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Lobo solitario

Por Eduardo Platero.

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Caras y Caretas Diario

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Trump casi, casi, tiene terminada su agenda de destrucción-reconstrucción del mundo que los victoriosos Estados Unidos construyeran al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Algún día, tal vez, me ocupe de lo que pomposamente denominamos primera y segunda guerras mundiales. Si de la cantidad de involucrados se trata, es cierto que en ellas hubo más que en cualquiera anterior. Pero si hablamos del objetivo de ellas, “mundiales” fueron las de griegos y persas, las de Roma y Cartago o las libradas por Napoleón. Todas ellas, y tantas que dejo afuera, perseguían un mismo objetivo: el dominio del mundo, concebido este como el mundo conocido, como el que importaba. Pero ese es otro asunto. A lo que voy es que, en Bretton Woods, en el 47, los estadounidenses terminaron por delinear la porción de mundo que les había tocado y lo aprontaron para el paso siguiente, que era “ir por la otra parte”. La ocupación militar de Europa Occidental, con ese nombre o a título de “ayuda”, completaba lo que el Plan Marshall había comprado. Los acuerdos de creación de Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial aseguraban el control de las economías y la primacía del dólar. Una expresión de Franco que resultó tan fallida como Bretton Woods: “Todo quedaba atado y bien atado”. Para asegurarlo aun más: histeria anticomunista, la concepción estratégica subyacente durante la Guerra Fría de que nada ni nadie podía salirse y, además de la fuerza militar y los dólares, estaban los organismos como la CIA para espiar y hacer las tareas sucias. Por un tiempo, bastante largo y sangriento por cierto, las cosas quedaron bien atadas y la pugna de los países coloniales y semicoloniales se pudo resolver sin que nadie saltase de la galera, con la excepción de la indomable Cuba y Vietnam, única derrota militar indisimulable. Pero el mundo cambia; desde Platón y su famosa alegoría de la caverna, las clases dominantes rechazan toda idea de cambio. Adoran ese mundo de cosas ideales,  perfectas y eternas cuya sombra vemos y hacia las cuales debemos tender hasta “el fin de la historia”. Pero el cambio existe. Por más que las clases dominantes sueñen con él, no hay un “orden natural” e inmutable. Las cosas cambian porque el hombre las hace cambiar. Inventa cosas, materiales que cambian el modo de producción y herramientas sociales para distribuir el poder de otra manera. Somos capaces de pensar en el orden social. De cuestionarlo y pensar en otro. No me quiero internar en este peligroso camino del cómo y el por qué. Aceptemos como un hecho que la historia demuestra que el cambio es constante. Y las cosas le cambiaron a Estados Unidos desde su emergencia como rectora de un mundo que había estructurado a su conveniencia. Venció en la Guerra Fría, el socialismo real implotó, pero con ese derrumbe no terminó la historia. El triunfo del capitalismo simplemente los dejó enfrentados a otras economías, capitalistas ahora, pero no subordinadas. Y el propio capitalismo evolucionó hacia formas más eficientes para la etapa. Dejó de ser fabril, de asentarse en el sector real de la economía para ser financiero. La globalización, que es su escenario,  desparramó las inversiones por el mundo en busca de una tasa de ganancia que se adelgazaba y los amos del mundo vieron cómo sus fábricas cerraban. Detroit podría ser el ejemplo y el voto a Trump, su consecuencia. Todo estaba muy bien, pero el yanqui “profundo” no estaba conforme. Se sentía ignorado, “ninguneado” por los capitostes políticos y por los dueños del dinero. En determinado momento, ¡eligieron  a su profeta! Trump era todo lo que ellos habían querido ser y decía lo que ellos querían oír: “¡Primero nosotros!”; “Y después, ¡también nosotros!”. Un fanfarrón que vendía su supuesto éxito personal como la receta infalible. Un hombre comprometido, no con el mundo, sino con sus intereses. Un hombre que les prometía grandeza y éxito a ellos, no al mundo. Un hombre que les está cumpliendo punto por punto. Nada de concesiones al mundo para que acepten el liderazgo yanqui. ¡Nada de nada! ¡Que paguen por nuestra protección y benevolencia! Como los gángsters se hacen pagar por la protección que brindan. Los tratados multilaterales de comercio están en proceso de revisión: ¡nada de “doy para que des”! No doy y exijo lo que me corresponde como amo del mundo. Nada de protección gratuita: o se hacen cargo de los gastos de la OTAN o yo dispongo dónde, cómo y para qué despliego mi poder militar. Angela Merkel ha terminado por convencerse: no son socios, son subordinados que, en realidad, vivieron un feliz período en el cual los estadounidenses ponían los gastos y ellos el terreno. A cambio de ser base de agresión posible, se les alivianaba el costo de tener una fuerza militar de real importancia. En realidad, si los yanquis se retiraran de Europa, esta quedaría inerme. Razonamiento que encubre una premisa inicial: la de que están amenazados por Rusia. Premisa que habría que examinar, ya que la antigua Unión Soviética, en los años subsiguientes a la rendición de Alemania, pudiera ser que lo planificase. Pero abandonó dicha apetencia mucho antes de derrumbarse. Los problemas internos, los del campo socialista y el sostenimiento de una política de injerencia en el Tercer Mundo eran un peso insoportable. En realidad, cierto que lo fue. Con independencia de que la raíz de sus males estaba en su ineficiencia, su burocratismo y su corrupción. Males que parecen ser muy difíciles de evitar. Bueno, le quedaban dos promesas por cumplir y acaba de dar cumplimiento a la penúltima: ¡fuera de acuerdos de protección del medioambiente! Acaba de declarar que no cumplirá con los Acuerdos de París que fueron, por primera vez, un compromiso de todas las naciones para tratar de evitar que la salud de nuestro planeta continúe deteriorándose. Tímido compromiso, pero por fin se logró un compromiso de todos. Trump declaró durante se campaña que no creía en tal deterioro y en las causas del mismo y acaba de cumplir con su amenaza. ¡Se salió! Ya le había dado autorización a los grandes capitales para emprendimientos que administraciones anteriores habían frenado por nocivas, pero eso era dentro de casa. Ahora es en el mundo. No únicamente por la destrucción que la actividad local ocasione. También sostendrá los emprendimientos agresivos para con el medioambiente que sus capitales implanten en los países más débiles. Por supuesto, el mundo entero se queja, se escandaliza y emite declaraciones. China, la primera potencia responsable de las agresiones al medioambiente ya ha declarado que cumplirá los Acuerdos de París. Y Macron le parafraseó el mensaje de campaña de “Volver a hacer a EEUU poderoso de nuevo” y le recordó que, además de ellos, está el mundo. Cuestión de la cual sin duda Trump es consciente, pero no le importa; hay dos leyes, la del mundo y la de Estados Unidos. Y como en el juego infantil de la escondida: el que no está, se embroma. El coro de lamentos y condenaciones al cual me agrego, pese a estar absolutamente convencido de que son inútiles, me recuerda al cuento de los ratones, el gato y la cuestión de ponerle el cascabel. ¿Quién se lo pone? Con esta le quedaría únicamente una promesa por cumplir: el muro. Tal vez construya pedazos, tal vez, o sin tal vez, México lo pague directa o indirectamente, ya que así lo quiere y lo prometió el “amo”, pese a lo cual seguirán pasando migrantes y drogas para un lado y armas para el otro. No habría traficantes si no hubiese consumidores y el mercado estadounidense cada vez reclama mayor cantidad. Pero es lo que los superhéroes han inculcado: se castiga a los delincuentes, no se erradican el delito ni sus causas. Entretanto, mientras se construye el muro, el deporte de cazar infiltrados en el desierto sigue en auge. Hay ingenuos bienintencionados que se organizan para dejar en el desierto depósitos de agua y alimentos porque saben que es común que los traficantes “coyotes” los abandonen y hay “cazadores” que localizan esos depósitos para atrapar a los que a ellos acudan. Como los cazadores de tigres ataban un cabrito y se apostaban para matar al tigre que acudía siguiendo los balidos, estos se esconden a tiro de los depósitos de agua para cazar cómodos. La tecnología, ahora, los ha dotado de drones, visión nocturna y todo lo necesario para no errar. Y la ley les asegura que nadie averiguará lo que pase en el desierto. Una ley para el mundo y otra para ellos. ¡Como en Roma! Como en todos los imperios.

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