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Pensando en 2019

Si el pueblo me lo pide…

Los acontecimientos en el mundo, sus repercusiones en la región, hacen que resulte difícil establecer vaticinios sobre lo que acontecerá en las elecciones de 2019. Pese a ello, los medios de comunicación han comenzado a especular sobre esa perspectiva, en la que, literalmente, todo puede pasar.

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Por José López Mercao

Con marzo comenzó, en los hechos, el año político uruguayo. La reflexión es magra, ya que la tardía Semana de Turismo diferirá aun por más tiempo el marasmo en que se hunde el sistema político uruguayo a partir de diciembre. Pero aun teniendo en cuenta que la partida todavía no ha dado comienzo, sorprende la volatilidad de los posicionamientos y pronunciamientos, que ya comienzan a mostrar sus primicias en los datos presentados por las encuestadoras, que especulan con las chances electorales de los partidos y de los posibles candidatos. Esto no sería sorprendente en sí mismo, de no contar con que entre este momento y el acto de renovación de autoridades media más de dos años y medio.

No, pero sí

Parecería que Uruguay ha quedado desfasado de la región y del mundo, tanto en el tiempo como en los acontecimientos. Es precisamente esa aparente inanidad de la agenda política la que obliga a pensar cuánto hay de aparente y cuánto de real en lo que se dice.

Por ejemplo, los guarismos expuestos por las encuestadoras no registran demasiadas diferencias en cuanto a la correlación de fuerzas entre los distintos partidos. A saber: en todas ellas, el oficialismo lidera la intención de voto y el Partido Nacional (PN) se ubica en segundo lugar, sin que exista una diferencia abrumadora entre uno y otro.

En cuanto a los candidateables, el panorama es más complejo, pero también está marcado por la ambigüedad de marras. No existen dudas de que, si las elecciones se realizaran este domingo, el actual intendente de Montevideo, Daniel Martínez, resultaría el candidato más apetecible. Pero tampoco hay duda de que, si el expresidente José Mujica mantuviera su envidiable estado de salud, su ritmo de actividad y su vigencia cognitiva, no tendría competidor a la vista que le hiciera sombra.

Las más recientes declaraciones del intendente montevideano son “políticamente correctas”, pero expresivas acerca de sus aspiraciones: “En lo personal borré el tema de las candidaturas de la agenda. No me interesa pensarlo y ni siquiera dejo que nadie especule con eso en mi entorno”.

Como en los noviazgos tradicionales, en los que resultaba evidente que el “no” era el recurso primario al que el protocolo obligaba, bien puede interpretarse que la velada negativa de Martínez podría ser el anticipo de una aceptación que ya tiene antecedentes tan conspicuos como los de Luis Alberto Lacalle y Mujica, que resultaron presidentes luego de negar, de manera más o menos enfática, su voluntad de aceptar una candidatura presidencial. Interrogados sobre la eventualidad de ser electos candidatos, todos contestan con un “no” que bien podría ser “sí”.

Lo propio ha sucedido en los últimos días con el ingeniero Martínez. Consultado por los medios, contestó: “No sé, no me lo he puesto como un objetivo de vida. Habría que ver”. Deslizando, a su vez, un autoelogio que fortifica la sensación de que ese “no” bien podría traducirse por un rotundo “sí”, sostuvo: “Nunca le dije ‘no’ a ningún desafío. Puede ser… Puede ser, aunque no está en mi agenda todavía».

Los turbulentos vecinos

Podría decirse que la apertura de la partida todavía no se ha realizado, pero en todo caso, todos acomodan sus trebejos. La decisión del Parlamento de investigar las fuentes y la modalidad del financiamiento de los partidos políticos para las elecciones de 2014 puede leerse tanto como un triunfo de la oposición como un tácito acuerdo tendiente a diferir el intercambio de artillería pesada para 2018, cuando efectivamente dé comienzo la campaña electoral. La comisión investigadora tiene un año de plazo para expedirse y está habilitada para extender ese plazo seis meses más.

Sin embargo, el oficialismo cuenta con ventajas relativas. La primera es que el impacto de la recesión en las economías de Brasil y Argentina se ha minimizado en Uruguay. Mientras que Brasil registró durante 2015 un decrecimiento de su Producto Interno Bruto (PIB) del orden de 3,8%, los resultados de 2016 no fueron demasiado tranquilizadores, ya que su PIB siguió operando a la baja, esta vez con 3,49%. El trasunto social de esta caída se traduce en 12 millones de desempleados y una tasa de desocupación de 11,8%.

En Argentina, el panorama no resulta tan desolador, pero tampoco convoca al optimismo. Mientras que en 2015 la reducción del PIB fue de 2,6%, en 2015 fue de 2,3%, una cifra que no permite hablar de reactivación ni mucho menos.

No obstante, entre una realidad y otra es preciso marcar algunos contrastes. Mientras que en Argentina la legitimidad del presidente Mauricio Macri es indiscutible, no se puede decir lo mismo de sus políticas, caracterizadas por un marcado sesgo antipopular. En Brasil, no sólo la legitimidad del gobierno de Michel Temer está en entredicho, sino que, hilando fino, también es discutible su legalidad.

Pero la principal diferencia (haciendo abstracción de la escala de ambas economías) es que en Brasil, pese a que la depuesta presidenta Dilma Rousseff ha salido libre de pelo y paja del escándalo político que desató en el sistema político el caso conocido como Lava Jato, la impugnación a Temer –más allá de la injerencia de la Justicia– carece de encarnadura social. Algo diferente a lo que sucede en Argentina, donde la expresidenta Cristina Fernández está rodeada, e incursa ella misma en causas por corrupción, pese a lo cual, continúa liderando la oposición a Macri y saturando de masa la calle, lo que a la postre, en materia política, resulta decisivo.

Uruguay, en cambio, parece a la vez confirmar y refutar las tendencias económicas perceptibles en el vecindario. Mientras que en 2015, en consonancia con la región, contrajo su PIB, no registró cifras en rojo, ya que ese año creció 1%, un porcentaje que se acrecentó ligeramente en 2016, cuando llegó a 1,5%, proyectándose para 2017 nuevamente 1%. Son cifras que no permiten echar las campanas al vuelo, pero que posicionan a Uruguay como una suerte de pequeño oasis en la región, lo que no hay que tomar más que en términos provisionales.

En cuanto a los escándalos de corrupción, o no existen como tales, o están amortizados y diferidos por los acuerdos de investigación logrados en el Parlamento. Por otra parte, el sistema judicial, escasamente financiado y superpoblado por delincuentes de poca monta (ya ostentamos el récord de prisionización del subcontinente –320 presos cada 100.000 habitantes–), no tiene el mismo involucramiento político que en Argentina ni la extraordinaria capacidad de investigación y denuncia que ha exhibido la Justicia brasileña (particularmente la del estado de Paraná, en el que se forjaron tanto el Lava Jato como la operación Carne Fraca, que podría resultar catastrófica para la economía de la región).

Los aspirantes

En este entorno regional, nada auspicioso es que comienzan a insinuarse las aspiraciones presidenciales para 2019. Si hoy se pudiera apostar, podríamos vaticinar que el Frente Amplio (FA) perdería la mayoría absoluta que ostenta en el Parlamento. De hecho, ya la perdió con los vaivenes del diputado Gonzalo Mujica, que aprovecha su cuarto de hora para desnivelar el fiel de la balanza, y con la conducta oscilante de la Unidad Popular, motivada por su pertenencia a un incipiente flanco izquierdo del sistema político.

En cuanto a los candidatos, haciendo abstracción del expresidente Mujica, que aun con las objeciones (en muchos casos fundadas) que se realizan a su gestión, sería el candidato por excelencia, es preciso pensar en Daniel Martínez como el más probable titular para una fórmula presidencial del oficialismo. Esto es así porque representa un punto demarcatorio entre los candidatos que puedan provenir del astorismo (probablemente el presidente del Banco Central del Uruguay, Mario Bergara, más improbablemente, el subsecretario del Ministerio de Economía y Finanzas, Pablo Ferreri o el propio ministro Danilo Astori).

Esa apuesta a Martínez tendría como condición la presencia de un candidato a la vicepresidencia que provenga del riñón del mujiquismo. Salvo que el veterano líder saque algún conejo fuera de concurso de su desastrada chistera (lo que no debería sorprendernos), los elegibles más probables son Carolina Cosse y Eduardo Bonomi, que pese a ser el blanco predilecto de la oposición por su gestión en el Ministerio del Interior, ha tenido buenos resultados en la reducción de las variantes más graves de delitos, en el relativo descongestionamiento del sistema penitenciario y en la instrumentación de algunos planes operativos (como el PADO) que han demostrado ser eficaces.

Si de oposición se trata, mejor ni hablar. No sólo no ha procesado ningún tipo de renovación ni ha generado recambios en conducciones desgastadas, sino que se ha deteriorado aun más. En lo que al Partido Colorado se refiere, el tema de Cambio Nelson lo pone en trance de aniquilamiento. La apuesta a la renovación antisistema que representaría el outsider Edgardo Novick ha resultado un fiasco (además de demostrar la miopía política del sistema político tradicional). Si del Partido Nacional (PN) hablamos, más allá de la incipiente barba del senador Jorge Larrañaga, no encontramos otra cosa que más de lo mismo. No obstante (y eso debería preocupar al oficialismo), si bien no ha incrementado su intención de voto, el PN se mantiene en niveles más que aceptables, y en los hechos demuestra que el inmovilismo puede arrojar réditos.

En términos políticos, Martínez se ha manejado bien. Ha concentrado las irritantes subas del precio del transporte urbano en el inicio de su gestión y, por lo tanto, ha podido medir el impacto que tuvieron en la población, que más allá del descontento que generaron, fueron fácilmente asimilables. Ya ha prometido que durante el presente año el precio no variará, lo que implica que comenzará a capitalizar los beneficios del golpe que propinó con los incrementos, con el consiguiente beneplácito de los empresarios del transporte colectivo.

Vaticinios prematuros

Sin embargo, aún es prematuro hacer vaticinios. El factor Donald Trump seguramente reconfigure la economía mundial y, si bien se sabe en qué dirección, no está claro en qué sentido ni qué afectación particular va a tener en cada región. La evolución de los acontecimientos en la región también representa una gran incógnita. Por ejemplo, la operación Carne Fraca amenaza un eventual acuerdo del desflecado Mercosur con la Unión Europea, pese a que estratégicamente puede tener un peso importante para el saneamiento del ultracorrompido sistema político y económico de Brasil. Ni que hablar de los efectos que estas revelaciones puedan tener en la direccionalidad de las compras chinas.

Pero en lo interno (y nos referimos a Uruguay), la investigación de la financiación de los partidos políticos en 2014 puede aportar alguna sorpresa. De los datos publicados por la prensa, resulta del todo evidente que la histórica asimetría que existía en la financiación de los partidos se ha modificado en beneficio del oficialismo. Si la investigación en ciernes logra demostrar alguna irregularidad en los aportes, sería harina de otro costal, pero resulta evidente que el sistema representativo es cada vez más dependiente de los soportes empresariales, lo que no es ninguna novedad, pero está hablando de recomposiciones más profundas en la relación entre el empresariado y los partidos políticos.

Pero el factor decisivo para generar alguna certeza en la perspectiva de 2019 es la confiabilidad que genere la administración que advenga para con las grandes corporaciones mutinacionales, en procura de mercados donde pueda invertir sin sobresaltos. Y ese resulta el fuerte de la actual administración, que más allá de obvias deficiencias de gestión, ha mantenido un equilibrio y una relativa pulcritud que contrasta con las anteriores. Es probable que allí se juegue buena del partido que, en buena medida, se reduce a otra cosa que al control del Estado, ya que no parece que nadie esté dispuesto a cambiar los ejes de la política económica.

Paradójicamente, mientras se respiran aires de recesión y el FA sufre el desgaste de tres períodos consecutivos de gobierno, la iniciativa le pertenece. Pero la oposición se ha colado en un flanco desde donde puede resultar decisivo el comportamiento de la Justicia, el control de la opinión pública y la eventualidad de que al partido de gobierno le explote una burbuja financiera o un escándalo de corrupción en la cara. Lo que, al menos en el corto plazo, resulta harto improbable.

Por lo demás, falta mucho, aunque de mantenerse en 2019la situación que reseñamos de aquí (lo que es literalmente imposible), el FA está en camino a su cuarto gobierno. Pero falta mucho tiempo. Los acontecimientos en el mundo y la región tienen perspectivas inciertas y, en definitiva, en ese lapso, todo puede suceder.

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