Entonces, más allá del símbolo -que lo es- de las luchas emancipatorias, y del genio militar más notable y eficaz de su tiempo, la universalidad de Simón Bolívar viene asociada esencialmente a la vigencia que su pensamiento mantuvo en la batalla de ideas hasta nuestros días. He allí el asombro que provocan sus realizaciones teórico-prácticas.
Por ello no es casual que autores de Rusia y China se hayan interesado en su vida y obra desde el siglo pasado, y algunos europeos hayan escrito en el siglo XIX usando fuentes que nacieron tergiversadas por el resentimiento y las visiones supremacistas del continente colonialista; también ocurrió que escritores ambiciosos se aprovechasen de la fama mundial del Libertador Bolívar para escribir cualquier libraco que los catapultara en el negocio editorial y la búsqueda de notoriedad.
En todo caso, la figura legendaria de Bolívar no pasó indiferente como temática de la literatura histórica y artística en su tiempo (y en la posteridad). Mentes brillantes de las letras dedicaron estudios historiográficos y textos poéticos antológicos al Libertador. El Cono Sur de América no podía ser la excepción, aunque en esta región las oligarquías impusieron desde el siglo XIX una narrativa antibolivariana acorde con sus intereses de clase y en correspondencia con la geopolítica anglosajona.
Aquí tendríamos que decir, en honor a la rigurosidad histórica, que Bolívar tuvo una atención temprana y original con el devenir de los pueblos más sureños de Suramérica. Sus reiteradas comunicaciones a Pueyrredón -por ejemplo-, el envío de varios emisarios, su propia marcha hasta Potosí, su insistencia para que Chile y las Provincias Unidas del Río de la Plata, acogiesen la convocatoria al Congreso de Panamá, todos esos esfuerzos, confirman notoriamente la mirada de Bolívar a los rincones australes de la Patria Grande.
El Bolivarianismo nativo del Uruguay
Hemos detectado -en clave histórica y cultural- un fenómeno muy específico de Uruguay: la existencia de un bolivarianismo originario, criollo, nativo de este país, hecho que no tiene igual en el resto de la subregión. Esto fortalece la convicción de que el bolivarianismo es el pensamiento emancipatorio por excelencia de Venezuela, con vigencia y pertinencia en toda Nuestra América. El hallazgo del bolivarianismo uruguayo es un puente inexplorado que debe ser visibilizado para fortalecer -como nunca antes- los lazos fraternales entre ambos pueblos, y para la necesaria y urgente revalorización del carácter épico, solidario, virtuoso y heroico de la venezolanidad.
En los últimos años se ha perpetrado una odiosa campaña de linchamiento contra la venezolanidad, urdida y ejecutada por poderosos factores transnacionales que han pretendido destruir nuestra nación combinando la guerra económica, la desestabilización social y política, con el deterioro de la imagen de nuestro país. Esto tiene que ser revertido con urgencia, con inteligencia y con sensibilidad. Creemos en el diálogo amigable con la sociedad latinoamericana desde las propias raíces culturales de pueblos hermanos, inspirados en un bolivarianismo profundo, como el que constatamos en la creación literaria de José Enrique Rodó y la poeta Juana de Ibarbourou, o en los ensayos de Vivian Trías y la popular canción de Los Olimareños dedicada a Simón Bolívar.
El Bolívar de Rodó
Sorprendente la reaparición de Bolívar en distintas épocas y latitudes a través de las más disímiles manifestaciones creativas. ¿Cómo inspiró la gesta y el pensamiento del ilustre venezolano, las más sublimes páginas de la literatura a comienzos del siglo XX en el Conor Sur de América?
Frente al anchuroso delta del Río de la Plata, en la apretada Franja Oriental, emergió la prosa más preciosa dedicada al Libertador: “Grande en el pensamiento, grande en la acción, grande en la gloria, grande en el infortunio; grande para magnificar la parte impura que cabe en el alma de los grandes, y grande para sobrellevar, en el abandono y en la muerte, la trágica expiación de la grandeza. Muchas vidas humanas hay que componen más perfecta armonía, orden moral y estético más puro; pocas ofrecen tan constante carácter de grandeza y de fuerza; pocas subyugan con tan violento imperio las simpatías de la imaginación heroica. Cuando se considera esa soberbia personificación de original energía, en el medio y la hora en que aparece, se piensa que toda la espontaneidad reprimida, toda la luz y el color escatimados en la existencia inerte de las diez generaciones sujetas al yugo colonial, se concentraron, por instantáneo desquite, en una vida individual y una conciencia única.” [1]
José Enrique Rodó interpretó con erudita exaltación el carácter de guerrero intuitivo del Hombre de las Dificultades: “esto venía tan del fondo de su naturaleza que, en rigor, nunca hubo carácter más inmune de todo amaño y remedo de afectación. Nunca le hubo, en general, más espontáneo e inspirado. Todo es iluminación en sus propósitos; todo es arrebato en su obra. Su espíritu es de los que manifiestan la presencia de esa misteriosa manera de pensamiento y de acción, que escapa a la conciencia del que la posee, y que, sublimando sus efectos muy por arriba del alcance de la intención deliberada y prudente, vincula las más altas obras del hombre a esa ciega fuerza del instinto, que labra la arquitectura del panal, orienta el ímpetu del vuelo y asegura el golpe de la garra. Así, para sus victorias le valen el repentino concebir y el fulminante y certero ejecutar. Y en la derrota, una especie de don anteico, como no se ve en tal grado en ningún otro héroe; una extraña virtud de agigantarse más cuanto más recia fue y más abajo la caída; una como asimilación tonificante de los jugos de la adversidad y del oprobio…” (Rodó, p 547)
Lo que a su manera expresaba lleno de despecho el destacado General español Pablo Morillo: “Bolívar en un solo día acaba con el fruto de cinco años de campaña, y en una sola batalla reconquista lo que las tropas del rey ganaron en muchos combates… La suerte de Venezuela y de Nueva Granada no puede ser dudosa... Estos prodigios, que así pueden llamarse por la rapidez con que los han conseguido, fueron obra de Bolívar y un puñado de hombres. Si llegamos a sucumbir y se pierde la Costa Firme que es la América militar, no la volverá jamás a recuperar el Rey nuestro señor, aunque para ello se empleen treinta mil hombres.”
Eso que el venezolano Salcedo Bastardo definió en un curioso juego de palabras: “Es el derrotado invencible”.
Rodó ve desde El Mirador de Próspero al Bolívar revolucionario, montonero, caudillo, tribuno, legislador, presidente..., “todo a una y todo a su manera, es una originalidad irreducible, que supone e incluye la de la tierra de que se nutrió y los medios de que dispuso; porque Bolívar es el barro de América atravesado por el soplo del genio, que transmuta su aroma y su sabor en propiedades del espíritu, y hace exhalarse de él, en viva llama, una distinta y original heroicidad.” (Rodó, p 551)
Rodó compartió con Rufino Blanco Fombona el americanismo como construcción de un ser nacional transfronterizo. En carta (15-01-1911) a su amigo y compatriota radicado en París, Hugo Barbagelata, le comenta: “Tenemos que americanizar a Artigas, y algo se ha hecho ya en tal sentido. Hace pocos días leí con viva satisfacción, en el Fígaro, de la Habana, la semblanza de Zorrilla de San Martín por nuestro amigo Blanco-Fombona, y allí encontré, sobre Artigas, palabras que agradecí en el alma. Blanco-Fombona, que ya siente a Artigas, lo sentirá tanto más cuanto más lo estudie y profundice, porque el género de grandeza, ubérrima y original, de nuestro gran caudillo tiene que ser naturalmente simpática al temperamento de aquel ilustre amigo nuestro, tan lleno de fuerza personal en lo que piensa y escribe.” (Rodó, p 1356)
El montevideano autor de Ariel, no esconde su asombro por el avanzado y original concepto bolivariano del Estado y sus Constituciones: “El sistema de organización propuesto en 1819 al Congreso de Angostura manifiesta, a vuelta de lo que tiene de híbrido y de utópico, la crítica penetrante y audaz de los modelos políticos que proporcionaba la experiencia, y una facultad constructiva, en materia constitucional, que busca su apoyo en la consideración de las diferencias y peculiaridades del ambiente a que ha de aplicarse. Esta facultad toma aún mayor vuelo y carácter en la constitución boliviana, extendida luego al Perú, obra del apogeo de su genio y de su fortuna, donde los sueños de su ambición forman el extraño conjunto con los rasgos de una inventiva innovadora que ha merecido la atención y el análisis de los constitucionalistas, como la idea de un poder electoral, seleccionado del conjunto de los ciudadanos, en la proporción de uno por diez, al que correspondería elegir o proponer los funcionarios públicos. (Rodó, p 554)
José Enrique Rodó, con quien se puede disentir en posiciones ideológicas y hasta cuestionar algunas imprecisiones historiográficas, concibió una prosa sólida y fluida, de una gran belleza, admirable entre las que han logrado afamados autores venezolanos y latinoamericanos que han sido señalados de apologistas y hasta de crear un “culto” a Bolívar: “Cuando diez siglos hayan pasado, cuando la pátina de una legendaria antigüedad se extienda desde el Anáhuac hasta el Plata, allí donde hoy campea la naturaleza o cría sus raíces la civilización; cuando cien generaciones humanas hayan mezclado, en la masa de la tierra, el polvo de sus huesos con el polvo de los bosques mil veces deshojados y de las ciudades veinte veces reconstruidas, y hagan reverberar en la memoria de hombres que nos espantarían por extraños, si los alcanzáramos a prefigurar, miríadas de nombres gloriosos en virtud de empresas, hazañas y victorias de que no podemos formar imagen; todavía entonces, si el sentimiento colectivo de la América libre y una no ha perdido esencialmente su virtualidad, esos hombres, que verán como nosotros en la nevada cumbre del Sorata la más excelsa altura de los Andes, verán, como nosotros también, que en la extensión de sus recuerdos de gloria nada hay más grande que Bolívar.” (Rodó, p 563)
Así, José Enrique Rodó, buscando en las raíces de su historia local, donde se yergue desde las sombras del destierro y el olvido el nombre de José Gervasio Artigas, ve en el inmortal heroísmo bolivariano, la imagen de aquello que estima infinito para la gran nacionalidad continental que soñó Miranda, y que Bolívar como ningún otro caudillo de los pueblos, se propuso construir con razón y fuerza, para alcanzar la verdadera y eterna Independencia Latinoamericana y Caribeña.
El Bolívar de Vivian Trías
El bolivarianismo nativo de Uruguay viene del orgullo artiguista que alimenta el mito épico de la nación, plasmado en el espíritu de una carta del 20 de julio de 1819 que el Héroe José Artigas envió al Libertador Simón Bolívar: “Sr. General Don Simón Bolívar, Presidente de la República, unidos íntimamente por vínculos de naturaleza y de intereses recíprocos, luchamos contra tiranos que intentan profanar nuestros más sagrados derechos.” [2]
El caudillo rioplatense oriental -como dice Trías- “reclama protección para sus atrevidos barcos”: “que el pabellón sea respetado como el signo de la grandeza Oriental por su libertad patria. Por ella se ha enarbolado y no dudo que Vuestra Excelencia afianzará esta gloria en la protección deseada...No puedo ser más expresivo en mis deseos que ofertando a V.E. la mayor cordialidad, por la mayor armonía, en la unión más estrecha…Firmarla, es obra del sostén por intereses recíprocos”. Artigas sabía lo que decía. Al desaparecer de la escena rioplatense, “dejó huérfanas a las masas federales, sin guía, desnortadas. El derrotismo, el caos, las mezquinas rivalidades, la desesperanza, cundieron en las provincias. La Banda Oriental fue víctima de la voracidad luso-brasileña.”
De ese bolivarismo artiguista es que Vivian Trías nos habla con un verbo geopolítico muy potente. Ve la revolución emancipadora en Hispanoamérica (La revolución Atlántica) como “un capítulo de la gran transformación” entre la segunda mitad del siglo XVIII y la primera del XIX; periodo en el cual ubica el nacimiento del capitalismo industrial, el liberalismo político, la ilustración, el romanticismo, y donde se da el apogeo de la burguesía como clase creadora.
Al siglo XIX lo caracteriza como “de las nacionalidades” porque los Estados nacionales se perfilan para la contemporaneidad: “La incidencia de las masas en la vida política, la declaración de los derechos del hombre, el surgimiento de las nuevas formas de convivencia democrática, la adopción de regímenes constitucionales en lugar de absolutismo monárquico y, mismo, de novedosas repúblicas, modifican sustantivamente las condiciones políticas”, durante ese siglo XIX. (Trías, p 21)
Para Trías, “Simón Bolívar postuló con tenaz e iluminado empecinamiento, la unidad nacional de la América Hispana independiente”, concluyendo con la sentencia de que “la cuestión nacional es una clave primordial del bolivarianismo”.
¿Qué es una nación?, se pregunta el pensador socialista, y responde: “es un anudamiento, una armónica conjugación de comunidades o solidaridades humanas; una economía común, una historia común, un territorio y una lengua comunes, un carácter colectivo común”. Una nación -dice- es un pueblo ya solidarizado por “hechos y mitos enraizados en los hondones de la conciencia colectiva”.
La formación de los Estados nacionales en Hispanoamérica viene condicionada por el hecho de que las colonias de España se organizaban proyectadas hacia la madre patria. Sus vínculos eran bilaterales con la Metrópoli. Cada una era un segmento hilado al centro, y se proyecta paralelo (y no integrado) a las otras colonias; ello creó un aislamiento y fragmentación, ya que no podían ni comerciar entre ellas. Se les prohíbe las industrias que compitan con la Metrópoli y ni desarrollan vías que las unan porque “no las necesitan”; así se poseyó un gran territorio fragmentado y desestructurado en virreinatos, capitanías, y el complejo entramado colonial que superponía o entrecruzaba instancias administrativas, religiosas y judiciales, que garantizaran una sola gobernanza real desde la Metrópoli.
En la medida que el sistema colonial especializa sus métodos e incorpora las técnicas recogidas en sus feudos y vecinos de Europa, se producen cambios sustanciales en los datos económicos; Trías destaca que sólo desde 1700 en adelante se multiplica la producción minera: las exportaciones de oro y plata de 1750 a 1800 superan el monto total del lapso 1492-1700. Crece el monocultivo extensivo de cacao, café, caña de azúcar, algodón, traduciéndose en un recrudecimiento de la esclavitud y la servidumbre. España es el protagonista de un régimen castrante, rezagada en su holgazanería señorial e intermediaria parásita de “comunidades violentamente distorsionadas por su dependencia del capitalismo industrial en firme avance”. (Trías, p 24)
En el análisis histórico de las condiciones como se desató y desarrolló la revolución de Independencia, Trías subraya el quebrantamiento de “las mermadas fuerzas cohesivas” (instituciones políticas administrativas similares, idioma, religión y cultura “comunes”), pero que -a efectos de la nacionalidad que surgiría de ese proceso de ruptura- “siguieron operando como un tejido conjuntivo, como prendas de identidad entre los pueblos hispano-americanos”. (Trías, p 25)
Con la revolución surgieron nuevas “fuerzas centrípetas, unificadoras”: la propia revolución con sus valores, objetivos e ideas comunes, y la unidad que requería enfrentar al enemigo común. Ahí está el Bolívar de Vivian Trías, como figura convocante, poderosamente unificadora de grandes caudillos de la Independencia: “Simón Bolívar, el primero, por la latitud de su escenario, por la magnitud de sus victorias, por la exuberante cosecha de libertades que depararon sus denuedos”. (Trías, p 28)
Este autor, muy poco conocido fuera de Uruguay, considera que Simón Bolívar es el caudillo nacional de los pueblos hispano-americanos; y según su visión, los caudillos son hijos de las crisis: “La tempestad revolucionaria lo reveló y lo lanzó al mundo de la historia”. (p 28)
Pero, además, no lo ve como un molde de caudillo prefabricado, adaptable a cualquier lejanía; para Trías, Bolívar es inconcebible fuera de la América Hispana, india y mestiza; dice -con palabras de Rodó-, es el barro de América atravesado por el soplo del genio, que “convoca en su entorno a un inmenso movimiento nacional y popular”. (p 29)
Trías nos habla de un caudillismo como consecuencia dialéctica de una realidad histórica. El caudillo “expresa a las masas” y “prueba su condición en las derrotas”, “son taumaturgos de la historia”; Bolívar -continúa el denso intelectual de Las Piedras- “no emergió caudillo de los pueblos hispanoamericanos de la noche a la mañana. Su camino a la cúspide, hacia el corazón de criollos pobres, indios, mestizos, negros esclavos, fue arduo, accidentado, doloroso, heroico”. (p 29)
En cuanto a una periodización de la trayectoria en la lucha independentista, Vivian Trías pasa revista al proceso sociopolítico, a la maduración de las ideas emancipatorias del Libertador, pero también a ciertos momentos de coyuntura y rasgos de su carácter que coincidieron en la formación de un caudillo para la América Hispana y Mestiza.
Entre las fases identificadas por el ensayista uruguayo, una primera -de 1810 a 1812- conceptualizada como la “revolución aristocrática”, donde los derechos monárquicos no eran cuestionados, pero se abrió cauce al deseo de autogobierno. La segunda fase: 1813-1814, una vez vencido Napoleón, retornó el absolutismo. En Venezuela aparece la “guerra de colores” bajo la forma de alzamiento de sectores subalternizados que, acaudillados por realistas, exteriorizaron con furia destructiva su odio a los mantuanos. Guerra de clases y de razas, como esas “hordas llaneras de Boves” que asumieron “la guerra como una festiva oportunidad de revancha y botín”. (p 31)
Llegaron los años de la Guerra a Muerte: “Bolívar pretende crear la conciencia de la americanidad con los golpes imparables del odio y la violencia” (“guerra de la desesperación”), de la consigna Victoria o Muerte que inspiró la Campaña Admirable; esto es muy cierto, tanto que el Libertador lo afirma en una carta al General en Jefe Rafael Urdaneta el 1° de enero de 1829: “Mucho tiempo ha, que nuestra divisa ha sido triunfar o morir”; aunque el lema combativo no estuvo reducido a una fase tan breve como la que establece Trías, ya que en esa misma carta (1829) Bolívar sentencia: “Siempre seremos víctimas si no vencemos” [3].
Artigas también usó el tajante dilema en su Proclama al Ejército de la Banda Oriental en abril de 1811: “vencer o morir sea nuestra cifra”. [4] Coincide Trías en afirmar que en esta época Bolívar no es caudillo de masas, pero comienza a serlo del ejército: “su verdadera fuerza política liberadora”. (p 31)
Lo dijo el propio Libertador en su más concisa y precisa definición de la categoría Pueblo: “Esos señores piensan que la voluntad del pueblo es la opinión de ellos, sin saber que en Colombia el pueblo está en el ejército, porque realmente está, y porque ha conquistado este pueblo de mano de los tiranos; porque además es el pueblo que quiere, el pueblo que obra, y el pueblo que puede; todo lo demás es gente que vegeta con más o menos malignidad, o con más o menos patriotismo, pero todos sin ningún derecho a ser otra cosa que ciudadanos pasivos. Esta política, que ciertamente no es la de Rousseau, al fin será necesario desenvolverla para que no nos vuelvan a perder esos señores. Ellos pretenden con nosotros representar el segundo acto de Buenos Aires, cuando la segunda parte que van a dar es la del Guárico. Piensan esos caballeros que Colombia está cubierta de lanudos, arropados en las chimeneas de Bogotá, Tunja y Pamplona. No han echado sus miradas sobre los caribes del Orinoco, sobre los pastores del Apure, sobre los marineros de Maracaibo, sobre los bogas del Magdalena, sobre los bandidos de Patía, sobre los indómitos pastusos, sobre los guajibos de Casanare y sobre todas las hordas salvajes de África y de América que, como gamos, recorren las soledades de Colombia.” [5]
En 1814 cayó la II República y al año siguiente llegó Pablo Morillo con su poderosa invasión “Pacificadora”. En este periodo -según Trías- Bolívar madura su pensamiento revolucionario (1815-1816) y enrumba a las alturas del caudillaje popular. En Haití conoce de los horrores del caos social por la guerra racial, a la vez que se admira de la creación republicana “patriarcal, agrarista, e igualitaria” de Petion. “Ya no es Bolívar el mantuano”, ahora se adentra en el reto de la cuestión de masas y el contenido nacional-popular de la lucha. Su objetivo es “convertir las masas rebeldes, en revolucionarias… pronto su fértil pensamiento aporta soluciones fundamentales, que dan al Estado intervención decisiva en lo económico y social, y que tienden a fundir la lucha por la independencia y la nación, con la lucha por la justicia social”. (Trías, p 33)
Los Decretos de 1814 sobre la propiedad de la nación, y luego en octubre de 1817 para la repartición de bienes nacionales a las tropas de todo rango, son parte de esa opción por la justicia social que apuntan a la instauración de la igualdad efectiva de los ciudadanos. Bolívar traza, con estas medidas concretas de gobierno, “la intersección de la América Hispana y de la América de los colores.” (Trías, p 37)
Siguieron los días de gloria. El Congreso de Angostura inaugura la gesta bolivariana. Funda su Colombia: “la garantía de la libertad de América”. Trías destaca la virtud de los proyectos jurídico-políticos bolivarianos, subrayando que los elabora para enfrentar el caos social y la tiranía; además de buscar siempre la originalidad, eso que en Bolívar podemos caracterizar como idoneidad o pertinencia telúrica. Para Trías, Bolívar es el “hechicero que trasmuta la derrota en victoria”. Esta condición se consagró en la epopéyica liberación del sur: Bomboná, Pichincha, Ibarra, Junín, Ayacucho.
Trías observa una empatía ideológica entre Bolívar y los caudillos federales del Río de la Plata, especialmente con José Gervasio Artigas, Protector de Pueblos Libres; plantea que el objetivo estratégico de ambos Próceres fue “fundar la soberanía económica y política de la nación”. Lamenta, eso sí, la nefasta no coincidencia en el espacio-tiempo de los dos héroes. Artigas sale al destierro en 1820 cuando Bolívar se encumbraba rumbo al cenit de su gesta. Sin embargo, en 1825, la cercanía de Bolívar insufla alientos en los patriotas del Sur. El Congreso Constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, aprueba en mayo enviar una delegación diplomática ante Simón Bolívar, conformada por el Gral. Carlos de Alvear y el doctor Díaz Vélez. Los motivos de la comitiva: a) Felicitar a Bolívar por sus triunfos, b) Solicitar una alianza para exigir a Brasil la devolución de la Cisplatina, y c) Que las cuatro Provincias de la región vuelvan al seno de las Provincias Unidas del Río de la Plata o, en todo caso, que no sean del Perú.
El Libertador queda motivado por la posibilidad de apoyar los destinos de los hermanos del extremo sur. En ese espíritu escribe: “Los señores Alvear y Díaz Vélez me han dicho terminantemente que yo debo ejercer el protectorado de la América como único medio de salvar la de los males que la amenaza yo le dicho francamente que haré por el río de La Plata cuanto me des permitido en mi actual posición y te tomaré el mayor empeño en recomendar con todo mi flujo y con toda mi alma los auxilios y aún sacrificios que ellos crean necesarios pedir a Colombia y Perú para asegurar la libertad de su patria”. [6]
Trías señala actitudes hipócritas de Alvear y Díaz Vélez hacia Bolívar; mientras otorga importancia a la presencia de Manuel Dorrego en Cuzco para cuadrar con Bolívar la formación del partido bolivarista en el Río de La Plata. En octubre vuelve desde Londres Rivadavia y comienzan los obstáculos más fuertes a aquella posible alianza.
Surgen dudas de Bolívar sobre el gobierno de Buenos Aires, lo que Trías confirma diciendo: “los unitarios (Rivadavia y compañía) en el poder eran contrarios a las ideas americanistas” (p 48), y que Bolívar “en todo esto no le erraba ni por un pelo”; los antibolivarianos manipularon e impusieron su línea. Trías recuerda la exclamación de uno de los más acérrimos, Manuel Antonio Castro: “la democracia es un vicio” (p 49). El propósito era imponer desde arriba a Rivadavia, quien pronto entra en negocios de minas ilegales con los ingleses.
Ingleses y negocios en el sur jugaban fuerte la geopolítica. Las razones para asaltar el poder: cortar de raíz, en el nido, la influencia bolivariana en el federalismo argentino que podía hacerlo invencible: frustrar la influencia de Bolívar en La Plata.
En abril de 1826 Rivadavia habla con el representante inglés Woodbine Parish, quien relata a Canning: “Rivadavia se refirió en términos acalorados a Bolívar” (p 50). La lectura -muy aguada- de Trías, devela que la intención de fondo de Rivadavia y el sector oligárquico centralista que representa, contra las visiones más progresivas de los liderazgos provinciales federalistas, es no poner en riesgo el régimen brasileño donde veían retratado su propio interés de clase, y, según ellos, Bolívar y su ejército representaban la posibilidad cierta de cambios republicanos y sociales como los que ya se asomaban en el Alto Perú contra la esclavitud, a favor de los pueblos originarios, y el gobierno popular.
La comunicación a Canning lo reafirma: “…que nada temía tanto (Rivadavia) por el bienestar de las instituciones y opiniones de estas Provincias (sin duda las del unitarismo), como la introducción en ellas del espíritu militar de los ejércitos de Bolívar, que habían establecido y establecerían en todas partes donde pasaran sus propias nociones militares, que no estaban lejos de un completo despotismo…” (p 50)
Los amigos de formar alianza con El Libertador era principalmente el Deán Gregorio Funes y Manuel Dorrego, quienes junto a Manuel Moreno (hermano de Mariano Moreno) y el gobernador de Córdoba, General Juan Bautista Bustos, lideraban caudillos federales del interior y una tendencia creciente en el pueblo bonaerense, que llevó a Dorrego a la posición de poder a mediados de 1827, cuando a Bolívar lo requerían con urgencia serias problemáticas en Caracas y Bogotá. “Dorrego pagó su osadía americanista con su vida dos años después en el horrendo crimen de Navarro.” (p 52)
La etapa caracterizada por Trías de desintegración, abarca el quinquenio 1825-1830, donde se produce la balcanización de América Hispana -concepto también manejado por Liévano Aguirre en su obra Bolivarismo versus Monroísmo- entre otras causas por el fracaso del Congreso de Panamá, donde jugó un papel estelar la diplomacia conspirativa inglesa, estadounidense y sus aliados del Río de la Plata y Chile. Es un periodo de apogeo del comercio de Inglaterra con las nuevas repúblicas, que venden sus materias primas y adquieren -muchas veces endeudándose- manufacturas, fortaleciéndose las ciudades-puertos cuyos comerciantes se enriquecen, y crecen en población y poder como polos regionales en los contextos nacionales.
Trías ve con claridad que la relación de Bolívar con Inglaterra siempre fue de carácter táctico y nunca de sumisión, ya que los riesgos de una abierta interferencia inglesa contra las independencias hispanoamericanas provocaría el bloqueo casi absoluto de los mares por donde se proveían los movimientos insurgentes; además, la idea del Equilibrio del Universo, que buscaba crear una fuerza latinoamericana capaz de frenar las apetencias coloniales europeas y neocoloniales de Estados Unidos, exigía como precondición, la unidad de las nacientes repúblicas, como tanto lo planteó Simón Bolívar: “la creación de una federación americana e hispana en el Congreso de Panamá es uno de esos nuevos nortes hacia los que el jefe conduce a su pueblo porque su excepcional visión histórica lo ha convencido de que no existe un futuro venturoso si no lo conquista” (p 53)
Bolívar del Uruguay sensible
Un poema y una canción completan esta primera aproximación al Simón Bolívar que vieron, siguieron y amaron los “orientales”.
En onda musical, el pueblo de Artigas dio a luz a LOS OLIMAREÑOS, la agrupación que logró internacionalizar la canción más conocida sobre Simón Bolívar. En la pequeña ciudad Treinta y Tres, junto al río Olimar, que dio nombre al grupo formado por Pepe Guerra y Braulio López en 1962, cuyo repertorio estuvo muy influenciado por la música venezolana, especialmente por los pasajes llaneros, y por la canción latinoamericana comprometida con las causas populares, recordándonos que el canto popular es hermano y militante de las causas emancipatorias.
Rescatemos para la memoria histórica al venezolano Isidro Contreras, radicado en aquellos tiempos en Uruguay, autor (junto a Rubén Lena) de la famosa canción A Simón Bolívar, el tema más internacional dedicado al Libertador, que fue difundido por Los Olimareños.
Canción a Simón Bolívar (1966)
Simón Bolívar, Simón
Caraqueño americano
El suelo venezolano
Le dio la fuerza a tu voz
Simón Bolívar, Simón
Nació de tu Venezuela
Y por todo el tiempo vuela
Como candela tu voz
Como candela que va
Señalando un rumbo cierto
En ese suelo cubierto
De muertos con dignidad
Simón Bolívar, Simón
Redivivo en la memoria
Te abre otro tiempo la historia
Te espera el tiempo, Simón
Simón Bolívar, razón
Razón de pueblo profunda
Antes que todo se hunda
Vuelve de nuevo, Simón
Simón Bolívar, Simón
En el sur la voz amiga
En la voz de José Artigas
Que también tenía razón
Y antes, desde la aún más chica y alejada ciudad de Melo, viene el poderoso verso de la poetisa Juana de Ibarbourou, bautizada como “Juana de América”, que nos legó desde comienzos del siglo XX el Himno a Bolívar, el poema más potente escrito al Libertador, donde no sobra palabra, ni falta argumento para reivindicar la obra -épica y ética- del Genio Venezolano.
Himno a Bolívar
(Por Juana de Ibarbourou)
Avergüenza decir: "Voy a hacerle un himno a Bolívar". ¡Es tan menguada la voz de los hombres para alzarla en el elogio de los héroes!
A Bolívar habría que cantarle con la garganta de los vientos y el pecho del mar.
Y tendría que suplicarle al Pampero:
dame tu acento.
Y al Atlántico y al Caribe:
Hoy necesito vuestra voz.
A Bolívar sólo pudo haberle cantado Darío.
¡Un Dios es el que hace las alabanzas de otro Dios!
¿Por qué el chorotega magnífico se fue
sin haber dejado para América el himno de su héroe máximo?
Hasta a su sombra se lo reclama
el alma orgullosa del Continente.
¡Oh Darío! Más que a Roosevelt y más que a la raza
tú le debías un poema a Bolívar!
Desde que él amarró a su destino
la gloria y el sacrificio,
nadie se dio a estudiar el grito onomatopéyico
del Tequendama
cantando las alabanzas del General.
Lo que no han sabido hacer los hombres
La montaña y el salto estarán desde entonces
lo habrán hecho el agua y el volcán.
Y eso basta: ahora, nosotros,
aprendamos a escuchar,
a escuchar religiosamente,
el canto triunfal.
A las voces eternas se unirán
las de mi Río de la Plata y mi Uruguay
Y el himno enorme se integrará con el ritmo del Amazonas, del Orinoco,
del Magdalena, del Paraná.
Venezuela: para hacer la alabanza de tu héroe todos los ríos de América mezclarán su voz, por sobre llanuras y montañas.
Así han de cantar a Bolívar
el agua y los ecos, la cordillera y el huracán.
Todos los hombres de América
que le deben su libertad
con el corazón exaltado y la cabeza descubierta
escucharán
El himno que ninguno de los poetas
Fue capaz de concebir para tu General.
Notas
[1] José Enrique Rodó: Obras Completas. Aguilar (segunda edición), 1964. Bolívar, p 546
[2] Vivian Trías: Bolívar. Personajes y episodios. Ediciones de la Banda Oriental, 1992, Tomo 15, p 46
[3] Bolívar y Urdaneta: Correspondencia. Ediciones de la Fundación Rafael Urdaneta, 1984, p 113
[4] José Félix Díaz: El pensamiento vivo de los libertadores de esta América. (versión digital) p 5
[5] http://www.archivodellibertador.gob.ve/escritos/buscador/spip.php?article10971
[6] Paul Verna: El Día que Bolívar…ANH, Caracas, 1991, p 166