El Poder Ejecutivo decidió que las personas que concurran a vacunarse contra el SARS COV 2 deberán firmar un consentimiento informado. Aunque no está del todo claro si es una exigencia de los fabricantes de vacunas, especialmente de la farmacéutica Pfizer, o de nuestro propio Estado, lo que si es evidente es que el procedimiento busca impedir demandas ulteriores contra las empresas o contra el Estado de personas que manifiesten algún efecto secundario imprevisto a corto, mediano o largo plazo. La exigencia del consentimiento es habitual en la medicina, pero no en la vacunación por motivos que, a poco de reflexionar, son evidentes: la vacunación es una práctica preventiva que, por definición, se aplica en personas que no tienen una enfermedad infecciosa para evitar que la contraigan y aunque obviamente protege al individuo, al hacerlo protege a la sociedad. Por tal motivo, muchas vacunas son obligatorias, no solo porque los niños son los principales sujetos a vacunar, sino porque de que la inmunización sea masiva depende la salud ya no solo de los vacunados, sino de todas las personas que por diferentes causas no se pueden vacunar.
Hacete socio para acceder a este contenido
Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.
ASOCIARMECaras y Caretas Diario
En tu email todos los días
La exigencia de la firma de un consentimiento previo en un contexto en que ha crecido de manera notable la resistencia a vacunarse, al punto de superar el 40% de la población según los últimos sondeos, va a desestimular todavía más a la gente, porque alimenta las sospechas muchas veces irracionales que justificaban la baja adhesión.
Se podrá decir que, de este modo, se le brinda a la gente la información necesaria para decidir libremente de acuerdo a su leal saber y entender. Pero ese canto a la libertad y responsabilidad individual podía perfectamente interpretarse del solo hecho de comparecer en una sala de vacunación cuando la vacuna es voluntaria, luego de una buena campaña pública de información. En realidad, con ese consentimiento se le está pidiendo a la gente que renuncie a cualquier derecho a la demanda posterior. No tiene tanto de extraño desde el punto de vista de las empresas, primero porque las vacunas en circulación tienen aprobaciones para uso de emergencia y no autorizaciones finales, y en segundo lugar, porque en el mundo de la fabricación de vacunas, el problema de la litigiosidad siempre ha sido importante, motivo por el cual, a lo largo de los años, muchas empresas farmacéuticas abandonaron la fabricación de vacunas por completo.
Sin embargo, estamos ante el enorme problema de salud pública que significa una pandemia, cuyo agente principal, el nuevo coronavirus, en la medida en el que se continúa propagando sin control, continúa evolucionando, porque eso es lo que hacen los virus, sobre todo cuando su genoma es de ARN. Las nuevas variantes que han aparecido con una transmisibilidad incrementada van a poner al mundo contra las cuerdas, sobre todo aquellas que son menos susceptibles a los anticuerpos neutralizantes inducidos por la variante original, por tres motivos que hay que tener en cuenta: tienen un número de reproducción superior, esto es, se propagan más rápido; eventualmente, pueden reinfectar a personas que ya cursaron la enfermedad; podrían ser parcialmente resistentes a las vacunas que están en circulación.
Es en este marco en el que hay que actuar y la única forma de derrotar la pandemia, sin que siga costando un número inaceptable y creciente de víctimas, es vacunar a mucha más gente y mucho más rápido. En lo posible, a toda la humanidad y este año. En ese desafío, el mundo está fracasando con todas las letras. En primer lugar, por causa de una desigualdad sistémica inocultable: los países ricos están acaparando prácticamente toda la producción de vacunas del mundo y los países de la periferia -que nos incluye- no están obteniendo vacunas en cantidad suficiente, cuando están obteniendo algo. Además, las empresas que fabricaron las vacunas no tienen ninguna intención de liberar patentes y multiplicar la cantidad de países donde se producen y, mucho menos, renunciar a las astronómicas ganancias que se han fijado como metas. Pero si todo esto no fuera ya suficiente obstáculo, en algunos países, como el nuestro, ha crecido el rechazo a vacunarse y el negacionismo anticientífico fundado en una desconfianza absoluta en un mundo que, conviene admitirlo, lo único que hace es generar suspicacias que, en este caso, oportunistas y charlatanes no hacen otra cosa que alimentar.
Si al combo de una pandemia que continúa avanzando, provocada por un virus que sigue evolucionando, mientras las vacunas no llegan a los países y crece la resistencia a usarlas, le agregamos trámites de consentimiento formal y la renuncia a priori al derecho al pataleo para poder vacunarse, ¿qué es exactamente lo que esperamos que suceda?