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Sociedad Guigou | escándalos políticos | medios de comunicación

Escándalos del gobierno

Guigou: "Es necesario volver a la crítica política profunda"

El antropólogo y docente de la Universidad de la República Nicolás Guigou analizó el impacto de los escándalos políticos en la sociedad uruguaya, el rol de los medios de comunicación y la respuesta de los partidos de oposición.

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En los últimos años, el Gobierno de coalición viene protagonizando numerosos escándalos políticos de diversa índole, que han generado un clima propicio para pensar en la inminencia de una crisis institucional. Entre los casos más destacados se encuentran el "narco pasaporte", en el que el narcotraficante Sebastián Marset logró tramitar un pasaporte uruguayo, lo que llevó a la renuncia de varios ministros y funcionarios clave. Además, el exjefe de seguridad presidencial, Alejandro Astesiano, fue condenado por tráfico de influencias y otros delitos, mientras que el senador Gustavo Penadés fue separado de su cargo por acusaciones de abuso sexual a menores. El último en caer fue el presidente del Partido Nacional, Pablo Iturralde, tras la divulgación de mensajes comprometedores con Penadés sobre la fiscal del caso, Alicia Ghione.

Este tipo de escándalos, en muchos otros países, hubieran suscitado movilizaciones o protestas masivas de la sociedad, exigiendo transparencia, justicia y rendición de cuentas por parte de los representantes del Gobierno. Sin embargo, en Uruguay hay una aparente tranquilidad. Este escenario plantea una pregunta crucial: ¿Qué nos pasa como sociedad? ¿Por qué ante escándalos tan serios no vemos una reacción acorde? ¿Hemos perdido la capacidad de indignarnos? ¿Nos hemos acostumbrado a la corrupción y el abuso de poder?

Indignación, naturalización y crisis

Para el antropólogo y docente Nicolás Guigou, no se trata de que “a la gente no le afecta lo que sucede”, sino que están conviviendo diferentes tipos de respuesta. En primer lugar, observó que, aunque las manifestaciones convocadas en contra de la corrupción no han tenido gran afluencia, existen “niveles de indignación muy subterráneos y que se proyectan, por ejemplo, en las redes sociales”, ya que "el espacio público clásico ha sido sustituido por el espacio público virtual". Por otro lado, destacó la creciente naturalización de la corrupción, pero aclaró que esta naturalización no significa la falta de impacto: “Son tantos los escándalos locales e internacionales que el nivel de afectación es muy alto y la gente baja la cortina. Eso es justamente la naturalización”. A esto se suma, prosiguió, que hay una suerte de naturalización en función del lugar político de cada persona, donde los que son de izquierda señalan las corrupciones de la derecha y viceversa. Sobre este punto, opinó que “más allá de esos lugares políticos, debería haber un consenso democrático de que hay ciertas cosas que están mal”.

Aseguró que hay una “crisis de confianza en la independencia de la Justicia” y señaló como ejemplo la intervención de la clase política en asuntos judiciales y la actuación de exfiscales en roles polémicos. “Ahora todo el mundo opina sobre los fiscales, incluso el presidente de la República [Lacalle Pou] dijo recientemente que algunas causas se resolvían rapidísimo y otras no. O vemos a un exfiscal como Jorge Díaz actuar como abogado de Yamandú Orsi, militante de izquierda. Antes se mantenían más al margen de lo político. Es decir, existía una preocupación propia en los fiscales por evitar influencias externas. Ahora, no tanto. Cuando veo a la exfiscal [Gabriela] Fossati en la televisión dialogando con una diputada del MPP [por Bettiana Díaz] la imagen que tengo de la Justicia se desvanece. Estas cosas hacen que a mucha gente se le venga abajo la imagen de la Justicia. Son acciones complicadas para esa visión idealista de un Uruguay ejemplar, democrático, republicano y con una Justicia impoluta e independiente. Cuando vemos que tanto el presidente de la República como los presidentes de los partidos políticos, activistas o militantes tienen un accionar sobre la Justicia, podemos advertir que hay una crisis de la democracia liberal”.

Otra problemática, destacó el entrevistado, es la “falta de garantes democráticos” en el actual Gobierno. Para ilustrar esta idea, rememoró un incidente pasado en el que el ministro Juan Ramírez denunció el enriquecimiento ilícito Luis Alberto Lacalle, político de su mismo partido. “Actualmente, es muy difícil que alguien de la propia corriente política priorice que en su partido no haya corrupción. Otro ejemplo es el caso de Pablo Iturralde, que en la vida política se comporta como un sociópata. Por un lado, se jacta de que su partido defiende las instituciones y por otro lado tilda a otro político de hijo de puta o cagón”.

Para Guigou, la falta de discusión y movilización social también puede explicarse por una “crisis de sentido en la democracia liberal”. Mencionó que la sociedad uruguaya, con su fuerte institucionalismo, tiende a minimizar la criticidad y la acción política directa. Este comportamiento, según el entendido, refleja una fragmentación social entre los sectores civilizados y los marginados, quienes, aunque son votantes, no tienen influencia significativa en el discurso político. “Con los que tienen menos poder, que están en la periferia o en la cárcel, ni siquiera se busca consensuar porque son marginales, bárbaros. A esta población le meten planes sociales y la van llevando, pero no son prioridad de la campaña electoral. Entonces, en esa sociedad fragmentada, de civilizados y bárbaros, la principal preocupación de la gente es no caer para el otro lado. Y ahí es donde opera la crítica acotada, la indignación acotada y los consensualismos. Esta fragmentación hace que la sociedad avance hacia un nivel de consenso apático, donde a la gente le indignan los escándalos políticos, pero está más preocupada por pagar las cuentas, ya que todo se ha vuelto mucho más frágil en términos laborales, económicos, de seguridad, de pérdida de derechos. Las cárceles o las situaciones de violencia sobre los niños y jóvenes no hacen carne en los partidos políticos porque tampoco hacen carne a la mayoría de la gente, que es la que está en el universo civilizado y no en la barbarie”.

Consultado por el costo político de los escándalos que han protagonizado representantes de la coalición multicolor, el antropólogo aseguró que “actualmente hay menos costos políticos, pero que a la larga afectan”. “He escuchado mucha gente decir que no va a volver a votar al Partido Nacional. Va a haber costos políticos, pero no van a ser enormes. Antes, por un escándalo de estos se perdían las elecciones. Creo que si pierden las elecciones no va a ser por tanta diferencia y si ganan va a ser por poca. Pero tampoco es que el Partido Nacional vaya a quedar erradicado por los próximos veinte años”.

El rol de los medios de comunicación

En el contexto de los escándalos políticos, el antropólogo analizó el papel de los medios de comunicación respecto a la recepción social de los hechos. Señaló que, en la actualidad, los medios tradicionales como diarios, radio y televisión coexisten con plataformas emergentes como las redes sociales y los podcasts, donde se encuentran tanto periodistas con formación como otros comunicadores que carecen de ella. Ante esta situación, consideró que “es necesario pensar lo político en esa disgregación entre medios clásicos y medios nuevos”. “Hay una irrupción de influencers que, aunque tengan ciertas habilidades, no son periodistas ni estudiaron comunicación. Estos nuevos actores pueden hablar de temas que quizás no conocen a fondo y generar una influencia negativa”.

También sostuvo que en la actualidad “la relación entre medios, política y Justicia se ha vuelto más carnal y directa, con fiscales apareciendo en programas de alta audiencia y medios que amplifican escándalos para captar audiencia”, lo que a su entender "contribuye a la falta de confianza y a la opacidad de las instituciones". “Últimamente vemos que los fiscales aparecen en los programas de mayor audiencia, son como las nuevas estrellas y, a la vez, no se sabe si después van a terminar proyectándose políticamente. No es la actitud de los fiscales de otras épocas, que mantenían distancia de los medios”.

El experto también criticó “el periodismo amarillista que vive de la corrupción”, señalando que “es algo relativamente reciente en Uruguay. Señaló ejemplos como el del periodista Ignacio Álvarez y otros "personajes border" que se involucran en los escándalos que informan y terminan enfrentando acciones legales, lo que consideró otro síntoma de la existencia de una “crisis de sentido de la democracia”. “Años atrás tampoco hubiese sido tan fácil que la periodista que hizo la entrevista a [Sebastián] Marset no tuviese que enfrentar a la Justicia a la vuelta de su viaje”.

Por otro lado, Guigou abordó el impacto de la revolución tecnocomunicacional y alertó sobre el peligro de que la democracia se vea socavada por los avances de la "tecnoderecha", que identificó como las grandes empresas tecnológicas a cargo de dirigir la revolución de las telecomunicaciones. En tal sentido, advirtió sobre “la creación de una nueva humanidad”, donde los líderes políticos pierden relevancia frente a las decisiones de estas megaempresas técnicas. “La revolución tecnocomunicacional ha licuado las prácticas y valores democráticos. La democracia liberal, vinculada al capitalismo analógico, está siendo desmantelada por el capitalismo virtual, donde el ser humano deja de ser el centro para ser parte de un sistema comunicacional productivo y entra a perder pie. Y ahí es cuando las figuras emergentes como la de Elon Musk se convierten en los superhéroes de lo tecnológico. Nosotros no estamos dirigiendo la revolución tecnocomunicacional, sino que estamos recibiendo sus efectos. ¿Cómo hacemos para que ese sujeto que es parte de un sistema de comunicación porque no solo usa redes, sino que es parte de la red vuelva a ser un sujeto político con un mínimo de reflexión?”.

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Nicolás Guigou

Nicolás Guigou

Desapasionamiento político y tibieza

Guigou destacó la tendencia de las derechas a generar influencia en la sociedad actual mediante la adopción de posturas radicales en temas como la inmigración y estar a favor de la prohibición del aborto. En su opinión, “estas posturas extremas encuentran eco en una sociedad que parece perder su rumbo, lo que evidencia una crisis en el funcionamiento y la percepción de la democracia”. En tal sentido, reflexionó: “¿Quiénes están produciendo más sentido en este momento? Lamentablemente las derechas. Y producen más sentido porque tienen posiciones mucho más radicales como ‘hay que expulsar a todos los inmigrantes’ o ‘hay que prevenir el aborto’. Plantear situaciones extremas es lo que produce sentido en una sociedad que está perdiendo cada vez más sentido”.

En cuanto al rol de los partidos de oposición, especialmente de la izquierda, Guigou opinó que ha sido “bastante tibia”, comportamiento que responde, en parte, “a una tradición de consensualismo y civilidad en la crítica, que busca preservar las instituciones democráticas”. Y agregó: "La izquierda debería ser más propositiva, especialmente en el mundo del trabajo y en la gestión de la revolución tecnocomunicacional. Pero en este momento hay un nivel muy bajo de debate político e intelectual, lo que lleva a que los niveles de reflexión y criticidad sean muy reducidos. Hay un desapasionamiento de la política muy grande”

Desde un punto de vista cultural, otro factor incidente es “el institucionalismo uruguayo”, que implica el respeto a las instituciones. “Entonces, si la derecha hace todas estas macanas, ¿qué puede hacer la izquierda? Podría exponer al presidente a un juicio político y hacer un escándalo tremendo, pero es algo que en nuestra tradición resulta muy difícil de imaginar. Por lo tanto, optan por una crítica civilizada para cuidar las instituciones”.

Guigou también manifestó su preocupación por la falta de líderes políticos con una formación ideológica sólida, afirmando que referentes como Seregni, Tabaré Vázquez y José Mujica tenían una formación política de izquierda, mientras que los actuales se centran más en la gestión técnica que en lo político, tendencia global que atribuyó a los efectos de la revolución tecnológica. “No hay liderazgos que colaboren a producir reflexión por parte de la ciudadanía. Por ejemplo, cuando consultan a Cosse o a Orsi sobre los escándalos de la derecha y estos expresan su preocupación sin profundizar. En otro momento, alguien se hacía cargo de estas situaciones y las transformaba en discurso político, las planteaba en un acto. Pero, aparentemente, no quieren tener una campaña confrontacional porque vivimos en una sociedad mesocrática y consensualista. Tratan de escaparse del tema”.

El antropólogo opinó que la izquierda “debería ser mucho más propositiva” porque “eso sí genera sentido”. “Hay que tener tres o cuatro ideas para entusiasmar a la gente. No es demagogia, es producir sentido. Como, por ejemplo, promover la reducción de la jornada laboral, lo que cambiaría la vida de muchas personas. Decirle a la comunidad: estamos avanzando hacia estos objetivos. No se trata de decir ‘volveremos’ porque no se puede volver para hacer lo mismo. No se puede porque no están dadas las condiciones internacionales ni regionales. Mi diagnóstico es muy pesimista porque veo apatía, inclusive en las dirigencias políticas. Y es muy preocupante cuando en un Estado democrático la gente deja de creer en sus líderes. La pregunta que debemos hacernos es ‘¿qué está haciendo sentido para la gente?’. Porque tal vez la corrupción y los abusos sexuales no están haciendo sentido, aunque se indignen. Deben plantearse cuáles son los anhelos de la gente”.

Volver a la reflexión profunda

Consultado por las medidas o estrategias que debe activar la sociedad para enfrentar la crisis de la democracia, el antropólogo expresó la necesidad de “volver a la reflexión política profunda”, creando nuevos colectivos de reflexión y práctica política. Según sus palabras, los colectivos existentes han alcanzado un límite en su efectividad. Además, enfatizó la importancia de defender lo público, el espacio público y los bienes comunes, así como la estructura del Estado, que considera cada vez más frágil.

Para finalizar, subrayó el predominio de lo digital en la vida cotidiana que, a su entender, complicó la capacidad de la ciudadanía para participar políticamente de manera efectiva y enfatizó en la necesidad de combatir la inacción generada por la constante exposición a la revolución tecnológica. “Hay una apatía que es un mecanismo de defensa frente a todo lo que esta revolución tecnocomunicacional nos tira encima. La mayoría de la gente cuando se despierta mira el celular, las vidas son digitales. Es urgente volver a la reflexión”.

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