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Los pasos en falso del lenguaje inclusivo

Por Rafael Bayce.

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En la larga, merecida y exitosa trayectoria de reivindicaciones históricas de género, la más reciente exigencia y propuesta de un lenguaje inclusivo que sustituya a un supuestamente excluyente léxico machista constituye un paso en falso y un bumerán sociopolítico y cultural. Debería ser urgentemente reconsiderado por sus sostenedores porque su expansión, y más que nada su éxito en las nuevas generaciones, arriesga con sumar conflictualidad intergeneracional a la ya natural e inevitable conflictualidad de las reivindicaciones de género. Pero, a diferencia de las reivindicaciones más tradicionales, no le asisten básicamente buenas razones, argumentos ni hechos que la apoyen, aportando a la deslegitimación de un movimiento que históricamente ancló sus conquistas en la legitimidad y consistencia empírica de sus posiciones. Desde hace un buen tiempo, un grupo inicial de ocho docentes de Secundaria formaron el Colectivo Divergente, que ha brindado talleres de diversidad y propuestas de sustitución de la machista letra o sufijo ‘o’ por la más neutra ‘e’. En efecto, son varios los liceos que han visto a sus estudiantados movilizados en torno a plataformas de lenguaje inclusivo de género: el Miranda, el IAVA, el 26 y el 1 de Solymar, entre otros. Por otra parte, el grupo Inmujeres del Mides ha desplegado también una gran actividad sobre el tema, que creo incluye clases en los Caif, que serían criticables, en parte por la inocuidad didáctica pedagógica de instilar ideología en esas etapas de la formación intelectual de los infantes, en parte por el abuso de autoridad que podría implicar el mero intento de hacerlo. Hay también otras acciones, desde diversos ámbitos, como la que desde 2014 realiza el Ministerio del Interior distribuyendo en todas sus dependencias un manual de recomendaciones de cambio de diversos vocablos, expresiones y procedimientos de intención inclusiva, tan interesante en sus contenidos como utópico en sus ambiciones de aplicación. Las reacciones de la Academia lingüística y de la Real Academia Española a este tipo de acciones no se han hecho esperar y han sido fuertemente contrarias a la inclusividad propuesta, por considerarla innecesaria; y se han opuesto también a las soluciones concretas indicadas por verlas desprovistas de sentido práctico para el uso cotidiano y oral de la lengua. Mientras tanto, las autoridades educativas de ANEP han optado por lavarse las manos, sin tomar partido por los supuestos recalcitrantes adultos conservadores e irremediablemente machistas, ni tampoco por los rubicundos cuestionadores en pleno acné ideológico, paranoicos en los diagnósticos y utópicos en las soluciones. Argumentan que la libertad de cátedra y la laicidad deben decidir, en cada contexto situacional, lo que es admisible en crítica y propuestas.   El argumento inclusivo básico El nudo central de la crítica y propuestas inclusivas que están sobre el tapete público podría simplificarse en el hecho de que el lenguaje, como propuesta cultural para la comunicación social, se ha impuesto en la historia -frente a propuestas alternativas- en base a razones políticas de balances de poder. El poder machista masculino refleja entonces su hegemonía, imponiendo vocablos-palabras que excluyen a las mujeres en su enumeración explícita de los miembros de los colectivos que integran junto a los varones. Urgiría la sustitución de dichas palabras por otras que constituyan significantes más neutrales y objetivos, que no incorporen significados machistas subrepticios, subliminales y subconscientes en sus letras. Ejemplos especialmente impactantes del supuesto machismo semántico impuesto serían: la designación de la ‘humanidad’, formada por hombres y mujeres, con la palabra ‘el hombre’, que invisibiliza al subcolectivo de las mujeres en desmedro del de los hombres al interior del macrocolectivo (que el ‘hombre’ haya llegado a la Luna no debe olvidar que las mujeres contribuyeron económica, científica y tecnológicamente, más allá de que los astronautas exitosos fueran varones); llamarle a los progenitores y responsables de algún infante de ‘padres’, aun cuando generalmente sean padres y madres, y tantas más veces sólo madres que sólo padres; la palabra ‘alumno’, que designa hipermasculinamente al conjunto de los varones y mujeres estudiando y concurriendo a un establecimiento educativo.   Polémica de género La primera línea de defensa del establishment lingüístico enuncia dos argumentos: uno, que el sufijo ‘o’ del final de algunos vocablos no ignora la membresía del subconjunto de las mujeres en ese conjunto; supone que pertenecen a él, sin que nadie pueda dudarlo, aunque el sufijo ‘o’ pueda parecer masculino, sin serlo, por no haber concordancia de género en la lengua española como sí la hay en otras; dos, que el género gramatical no se identifica con el fenotipo de género bio-socio-cultural; y que no hay correspondencia entre ambos, no resultando el género gramatical del bio-socio-cultural, ni siendo su reflejo a nivel léxico. La réplica de género a esa réplica formal es la siguiente: justamente la profundidad de la exclusión y de la violencia simbólica consisten en la naturalización de la hegemonía machista mediante esos significantes que parecen neutros pero encubren exclusión en sus significados. Aunque formal y sustantivamente no pueda sostenerse la discriminación excluyente, se la construye y se socializa en ella, afirmándola a su través. Y por eso urge tomar medidas de alteración léxica que interrumpan la cadena ideológica reproductora de la discriminación excluyente instalada. Algunas de las medidas propuestas para sustituir a palabras-significantes tan transmisoras de significados machistas son las siguientes: uno, eliminar los sufijos de género ‘o’ y ‘a’ en desmedro del sufijo ‘e’ (por ejemplo, ni alumno, ni alumna: ‘alumne’); dos, incluir signos como @ o x, neutros al género como morfemas escritos para leer, en lugar de sufijos tan problemáticos; tres, cuando se les atribuye machismo incluso a sufijos como ‘e’ (por ejemplo, presidente), o a sustantivos sin sufijo (por ejemplo, senador), debería feminizarse el sustantivo para ser incluyente (presidenta, senadora).   Problemas inclusivos Uno. Así como hay palabras que pueden parecer reflejos de cultura machista porque terminan con el sufijo ‘o’, pese a incluir mujeres en ese colectivo, hay también vocablos que terminan con el sufijo ‘a’ pese a incluir varones en ese colectivo. Los varones podrían alegar, en estos casos, tanta exclusión de género como la alegable por las mujeres con finales de sufijo ‘o’ (por ejemplo, periodista, tenista, pianista, poeta). Los sufijos de género, entonces, no afectan sólo ni fundamentalmente a las mujeres; sería necesaria una engorrosa compulsa de vocablos en la lengua española para contabilizar cuántas palabras terminan en ‘a’ ignorando al subconjunto masculino en la designación de ese colectivo, y ameritando reivindicaciones de exclusión de género masculino, frente a cuántas palabras terminan en ‘o’ ignorando al subconjunto femenino de ese colectivo y ameritando reivindicaciones de exclusión femenina; el balance entre ambas potencialidades está abierto para quien quiera tomarse el trabajo de verificar el machismo o feminismo léxicos del español desde la cantidad de sufijos masculinos o femeninos que designen colectivos mixtos. Queda por lo menos claro que los sufijos injustificadamente de género no son sólo ‘machistas’, sino que hay abundantes de los opuestos. Dos. Habría que definir si los sufijos ‘e’ son  una solución neutra a sufijos supuestamente de género como ‘a’ y ‘o’, o si los sufijos ‘e’ necesitan también feminización; o si palabras sin sufijo también lo necesitan dado el machismo léxico dominante, que exigiría siempre una feminización según esta perspectiva radical. Tres. Algunas propuestas, como las de sustituir sufijos a los que se les puede atribuir género por @ o x, chocan con dificultades para el uso cotidiano de los vocablos, ya que los morfemas propuestos para la legua escrita no pueden usarse como fonemas para la comunicación oral; y la comunicación oral es parte fundamental de la funcionalidad social de las lenguas. Cuatro. Es difícil defender la tesis de la traslación de un machismo cultural profundo y fermental a un machismo lingüístico, en que los sufijos de género son índices de una exclusión más visceral de género, cuando hay lenguas que cuentan con más géneros gramaticales sin tener por ello mayor igualdad, inclusión o ausencia de discriminación de género en su vida cotidiana y en su discurso normal. Por ejemplo, frente a los dos géneros gramaticales del español, el turco y el persa (buena cuna ancestral del Irán actual) poseen tres géneros gramaticales: el masculino, el femenino y un tercero, neutro, como quieren militantes de género entre nosotros; pero sin duda en Turquía y en Irán la situación de género es mucho peor que en Uruguay. No parece ser la exclusión lingüística un buen indicador de la exclusión económica, política ni sociocultural; ni parece ser una inclusión lingüística una vía eficaz para reducir las otras, tanto más relevantes. Y ni hablemos de Polonia, con tres géneros gramaticales masculinos, uno femenino y otro neutro. En definitiva, no se puede proporcionar evidencias de que haya más discriminación de género femenino que masculina, ni que la desigualdad de género gramatical responda a una más profunda económica, política o sociocultural, ni que la reducción de aquella nos acerque a estas últimas ni que las soluciones propuestas a la supuesta puedan funcionar en la práctica comunicacional cotidiana. Es un producto de fanatismo militante paranoico, que no ha conseguido evidencias de razón ni de supuestas soluciones que aporten a algo que ni siquiera se ha documentado fehacientemente en la empiria diaria. Se corre el riesgo, insistiendo en estos argumentos y soluciones, de deslegitimar una política y militancia de género que se ha arraigado en profundas razones y argumentos sólidamente sostenidos en teorías y datos empíricos. Sus conquistas y su anclaje han legitimado históricamente al movimiento de género. Evitemos su deslegitimación con paranoias diagnósticas y terapias para realidades fantasmáticas que pueden alentar conflictividades sin razón de ser y alienten reacciones machistas que encuentren ahora argumentos que no tuvieron a mano, y también evitemos que pequeñas élites con acné y grupúsculos irascibles conflictúen los ambientes y contaminen el debate teórico. Están abundando en estos tiempos.  

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