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Por la educación pública

Por Celsa Puente.

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Por estos días se han compartido cantidad de frases sobre educación y sobre quienes ejercemos la docencia, en conmemoración del 22 de setiembre, tradicionalmente el día del maestro (forma de denominación generalizada que además devela la tremenda herencia machista pues si hay un mundo eminentemente femenino es el del Magisterio).

Entre todo ese conjunto enmarañado de frases que circularon por doquier, centellea en mi mente un fragmento de “Cartas a quien pretende enseñar”, del pedagogo brasileño Paulo Freire, que dice exactamente: “El maestro es, necesariamente, militante político. Su tarea no se agota en la enseñanza de las matemáticas o la geografía. Su tarea exige un compromiso y una actitud en contra de las injusticias sociales. Luchar contra el mundo que los más capaces organizan a su conveniencia y donde los menos capaces apenas sobreviven. Donde las injustas estructuras de una sociedad perversa empujan a los ‘expulsados de la vida’. El maestro/a debe caminar con una legítima rabia, con una justa ira, con una indignación necesaria, buscando transformaciones sociales”. Es un texto clarísimo porque muestra que hay varios mundos en este mundo y que para los que realmente luchamos por la igualdad de oportunidades y por el “antidestino”, la docencia es el mejor camino.

Sin embargo, es necesario estar atentos. La superposición de discursos sobre la educación nos lleva a advertir y aclarar una y otra vez que la palabra “educación” no significa lo mismo para todos/as. Algunas personas creemos en la educación a la manera de Paulo Freire, como un proceso emancipatorio, y otras piensan que es un proceso para asegurar los lugares sociales de origen, es decir, fortalecer el espacio que cada uno ocupa en la clase social que le ha tocado en suerte, y cada tanto, y como acto de generosidad pura, “becar” a algunos pocos de las clases más desfavorecidas y permitirles ascender para demostrar lo buenos que son y quedar bien con sus conciencias.

Por eso, para los privilegiados, controlar la educación es clave, es un mecanismo excelente que los deja fuera de riesgos porque para los que están acostumbrados a los privilegios, la igualdad es una amenaza.

Hay un desprestigio deliberado de la educación pública que está impuesto como un discurso que se repite casi en forma anestesiada. El juego principal es intentar desvirtuar lo público instalando un discurso cuantitrágico y ese discurso, sumado a la revisión de la ley de Mecenazgo, permitió la aparición de los mal llamados “centros públicos de gestión privada” o, mejor dicho, liceos privados gratuitos -porque las familias no pagan cuota-. Es una forma disfrazada de lo privado, que, con afán selectivo, clasifica las vidas de las personas que viven en esos barrios muy identificables en esta lógica lamentable de segregación territorial que tenemos en Uruguay, particularmente en Montevideo, en los que habitualmente y por motivos obvios no había expresión previa de la educación privada. Estos centros privados gratuitos, que funcionan con una modalidad férreamente selectiva, “haciéndose desear”, entran en contradicción rotunda con respecto al derecho a una educación para todos y todas. Aparecen en el discurso público como instituciones concentradoras de todas las bondades educativas aun cuando el relato exitoso que se ha instalado no pueda ser comprobado cabalmente.

El sostén económico de estos liceos se realiza gracias a la modificación de la ley de Mecenazgo o ley de donaciones especiales (ley Nº 18.083) que fue reordenada en el año 2007 y que estimula a las empresas privadas a donar recursos a cambio de exoneraciones fiscales, con lo que de alguna manera se concede a quienes donan el poder de decisión sobre el uso de parte de los recursos que son públicos. La exoneración implica una renuncia fiscal del Estado equivalente a 81,25% del monto donado (cada 100 pesos donados, 81,25 se toman como crédito para el pago de IRAE o Impuesto al Patrimonio). Planteo esto porque las empresas en lugar de pagar sus impuestos para que el Estado distribuya esos fondos en lo que considere necesario o pertinente de acuerdo a su proyecto de país -como por ejemplo, la educación pública-, optan por donar a este tipo de instituciones -los liceos privados gratuitos- con las consiguientes alabanzas y reconocimientos en la prensa. El Estado renuncia a cierta porción de sus ingresos para permitir que los empresarios los distribuyan en lo que ellos desean y no en la ruta que el gobierno tiene fijada. Para completar la historia, estos centros, que son privados, gozan de los beneficios y exoneraciones especiales de impuestos nacionales y municipales que establece el artículo 69 de la Constitución para las instituciones de enseñanza y culturales privadas. Es decir que concentran beneficios por partida doble.

¿Queremos realmente los uruguayos centros educativos selectivos? Por mi parte no tengo mucho para pensar: respondo un no rotundo porque tengo claro que la educación pública es el espacio natural de encuentro de todos y siempre retumbarán en mí las palabras de Varela: “Los que una vez se han encontrado juntos en los bancos de una escuela en la que eran iguales, a la que concurrían usando un mismo derecho, se acostumbran a considerarse iguales, a no reconocer más diferencias que las que resultan de las aptitudes y las virtudes de cada uno”. Sin embargo, hemos caído en la trampa y el Estado financia una política educativa que no diseñó, en la que no tiene incidencia, a la que no monitorea y de la que tampoco se tienen certezas desde lo pedagógico y que abona la segregación social que tanto padecemos. Desde este modelo están planteados los famosos 136 liceos que propone Talvi.

Los uruguayos tenemos que defender la educación pública como escenario de la democracia y no podemos dejarnos ganar por los discursos de una crisis que no es tal. Y con esto no estoy desconociendo la necesidad de reestructurar una arquitectura institucional que realmente es obsoleta, una necesaria redefinición de las escuelas y liceos, una imprescindible revisión curricular. Hay mucho para hacer, pero siempre desde lo público, el espacio del reparto de oportunidades para todos, el lugar para compensar la ausencia del mundo adulto familiar, el escenario para la ampliación cultural y la construcción de un nuevo destino, abriendo oportunidades para que niños, niñas y adolescentes puedan encontrar maneras peculiares de elaborar, construir y modificar sus vidas.

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