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Editorial

¿Quién es Jair Bolsonaro?

Por Alberto Grille.

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Nos toca vivir tiempos “interesantes” en el sentido que la antigua maldición china daba a la expresión, en los cuales lo que fue tragedia en el siglo XX, el nazismo, el fascismo, el franquismo y las dictaduras latinoamericanas, vuelve hoy mismo, reconvirtiéndose en regímenes autoritarios, antiliberales políticamente, oligárquicos y enemigos de los intereses de las mayorías, como los de Michel Temer en Brasil, lo de Mauricio Macri en Argentina y lo que aquí podría expresar un gobierno liderado intelectualmente por Julio María Sanguinetti, gestionado por Luis Lacalle Pou, con conducción económica de Ignacio de Posadas.

En nuestro vecino Brasil, el inminente gobierno de Jair Bolsonaro reúne las peores características: autoritario, antiliberal en lo político, brutalidad asesina, al menos en lo que se refiere a la violencia verbal y el aliento del odio social y racial, y auténticamente oligárquico y proimperialista.

Esto no es ninguna caricaturización del gobernante que lo encabeza y lidera, y para comprobarlo alcanza con recordar sus promesas de eliminar el Ministerio de Trabajo (lugar principal de defensa de los derechos de los trabajadores), privatizar las empresas públicas, abatir derechos consagrados, de “liquidar” a sus opositores, impulsar una  agenda “antiderechos” (basada en el fundamentalismo evangelista), su militarización militante, valga la aparente redundancia, al llenar el gabinete de militares (que obviamente no tienen formación en lo que es la negociación política, sino en la imposición de órdenes), su peligroso anuncio de liderar una lucha anticomunista en América Latina, y ofrecer a Brasil como sede para “juzgar a Venezuela, Cuba y Nicaragua”.

Jair Bolsonaro es un político antiliberal, admirador de dictaduras, partidario de matar a sus opositores, absolutamente intolerante y carente de toda piedad y amor por el prójimo. Vayan algunas de sus frases más conocidas.

-“Vamos a fusilar a los petistas de Acre”.

-“El error de la dictadura fue torturar y no matar”.

-“En el período de la dictadura, hubieran tenido que fusilar a unos 30.000 corruptos, empezando por el presidente Fernando Henrique Cardoso, lo cual hubiese sido una gran ganancia para la nación”.

-“Sería incapaz de amar a un hijo homosexual. No seré hipócrita: prefiero que un hijo muera en un accidente a que aparezca con un bigotudo”.

-“Me da pena el empresario en Brasil, porque es una desgracia ser patrón en nuestro país, con tantos derechos laborales. Entre un hombre y una mujer, ¿en qué piensa el empresario? ‘Pucha, esta mujer tiene una alianza en el dedo, dentro de poco se queda embarazada, seis meses de licencia de maternidad […] ¿Quién va a pagar la cuenta? El empleador. Al final, lo descuenta del seguro social, pero se rompió el ritmo de trabajo. Y cuando ella vuelva, va a tener un mes más de vacaciones. O sea, trabajó cinco meses en un año”.

El futuro presidente de Brasil se ha burlado de los negros diciendo que “no hacen nada, no sirven ni para procrear”, votó a favor de un juicio de destitución de la presidenta Dilma Rousseff, que fue torturada por los militares, dedicando su voto al coronel retirado Ustra, jefe del DOI-Codi, servicios de represión de la dictadura: “Por la memoria del coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, el pavor de Rousseff […], ¡mi voto es sí!”; y le dijo a la diputada de izquierda María do Rosario: “No te violaría porque no lo mereces”. Luego explicó esas declaraciones al diario Zero Hora: “Ella no merece ser violada porque es muy fea, no es de mi tipo, nunca la violaría. No soy violador, pero si lo fuese, no la violaría porque no lo merece”.

Es muy claro que el hombre que, siendo legislador y candidato a la presidencia de Brasil dijo estas frases no es demócrata, ni liberal ni cristiano. No está claro de qué primate se trata Bolsonaro ni cómo se clasificaría en un diagrama evolucionista, pero que está lejos del humanismo, no cabe duda.

En realidad, en algún momento pensamos que en Uruguay no habría quién apoyara a un personaje tan deleznable.

Nos sorprendió bastante que Edgardo Novick hiciera esas payasadas exuberantes en las calles de Rivera, pero con sus monerías puso en claro de quién descendemos. También sorprendieron las declaraciones de Verónica Alonso, pero la senadora es un poco inimputable, porque tiene un precio que pagar para mantener su coalición con algunas iglesias neopentecostales y habrá sopesado, que en circunstancias tan especiales, el precio de apoyar a Bolsonaro era relativamente módico.

Pero no se tardó mucho para que aparecieran otros defensores de Bolsonaro, cuya adhesión habla mucho más de lo que son ellos y de los tiempos que vivimos, de lo que es el nuevo presidente de Brasil.

Sus principales apoyos  fueron el gran zaguero bordaberrista Hugo de León, un ignoto editorialista del Opus Dei que escribe semanalmente en El Observador y dice llamarse Dardo Gasparré y el expresidente Julio María Sanguinetti, exministro de Jorge Pacheco Areco y Juan María Bordaberry, encubridor de torturadores y asesinos, desastroso presidente cuyos gobiernos nos llevaron a la crisis de 2002 e ideólogo actual del pacto rosado.

Más recientemente, le dio una mano a Bolsonaro el empresario y exjugador de la selección uruguaya Diego Lugano, quien, junto al presidente de Conmebol, el stroessnerista Alejandro Domínguez, Pedro Bordaberry y el también pachequista  Eduardo Ache lideran el movimiento refundacional que ha dado un golpe de Estado en la Asociación Uruguaya de Fútbol. Lugano ha dicho, para sorpresa de mucha gente, que había en Uruguay mucha incomprensión del fenómeno político que dio el triunfo a Bolsonaro y que la victoria de este había traído la alegría a 75 millones de brasileños.

 

Dime a quién admiras y te diré quién eres

En nota de Montevideo Portal del 30 de octubre, Sanguinetti afirmó sobre Bolsonaro: “Peor hubiera sido que ganara la otra opción”. El sitio web expresa que “el expresidente de Uruguay Julio María Sanguinetti aseguró que tiene ‘esperanza y optimismo’ sobre la victoria de Jair Bolsonaro en el balotaje de Brasil porque ‘la institucionalidad brasileña está hoy mucho más fuerte que nunca’”.

Nos queda claro, Sanguinetti no tiene nada de socialdemócrata, es más, está muy a la derecha de la socialdemocracia europea. Le gusta Bolsonaro, lo apoya, “tiene esperanza y optimismo” y además afirma que el triunfo de un sujeto que reúne lo peor del fascismo con lo peor del neoliberalismo, y que promete exterminar a sus enemigos, racista, misógino y homófobo, significa que la institucionalidad está más fuerte que nunca.

Lo dice quien se ufana de ser el primer presidente de la restauración democrática, forjador del modelo uruguayo de tránsito de la dictadura a la democracia en paz.

Ahora perdió, además del maquillaje, el pudor. Y apoya a Bolsonaro.

Pero lentamente, a medida que se va acercando la fecha de asunción del gobierno de Brasil, los “astros” de la derecha se van alineando y van mostrando sus verdaderas cartas, acaso como no se atreverían a hacerlo si no fuera por este motivo.

El empresario y periodista Dardo Gasparré, desde hace años, es uno de los editorialistas principales del diario El Observador, vinculado al Opus Dei desde su fundación a través de su director, el abogado Ricardo Peirano Peirano, y los directorios y representantes legales que ha tenido. Ese diario íntimo que es El Observador es el medio de prensa del Opus Dei.

¿Podría estar un diario católico a favor de un gobernante como Jair Bolsonaro?

En sustancia, Sanguinetti, Gasparré y Lugano dicen lo mismo cuando afirman que se “cae en simplezas cuando se analiza a Jair Bolsonaro, o mejor, al Brasil de Bolsonaro”.

Y tal vez sea verdad, porque los fenómenos políticos y la propia realidad son mucho más complejos que afirmar que Bolsonaro es un sujeto militarista, fascista, gatillo fácil y homofóbico. Pero que sea una simplificación no quita que Jair, como Gavazzo, no sea algo bastante parecido a un monstruo.

Lugano explica este razonamiento que reivindica a Bolsonaro, con la sutileza de un zaguero de área. Dice que el déficit fiscal, la inseguridad y los narcos hacían necesario un gobierno de estas características y que los millones que vivían asustados y encerrados han recuperado ahora la alegría

Los narcos, como el progresismo,  empezaron siendo una amenaza para las clases altas, casi una revancha para los pobres, que veían cómo los ricos enrejaban sus casas y blindaban sus autos con una cierta sorna: ahora son una mafia que sojuzga y feudaliza a los sectores más pobres y los transforma en siervos agradecidos por su protección. Por eso Bolsonaro quiere aplicarles el mismo remedio.

 

La “Misión”

Para los defensores de Bolsonaro, Jair “tiene una Misión prometida y conferida” de cambiar a Brasil, de sacar de Brasil a la plaga del narco. Si bien no se trata de una guerra interna del estilo de la planteada en Colombia, la lucha será feroz, requerirá el uso de todas las fuerzas de seguridad, acuerdos de cooperación activa con la DEA, y un respaldo total del Congreso”. Una guerra total, sin límites, sin prisioneros. La misión se la encargó el mismísimo Dios, que la ministra de Medioambiente de Bolsonaro vio trepado en una palmera.

“Una guerra frontal, distinta y sin piedad, frente a un rival colosal que carcome los cimientos del contrato social y la unidad nacional. Esa fue su promesa y será su obligación histórica. En esa tarea, apreciará el apoyo activo y moral de sus vecinos”.

“Uruguay […] tendrá que elegir de qué lado ponerse. Es muy sencillo. Del lado del narcoanarquismo o del lado de la institucionalidad. El resto son palabras vacías, como lo han entendido los brasileños”.

Así nomás. Del lado de los narcos y de la izquierda o del lado de Dios. Faltaba más.

El correspondiente programa oligárquico no se queda en anunciar guerras sin prisioneros contra los pobres, sino que también les augura y les proclama más miseria.

 

Lo que se viene

La alegría de 75 millones de brasileños, que tiene ebrio de entusiasmo a Lugano, va a influir en la región y más precisamente en Uruguay. Eso es lo que nos pronostica el excapitán.

El Observador no sólo lo augura, sino que lo desea, y propone a nuestro gobierno “imitar” las políticas de Bolsonaro “sin caer en precariedades como el repudio ideológico u otros infantilismos”. “Esto incluye la reforma al régimen jubilatorio, que Argentina y Uruguay deberían aprovechar para hacer de consenso, no sólo por solidaridad, sino por conveniencia. Pese a que el coro de expertos diga cada tanto que “aún Uruguay no tiene ese problema”, sí lo tiene actualmente, aunque cierre los ojos. Por una cuestión de oportunidad política, los tres países deberían reformar el estado gastador al unísono y no sólo el sistema de seguridad social”.

Eso, eliminar todo los gastos y los programas sociales, privatizar las empresas públicas (como quiere declaradamente Bolsonaro) y todo lo que se mueva. Así son estos “liberales” formados en Uruguay por Ramón Díaz, el hombre que quería eliminar hasta el peso uruguayo sustituyéndolo por el dólar estadounidense, como la Academia de Economía se empeña en olvidar.

Admirar e imitar a Bolsonaro parece que ser la consigna del ala más lambeta y reaccionaria de la alianza rosada.

A no engañarse. Nos esperan tiempos duros. Nos toca defender Numancia. Uruguay es un ejemplo de convivencia, tolerancia, democracia y progreso social. Con el Frente Amplio llegó al gobierno una esperanza, y con errores y aciertos, a veces con muchos errores, se está demostrando que podemos. Estamos conquistando derechos y achicando privilegios y eso recontraduele a los que creyeron que iban a seguir gobernando para los poderosos para siempre.

El problema no es Bolsonaro, ni Trump ni Macri. El problema es que los pueblos comprendan quiénes son los que los defienden y quiénes son sus enemigos.

Está bueno que Novick, Sanguinetti y El Observador nos digan lo que piensan para que no nos dejemos engañar. También que lo hagan Hugo de León y Lugano, que en el área no piden ni tienen piedad.

Elija lo que quiera, pero que nadie se haga el distraído.