Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.

ASOCIARME
Columna destacada |

María Julia picante

Por Rafael Bayce.

Suscribite

Caras y Caretas Diario

En tu email todos los días

La especie humana no se distingue por sus virtudes ni por su apego a la verdad o a la realidad. Más bien ha mostrado ser una basura cósmica indigna de proliferar en el universo. Dentro del tono de esta humanitarista declaración, la actividad política no se distingue como una de las facetas más edificantes o ejemplares de esa humanidad.

A su interior, la actividad y campañas electorales significan un aspecto particularmente oscuro porque implican intrínsecamente una cerrada competencia en un corto plazo y frente a un cuerpo electoral fácilmente impresionable por los más baratos argumentos e imágenes. De modo que no son esperables, en una campaña electoral, grandes argumentos ni lealtades a grandes principios éticos, tal como reiteradamente lo hemos expresado en columnas de Caras y Caretas. Los años electorales son momentos de regresión en la cultura política de donde se celebren, contrariamente a lo que se cacarea por políticos y periodistas ‘especializados’. En una de esas tristes instancias estamos. Y los olmos no dan peras.

Sostendremos que, en este contexto, las picantes declaraciones de la ministra de Educación, María Julia Muñoz, son muy poco graves dado ese contexto general y la lealtad y obsesión por la verdad que la oposición política han mostrado y muestran globalmente en el mundo. Si la maldad de las declaraciones político electorales fuera la trasuntada por lo dicho por la ministra, me sentiría muy aliviado al interior de lo que son las campañas políticas como momento de regresión sociopolítica y cultural. Mucho peor es lo que se hace desde tiendas adversarias y, ni que hablar, en la política internacional.

 

No faltó a la verdad

La arena política se caracteriza por la sustitución de la información por la propaganda, de la argumentación racional por la seducción retórica y de la reflexión demorada por la publicidad y viralidad instantáneas de impresiones fugaces y espectaculares impuestas por manipuladores y efectistas habitantes de las funestas redes sociales.

Tantos siglos de ciencia y tecnología para desembocar en instrumentos que impiden técnicamente pensar y evaluar cognitivamente, que sepultan la lectura extensa en la niebla de los tiempos. La humanidad está pariendo velozmente su anticuerpo perfecto; les deseo una improbable ventura en un mundo que por suerte no voy a vivir. En este edificante contexto, en política se miente pública y descaradamente cada día más, pese a que cada vez hay más elementos verdaderos y reales para utilizar y que cada vez es más posible desmentir a quienes mienten y hasta someterlos a la Justicia.
Mentir públicamente, desde un cargo público, debería ser objeto de las mayores sanciones por variadas razones, pero eso no ocurre. Donald Trump miente cotidianamente como método de gobierno de masas y nada le ha ocurrido judicialmente por ello. Un estudio brasileño mostró que 98% de los lectores de redes sociales había reconocido haber visto en ellas mensajes de Bolsonaro con falsedades de intencionalidad electoral y que había tomado como cierto 90% de esas falsedades (opiniones, datos, argumentos, imágenes).

En el siglo XXI parece que gana quien miente primero, mejor y más masivamente; y que los mentirosos triunfadores son impunes por sus mentiras y su liderazgo mentiroso. La propaganda política, en especial la electoral, multiplicada por la comunicación periodística, viralizada y sacramentada por las redes sociales, es de las peores cosas que la humanidad soporta. Y, peor, calificada como la emocionante conformación de la voluntad del maravilloso soberano democrático. Bullshit.

La ministra Muñoz, por lo menos, no mintió absolutamente nada en sus declaraciones. No faltó en nada a la realidad ni a la verdad, lo cual ya sería suficiente prodigio en esta época político electoral. Sus afirmaciones son mucho más respetuosas de los hechos que la mayoría de las sospechas sin confirmación que nutren los expedientes de la judicialización mediática de la política entre nosotros y, peor aun, en el mundo. No hay ningún hecho incierto en todo lo que dijo; no creo que pueda decirse lo mismo de ningún otro discurso político, electoralmente intencionado, de los que la oposición profiere. En las redes sociales, en especial desde nubes anónimas de origen de mensajes de existencia muy perversa, difaman a adversarios y enemigos sin la menor preocupación por la verdad, la realidad y el honor.

A nada de eso, ni a chimentos, rumores, chismes, ‘se dice’, ni nada, recurrió Muñoz para referirse al precandidato Lacalle Pou. No hay ninguna cosa que haya dicho que no sea cierta, irrefutable. Es cierto que juntó cosas que, reunidas, no le hacen favor a Lacalle Pou para su precandidatura, ni mucho menos a su eventual candidatura a la presidencia en hipotético balotaje contra el Frente Amplio (FA). Pero aquí el peor problema es lo que haya hecho o no Lacalle Pou en su vida y por qué alguien así escaló hasta esas posiciones; por qué fue globalmente valorado como uno de los principales representantes de una comunidad política con esos defectos objetivos para serlo, acarrear votos y eventualmente gobernar un país. Esos hechos y esas carencias son o pueden ser públicas y tener sus efectos y consecuencias.

 

Mala caricatura

Si en algo puede ser criticada Muñoz, como de cierta ‘mala leche’, es que reunió con habilidad un conjunto de hechos relativos a Lacalle Pou que lo caracterizarían negativamente para las posiciones a las que aspira, cometiendo así una especie de caricaturización negativa de alguien que seguramente tendrá otras aristas humanas y públicas que mostrar. Pues bien, que eso lo hagan sus seguidores, su fracción, su partido, su publicidad, su propaganda, su campaña; y será perfectamente admisible si fuera tan verdadero como lo a priori negativo que Muñoz reunió hábil y taimadamente.

Hay mucho de viveza criolla y de mala leche en las contundentes cualidades negativas que ella unificó en una pequeña bomba de fragmentación político comunicacional. Pero ‘no es nada’, por ejemplo, al lado de las inexactitudes y tremendismos diarios que presenciamos, en que políticos opositores, contrariando cifras públicas disponibles e informes de organismos internacionales, pintan un desastre de gestión gubernamental que no confirman dichos organismos que evalúan la gestión uruguaya.

Los uruguayos, mayoritariamente, han llegado a creer que Uruguay es un país inseguro y por culpa de sus gobiernos, mientras los organismos internacionales que investigan crimen, violencia y seguridad lo califican como de los más seguros relativamente, y el turismo internacional fluye en parte porque los turistas lo creen un destino turístico comparativamente seguro. Sin embargo, hay que soportar a Larrañaga que con mueca simpaticona basa un crecimiento electoral populista y demagógico en un ‘desastre’ que es mucho menos cierto que las cosas que Muñoz señala de Lacalle Pou, o las que Javier García destila e instila en la gente desde siempre.

Todos ellos son mucho más ofensores de la verdad, la realidad y la ecuanimidad de estilo comunicacional que lo que hizo Muñoz. Es cierto que Muñoz personalizó duramente las afirmaciones. Pero no lo ha hecho menos la oposición con Bonomi (y por cosas de las que difícilmente sea responsable principal), con Sendic, con el hijo de Tabaré Vázquez y con un largo etcétera.

Es de una majadería formal poco digna de respeto que quienes buscan diariamente y por años pelos en la leche se quejen de quien se los encontró redonditos e indiscutibles. ¿O entienden los blancos que quien disponga de ese arsenal de argumentos electoralmente negativos contra uno de sus candidatos no los va a utilizar mientras sus sostenedores buscan pelos en la leche denodadamente? Calavera no chilla. A la mala leche se le responde la mayoría de las veces con mala leche; y más aun cuando la mala leche es moneda común en el cotidiano político y en especial en el electoral.

Los que siguen a Gandhi u ofrecen la otra mejilla nunca abundaron y son una especie en extinción. Cuando alguien encuentra algo directo y contundente, en esos entornos y con esas costumbres, no se puede esperar que no lo utilice. Si Paolo Montero fuese precandidato al Premio Nobel de la Paz, cualquiera, sin que por ello pudiese ser calificado de mala leche, podría (o hasta debería) recordar que fue el jugador más violento de la historia, con mayor cantidad de expulsiones por partido dentro del ya particularmente violento fútbol italiano; podría agregar, sin apartarse un ápice de la verdad y de la realidad, que cualquiera puede encontrar en YouTube videos con recopilaciones de expulsiones y jugadas agresivas de Montero. ¿Puede alguien quejarse de malos modales, deslealtad, o de trazar malas reglas de juego por reaccionar a esa postulación con esos datos compartibles, aunque sin duda perjudiquen a la candidatura?

Lo de Muñoz no es nada al lado de lo que la política y las campañas electorales hacen entre nosotros y, peor aun, globalmente; Trump y Bolsonaro son ejemplos de máxima irrealidad, mentira, mala leche y violencia verbal destructora de formalidades cortesanas heredadas por los sistemas políticos. Lo de Muñoz fue tan hábil como poco ofensivo con la verdad, la realidad y el honor de adversarios político electorales; el problema es que acertó comunicacionalmente. Y no se puede salir lloriqueando, “mamá, mi hermana me pegó”, cuando se hace lo mismo aunque sin tanto acierto ni empuje directo, pero nada mentiroso ni hipócrita.

Dejá tu comentario

Forma parte de los que luchamos por la libertad de información.

Hacete socio de Caras y Caretas y ayudanos a seguir mostrando lo que nadie te muestra.

HACETE SOCIO