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Columna destacada |

Los dueños de la verdad

Por Marcia Collazo.

Hace mucho tiempo lo vengo sospechando. Si el principal motivo del predominio del animal humano en el planeta ha sido su inteligencia o facultad de desarrollar habilidades e instrumentos para conseguir sus fines, el motivo de su extinción ha de ser, sin la menor duda, su casi nula capacidad de empatía para con sus semejantes. Somos seres gregarios, pero hemos logrado disolver nuestra solidaridad hasta límites casi absurdos. Esto podemos advertirlo precisamente porque somos homo sapiens, y sin embargo una cosa es saberlo y otra cosa es reaccionar frente a ello, lo cual forma parte del círculo infernal de lo grotesco. En todos estos sentidos y en muchos más, se desarrolla la reciente película de Netflix No mires arriba. La ciencia y la política, la alienación colectiva, las elecciones, las selecciones, los intereses y las afinidades, las viejas pujas por el poder y por el control de las riquezas, todo está en esta película cuya denuncia (es, del principio al fin, una gigantesca denuncia) me parece oportuna y saludable. Su propio título encierra una de las claves del delirio: no mires arriba, no veas el cielo, no adviertas la aproximación de un cometa que destruirá la tierra, esta donde tú vives; no aceptes la realidad. Niega la evidencia. Niega la verdad.

Una de las reflexiones más importantes que suscita esta película es justamente la de mostrar que, en el fondo, todo en este mundo es político, incluso el manejo (develamiento u ocultamiento) de la verdad, que es siempre una pero que suele ser burdamente manipulada. ¿Es posible que ante una terrible amenaza contra el planeta y contra la vida, nadie mueva un dedo? ¿Es posible que la noticia más estúpida y frívola (una propuesta mediática de matrimonio, o la anterior ruptura, entre dos estrellas del espectáculo) tenga millones de seguidores, y nadie diga una palabra sobre el desastre astronómico inminente?

La respuesta, por desgracia, es bastante obvia. Sí es posible. Todos los días vemos su comprobación. Durante algún tiempo me dediqué a colgar en mi muro de Facebook algunos de mis artículos en esta revista. Olvidé un precepto esencial: la gente no lee nada en Facebook. Si acaso, es capaz de leer dos o tres líneas, y no más. Un artículo podría llegar a tener, con mucha suerte, veinte o treinta “me gusta”. En cambio, la fotografía de mi gata mirando a la cámara con sus redondos ojos verdes tenía tres veces más. Se trata, en todo caso, de un ejemplo muy tonto. Lo que de verdad habría que decir es que el evento de daño mortal ha llegado a nosotros durante la pandemia, y sin embargo seguimos dedicándonos a nuestro deporte favorito: acusarnos y agredirnos entre nosotros, como humanidad, a propósito de vacunas sí o vacunas no, a despecho de las múltiples evidencias que nos rodean (aprovecho a recordar que lo evidente es, precisamente, todo aquello que según la Real Academia Española, es tan claro y patente que no puede ser puesto en duda o negado). Cuando ponemos en duda o negamos lo evidente, simplemente estamos dejando aflorar nuestra propia y avasallante estupidez, capaz de desbordarse continuamente, hasta límites que nadie es capaz de discernir; pero se trata en cualquier caso de un juego altamente peligroso. De todo esto se ocupa la película No mires arriba, de la que no pretendo hacer la menor crítica cinematográfica. Es más. Quisiera dejar bien claras las distancias entre estas dimensiones. Una cosa es la película en sí misma, como hecho artístico, comercial, fílmico y un largo etcétera, y otra cosa es su mensaje y la interpretación que podemos hacer de éste. No me importa demasiado si los chistes son o no son ingeniosos, o si logra el efecto de imponer un clima de tragedia, de sátira, de farsa o de gigantesca monstruosidad anímica. No me importa tampoco si exagera o no con la amenaza de catástrofe, aunque creo que más bien se queda corta. Hay gente que no ha podido parar de reírse con este filme. A mí no me arrancó ni una sonrisa. En cambio, no pude dejar de asombrarme y lamentarme por nuestra sufrida humanidad, que viene a quedar retratada como la suma de las imbecilidades.

La película ha sido producida en Estados Unidos, el mismo país en el que se han alcanzado en los últimos setenta años sucesivos pináculos de agresividad (recordaré tan sólo la bomba atómica arrojada sobre Hiroshima y Nagasaki), discriminación y abuso rampante contra el planeta entero, en especial por dos vías: la fuerza de las armas y la perversión capitalista. Dije al comienzo de este artículo que el animal humano se ha perfeccionado en eso de carecer de empatía para con sus semejantes; y cuando somos azotados por diversos fenómenos, entre ellos una pandemia, interminables guerras y pésimos gobiernos, cuyo único objetivo es muchas veces saquear a las naciones que gobiernan, uno se pregunta: ¿Por qué nadie reacciona? Parece que se ha perdido la capacidad de prudencia, de reflexión previa, de ponderación de las probables consecuencias de nuestra conducta presente. Solo se actúa, al parecer, en función de dos grandes móviles: los intereses particulares (entre los que se encuentra la insaciable sed de poder y de riquezas), y el odio al eventual enemigo, ése que puede conspirar de alguna manera contra el logro del primer objetivo.

La película No mires arriba encarna, en buena medida, una nueva distopía. Me refiero a la utopía negra, o amenaza de destrucción parcial o total del mundo que conocemos, por la vía de algún mal poderoso que siempre -esto no falla- se expresa a través de una ideología. Y, como la serpiente que se muerde la cola, volvemos ahora a los comienzos.

Si la ideología necesita negar la evidencia, o sea la verdad, lo hará sin que le tiemble el pulso. De hecho, lo hace todos los días de nuestra vida, bajo las más diminutas y sutiles formas. Se niegan (y negamos) evidencias mientras dormimos y mientras permanecemos despiertos. Muchos pensadores, a lo largo de la historia, se han ocupado de este asunto de imaginar un mundo feliz o uno terrible, por contraste, o un cielo con su correspondiente infierno, o de pro. Lo hicieron Dante en su Divina Comedia, Aldous Huxley en Un mundo feliz, Suzanne Collins en Los juegos del hambre, Ray Bradbury en Farenheit 451 (y en otras obras), Anthony Burgess en La naranja mecánica, George Orwell en 1984 (con su Gran Hermano) y en Rebelión en la granja, Alan Moore en V de Vendetta, Stephen King en La larga marcha, Joanne Ramos en La granja (desde el punto de vista de la maternidad) y Margaret Atwood en El cuento de la criada, entre muchos otros ejemplos.

Coronaría, sin embargo, este breve racconto de obras literarias con Elogio de la locura, de Erasmo de Rótterdam, quien en este breve ensayo de 1511 se despachó a fondo contra la estupidez humana, a través de la personificación de la moria, o necedad, tontería, insensatez y locura. Se trata en definitiva de la estulticia, que de entrada hace un elogio a la ceguera y a la demencia. Erasmo escribió esta obra, en una semana, durante su estancia en casa de su amigo Tomás Moro, y ambos se habrán divertido de lo lindo, y enfurecido también, con el contenido de esas páginas. Los invito, simplemente, a leerlas. Y también a ver la película No mires arriba. Galileo, entre tantos, estaría encantado.

 

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