Portaaviones USNS Comfort: De Washington a Caracas por el control de la región

El viernes 17 de agosto se reunieron en Bogotá para tratar una serie de “preocupaciones comunes” en la región, el nuevo presidente de Colombia Iván Duque y el secretario de Defensa de los Estados Unidos, James Mattis. El tema central allí, tanto como en Argentina, Chile y Brasil, países también visitados por el jefe del Pentágono, fue Venezuela.

La gira que tuvo lugar entre el 12 y el 17 de agosto se cerró en Bogotá y terminó con el compromiso de Mattis de enviar un portaaviones-hospital a las costas colombianas a mediados o finales de setiembre; según los reportes, seguramente la embarcación enviada sería el USNS Comfort, que puede servir como plataforma para helicópteros y aviones, y según Mattis sería enviada para atender la llegada masiva de venezolanos.

Si bien es cierto que esta migración afecta a Colombia, es importante conocer las razones y alcances de lo que ocurre, pues esa crisis ha sido producto del bloqueo a Venezuela impuesto por los mismos Estados Unidos, además del sabotaje de los grandes gremios de comerciantes a la población con el fin de generar caos, pues los comerciantes precisan vender sus productos pero buscando que no lleguen al mercado interno venezolano, lo que ha fortalecido el contrabando hacia las fronteras.

El USNS Comfort

El portaaviones Comfort, ha participado en misiones médicas en Puerto Rico, Haití y Nueva Orleans, entre otros lugares; dichas misiones se han contextualizado en la atención masiva a población costera tras la ocurrencia de desastres naturales, donde pueden ser efectivas desde el momento mismo del arribo, sin embargo para este caso el impacto sería bajísimo comparado con la dimensión del problema a tratar, por varias razones:

la primera es que el grueso de inmigrantes venezolanos en Colombia no transita por las costas sino por el interior; de la zona fronteriza que está recibiendo venezolanos solo el departamento de La Guajira está en la costa y recibe un 10% de inmigrantes, mientras que Bogotá, que está a casi 1.000 km de las dos costas, es el lugar que más inmigrantes recibe con un 23,5% del total y los departamentos entremedio se quedan con casi el 30%. Pero considerar la instalación del portaaviones en la costa Pacífica en la frontera con Ecuador, como lo afirmó Mattis, es todavía más inoperante, pues el departamento de Nariño tiene solo el 3,6% del total, y toda la costa pacífica no recibe más de un 5% de los inmigrantes.

Otra dificultad con que se enfrentaría la ayuda humanitaria proveniente de un portaaviones norteamericano es que teniendo en cuenta que no se trata de una catástrofe o un evento masivo, la única manera que tienen el personal del portaaviones para identificar su población objetivo es en coordinación con las autoridades locales, y los inmigrantes indocumentados (que son la mayoría y los que más necesitarían atención) no solo no están en contacto con las autoridades locales sino que huyen de ellas.

En suma, la posible atención humanitaria de un portaaviones se limitaría de manera casi exclusiva a refugios oficiales o migrantes registrados en las poblaciones costeras de Colombia.

Sin embargo estas consideraciones que ya debieron ser analizadas por los dos gobiernos no los desalientan para continuar adelante con ese plan, por lo que se puede concluir que la verdadera razón detrás de semejante esfuerzo logístico no es la dicha públicamente; y el cuestionamiento hecho por organizaciones sociales, e incluso otros gobiernos de la región es que si bien es cierto  que el Comfort no es una nave de guerra, también es cierto que sí es una nave de atención médica de combate, pues la misma embarcación estuvo en las guerras del Golfo en 1991 e Irak en 2003, lo que genera una natural desconfianza.

Con lo que se podría concluir que si los Estados Unidos están verdaderamente dispuestos a aportar al mejoramiento de la situación en Venezuela, podrían empezar levantando un bloqueo que, además de ser el verdadero origen de la crisis, no ha logrado cosa distinta que impulsar a Venezuela en la búsqueda de nuevas alianzas con el fin de resistirlo, ampliando la presencia de China y Rusia en la región, lo que genera su propia tensión.

 

La insistencia de Washington

Los pasos que apuntan en dirección de una recomposición de los intereses norteamericanos en la región no son pocos: Mattis se reunió con los ministros de defensa en Colombia, Brasil, Chile y Argentina, claramente con el fin de ratificar y ampliar los alcances de recientes acuerdos bilaterales, gracias a lo que ha aumentado la actividad del Comando Sur en la región, siempre bajo la cubierta de ejercicios de entrenamiento humanitario.

En el terreno regional, una de las situaciones que mayor inquietud despertó fue la entrada de Colombia en la OTAN como socio global en abril, si se tiene en cuenta el antecedente del Plan Colombia, que no solo convirtió a ese país en el cuarto con mayor ayuda militar por parte de Estados Unidos, sino que permitió el establecimiento de siete bases militares norteamericanas en ese país caribeño (aviación, infantería y armada), siempre bajo la eterna excusa de la lucha contra el narcotráfico.

La propuesta de bases militares norteamericanas en Argentina, una incluso en la Patagonia, otra en Neuquén o en la estratégica zona de la triple frontera, y el establecimiento de la base multinacional de Tabatinga en Brasil, también en una triple frontera (Brasil, Perú y Colombia) en el marco de los ejercicios tácticos llamados Amazon Log en noviembre de 2017, bajo la dirección general del Comando Sur, consolidarían el control sobre los recursos acuíferos y de hidrocarburos más importantes del continente.

Mientras tanto, de manera casi simultánea, se desarrollaron en 2017 los ejercicios tácticos Tradewinds, en Barbados y Trinidad y Tobago, a pocas millas de la plataforma continental venezolana; y en julio el Teamwork South en la costa de Coquimbo en Chile.

Es decir, en el transcurso de cinco meses, el Comando Sur de Estados Unidos desarrolló despliegues tácticos militares en tres zonas estratégicas de Sudamérica; si se suma esto a las bases militares ya existentes en el Amazonas brasileño, Colombia, Panamá, Trinidad y Tobago, Guantánamo y Puerto Rico, no es descabellado pensar que los militares norteamericanos tienen ya cubierto prácticamente todo desde La Patagonia hasta la América Insular y Centroamérica.

La Faja del Orinoco, el gran trofeo

El hambre de recursos por parte de Washington nunca ha sido un secreto para nadie, sin embargo en los últimos años no le fue fácil, pero hoy que la correlación de fuerzas de la región puso a Macri en Argentina y a Temer en Brasil (con bastante de su ayuda), junto con su ya tradicional cercanía al gobierno de Colombia, Estados Unidos tiene allanado el terreno para desarrollar cualquier acción sobre Venezuela con el fin de apoderarse de la anhelada Faja del Orinoco, cuyas reservas petrolíferas se estiman en casi 300.000 millones de barriles, 50.000 millones más que Arabia Saudita.

La apuesta de la Casa Blanca sigue siendo por la utilización de combustibles fósiles y claro está por su control global; esta ha sido una constante que lleva décadas y ante la que ningún presidente ha planteado siquiera la posibilidad de migrar el modelo hacia la producción de energías limpias o alternativas; es por eso que después de la intervención norteamericana en Medio Oriente, sobre todo en los últimos 10 años, se hizo al control de una parte importante de países productores de petróleo, por lo que pudo influir sobre los precios del mismo, lo que generó una fuerte presión sobre la balanza comercial venezolana que depende mayoritariamente de la venta de crudo y a quien la baja del precio internacional le afectó profundamente.

A Washington le queda apoderarse de las reservas de Venezuela, Irán o ambos; pero el control político sobre Venezuela a cualquier nivel, cerraría el círculo de dominio que Estados Unidos tiene sobre la producción petrolera mundial y lo pone en un lugar privilegiado, pues separa a Venezuela de Rusia que también es productor y con quien está desarrollando una fuerte alianza basada en la cooperación mineroenergética.

Es decir, lo que visto de lejos parece una acción aislada de presencia extraterritorial norteamericana, no hay pocas razones para pensar que haga parte de todo un andamiaje que busque establecer control territorial definitivo en el sur del hemisferio, la historia también da lecciones a los imperios y la que seguramente aprendieron durante las últimas décadas es que deben afianzar su presencia militar, sobre todo porque esto ayuda a distribuir sus bien conocidos modelos de libertad controlada y democracia dirigida.

En ese escenario está claro el para qué, el porqué y el con quién, lo que ahora falta es el cómo; aunque es verdad que los Estados Unidos son los principales representantes de la diplomacia del fusil, no pueden embarcarse en una nueva aventura bélica sin tener “una buena razón”, y para eso han trabajado años en la construcción de una “causa común” en la región; el filósofo Héctor Luis Saint Pierre desarrolla la tesis de la necesidad que tienen los Estados Unidos de afianzar la idea de una amenaza común que genere una respuesta común.

Mostrar al gobierno venezolano como una amenaza regional que genera miles de desplazados que recorren América desestabilizando las economías locales, es una idea que ha tomado fuerza, para esto se ha preparado el concierto de naciones desde la OEA, donde el papel cumplido por el tristemente célebre Luis Almagro ha sido clave.

En este sentido, el gobierno colombiano por un lado anuncia su retiro de Unasur y por otro nombra a su embajador en la OEA solo días después de la visita de Mattis: Alejandro Ordóñez, ultraconservador, fervoroso admirador de Laureano Gómez que fue el acólito de Francisco Franco en Colombia, enemigo declarado del proceso venezolano y cualquier otro que se le parezca; salta a la escena en 1978 con una quema de libros; Marx, Rousseau, García Márquez y libros de otros autores ardieron en plaza pública en un acto que Ordóñez aún reivindica como “pedagógico”; años después sería procurador general de la Nación donde se dedicó a perseguir, sancionar y descalificar conductas públicas por “inmorales” o ajenas a los “principios de una nación católica”. Finalmente Ordóñez fue destituido de su cargo por delitos de corrupción en setiembre de 2016.

Ahora, con el patrocinio de la OEA, se han presentado varios incidentes en que el gobierno colombiano acusa a Venezuela de incursionar en su territorio con sobrevuelos, por lo que es inevitable pensar que lo único que hace falta es una excusa, verdadera o no, pero creíble; no hay que olvidar que los desencadenantes de la participación de Estados Unidos en otras confrontaciones no siempre se han ajustado a la realidad: el ataque en la bahía de Tonkin en Vietnam o la presencia de armas químicas en Irak, han sido finalmente desmentidos, solo tuvieron una ambientación previa, lo que bastó para que funcionaran.

Lo claro es que de permitirse una agresión militar a Venezuela, sería firmar el permiso definitivo para que lo mismo pase con cualquier otro país que no esté en sintonía, no solo con la Washington way, pues realmente no es un problema ideológico lo que hay, sino con el libre uso y control de los recursos que reclaman como suyos a la fuerza. La doctrina Monroe está en la puerta: (toda) América para los (norte) americanos.

 

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