Nació del sueño de colectivo de hacer música juntos, se fue forjando acá y en la ruta, generando un movimiento cada vez más masivo. Muy pronto cruzó el charco para instalar un sonido propio en la escena musical rioplatense: un rock que invita a un pogo luminoso, con vientos que empujan el mensaje de lo que se cuenta y se canta, con canciones que acompañan el dolor e invocan a la alegría, desde una perspectiva lúcida que no esquiva ni exagera la conciencia social.
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El rock y el mundo del rock fueron cambiando en todo este tiempo, hay nuevas voces, otras narrativas, nuevas lógicas mercantiles y nuevas modas, pero La Vela siguió siendo parte de la banda sonora de la vida de varias generaciones, con siete discos de estudio, miles de kilómetros recorridos en gira, colaboraciones, participaciones en festivales multitudinarios, y una música que tiembla entre la luz y la oscuridad pero casi siempre contagia fuerza de resistencia.
Sebastián Teysera fue motor y parte de esa banda de amigos desde siempre. Dice que le gusta experimentar y es “un amante del suicidio artístico”. Dice que la amistad es lo que les permitió sostenerse todo este tiempo, y que por eso “prefiere matar la banda antes que matar la amistad”. Dice sentirse cómodo con las arrugas de su voz, porque él más que cantar cuenta, y no le gusta que la interpretación vaya por encima de eso que se cuenta.
Dice que ser una persona pública le cuesta, y que tuvo que aprender a separar al “Enano de La Vela” del vecino que vive en un cerro cerca de la playa y le gusta pasar desapercibido.También dice que la mayoría venimos al mundo con una palmada y un llanto, y que le encantaría irse con una caricia y una sonrisa. Dice eso porque también está seguro de que “lo mejor está por venir”.
La Vela Puerca es importante para la historia y la tradición de la música popular latinoamericana, y tiene que ver mucho con la actitud con la que Sebastián Teysera encara la vida. La Vela sigue viva, vital y necesaria porque sus canciones nombran el dolor de estar en este mundo, pero al mismo tiempo abren una hendija por la que entra la luz. Porque en tiempos de soledades enredadas digitalmente y exaltación de proyectos individualistas, sostienen una banda de amigos como acción ética, estética y afectiva. Y porque a sus 52 años Teysera está lejísimos de interpretar a una caricatura del pasado: escribe y canta con la conciencia presente de estar dialogando con padres, hijas e hijos que se encuentran en el mismo pogo.
Treinta años después de aquél toque histórico en el bar El Tigre de Montevideo, la fiesta continúa y van a celebrarlo con un tremendo recital en la Rambla de Punta Carretas. Treinta años después, La Vela Puerca demuestra que la música sigue siendo una de las mejores maneras de cuidarnos y estar juntos.
Embed - Atardecer Naranja #26. Sebastián Teysera
En esta entrevista del episodio #26 de Atardecer naranja -el último episodio de esta temporada-, Teysera reflexiona sobre sus procesos creativos a través de todo este tiempo al frente de la banda.
Agradecemos a todas los artistas que se acercaron y a todo el público que acompañó cada programa, en este intento de construir un destino común desde la conversación con artistas y personas vinculadas a la cultura. Porque escuchar a los artistas hablar de cómo crean invita a inventar otros mundos posibles.
La amistad como proyecto creativo
Si tuvieras que elegir tres temas representativos de la banda sonora de tu vida, ¿cuáles serían?
La Vela se convirtió en parte de la banda sonora de la vida de muchas personas. ¿Qué significa eso para vos?
Yo le echo las culpas a las canciones. Ellas caminan, golpean las puertas de la casa de la gente, tienen su propia relación. A mí me asombra y me enorgullece el camino que han hecho muchas canciones y la relación que han tenido con la gente. Que la banda sea la banda sonora de la vida de una persona, de la adolescencia, de una etapa, me parece un regalo hermoso. Y también siento una cierta responsabilidad, de ser consecuente con la historia que tuvo la canción con la gente. También siento que, cuando me vaya, las canciones van a ser un mojón para la gente y me enorgullece que haya sido así. Y también me pone un poco nervioso.
La banda nació desde la esencia de estar juntos. Y también tiene una historia de rebeldía. Porque yo me acuerdo de decir “yo quiero vivir de tener una banda de rock con mis amigos”, y en aquella época te miraban como loco. Y te decían, “eso es imposible”. A mí me decís que es imposible y con lo terco que soy, más ganas me dan. Y es lindo ser parte de la historia de eso. Que ahora un gurí pueda decirle al padre “bo, quiero vivir de tener una banda con mis amigos”.
Y hoy el padre no le puede decir que es imposible. Creo que eso es un paso ganado a lo artístico. Y ta’, hay que laburar, hay que hacer un montón de cosas, pero se puede.
¿Qué implica sostener un vínculo creativo en colectivo durante todo este tiempo? ¿Por qué te creés que pudieron seguir estando juntos y sobrevivir al desgaste, a la fama, a los tironeos del mercado?
Primero porque uno de los grandes pilares es justamente eso. No perder la amistad que fue lo que hizo nacer esto. Y el hobby de hacer canciones. Y después, otra premisa es tener una actitud para con la banda de aporte. No necesitamos perdernos para valorarnos. Eso también es importante. Nosotros somos los mismos, seguimos estando los seis que arrancamos en El Tigre en el ‘95, aquella navidad de tarde, seguimos siendo y estando los mismos. Entonces hay tormentas, lógicamente, pero todas esas tormentas se charlan desde la amistad. El momento más frágil nuestro fue en la transición esa de ser amigos y además tener que ser compañeros de laburo. Nos tiramos al agua, nos la jugamos toda, los trabajos que teníamos no nos gustaban, teníamos la edad para hacerlo también. Soy amigo de Manolo desde los 12 años, del Mandril desde los 15. Después se sumó más gente, se transformó ya en una especie de ONG, como digo en chiste. Pero eso también es un motivo de orgullo, saber que nadie se bajó del barco. Y estamos festejando un poco eso también.
La Vela también tuvo una historia muy rápida, pasó todo muy rápido y nosotros tratando de ponernos a la altura de las situaciones en la que nos ponía la banda para que no nos pase la ola.
A veces lo que decimos es que somos los más profesionales de los amateurs. Hay algo de La Vela que mantiene esa frescura, esa inocencia.
En la música está pasando que casi que no emergen bandas, no hay tantos proyectos colectivos, hay muchos más proyectos solistas y colaboraciones. ¿Cómo lo ves y lo vivís vos a esto?
Pasa que ser una banda implica todo un trabajo diferente. Implica una postura distinta y una psicología, de alguna manera. Que cada uno tenga su rol, sea el responsable de su rol y todos juntos en un barco salir a navegar. Yo no podría ser solista porque soy el primero en llegar tarde, llegan todos los sesionistas y después yo, no funcionaría. A mí como banda me gusta entregar la canción desnuda, o sea, secuencias de acordes, melodía, capaz que ya tengo la letra o no, pero después hay que dejar que cada uno empiece a vestirla, a ver qué se le ocurre. A veces te das cuenta de que este arreglo no va a funcionar pero lo probamos igual, porque eso hace que el que propuso el arreglo quede o no, se sienta parte de la canción. Y eso se nota en el vivo, cuando salís a tocar sos parte, y la actitud es distinta. Es la parte humana de la dinámica.
¿Y por qué te parece que se complejizó lo colectivo? ¿Te parece que tiene que ver con un momento histórico?
Creo que en la inmediatez del mundo de hoy, la idiosincrasia de tener una banda juega en contra. Es más difícil, es más tedioso y lleva más tiempo. Para mí, como somos amigos y nos conocemos, hay tres cosas fundamentales: Cómo, dónde y cuándo. Cada uno tiene su cómo, su dónde y su cuándo para hablar. E ir para adelante, resolver lo que sea. Entonces, yo conozco el cómo, dónde y cuándo de cada uno. Y entonces vas sabiendo también la mejor manera de hablar con cada uno, en determinado lugar y en determinado momento. Es todo un trabajo de psicología, medio antropológico.
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Componer y contar
En estos 30 años, el espíritu de La Vela sigue siendo el mismo, pero fueron pasando por distintos lenguajes musicales y algo de la poética también fue mutando un poco. ¿Cómo sentís que fue evolucionando la banda? ¿Cómo se fueron modificando tus procesos creativos en relación con eso?
La mayoría de los discos tienen tres o cuatro años entre uno y otro, y en esos años nos pasaron un montón de cosas y cada uno escuchó no sé cuánta música. Entonces, en lo sonoro, cada uno aprendió a tocar más su instrumento porque al principio no tocábamos ni el timbre. Nos fuimos haciendo, no somos músicos de estudio ni nada. En la parte musical, cada uno empezó a querer ir por otro lado. Igualmente, todos conocíamos la idiosincrasia sonora de La Vela, pero también nos gusta patearnos el tablero. El suicidio artístico es fundamental y con El impulso fue fuerte en ese sentido. Vos tenés que tocar y hacer y crear lo que te representa en ese momento para salir a defenderlo.
A veces se dice “Terminé el disco”. Cuando terminás el disco, en realidad recién empieza. Tenés que empezar a tocarlo. Y si vos salís a defender una fórmula por fórmula, porque en algún momento función, a los seis meses va a decaer.
Después, líricamente, vas leyendo un montón de libros, vas agarrando confianza en la manera de escribir, y empezás a tener la valentía de escribir en primera persona, de desnudarte un poquito. La primera persona es una más de doble filo, porque te cuento cómo estoy, como si a la gente le importara. Tiene que estar bueno para que otro pueda conectar con eso. A mí me gusta escribir en primera persona porque me es más fácil, pero después la cambio y veo. En Para no verme más, por ejemplo, digo, “¿por qué dirá que se esconde si nadie lo quiere ver?”, y ahí estoy jugando con eso.
Cuando me voy a escribir, tengo la melodía, el demo, la música, los arreglos, la estructura, y me voy 20 días a la mera nada porque en mi casa no puedo escribir porque me distraigo con la humedad y con que hay que cortar el pasto. Escribir es un ejercicio y yo soy hijo del rigor, no lo hago. Por eso sé que los primeros días es todo un brainstorming con vos mismo y salen cosas y a veces no entendés de dónde vienen.
Siempre entendí que uno como compositor tiene que asumir que escribe cosas horribles, que escribe cosas más o menos y que escribe cosas que están buenas. Y no le tengo miedo a eso.
¿A alguna de las certezas para la composición la encontrás en el cuerpo o en el contacto con el instrumento, o es todo un viaje más mental?
Es todo mental. Si agarrás mis cuadernos vas a ver que no hay casi tachaduras, pero porque ya lo fui tachando en la cabeza. Además, una cosa es escribir en la computadora y otra cosa es el gesto de bajar la mano, apoyar la lapicera en un papel y escribir. Estoy tratando de zafar de eso y escribir a mano siempre, tachar, porque después cuando ves la hoja y las tachaduras y los cambios, ves la tormenta que viviste para escribir. Y me gusta eso.
Hay gente que dice que yo estoy loco porque escribo la letra al último. No puedo escribir una letra y ponerle la música. Soy enfermo de la métrica melódica. Porque la melodía para mí es la canción. Es lo que vos escuchás, podés no sabés la letra, pero te vas tarareando la melodía. Puedo estar un rato largo buscando la palabra que diga lo que quiero decir adentro de esa métrica melódica. Por suerte tenemos el castellano, que es súper rico.
También te gusta tejer, es uno de los hobbies que tenés. Cuando vino a conversar Hugo Fattoruso, decía que él se considera un tejedor de canciones, porque teje una nota con otra. ¿Podrías establecer algún paralelismo vos entre el tejido y las canciones?
Nunca lo pensé de esa manera, pero no lo veo tanto en relación con la canción. Lo veo un poco más en la vida que en una canción. Lo veo como que cada uno está tejiendo su vida. Se va cosiendo, labrando, lo que al final es lo que uno es.
Tejo porque es una manera de dejar la mente en blanco, y además cuando terminás sirve para algo. Hay muchos momentos muertos, en los bondis, en las giras, y tejer está bueno para eso. Cuando no tengo nada que hacer, me pongo a escuchar música y hacer crochet. Al principio me hicieron un bullying bárbaro. Hasta que empezó a tomar forma el gorro, y entonces ahí todos empezaron a acercárseme para que les haga uno.
Aparte, Teysera quiere decir “Tejedor”. Etimológicamente, no sé bien de dónde, pero viene de ahí. Aprendí a tejer cuando viví en Arkansas, en un intercambio en el ‘91, en el medio de un bosque, y no había nada para hacer. Después me olvidé completamente, y volví a hacerlo en un intento de dejar de fumar. Después seguí fumando, pero también seguí tejiendo.
Siempre hubo una presencia muy importante de los vientos en las construcciones armónicas y melódicas de la banda, más allá de la influencia del ska con la que empezaron. ¿Por qué te parece importante la presencia de los vientos para contar lo que cuentan con sus canciones?
A los vientos los podés usar de varias maneras. Me acuerdo de los arreglos que hice para Deskarado eran arreglos de brass, de orquesta, para trompeta, saxo y trombón. Y nosotros teníamos un saxo alto, nada más. Y era muy raro, porque eran arreglos de brass, pero después de eso, cuando un poco fuimos mutando, se puso un poco más guitarrera la cosa y empezamos a usarlos como colchón.
Pasa que la formación de La Vela es rara. Somos dos vocalistas. Los dos vocalistas nos subimos a una melodía que es la media principal de la canción y armonizamos entre nosotros. Tercera, quinta, octavada o lo que sea. Y los vientos tienen otra melodía que juega con la melodía de las voces, una especie de contracanto que tiene su propia armonía. Armonizan otra cosa. Entonces son cuatro cosas que están jugando dos melodías y dos armonías diferentes. Es curioso y me gusta usarlos como una melodía más.
Has dicho que estás tranquilo con las arrugas de tu voz y que más que cantar, contás. ¿Cómo es tu vínculo con la voz como instrumento? ¿Por qué le das esa importancia al contar?
Primero, porque cantar canta Pavarotti.
Y a mí me parece que la idiosincrasia de la interpretación de las canciones que yo hago va mucho más por contarte algo que cantar bien.
A mí muchas veces la voz afinada e impostada me resulta rara, me pregunto, ¿qué es más importante?, ¿que cantes bien o lo que escribiste? Para mí lo que escribiste. Y si no tenés voz, no tenés voz. Muchas veces el que canta así perfecto, generalmente toca un instrumento. Entonces yo, como no toco nada, me gusta gesticular, me gusta contar. Para mí más importante la letra que cantar bien.
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El rock como un círculo que nunca se va a cerrar
Como banda pertenecen al rock pero no impostan la pertenencia ni le hacen culto exagerado a esa cosa más arquetípica del rock chabón, ¿puede ser que algo de eso tenga que ver con el equilibrio entre la sencillez y la complejidad que los hace tan populares?
Cuando vos tomás mucho una postura de imagen determinada, después te volvés viejo y tenés que seguir con eso. Y es difícil de sostener. Me parece que no es necesario ser esclavo de algo así. Yo prefiero diferenciar a los personajes pero mentalmente. Sé que en el escenario soy “El Enano de La Vela” y en mi casa soy Sebastián. Y también diferencio cuando veo la postura de alguien en el escenario, me imagino que de entrecasa debe ser otra cosa.
¿Cómo te parece que cambió el rock en estos 30 años en sus formas de producción y circulación? ¿Cómo cambiaron los festivales?
A mí lo de los festivales me parece que están bárbaros mientras existan. Me encanta que duren su tiempo, yo festejo muchísimo los festivales que duran. No son muchos. El Roskilde en Dinamarca, el Viva Latino en México, Rock al Parque en Colombia y el Cosquín Rock en Argentina.
Para durar tenés que ir mutando, y eso está bueno porque le das espacio a otras cosas también.
Creo que por la inmediatez que estamos viviendo el ritmo le está ganando a la melodía y lo artístico está perdiendo terreno ante el entretenimiento. Un disco de rock tiene un concepto, y para algo vos ponés primero una canción, después otra, hay un recorrido emocional en eso, que también dialoga con el arte del disco. Ahora eso del arte se perdió también, es un cuadradito así que ves en el celular. O sino está volviendo el vinilo, pero bueno.
Lo físico, el ritual de ponerte a escuchar música, para mí es lo mejor, y siempre creo que lo mejor es el proceso, no el resultado. Hay que ponerle el cuerpo a ese proceso.
Pero el rock va a existir siempre, porque siempre va a seguir teniendo su rol. Ahora hay una camada de bandas uruguayas increíbles. Hay luces en el túnel. Tienen sus propios circuitos, como el Tazú, el Ducón, el Andrómeda, y eso está buenísimo. Siempre hay cosas que siguen hablando de rebeldía, es como un círculo que no se va a cerrar.
¿Qué es una canción de rock para vos?
Cuando vos haces canciones y grabás discos tenés una oportunidad hermosa de decir algo. Hay canciones que tienen su rol también, unas que son de denuncia y otras como Va a escampar, que es muy sanadora y ha tenido una relación con la gente linda, me ha llegado que le ha ayudado a levantarse emocionalmente a un montón de gente. Y a mí también me pasó, al primero que le pasó fue a mí porque me la escribí a mí. Después, siendo consciente de eso, tengo esta oportunidad de poder decir algo, transmitirlo sin ser panfletario ni andar diciéndole a la gente qué es lo que tiene que hacer. Para mí lo importante, simplemente, es que logre emocionar y además si logra hacer pensar algo es que es un win-win, como le dicen.
Hay algo del claroscuro que es muy propio de la banda.
A mí me gusta eso. Hay una canción que dice “¡Ay, qué alegría poder estar triste hoy!”, y para mí es tal cual, porque imagináte, ¿quién está alegre todo el tiempo? Aparte no entendería la alegría si no viviera la tristeza. Para mí van de la mano. Son cosas que el ser humano quiere evitar, le quiere huir a la tristeza, le quiere huir a la muerte. Si vos sos consciente de la muerte, más vas a vivir la vida. Y si vos entendés la tristeza, más vas a disfrutar la alegría. Para mí es así. Yo creo que las canciones más para arriba nuestras son las que tienen esperanza.
Y además tienen una cosa que me sale medio filosófica de cómo decir las cosas, de cómo usar las metáforas, que intento que no sea muy estrambótica, que se logre entender lo que querés decir.
Una canción para mí es eso. Algo que te emociona y te hace pensar. Si lo logro, golazo.
La batalla con la hoja en blanco a veces es cruel. Te devuelve cosas que entendés después.
Te escuché decir también que ahora sos consciente de que en el público hay personas más grandes y adolescentes, a veces padres y madres con sus hijos, y que algo de ese vínculo intergeneracional te interesa como compositor. ¿Sentís que modifica en algo tu proceso creativo la conciencia de eso?
No, o sea, soy consciente de eso, pero no me agarro de eso para escribir. Si vas a decir una mala palabra o decir algo de la mierda, tiene que estar justificado, siempre. Tengo la conciencia de que hay niños que me escuchan. A veces me cae la ficha tocando en vivo, en un momento que estoy cantando así, y las doscientas personas miran y digo “Estos doscientos son más jóvenes que la canción que estoy cantando”. Para mí es un regalo hermoso que me escuchen varias generaciones. Siento que me puedo morir, pero las canciones van a seguir estando acá.
¿Cómo sentís que La Vela Puerca forma parte de la tradición de la música uruguaya? ¿Te sentís un referente para otros?
Eso no me toca decirlo a mí, y además me hace sentir viejo. Lo he escuchado, sí, son muchos años. Sé que hay canciones que han quedado de alguna manera. El viejo hizo un crossover muy grande, atravesó distintas clases sociales, con ese tema las radios uruguayas empezaron a pasar rock uruguayo, que no sucedía. Nos aburrió a todos también por eso. Yo me despertaba y escuchaba que la usaban hasta para publicitar una pollería. Y te juro que sentía que la gente acá también estaba podrida, que me miraba mal y yo pensaba “a mí me pasa lo mismo que a ustedes”.
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Seguir jugando con la música y haciendo canciones
Mi semilla fue una canción bisagra porque les permitió empezar a trabajar con Gustavo Santaolalla, y si bien es una canción de amor, también es una canción de amor a la marihuana. Hay muchas canciones de amor a la marihuana muy hermosas en la historia de la música, como la de ustedes, Minha Galera de Manu Chao, Kaya de Bob Marley, Aquí no podemos hacerlo de Los Rodríguez, casi que podría ser un género en sí mismo. ¿Por qué te parece que al cantarle a esta planta los autores componen canciones con tanta dulzura y libertad?
Y porque se lo merece, es una planta noble. Igual es graciosa, porque habla de flores, y en aquella época no había flores acá. Era más difícil conseguir. Venía prensado nomás. Por eso la gente como que no entendía mucho. Cuando se aprobó la ley de regularla me llamaron de varios lugares para que vaya a hablar y yo decía “Escuchen Mi semilla, ahí dije lo que tenía que decir”.
En Burbujas la voz de la canción advierte que una aguja va con él para pinchar las burbujas de los que creen que el mundo es únicamente lo que quieren ver. ¿Seguís preocupado por pinchar burbujas con tus canciones?
Sí, claro. Yo siempre digo que hablo de lo mismo, pero de diferente manera, porque no es lo mismo escribir a los 22 que a los 52, pero todo ronda por el mismo lugar. Me gusta pinchar burbujas. O romper tuppers, o abrirlos por lo menos.
¿Cómo te parece que el arte trabaja en la desautomatización de la percepción, en la construcción de narrativas alternativas?
Para mí tiene un rol fundamental. Para mí es como un granito de arena y es parte de un esfuerzo que tienen que hacer los demás también. Para mí es como dar un empujoncito a eso.
Todo lo que sea alternativo, que es un poco patear el estado actual en la manera en que se están haciendo las cosas, me parece fundamental.
También veo que en el mundo de hoy no sé cuánta gente considera que vale la pena tomarse el tiempo para descubrir ciertas cosas.
Hablaste de tu decepción con la política partidaria y que en función de eso hace años que no votás. Creo que esa posición invita a análisis más profundos que la manera habitual en que pensamos el voto como algo ineludible, que pensar en eso puede dar lugar a pensar en alternativas. ¿Por qué no te interesa jugar al juego de las elecciones y cuál es para vos el vínculo entre la ética y la estética?
La ética está perdiendo mucho terreno con la estética, y tiene mucho que ver también con las redes sociales.
Yo siento sinceramente que el nivel de la clase política ahora está bajísimo y a veces escucho cosas y, sinceramente, parecen niños peleándose por la pelota, poniendo palos con una postura de acá o de allá. Yo siempre dije, para mí la política partidaria se hace después de que la casa está en orden. Una vez que está en orden podemos discutir si el cuadro va ahí o va allá, pero cuando está funcionando la cosa. Y estoy un poco aburrido con cómo funciona. Siempre lo mismo. Cinco años y después el rol de oposición. Pienso que no están pensando mucho. Y sí, tomé esa postura. No siento que haya nadie que se merezca mi voto. Pero bueno, capaz que soy muy exigente.
Dijiste que cumpliste tu sueño de tener una banda con amigos y que tu sueño ahora es seguirla teniendo. ¿Tenés algún desafío que te gustaría experimentar?
Tengo un estudio en casa, el Estudio del Burro, y estoy armando desde hace tiempo con amigos las sesiones, “Los caprichos del burro”. Es para hacer dos temas y no vale traerlos terminados. Hay que traer una melodía, una secuencia de acordes, una letra. Y se termina ahí en dos días. Los primeros caprichos fueron con Santi Moraes. Es volver a jugar a la música sin tener la responsabilidad de la idiosincrasia sonora de La Vela Puerca, componer una canción sabiendo que hay que dejar espacio a distintas cosas. Está bueno eso. Empecé a relacionarme con las canciones como al principio, con otra libertad. Pero nunca quise ser solista. Con todas las giras de La Vela me sobra. Quiero seguir jugando y haciendo canciones, es lo que me gusta.
¿Cómo se preparan para esta fiesta por los 30 años en la Rambla? ¿Con qué se va a encontrar el público esa noche?
Con un festejo y con las canciones. Con la comunión que ha tenido La Vela acá en Uruguay durante 30 años. Es el concierto más difícil para nosotros, porque es tu casa, te ponés más nervioso. Pero es un festejo. La idea es disfrutarlo. Creo que nos lo merecemos nosotros como banda y el público como público. Es difícil pensar en el show, yo siento que todas las canciones quieren estar. Pero por el momento el desafío es hermoso, porque mirás el acervo de canciones que tenés y tenés un montón de lugares para agarrar. Son 30 años impensables.
No estamos soplando 30 velitas, estamos festejando el camino que hicimos y lo que hemos aprendido como banda, como músicos, como personas, como amigos.
Eso es lo que estamos celebrando. Así que vamos a tirar la casa por la ventana.