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La olvidada

Por Eduardo Platero.

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Caras y Caretas Diario

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La actual pandemia que padecemos ha motivado ríos de tinta, horas y horas de transmisión por los medios audiovisuales y un inimaginable aumento del tráfico en las redes.

Tal vez el medio menos usado es el viejo y conocido “boca a boca”… ¡Les disparamos a los contactos cercanos de cualquier tipo!

A lo sumo, casi obligados, luego de iniciar el tradicional saludo dando la mano, la retiramos y ofrecemos el codo.

No me puedo imaginar a una pareja de novios trasmitiéndose cariño a codazos. Pero ¡más vale así!

Me tiene un tanto paspado la repetición infinita de la misma noticia, o de las opiniones de un experto o un Juan Lanas acerca de la pandemia y de las medidas de prevención.

En medio del diluvio, conservo (trato de conservar) mi sentido crítico y razono.

En Historia, hay dos momentos en toda investigación. Ya no estoy seguro de recordar su nombre técnico (creo que “heurística” y “hermenéutica”), pero lo primero es encontrar el testimonio y lo segundo es someterlo a crítica.

Encontrarlo es al revés: nos encuentra, nos persigue, nos aturde y nos confunde el aluvión de “noticias” repetido hasta el hartazgo.

La cuestión es interpretar, entender y valorar lo que puede ser importante dentro de esa bola de “urgentes informaciones” que terminan siendo más de lo mismo.

¿Muestra algo nuevo o repite un testimonio anterior?

Esta disciplina me aconseja prudencia.

Es cierto que, como la enfermedad es nueva, ¡novísima!, todos los días se están haciendo avances en el conocimiento de la misma, tanto de su transmisión como de su evolución. Es decir, hay información nueva todos los días, lo que no quiere decir que sea información confirmada.

Lástima, murió Mario Bunge, exiliado en Canadá desde la Noche de los Bastones Largos de Onganía. Nunca quiso volver. Es que los bastonazos tienen, a veces, la función didáctica de enseñar a quien los sufrió a mantenerse lejos.

¡Si habremos perdido valores gracias a la brutalidad de las dictaduras!

Escribió un magnífico tratado acerca de la Ciencia que en una época tuve y, tonto como siempre, terminé prestando. Con paciencia y rigurosidad avanza sobre el método del saber científico.

Con enorme atrevimiento y para simplificar, podríamos decir: 1) Observación y delimitación de un fenómeno; 2) Intento de explicarlo, formulando una hipótesis; 3) Testeo de la hipótesis, confrontándola con el fenómeno que se intenta explicar; 4) Luego de superar todas las pruebas con éxito, formulación de esa “verdad científica” que lo será hasta tanto pueda continuar explicando todas las variantes.

Para evaluar las hipótesis en torno al coronavirus, tenemos que tener en cuenta que es un fenómeno de tal complejidad que amenaza al mundo entero. Razón por la cual, en todos lados, los equipos científicos están observando y formulando hipótesis. Hipótesis que intentan comprender al virus y, a partir de ese conocimiento, encontrar caminos para anular sus daños.

No todas las hipótesis formuladas por serios equipos científicos serán acertadas. La vida irá despejando incógnitas.

En general, el saber científico avanza más por el camino del “ensayo y error” que por “iluminaciones geniales”, que las hemos tenido. En general: intuiciones de personas que ya estaban pensando en el asunto.

La manzana que le cayó en la cabeza a Newton no le aportó un saber mágico. Él ya estaba reflexionando acerca de por qué las cosas caen y nosotros no nos “caemos del mundo cuando este gira”.

¡Y muchas más cosas! ¡No hay manzanas del saber! Pese a la tradición bíblica acerca de la manzana que Eva le hizo comer a Adán. Ya que estamos, ese asunto está en cuestión: el “Árbol del saber”, tal como aparece en la descripción del Libro de Gilgamesh (diríamos, mejor, “las tabletas”), podría no ser un manzano sino un árbol de granadas.

Los resultados fueron iguales y supongo que el sector femenino de hoy cuestiona la historia que inculpa a Eva.

¡No sé si Adán lo hizo de bobo!

Pero, como dijo Martín Fierro: “… esos son otros asuntos”.

Mi intención es recomendar calma y espíritu crítico ante este tsunami de información reiterada que nos aporta poco.

De todo ello, lo único que saco en conclusión es que debemos cuidarnos y evitar los contactos muy cercanos. ¡Tenernos paciencia en la convivencia obligada! Y aprontarnos para lo que pueda venir.

Hace tantos años que vivimos sin sobresaltos, ni penurias, que nos hemos acostumbrado. Pero viviremos dificultades y penurias, no es el coronavirus lo único que nos está pasando.

La pandemia amenaza nuestra salud, quiebra nuestra tranquilidad y encubre la crisis económica mundial en la cual estamos metidos. De ella, la revista tiene gente mucho más entendida que nos puede informar mejor que yo.

No soy economista… pero huelo el viento y percibo olor a crisis. Mayúscula crisis.

El Capital se desplazó de la economía real (aquella que fabrica y negocia cosas) al terreno financiero, que no tiene (o no tiene por qué tener) nada material, simplemente es Capital.

“Crematística pura”, decía Balzac.

No está sujeto a nada, y, a su vez, envuelve y sujeta a todos.

En busca de su ganancia impulsa el consumo, el consumismo, el derroche y el hiperderroche. Pero no le alcanza, y para lograr más colocaciones incursiona en terreno resbaladizo.

La deuda —sean las personales asumidas livianamente porque no nos fijamos en el monto sino en la cuota, sean las contraídas por empresas, o las contraídas o impuestas a los países— se ha convertido en impagable.

Cada vez son más aquellos que no pueden pagar aunque hagan sudar sangre (dólares) a sus ciudadanos, y las cosas están llegando a su punto de ruptura.

¡Luppi lo puede explicar mejor!

La cuestión es que el coronavirus, como el capote con el cual el torero “maneja” al toro, está sirviendo de gran tapadera.

Mientras nos cuidamos de estornudar en el codo, desconfiamos de todo aquel que se nos cruza y reclamamos más enclaustramiento, la Crisis nos está envolviendo.

¡Ya estamos dentro y no nos damos cuenta!

Puede caberle alguna responsabilidad al Gobierno, y este puede achacar todo a la “herencia maldita”, pero lo indudable es que, con o sin coronavirus, la crisis ya nos envolvió.

Mala liga la del presidente. Laboriosamente, luego del revolcón contra Tabaré, armó una coalición para ganar. Diversa, con contradicciones que en algún momento lo pondrán en duras disyuntivas, pero que sirvió para ganar.

Con susto pero: ¡ganó!

Ahora tiene que gobernar. Cinco años.

No lo voté, pero le deseo suerte.

No le aseguro buena fortuna, creo que las pasará moradas, pese a lo cual le deseo suerte.

Por nosotros, en primer lugar.

¡Punto por aquí! Que quiero recordar una pandemia que viví, que vivimos en todo el mundo y que nos golpeó con severidad.

Un tanto extrañado, noto que nadie recuerda a la epidemia de poliomielitis. La temida Parálisis Infantil que amenazaba a niños y jóvenes en todo el mundo.

Roosevelt la padeció y como secuela tenía enormes dificultades para desplazarse. Por eso, todas sus fotos son en posición de sentado.

Flagelo eterno hasta que apareció la vacuna en la segunda mitad de los años 50 del siglo pasado. Por circunstancias que me son desconocidas, la polio se volvió particularmente agresiva en esa década.

En el mundo.

Del feliz e inolvidable “Maracanazo” a la honrosa derrota frente a Hungría en el 54 (llena de honor, pero derrota), el comienzo de las dificultades encadenadas.

Nos peleamos con Perón y los argentinos dejaron de venir. La crisis de la carne cerró frigoríficos gigantes como el Swif y el Armour, los ingleses dejaron de comprarnos y los rurales no le vendían al Nacional.

Fueron los años del “contrabando” de carne desde Canelones.

El precio de la lana se derrumbó ante la irrupción de los sintéticos. Parece cosa de broma, pero nos moríamos por “una camisa de nailon” que nos hacía sudar como en el infierno y se ponía amarilla.

Pero era la moda.

En medio de todas estas calamidades (hubo más, los yanquis le bajaron el pulgar a Luis Batlle), la Polio nos atacó con dureza.

Los Grupos de Riesgo iban de cero a 18 años. ¡Suerte la mía!, en ese momento estaba por joven. Ahora, lo estoy por veterano.

Las playas de la capital quedaron desiertas. Ya había temor por la abundancia de colibacilos, y cuando arrecio la Polio ni siquiera paseabas por la rambla.

Quienes podían mandaban a los menores al Interior y todos estábamos haciendo colectas para comprar pulmotores.

En los casos graves, la polio paralizaba el tórax y no se podía respirar. Los pulmotores, que llegó a haber como veinte o treinta, estaban en el Filtro y a los enfermos los metían en esos cilindros que apretaban y soltaban el costillar.

¡Horrible! Y mortal. Llegué a conocer a uno que “había estado en el pulmotor” y sobrevivió. En general, era la etapa previa a la muerte.

La Ciencia del mundo entero buscaba la vacuna. Al final, con poco intervalo entre ellas, aparecieron dos: la de un Doctor Salk y la que actualmente está en uso.

En una decisión valiente y desesperada, el Concejo Departamental de Montevideo decidió vacunar. Era una gota de un líquido oscuro que ponían en un terrón de azúcar para que la disolvieras en la boca.

¡Ah, Rausa, cómo extraño tus pancitos!

Más allá de este recuero frívolo, quiero destacar que Montevideo fue la primera ciudad del mundo en animarse a vacunar. ¡Cortó la propagación!

Se pueden opinar, y se opinan, cosas diversas de los gobiernos, nacional y departamentales, de entonces, pero el de Montevideo tuvo el coraje de vacunar.

Esa primera vacuna luego fue superada, pero ella y la decisión de suministrarla merecen ser recordadas.

Porque no quiero que queden en el olvido cosas que no lo merecen es que recuerdo a la olvidada epidemia de poliomielitis.

De esa salimos… veremos ahora.

 

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