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Montevideo ¿Ciudad militar?

Por Leonardo Borges.

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Para responder esa pregunta hay que regresar hacia una serie de hechos capitales como la fundación de la misma ciudad, a la ocupación portuguesa, el inexistente ataque de los españoles y la huida lusitana. Montevideo nació como respuesta a una necesidad de defensa del Imperio Español, en una clara lucha de supremacía entre las coronas de la península ibérica. De hecho -técnicamente- fue fundada por los portugueses, quienes desembarcaron antes que los españoles y estos, en respuesta, los expulsaron. Los españoles llegaron capitaneados por el gobernador Bruno Mauricio de Zabala (o Zavala, así era el apellido de su familia que Bruno cambió).

No es raro entonces que la nueva ciudad naciera de una guarnición de soldados que la defendían. Aquellos que la recuperaron para el rey.

Dice Carlos Real de Azúa sobre Montevideo: “Ciudad marinera y militar y forzosamente administrativa y residencial…” No solo comenta Real de Azúa lo que significó la ciudad por dentro, ni sus habitantes; sino que hace un análisis de lo que significa Montevideo en el Río de la Plata. A lo largo de su historia, según este autor, Montevideo nace como una ciudad militar, entre mercaderes y soldados, aprovechando su beneficioso puerto. Quizás, un intento de ser una ciudad hanseática que no fue.

Desde el comienzo la ciudad de la gran bahía nació dentro de un plan de defensa, al igual que los demás asientos urbanos en la Banda Oriental. Nacen dentro del sistema defensivo de las fronteras terrestres del Imperio Español, basado en la doctrina de Vauban, que consta en crear un sistema de puntos fortificados.

Así la Corona determina un plan estratégico de implantación progresiva de poblaciones a modo de asiento militar, en forma de cinturón defensivo, a lo largo de las costas del Río de la Plata, Océano Atlántico y en la frontera terrestre con las posesiones portuguesas”, como lo determinan Altezor y Barachini en su Historia Urbanística y Edilicia de la ciudad de Montevideo.

Bajo este signo es que se fundan, luego de Montevideo, Maldonado (1757), San Carlos (1763), Minas (1783), Melo (1795), en la frontera con los portugueses, un sistema de Guardias (Batoví, Santa Tecla), “…y cerrando el camino de la costa a la Banda Oriental los fuertes de San Miguel y Santa Teresa”.

Pero en el período colonial Montevideo aparece como una ciudad militarizada. Desde un comienzo la ciudad tuvo guarnición permanente, dado el peligro de los ataques lusitanos. Había en el puerto embarcaciones de guerra reforzando la guardia terrestre; “de algunos años a esta parte siempre ha habido en este Puerto unas embarcaciones de guerra, ejecutando las salidas que se han ofrecido para varias comisiones del Real Servicio, hasta ser relevadas de otras que han continuado con el mismo destino” (Francisco Millau, 1752).

La plaza de Montevideo se convirtió -junto con el Callao- en el “baluarte” más sólido de la Corona española de América del Sur, como lo consigna Azarola Gil. Los habitantes despertaban al son de cañones y dianas anunciando el sol y se dormían con el toque de oración. La ciudad tenía las formalidades de un cuartel y vivía bajo esas costumbres. Pero no solo los soldados eran los que formaban.

Dados los problemas de seguridad externa, los vecinos debían institucionalizare. No solo los lusitanos eran un problema en Montevideo; indígenas, piratas, faeneros clandestinos, ladrones, todos estos cometían rapiñas, desmanes y perturbaban el orden de la tranquila ciudad. Es por esto que se crea el 22 de enero de 1730, por disposición de Bruno Mauricio de Zavala, la “Compañía de Caballos Corazas españolas de la dotación de milicias de esta ciudad de San Felipe de Montevideo”. Integrantes: los vecinos.

Montevideo aparece con estas dos facetas, de ciudad simpática e indolente y ciudad militar. Lo marca Real de Azúa cuando dice que: “Cada montevideano de los primeros tiempos, como cada romano, se debía a sus legiones, en este caso las milicias de infantería y caballería que tuvieron que enfrentar entradas, rapiñas y malones de variada autoría (indígenas, piratas, faeneros clandestinos, etc)”.

Esta dualidad se repite en otros autores, dentro de ellos encontramos a Lorenzo Barbagelata que -desde una perspectiva por cierto romántica- nos presenta Montevideo como una ciudad militar y austera, relacionando a los antiguos montevideanos con los patricios romanos. “Es de notar que las costumbres de nuestros antecesores tienen cierta analogía con la de los primitivos romanos, dividen su tiempo entre la labor doméstica y los deberes públicos; así como Cincinato dejaba el arado y acudía en defensa de Roma amenazada, nuestros patricios interrumpen sus faenas para batir a sus vecinos (…) o para asistir a las sesiones del Cabildo”.

Tal fue lo que sucedió a principios de 1731, Domingo Martínez (portugués), quien vivía de sus faenas, “trabó riña” con tres minuanes, matando a uno de ellos. Los dos sobrevivientes eligen el camino de la venganza. En vano el comandante de la plaza intenta persuadirlos de lo contrario. Es de esta manera que los minuanes se retiran a su toldería, pero cuando regresan toman 20 vidas a su paso. Peor aún, el caos se adueña de la campaña. Incendios, saqueos, muerte. Nada diferente a lo que los españoles hacían con ellos. Es así que comienza la guerra con los indios minuanes. Episodio triste para la historia de Montevideo. Pero aunque los vecinos pretendían unirse para enfrentar los problemas delictivos, había dos detalles. Por un lado, el ámbito natural de estos para las discusiones era el Cabildo ,y por otro, los montevideanos no podían vencer a los minuanes todavía.

Es así que prefieren las palabras antes que las armas. El 13 de febrero de 1732 llegan a Montevideo 19 minuanes, entre ellos el cacique Tacú. Las negociaciones llegan a buen término, los indios disfrutan de la hospitalidad montevideana, los montevideanos respiran aires victoriosos. Un solo problema se interpone. Resulta que Tacú debía mediar con los otros caciques, y por causa de esto se comisionaron para acompañarlo a cuatro vecinos. Pero al salir de la ciudad los minuanes los abandonan, advirtiéndoles antes que no se acercaran a los toldos o les iría mal. Tacú era un impostor que había engañado a los montevideanos y había gozado de su hospitalidad.

El segundo paso, después del engaño de Tacú y su comparsa, fue la firma definitiva de la paz, ahora sí, con los verdaderos caciques. De esta manera en 1732, con el nombre de “Paz con los Minuanos” se sella la paz tan ansiada por los montevideanos. Esta paz -como casi todas- será acatada por las dos partes hasta que una de ellas ya no precisa del arreglo, dado que su fuerza es suficiente para no negociar. Está de más contar quién tenía la fuerza y quién la impuso. Solo diremos que la mortal expedición fue en 1751 y que fue llevada adelante por el gobernador José Joaquín de Viana. Por supuesto en un Montevideo que había dejado de ser aquel conjunto de casuchas (ahora tenía murallas).

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