al nuevo gobierno. Las tarifas y los impuestos los aumentaron directamente. Pero incluso en la escalada del dólar jugaron su parte: aunque le echen toda la culpa a la crisis desatada por la pandemia, el aumento de la divisa vino precedido de un concierto de declaraciones alentando la devaluación de la moneda nacional; el dólar en Uruguay trepó más que en todos los mercados del mundo, y el Banco Central se cuidó de no intervenir con decisión y lo dejó subir de forma brusca para beneplácito del ministro de Ganadería y el sector agroexportador al que representa.
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Como si esto fuera poco, una plaga bíblica atravesó el mundo y nos puso a todos en riesgo; nos obligó a confinarnos para proteger la vida de los nuestros y la salud de toda la sociedad. En ese contexto, Lacalle Pou no tuvo el decoro de suspender el aumento de tarifas o de echar mano a recursos extraordinarios para contener el deterioro de las condiciones de vida de los cientos de miles de personas que veían cada día más difícil obtener los medios para su sustento. Así las cosas, es un hecho que hoy la gente gana menos, el dinero vale menos y todo lo imprescindible sale más caro. Y en este panorama desolador, inimaginable un mes atrás, la gente tiene miedo. Miedo al avance de la epidemia y miedo a quedarse sin trabajo, sin ingresos, sin plata para comer.
Todos los modelos epidemiológicos y la experiencia internacional pronostican que la pandemia de COVID-19 puede tener consecuencias catastróficas sobre los sistemas sanitarios de los países afectados si no se toman medidas drásticas de distanciamiento social para reducir la tasa de crecimiento del número de casos, y si no se aplica una política de testeo masivo para poder combatir la propagación, mediante un estrategia dirigida a encontrar infectados, sean sintomáticos o asintomáticos, que permita aislarlos de inmediato, para evitar que sigan contagiando. Mientras no se conoce la extensión en la población del virus ni la identidad de los contagiados, la cuarentena general total es el único instrumento verdaderamente efectivo para contener la epidemia, porque opera sobre la variable más importante pasible de intervención humana: el número de contactos que tienen las personas.
Ahora bien, cualquiera se da cuenta de que una cuarentena total implica una restricción a la movilidad de la gente tan impresionante que es disruptiva de la vida social, y la interrupción de la vida social no puede ser sostenida por mucho tiempo. La gente necesita trabajar para sobrevivir, pero, sobre todas las cosas, necesita del trabajo de los otros, toda vez que la civilización humana se edifica sobre la base de la interdependencia. Hasta el más millonario de los hombres necesita que haya personas que produzcan lo que consume, si no toda su fortuna es papel picado, no sirve para nada. Por eso, incluso en una cuarentena total, hay labores fundamentales que hay que sostener, como la producción de alimentos o los servicios de salud, públicos, mutuales y privados, por poner un par de ejemplos.
Dicho esto, conviene tener presente algunas cosas. Las epidemias son una fuerza de la naturaleza para la que no existen soluciones individuales. La única garantía de que el virus deje de propagarse es que una proporción muy importante de la población, usualmente por encima del 70% para un virus con la tasa de contagio del SARS-CoV-2, adquiera inmunidad frente a él, bien porque ya se infectó y produjo anticuerpos específicos o porque fue vacunado con una vacuna que hoy todavía no existe. Las vacunas junto con el agua potable son las dos más grandes contribuciones a la salud pública de la historia de la humanidad y explican, en gran medida, el aumento de la expectativa de vida de los seres humanos. Y sería importante que los antivacunas tomaran nota de esta pandemia y no siguieran confiando su vida y la de sus hijos a la inmunidad de rebaño de las poblaciones. Porque, además de poner en riesgo sus propias existencias, están facilitando la reemergencia de enfermedades gravísimas, que hoy apenas son testimonios de abuelos o de libros de historias, pero que durante siglos hicieron estragos.
No hay una solución capitalista a una pandemia. El capitalismo, en última instancia, es un sálvese quien pueda, y las pandemias, justamente, solo pueden conjurarse si salvamos a todos. Por eso no nos puede sorprender que los países que mejor manejen esto sean aquellos con Estados más fuertes, sistemas públicos más preparados y sistemas sanitarios más abarcativos.
Para tomar las medidas que habrá que tomar en Uruguay —y mientras más temprano, mejor—, el Estado tiene que estar dispuesto no solo a no disminuir el gasto público o el déficit fiscal, sino a aumentarlo. Buena parte de la población va a necesitar del Estado, y no puede ser que la gente deba elegir entre salir a la calle y exponerse a la enfermedad, perforando la cuarentena, y no comer. El Estado, que es la administración de lo que es de todos, tiene que poner plata en el bolsillo de la gente que lo necesita. Esto significa, indudablemente, subsidiar económicamente a la inmensa mayoría de la población, como ahora mismo están haciendo en un montón de lugares del mundo. No olvidemos que, al día de hoy, hay más de 2.300 millones de personas en cuarentena. Y habrá más. Muchos más. Es importante que el presidente asuma que una epidemia de un virus para el que toda la población es susceptible es una guerra contra un enemigo invisible pero muy real, y exige del jefe de Estado una estatura superior.
Hay guerras que uno elige y hablan de uno mismo. Yo sé que Lacalle Pou hace muchos años que eligió sus causas y no son las mías, no me engaño en ese sentido. Pero hay otras guerras que uno no elige, que sobrevienen y son demarcatorias para siempre, guerras para las que nadie nunca pudo prepararse; esas son las que demuestran de qué estás hecho.