Miniacuerdo, entente parcial, pacto reducido, una luz (tenue) al final del túnel (oscuro), tregua armada, como quiera definírselo, lo cierto es que la ronda de negociaciones número 13 entre Estados Unidos y China evitó lo peor para el comercio y la economía de ambas superpotencias y del resto del mundo que, desde hace 15 meses, padecen las consecuencias de la guerra anti-China desatada por Donald Trump.
Hacete socio para acceder a este contenido
Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.
ASOCIARMECaras y Caretas Diario
En tu email todos los días
Bastan algunos números para evaluar las consecuencias del acuerdo alcanzado durante los dos días de reuniones entre las delegaciones de Estados unidos y China, que volvieron a verse las caras, después de cinco meses, la semana pasada en Washington.
Según datos de JP Morgan en marzo de 2018 (cuando la Casa Blanca inició las hostilidades tarifarias), el comercio internacional, que crecía a un ritmo del 5% anual, hoy navega en territorio negativo. Este congelamiento del comercio global determinó la hibernación de las inversiones que en los países industrializados pasaron de un aumento neto del 4% promedio anual a un crecimiento nulo.
Para el Fondo Monetario Internacional (FMI) la reyerta arancelaria cuesta más de 700.000 millones de dólares en términos de menor crecimiento, el equivalente de una economía del tamaño de Suiza. Los expertos coinciden con la definición de la Brookings Institution y el Financial Times de una fase de “estancamiento sincronizado” con un crecimiento nulo o débil en algunos países o una contracción moderada en otros. Según la directora entrante del FMI, la búlgara Kristalina Georgieva, al anunciar la revisión de los pronósticos de la entidad, “en 2019, esperamos un crecimiento más lento en un 90% del mundo”, un 3%, el más bajo desde la crisis de la década pasada, también conocida como Gran Recesión.
Este será el primer tema de la agenda de la reunión anual conjunta del FMI y el Banco Mundial que se inicia esta semana en Washington. Como ocurre desde hace un tiempo, la marcha de la economía china -cuyo crecimiento, en los últimos 20 años, ha representado un 30% del total global- será el foco de la atención de todos los ministros de Finanzas y presidentes de los Bancos Centrales participantes.
Para Liu He, viceprimer ministro y principal responsable de la política económica y comercial de la República Popular, quien encabezó la hasta ahora más numerosa y calificada comitiva de negociadores chinos, se han “conseguido progresos sustanciales en múltiples aspectos”, mientras que para su homólogo, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Steven Mnuchin, se logró «un entendimiento en cuestiones fundamentales” aunque “todavía queda mucho por hacer”.
Un acuerdo “importante para EEUU, China y para el mundo entero», lo definió el presidente Trump ante las dos delegaciones reunidas en la Sala Oval de la Casa Blanca. “Con China están sucediendo cosas muy buenas” y “estamos cerca del fin de la guerra comercial”, agregó.
En el mismo sentido se había expresado su colega chino en una carta dirigida a Trump el día antes del inicio de las negociaciones. Según Xi Jinping, para Beijing las “relaciones sanas entre Estados Unidos y China son importantes para el mundo”.
La principal y más inmediata consecuencia del acuerdo alcanzado es la suspensión, por parte de Estados Unidos, de una ulterior suba del 25% al 30% de los aranceles a importaciones chinas por valor de 250.000 millones de dólares que debía entrar en vigor el 15 de octubre. Como contrapartida, China se comprometió a adquirir entre 40.000 y 50.000 millones de dólares en productos agrícolas a los ganaderos y agricultores estadounidenses. De todos modos nadie ha hablado, por ahora, de cancelar los aranceles ya en vigor, sólo de suspender las alzas programadas para los próximos meses.
“El acuerdo que acabo de lograr con China es, con mucho, el mejor y mayor que se haya hecho para nuestros granjeros patriotas en la historia de nuestro país”, tuiteó el inquilino de la Casa Blanca el día después del cierre de las negociaciones. “La pregunta es si nuestros agricultores van a estar a la altura de producir tanto”, exultó; “pido a los agricultores que compren más tierras y tractores”. El voto de los “patriotas” de Trump fue determinante para su triunfo electoral y lo será, todavía más, en la ya lanzada campaña por su reelección.
EEUU bajo la presidencia de Donald Trump aumentó sustancialmente los aranceles a un total de productos importados de China por un valor superior a los 360.000 millones de dólares y el republicano había anunciado que a partir del 15 de diciembre nuevos aranceles alcanzarían a los 160.000 millones restantes (teléfonos móviles, ordenadores portátiles, consolas de videojuegos, ropa y calzado) hasta cubrir el total de los bienes y productos que llegan desde la otra orilla del Pacífico.
“Me encantan los aranceles”, había sido la respuesta de Trump ante el reclamo por un cese al fuego tarifario de las cámaras empresariales de su país, preocupados por los aumentos de costos para las empresas que usan componentes chinos en sus procesos de producción.
Otro tanto han protestado los comerciantes mayoristas y minoristas ante el alza de los precios por los nuevos impuestos que podría tener un grave efecto inflacionario en las ventas de Navidad y Fin de Año.
Aunque le duela reconocerlo, la guerra comercial abierta con China no le está dando a Trump los resultados que esperaba. El saldo del intercambio comercial entre ambos países registrado en agosto sigue siendo negativo para EEUU,y aún más desfavorable que el que se registró en los primeros meses del año. Solo en agosto, EEUU compró a China bienes por un valor estimado de 41.000 millones y apenas vendió a ese país 9.400 millones. En lo que va del año el déficit comercial de EEUU con respecto a China es de 231.000 millones de dólares.
La minipaz sino-norteamericana será formalmente suscrita por ambos presidentes durante la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) que se celebrará en Santiago de Chile el 16 y 17 de noviembre. “Estaremos en Chile y tendré una (ceremonia de) firma formal con el presidente Xi”, afirmó Trump, que hasta ahora no había confirmado su participación a la cita de APEC.
Mientras tanto, las partes intentarán avanzar en aquellos temas no resueltos en esta primera fase: transferencia de tecnología, los subsidios chinos a sus empresas estatales, el regreso de Huawei al mercado estadounidense y los cambios en la estructura industrial reclamados por Washington.
Por ahora la bomba fue desactivada. Los resultados no justifican ni un optimismo panglossiano ni tampoco el pesimismo de Murphy. La economía global pasa de la sala de tratamiento intensivo a cuidados intermedios. El comercio, las finanzas, las bolsas del mundo ahora esperan que en la cumbre entre presidentes del próximo mes, Xi y Trump depongan finalmente las armas y una paz definitiva sea sellada.
Se “llevaron a cabo conversaciones sinceras, eficientes y constructivas sobre asuntos económicos y comerciales que afectan a ambos”, sostuvo un comunicado del gobierno chino publicado por la agencia estatal Xinhua apenas culminada la reunión bilateral. No obstante, advirtió que China “debe prepararse para todos los escenarios posibles”.
Mucho más eufórica es la apreciación de los resultados por parte de los Estados Unidos. Para su histriónico presidente, con China se empezó a vivir un “festival de amor” (¿en los tiempos del cólera?).