En básquetbol existe una acción técnica individual muy importante que se denomina pivotear. Consiste en mover un pie sin jamás levantar el otro elegido como base cuando se tiene el balón en las manos sin dar un pique. El movimiento se asemeja al de un compás de dibujo. El pie base es como la punta y el que se mueve para apoyarlo alternadamente en un punto es donde está el grafo.
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De esa manera, un jugador puede impedir que uno o más defensas atrapen la pelota gracias a sus movimientos rotativos previo a pasarla a un compañero cuando ya se quedó sin posibilidad de picar el balón.
También existe un pivoteo previo al pique tras recibir la pelota. No es tan utilizado pero implica un buen dominio técnico ya que ese pivoteo previo permite mayores posibilidades de engañar a un rival y salir picando para el lado contrario con un movimiento hacia un costado.
De hecho, si se recibe esférico cayendo con ambos pies a la vez, eso permitirá que se pueda optar por cualquier pie de pivoteo, lo que redunda en más posibilidades de amague y salir por el lado opuesto con pique mediante paso cambiado. Esto último brinda una mayor protección del balón al dar el primer pique, ya que la pierna y el cuerpo ofician como una pantalla mayor que saliendo con paso simple a un lado.
Este movimiento implica un manejo técnico que debe estar incorporado y automatizado en el gesto deportivo. Por eso su aprendizaje integra los fundamentos básicos que se deben aprender en las primeras categorías formativas.
Cambios de dirección
Amagar y salir hacia el otro lado es una acción sencilla pero esencial para sorprender al rival que defiende en marca personal o incluso ante uno que integra una defensa en zona. Permite sacar una ventaja espacial que bien puede culminar en un tiro rápido al aro, un pase o una penetración que desequilibre toda una defensa, ya sea que termine en una bandeja o tiro cercano al aro. Claro que también se usa simplemente para esquivar y mantener en juego el balón buscando la mejor opción individual o colectiva.
O sea que, si bien es un gesto técnico individual, su manejo permite aplicar tácticas que se integran dentro de una estrategia de juego, ya que todas estas valencias están unidas y son interdependientes unas de otras, lo mismo que la capacidad psicológica o mental de los jugadores y de un equipo.
El pivoteo en política
Una ideología debe configurar un corpus teórico dialécticamente unido a una praxis concreta. Si el básquetbol se juega con la cabeza, los brazos y los movimientos de piernas son fundamentales. En la política también, como metáfora de la capacidad teórica que se traduce en acción, porque sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario, y sin movimiento real la idea también se marchita, se vuelve gris ante el árbol verde de la vida, al decir de Lenin, que no jugaba al básquetbol pero embocó más de una.
Marx tampoco anduvo corriendo a la vez que hacía rebotar un balón pero, en su "Introducción para la crítica de ‘La filosofía del derecho’ de Hegel", advierte que cualquier idea implica un límite al confrontar con la realidad y sus estructuras de poder que ejercen la fuerza. "El arma de la crítica no puede soportar evidentemente la crítica de las armas" dice con breve contundencia y recuerda que un sistema de dominación material solo puede ser desmantelado a través de una acción de igual o mayor fuerza material. De esa manera se distancia de cualquier visión idealista, no solo en el campo filosófico, sino de ese otro idealismo entendido de manera simplista mediante un romanticismo épico de la lucha.
Y más adelante afirma que "la crítica de la sociedad debe traducirse en una fuerza social organizada capaz de oponerse físicamente a las estructuras que pretende transformar". Ese sentido lo continuará luego en la famosa tesis XI, de las "Tesis sobre Feuerbach", recordando que no basta con interpretar el mundo sino que hay que transformarlo.
Según los aportes del grupo Conciencia de clase, una instancia colectiva virtual de reflexión sobre el marxismo, "esta sentencia representa el puente definitivo entre la reflexión filosófica y la praxis política, recordándonos que las ideas más brillantes solo adquieren su verdadero peso y capacidad transformadora cuando son abrazadas por el pueblo, convirtiéndose entonces en un motor imparable de cambio".
O sea que ninguna idea, si queda al margen de la construcción de una fuerza social capaz de cambiar la correlación de fuerzas en un momento dado, por más brillante que sea, transformará la realidad. Incluso, aunque su lucidez sea poderosa, si no se inserta en una práctica transformadora tal vez jamás permita siquiera acumular fuerzas para incidir en otro momento histórico superior por quienes se las apropien y resignifiquen, no como un dogma sino como guía para la acción, lo que exige capacidad crítica y creadora en vez de mera repetición.
Alianzas: amplitud y profundidad
En política, pero también en basquetbol, siempre es importante quien aísla a quien. En el deporte, eso se expresa en movimientos en el área de juego. Quien logre moverse y hacer mover al rival, creando espacios para convertir, y efectivamente emboque en el aro, sumará y terminará imponiéndose siempre y cuando también lo impida en su defensa. Porque en básquetbol. como en la política, no basta con atacar si no se defiende bien. Una izquierda que no defienda sus ideas tampoco será efectiva en ataque por más que se vanaglorie de sus planes o de su voluntad.
Aislar al rival más peligroso es vital. En política, la amplitud permite una suma que fortalece solo si, a la vez, se traduce en profundidad. Cualquier divorcio entre ambas categorías termina en una amplitud que rebaja ideas, diluye propuestas y reduce acciones.
Una expresión de semejante defecto en la práctica es la creencia de que cualquier suma se expresa a favor aunque a veces alcance con la fragmentación de los contrarios. Por eso la unidad de la izquierda no solo debe ser amplia, sino que toda suma sea una multiplicación que construya estructuras y métodos, a la vez que se avance en una mayor profundidad de los cambios necesarios.
Cualquier amplitud de forma sin contenido, o que retrase la transformación, se pagará caro aunque se gane una elección. Por eso en algunas coyunturas, la amplitud no implica sumar cáscaras vacías, grupos políticos inoperantes o personalidades que mucho alardean pero poco aportan, como suele suceder, sino que la suma debe estar dirigida a captar a la población mediante la virtuosidad de los hechos de gobierno y una adecuada capacidad para posicionar a la fuerza política como síntesis, tanto como fuerza electoral como en fuerza política real inserta en la sociedad.
Hay varios ejemplos fallidos de intentos de superar al Frente Amplio mediante estructuras más amplias. Su confuso aporte teórico, además de prácticas erráticas y personalistas, cuando no sectarias, abonaron sus fracasos. El llamado Frente Grande tras la recuperación democrática fue más un intento de esquivar al FA que una genuina acción de ampliar, mucho más cuando su propuesta estaba basada en la incapacidad de insertarse en las masas producto de viejos métodos errados elevados a la categoría de doctrina.
Por otra parte, también hay momentos en que el horizonte se nubla producto de la fuerza de las clases dominantes. Allí se vuelve imprescindible, antes que falsos saltos de siete leguas propios de radicalismos aparentes, construir pacientemente una estrategia de resistencia y acumulación.
En la década de los 90 el neoliberalismo campeó, pero la resistencia fue ejemplar por su capacidad de acumular fuerzas, incluso tras una división artera que mermó al FA pero fracasó en su intento de superarlo.
En aquellos años la amplitud implicó construir estructuras y sumar encuentros y nuevas mayorías como síntesis de las fuerzas sociales que aportaron el sostén. Sin embargo, cuando todo se jugaba en la expresión electoral, porque no es lo mismo ganar que perder elecciones, en la noche del acto final en la avenida Libertador en octubre de 2004, aquella maravillosa estela humana levantó millares de banderas rojas, azules y blancas y no las azules con el logo del Encuentro Progresista. Basta mirar las fotos para comprender que aquello fue una rotundo símbolo político, a tal punto que quienes no pertenecían al FA, o lo habían sido pero se habían separado, volvieron a integrarse en las estructuras de la coalición.
Amagues
En el juego del básquetbol, amagar es un gesto imprescindible. El punto es si se usa para desequilibrar al rival y avanzar hacia una conversión o termina siendo un movimiento confuso que no saca ventaja. O peor, que se vuelve un juego en sí mismo que puede ser espectacular pero frena al propio equipo. También se puede dar el amague producto de la falta de confianza cayendo en el “voy para un lado y voy para el otro”, y quedando atrapado en gestos para agradar, un juego siempre elogiado por la hinchada rival dada su nula efectividad real.
Saber moverse y pivotear sin confundir el juego partidario con el de las instituciones republicanas de gobierno es muy importante para una izquierda que no debe construir cultos a la personalidad ni permitir que grupos de poder que se crean dueños de la verdad impongan sus movimientos con gestos espectaculares sin sustancia, o directamente prime un pivoteo en círculos que no permiten avanzar.
La única táctica válida es impedir que alguien se apropie de la pelota y no la suelte. Hay que aprender, todas y todos, a jugar colectivamente, por más buenos jugadores que se crean y aunque siempre sean necesarios.
No hay que olvidar que en básquetbol, a diferencia de otros deportes, el avance en el campo de juego está pautado por límites espaciales y, sobre todo, temporales. Si uno no concreta, no solo falla sino que interrumpen el juego, le quitan el balón y se lo dan al rival. En política también