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No habrá película de zombis

Por Gabriel Peveroni.

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Los relatos se bifurcan. Temo que no hay posibilidad de marcha atrás. Es lo que tienen las novelas: avanzan y las páginas leídas no son justamente para regresar. Hay otras cosas que están sucediendo y que no tenías previstas: has dejado de tener el control de los escritos que se van acumulando. A tus textos (que definiría como crónicas de corte autobiográfico), y a los míos (que comenzaron siendo una suerte de informes sobre el poeta Fausto Ávila en Bogotá), se están sumando otros que sería bueno que accedieras a integrarlos al juego. ¿Te cambio las reglas? ¿Te incomoda? ¿Tienes un poco de miedo? Lo que te estoy proponiendo -aunque en realidad no es una propuesta enteramente mía, porque han intervenido en ella el propio Fausto, la amiga común que tenemos y también reside en Bogotá y un director de cine que conozco muy bien- es que te mantengas en el presente. Sé que dirás que el presente es una construcción inapresable y que por lo tanto es imposible y absurdo el pedido. Pero es importante para nosotros que lo hagas, que sigas esa consigna, porque se vienen tiempos enrarecidos. Nosotros nos ocuparemos de husmear en el pasado, de movernos entre diferentes tiempos y espacios. A vos te toca el presente.

Ahora -ya que me he referido al concepto presente- es el momento indicado para despejar un par de dudas que vienen al caso: efectivamente soy la que estaba en el Prado, cerca del Rosedal, conversando con un amigo (algo más que un amigo, pero eso no es de tu particular interés). Te dejé el libro de Fausto y me alegra que lo hayas leído. Es una forma de dejar de titubear, de suspender las derivaciones y focalizarse en lo que realmente debe importar. En cuanto a mi amigo, el que habló más que yo en el parque, como bien observaste, es un director de cine que está por empezar el rodaje de una película de zombis y cometió el error de entusiasmarse con la historia del poeta con la bala en la cabeza y con algunas cosas que le fui contando sobre la muerte de Vilda. No es que quiera cambiar de plan. Es un poco más complicado. Pero es mejor no adelantarse y dejar que las cosas vayan sucediendo. Yo ya me fui. Sabés bien que por mi trabajo soy bastante escurridiza. No estoy en Montevideo. Tampoco en Bogotá. Me quedaré un tiempo en otro lugar, y es posible que ese tiempo se alargue más de lo previsto, porque la empresa ha decidido que reducirá los movimientos y la logística habitual debido al avance de la pandemia del coronavirus. Estaré, hasta nuevo aviso, en los suburbios de Dallas.

Me llama la atención, eso sí, que no hayas reconocido a mi amigo Diego. Estaba en el ensayo de teatro que aseguras haber presenciado. Y tuvo, por cierto, un papel preponderante en su rol de no-actor. Tengo recuerdos fragmentarios de su largo monólogo, cuando le tocó describir lo que vivieron los padres de Horacio Rovira, el joven tupamaro asesinado en la calle Pérez Gomar el 14 de abril de 1972. Él prefiere pensar esa secuencia trágica como un estado de shock del que Filomena y Carlos nunca lograron salir. Y para él, que es además un cinéfilo más o menos perturbado, estado de shock es penumbra, dislocación y zombis, es un momento de tinieblas y contraluces similar al que narra David Lynch en la escena del accidente de Corazón salvaje.

Diego es el actor de camisa a cuadros. Está parado frente a un pizarrón. Esa es la primera imagen del video que empecé a visionar esta noche. Dibuja una línea de tiempo. En ella va haciendo anotaciones. Lo primero que dice es que Filomena nació el 11 de junio de 1928, lo que la hace del signo de Géminis y dragón de tierra, y que Carlos nació el 20 de octubre de 1930, o sea que es caballo de metal del signo de Libra. Cuenta Diego que la historia de ambos no es simplemente la de dos personas que se conocen y a las que les pasa un montón de cosas en sus vidas privadas; reflexiona que de algún modo su historia tiene mucho que ver con el auge y la caída de un tipo de país, de un tipo de sociedad como la uruguaya. Lo privado y lo público en ellos se retroalimenta todo el tiempo, en un contexto de un Uruguay próspero y optimista, el de los años 50, que se había beneficiado de la guerra en Europa. Filomena era maestra en una escuela de adultos. Carlos, dos años mayor que ella, era empleado de una barraca, fue alumno de Filomena. Se enamoran, se van a vivir juntos y nace Horacio. Viven un tiempo en el que llegaban buenas noticias de la Revolución cubana y de la guerra de liberación de Argelia, mientras empezaba a advertirse que la prosperidad uruguaya no tenía que ver con las virtudes del país y su clase dirigente, sino con la coyuntura mundial. Entre muchos jóvenes montevideanos se contagia la idea de debilitar al sistema con una práctica antisistema de focos, inspirándose en los modelos argelino y cubano. Surgen varios movimientos guerrilleros o de acción directa, entre ellos el MLN-Tupamaros.

Diego mira a la cámara, lo que equivale a decir que puedo observar con detenimiento su rostro y la intensidad de su mirada. Me gustan sus ojos, aunque en persona suelen ser más bien escurridizos, porque su timidez lo lleva habitualmente a esconderlos. No sé si notaste ese detalle en tu aguda observación de la escena en el parque. Supongo que sí. Pero no me quiero desviar, quiero seguir, porque es notorio que él mira a la cámara porque empieza lo verdaderamente importante. «Es el año 1971», dice Diego. Empiezo a transcribir con exactitud lo que relata mi amigo no-actor: «Horacio, hijo de Filomena y Carlos, todavía adolescente y estudiante de bachillerato en el IAVA, por recomendación de una chica que le gustaba se integra a Tupamaros»; pero algo me detiene y tiene que ver en parte con que no quiero avanzar y llegar al momento de narrar lo trágico. Me quedo pensando, atascada, en sí es necesario seguir revolviendo la herida. Y es en ese momento que llega un mensaje al teléfono, una información que interrumpe la secuencia lógica. No puedo seguir escribiendo. El relato otra vez se bifurca.

El mensaje es de Diego: me informa que va a suspender el rodaje de su película de zombis. Acaba de comunicarles a los productores uruguayos y argentinos que el avance de la pandemia del coronavirus pone en peligro el plan de rodaje, sobre todo en algunas escenas con muchos extras -entre ellas una invasión de zombis a un centro comercial- previstas para filmar la próxima semana. Le contesto rápido: “No te creo”. Y en menos de un minuto me llega un audio con la verdadera razón: «Vero, desde que nos vimos en el Prado que mi cabeza se fue definitivamente al carajo. Por vos y por la película. Estoy escribiendo apuntes para un nuevo guion. Y quiero que me ayudes, porque lo que quiero contar es la historia de Filomena y Carlos, y también la de Vilda, y la del poeta colombiano».