En algún momento de mi vida descubrí que algo en el lenguaje me rechinaba, me desdeñaba, me dejaba afuera. En el aula del IAVA, allá a fines de los años setenta, sesudos profesores hablaban sin parar del hombre y de su evolución, del hombre y sus conquistas científicas y tecnológicas, del hombre y sus preguntas filosóficas, del hombre y su periplo histórico. Yo miraba la luz que se filtraba por los altos ventanales y hacía esfuerzos casi titánicos para aventar aquella espina insidiosa que me hacía cosquillas en la mente. Porque cada vez que el profesor o la profesora mencionaban al hombre, yo veía eso, un hombre de piernas peludas y de barba, de casco o de sombrero, a caballo o a pie, ataviado con diferentes ropas según la época y el lugar. Pero me costaba ver a la mujer; era como si la mujer permaneciera siempre más allá, detrás de algún alto muro, escondida, muda, inútil y al margen de todo cuanto bullía en el universo. Pasaron algunos años. En otra aula, esta vez en la Facultad de Derecho, un querido profesor seguía refiriéndose al hombre, pero -en atención a la nutrida y casi abrumadora presencia femenina- solía hacer una pausa y añadía, con tono indulgente: “Cuando uso la palabra ‘hombre’ estoy hablando, naturalmente, también de la mujer”. La aclaración me parecía más patética aun que el uso. Quiero aclarar, ante todo, que no soy una ferviente defensora del lenguaje inclusivo, al menos tal como está planteada la cuestión, porque en algún punto la polémica me ha resultado incómoda; casi tan incómoda como aquella perpetua referencia al hombre, y nada más que al hombre. ¿A qué se debe dicha incomodidad? A la vaga sensación de imposición, de mandato y, por qué no, de censura. Me parece que la batalla por la libertad y la igualdad deben darse antes que nada en la sociedad misma, en sus entrañas vivas y actuantes, en sus desigualdades impúdicas, físicas y tangibles. Mi duda o mi incomodidad no significan un rechazo rotundo, sino más bien una expectativa, pero la sensación de imposición y de censura continúa latente. El debate sobre el lenguaje inclusivo, instalado en nuestra sociedad, ha dado pie a un sinnúmero de malentendidos que abarcan un amplio espectro de posiciones, de argumentaciones, de rechazos y de recelos. Pero el debate está puesto en el mundo, con toda su carga de oscuridades y de luces, de significaciones múltiples y de reivindicaciones de uno y otro lado, y el hecho de que exista hace necesario prestarle la debida atención y tomarlo como objeto de análisis minucioso y responsable. No se trata, en todo caso, de una discusión menor; en su centro está la apelación a la igualdad y a la condición humana integral. El problema, sin embargo, consiste en el equilibrio. Ya decía Aristóteles que la virtud reside en la mesura, o sea, en el justo medio. Los extremos, ya por exceso o por faltante, suelen ser malos. Y si a esto se suma la sombra de la imposición o de la censura, el panorama se complica mucho más. Los defensores del lenguaje inclusivo alegan que la lengua debe transformarse y evolucionar al compás de las circunstancias históricas; que la lengua española refleja una concepción machista del mundo y que ello no es coherente con la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. De otro lado hay quienes alegan que la batalla contra el sexismo tiene que ser dada en la sociedad, en las instituciones y en las mentalidades. De nada sirve, sostienen, transformar por mandato determinadas palabras si en esos otros ámbitos continúan incólumes las prácticas y las ideas sexistas. Veamos lo que ocurre en otras lenguas. El idioma alemán cuenta con un artículo distinto al masculino, que abarca a ambos sexos. En las lenguas asiáticas no existe diferencia de género en las palabras. En inglés hay muchos sustantivos que no tienen género establecido. Ya sabemos lo que opina la Real Academia Española: ha expresado en varias oportunidades que es innecesario, inútil y absurdo todo cambio, porque el plural masculino abarcaría a ambos sexos. Lo mismo que decía mi querido profesor. La Real Academia es vista, por muchos, a estas alturas, como una especie de moderno tribunal de la inquisición, esto también lo sabemos. Pero ¿tiene alguna legitimidad en asuntos lingüísticos? Si la tiene, ¿por qué no oírla? Y si no la tiene, ¿por qué deberían contar con esa legitimidad otras voces de la sociedad? Este es uno de los puntos del problema, aunque no el único, ni mucho menos. Otro punto es el que refiere a la lengua y a la cultura. ¿Es la lengua la que crea desigualdad de género? ¿Es su uso? ¿Es la cultura expresada en las variadas prácticas sociales? Aun cuando no existieran términos sexistas, ¿esto garantizaría la igualdad de género en una sociedad? La lengua persa no tiene género, pero no debe haber, hoy por hoy, una sociedad más machista que la iraní. Darío Rojas, lingüista de la Universidad de Chile y autor del libro ¿Por qué los chilenos hablamos como hablamos?, señala que el asunto “es complicado porque en el fondo lo que está detrás no es solamente un tema de lenguaje, sino de identidades, políticas de género, política sexual”. Dicho de otro modo, el debate no se reduce a una cuestión meramente lingüística, sino que atraviesa dimensiones políticas y sociales de gran importancia. Es por eso que, en último término, la polémica sobre el lenguaje inclusivo no es ni puede ser competencia de la Real Academia o de cualquier otra institución similar. Se trata de un asunto que trasciende al lenguaje como objeto de estudio de cierta disciplina, y por eso los expertos -los lingüistas y los filósofos del lenguaje- son solamente una de las voces o de las piezas de este rompecabezas. Hay amplios sectores de la sociedad, en Uruguay y en muchos países de habla española que no se sienten representados en el lenguaje que usamos, y en su rol de hablantes parecen tener derecho a pretender hallar otras formas de comunicación. Si soy hablante, soy dueña de mi lengua. Me pertenece por atributo cultural y también, en una forma elemental, por ser portadora de un logos, o de una razón y un verbo. Al verbo no lo tomo prestado, no se lo pido a una academia ni a un lingüista; es mío, radical y originariamente, en mi condición humana. Pero, reitero, no me gustan las imposiciones ni las censuras. Si va a haber cambios en el lenguaje, admitamos que se tratará al menos de un proceso lento, por no decir larguísimo. Dejar de pensar que un perro es un animal y una perra es una puta, llevará su tiempo. Dejar de creer que un loco es un ser irracional y una loca también es una puta, será asunto largo, porque no pasa por cambiar sustantivos y terminaciones. No obstante, se hace camino al andar, como dice el inmortal Antonio Machado, “y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”. Algo es algo. La senda del “crimen pasional” no la pisaremos más. Ahora podemos hablar, honesta y verazmente, de femicidio. Ahora podemos afrontar los giros degradantes del lenguaje porque, aun cuando persistan palabras denigratorias como “perdida”, “zorra” o “mujer pública”, hemos logrado abrir algunos claros en la selva de las significaciones. Las adolescentes de nuestro tiempo no tendrán que seguir con la vista clavada en el ventanal o en sus zapatos, sintiéndose incómodas y perplejas porque en la historia y en la ciencia se hable de hombres, y nada más que de hombres.
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