Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.

ASOCIARME
Editorial coronavirus |

Se ve más claro

Por Eduardo Platero.

Suscribite

Caras y Caretas Diario

En tu email todos los días

Se están aclarando algunas dudas respecto de la epidemia de coronavirus en nuestro país.

Finalmente se hizo pública la información acerca de los focos primarios de transmisión y la localización geográfica de los afectados.

Sobre poco más de 250 casos, el ministro Salinas  confirmó que 90% de los estudiados vive en zonas urbanas de Montevideo y Canelones.

Carrasco y su continuación hacia el Este en la misma capa social medio-alta. Pocitos, con algunos que “participaron en el casamiento” y una dispersión pequeña en el resto de la ciudad.

En el 68% por ciento de la muestra se identificó el “contacto”. En un 20% sería “viaje” y no se ha podido identificar en el restante 12%.

Anda “algo más, todavía hay fuentes de contagio que no hemos localizado. Pero tenemos el genoma secuenciado.

Se han identificado tres cepas actuando en el país. Tras ellas estamos para localizar la fuente, lo que nos ayudará a yugular contagios.

Cepas prevalentes, supongo, en diferentes lugares. El grado de virulencia, también: supongo que debe tener algo que ver con esas tres diferentes cepas identificadas.

Sin estar bailando de contento, estoy mucho más tranquilo. No estamos ante un monstruo incontrolable e impredecible.

No estamos ante “la ira de Dios”, que castiga ciegamente, sino ante una enfermedad producida por un virus recientemente identificado que nos sorprendió.

Ya controlaremos este problema.

Ahora, que se ve más claro, me tienta empezar a hilar algunas conclusiones primarias. No “verdades absolutas” sino constataciones y también previsiones. Porque es lindo tratar de avizorar lo que pueda suceder en el futuro.

Una crisis, y el coronavirus lo es, pese a que se tiende a exagerar su papel, muestra cosas que no habíamos atendido. Pero estaban allí. La pandemia ayudó a que los viésemos.

No  provocó más que enfermedad… el pánico lo pusimos nosotros.

De chispa que incendió la reseca pradera, se pretende llevar al coronavirus a “culpable” por el incendio y por el estado previo de la pradera.

Los problemas ya estaban  a punto de entrar en crisis; la pandemia no hizo otra cosa que hacer saltar los escasos seguros que quedaban.

En una especie de encantador estado de optimismo, el capital proclamó su “triunfo” luego del  hundimiento del campo socialista y se proclamó vencedor.

Y avanzó otro paso. Se proclamó la única forma posible de organizar una sociedad, sobre la base de la economía de mercado y la globalización.

Proclamó: “No somos los mejores, somos los únicos”.

Recuerdo, hace años, me asombró que para armar definitivamente un avión de combate en Reino Unido se recibían y ensamblaban partes que habían sido fabricadas en los más remotos lugares para que, en el momento y el lugar preciso, se juntaran.

Una proeza logística. Todas las partes llegaban en el momento indicado. Ni se fabricaban localmente ni pasaban largo tiempo en depósito. El producto, una vez finalizado, tampoco quedaba estacionado, sino que continuaba hacia sus compradores, que lo esperaban “en el momento y el lugar precisos”.

Creo que luego de la crisis de 2000 (la que nos pegó en 2002), la automotora Audi inauguró en Brasil una novísima planta con esas características. Ni grandes depósitos para las autopartes ni acumulación de automóviles. Salían derecho al concesionario.

En aquel entonces estaba luchando contra los que ejemplificaban con los obreros japoneses que para protestar, trabajaban más rápido.

Siempre hay un nabo que entona solemnemente: “Deberían hacer como los japoneses”. Siempre es un nabo que no sabe nada, pero tiene tono solemne y un medio que lo difunda.

Tuve que averiguar. El truco estaba en la coordinación. Si los tiempos están calculados al segundo, la aceleración descompagina todo.

En tanto todo funcione sincronizado, todo anda como sobre ruedas.

Endulzado, el capitalismo buscó fabricar las cosas allá, en donde le fuese más rentable. En donde pudiesen extraer más plusvalía de sus trabajadores.

Todo se dislocó en función del principio de obtener la mayor rentabilidad. Y todo anduvo de maravillas en tanto las cosas “fluían”. No importaba la distancia ni el medio de transporte necesario. Se coordinaba y las cosas “fluían”.

El coronavirus ha sido un duro encontronazo.

Golpeó a distintas partes del mundo en oleadas sucesivas y descontroló el perfecto mecanismo de relojería.

Los tiempos perdieron coordinación y la producción se volvió un caos.

“Todo se andará si no se rompe el palito”, narra Payró en un cuento.

El palito se rompió.

La transnacionalización de la economía demostró que, ante una pandemia, los países se cierran sobre sí mismos; el transporte se paraliza y todo se vuelve un caos.

Pienso que en los países del centro, tan pronto salgamos de esto, se realizarán ajustes. En la polémica Trump-Hillary, el primero tenía y tiene razón. Para volver a ser grandes de nuevo, hay que concentrarse en los States y abandonar las maquilas. No todas, pero sí las estratégicas, lo cual no será bueno para nosotros, tercer mundo que se beneficiaba con la instalación de las mismas.

Tendremos que ir viendo dónde puede golpear la ola de proteccionismo y concentración que vendrá luego del coronavirus.

Problema para “ir viendo”.

En este marco que pone en cuestión la dislocación excesiva de la producción y marca límites estratégicos; yo concluyo en una afirmación válida para el paisito: “Ancap es soberanía”. ¡Siempre lo fue! Cuando don José Batlle y Ordóñez empezó a promover la idea de la creación de una entidad, propiedad del Estado, que controlara todo lo que estaba relacionado con los combustibles, el cemento y también los alcoholes, estaba pensando en términos de soberanía.

¿Quién puede sustituir la capacidad de Ancap para comprar, traer, almacenar, refinar el petróleo y distribuir los combustibles?

Una cosa es pensar, con la cabeza de un productor que sueña con traer su gasoil de Argentina sin pagar impuestos y otra si se piensa en términos de soberanía nacional.

Solo Ancap puede tener reservas como para superar un período de momentáneo caos en los embarques.

Más allá de la debilidad del mercado del cemento en épocas de “truco pobre”, el país necesita tener una fuente segura para la realización de la obra pública.

Al Estado no lo pueden poner de rodillas los proveedores de insumos esenciales.

Cierto que en todos los casos la eficiencia es condición necesaria.

¡No se defiende la soberanía nacional con ineficiencia!

Tenemos que ser los mejores. ¡Sí, señor! Y tenemos que ser del Estado.

Aun en el caso de los alcoholes: ¿quién está proveyendo de dicho producto para la fabricación masiva de alcohol en gel, hoy tan demandado?

Sí, la ineficiente Alur. La única que tenía la capacidad necesaria como para satisfacer una demanda aumentada.

Y UTE es soberanía; el agua potable es soberanía; el trasporte ferroviario es soberanía y también lo son las telecomunicaciones.

Instrumentos necesarios, absolutamente necesarios para que el Estado, cualquiera sea el gobierno, cumpla con su finalidad principal: asegurar las mejores condiciones para que la “felicidad de los pueblos” se acerque lo más posible a lo ideal.

No se puede inventar felicidad. Sí se pueden y  deben crear las condiciones materiales para que ella sea posible. Para darle a la gente seguridad material y acceso a los bienes de la cultura.

También un ejemplo, ¿verdad? Porque los valores son necesarios.

El coronavirus nos golpeó por sorpresa, sobre todo por la velocidad de su expansión. Eso creó una sensación de alarma en la población.

Afortunadamente, y lo reconozco como mérito pese a que es obligación, el gobierno asumió la tarea de hacer lo que hay que hacer. Pero no asumió la tarea desarmado y sin recursos.

El  Estado, nuestro Estado, tiene ancha base. Tanto en lo que hace a los servicios esenciales, cuanto a lo que tiene que ver con la enseñanza, la asistencia y la seguridad social.

¿Crujió y se encogió la sociedad? Sí que crujió ante una amenaza de alcance desconocido.

Pero no se encogió.

Los distintos organismos del Estado funcionaron con eficiencia. La coordinación entre estos organismos estatales y el sólido sistema de salud mutual estaba hecha y sigue funcionando sin problemas.

El Instituto Pasteur y la Udelar coordinan e investigan.

El Banco de Previsión Social sostiene con firmeza el Seguro de Paro.

Los escolares de Uruguay tienen “ceibalitas” y los jóvenes funcionarios públicos y privados que te atienden cuando se entra por la web se formaron con  ellas.

La escuela pública enseña, da de comer y forma. Y no ha fallado nunca.

Con excepciones explicables porque “palos torcidos siempre habrá”, la sociedad reaccionó con ordenada disciplina.

No han sido necesarias medidas militares. No precisamos estado de sitio ni toque de queda para protegernos y proteger.

Tampoco para ser solidarios; las ollas populares de los años 80, las que renacieron en 2002, hoy de nuevo están remando junto a los que la necesitan.

El nuestro no es cualquier país.

Esta sociedad, este paisito, se han construido ladrillo a ladrillo por nosotros mismos, formado en la organización y la solidaridad.

Cruje, ¡pero aguanta!

Temas