También se percibe la necesidad de educar y concientizar en el cuidado del medioambiente, no solo a fieles; que ya deberían saber que se ponen a Iemanjá en contra si le regalan espuma plast u otros venenos similares; sino a vendedores ocasionales de esas fechas, para tratar de evitar la proliferación y comercialización de barquitas y otros artículos destinados a ofrendas, realizados con materiales contaminantes.
Agudicemos el ingenio que se puede trabajar igual con compromiso y responsabilidad humana cuidando del ecosistema que nos alberga. Es necesario ver de qué forma, sin invadir ni afectar la libertad de la fiesta y por ende los derechos humanos, promover y sostener un proceso educativo y de intercambio con fieles, devotos, vendedores y eventuales compradores, con miras a desalentar la entrega en el agua de elementos no biodegradables.
Iemanjá, una celebración que cada año convoca a miles de personas en la rambla de Playa Ramírez y otros puntos del país, constituye una de las expresiones culturales, espirituales y populares más significativas del Uruguay contemporáneo. Reconocida por su profundo arraigo en las religiones de matriz africana y por su carácter abierto, plural y pacífico, esta celebración forma parte del patrimonio cultural inmaterial de nuestra sociedad y del ejercicio pleno de la libertad religiosa consagrada por nuestra Constitución.
Justamente por su masividad, su valor simbólico y su proyección pública, resulta necesario reflexionar sobre algunas previsiones básicas que permitan preservar tanto el sentido sagrado de la celebración como el cuidado del espacio público, la convivencia ciudadana y la protección de niñas, niños y adolescentes.
La venta informal y descontrolada de bebidas alcohólicas, en muchos casos sueltas, sin habilitación visible y sin mecanismos efectivos de control de venta a menores de edad, es una situación lamentable que, además de contradecir la normativa vigente, expone a riesgos innecesarios a personas jóvenes, desvirtuando el clima familiar y espiritual que históricamente ha caracterizado a la festividad ritual afro.
Del mismo modo, se observó una proliferación de puestos de venta de barquitas, recipientes y otros artículos elaborados con materiales altamente contaminantes, que luego son utilizados como ofrendas o descartados en playas, mar y arenas.
Disculpen la vehemencia. Estas formas de “aprovechar” la multitudinaria asistencia a la festividad con venta indiscriminada de alcohol y plástico en los artículos a ofrendar, no se condicen ni con los valores de cuidado de la naturaleza propios de estas tradiciones religiosas, ni con las políticas públicas de protección ciudadana y ambiental que el país viene impulsando.
Porque, además después la culpa es siempre de los “macumberos”.Y si permitimos que siga sucediendo van a tener razón; pues se mezcla todo y es un caos. Quedamos como promotores de ebriedad y contaminadores de las aguas.
Es importante señalar que las religiones afroumbandistas y afines no promueven doctrinariamente el uso de materiales contaminantes en las ofrendas, y existe una creciente conciencia dentro de las propias comunidades religiosas sobre la necesidad de realizar prácticas rituales responsables y respetuosas del medio ambiente, siempre preservando la esencia e identidad del rito.
Por ello, el abordaje de esta problemática no debe ser punitivo ni restrictivo, sino educativo, preventivo y más que nada participativo. En ese sentido, se entiende necesario que los organismos competentes -en coordinación con la Intendencia de Montevideo, los ministerios correspondientes y las organizaciones religiosas- evalúen mecanismos pedagógicos y de sensibilización, tanto para fieles como para vendedores, que promuevan: el respeto a la normativa sobre venta de alcohol y protección de menores, la reducción progresiva de materiales contaminantes en las ofrendas y puestos de venta temáticos, el uso de elementos biodegradables o simbólicos, y el cuidado del espacio costero como bien común.
Todo ello debe realizarse sin invadir ni afectar la libertad de la fiesta, evitando estigmatizaciones y reconociendo el valor cultural, religioso y social de esta celebración, que es también una expresión viva de la diversidad y la historia afrodescendiente en el Uruguay.
La Fiesta de Iemanjá puede y debe seguir siendo un espacio de fe, encuentro y alegría, compatible con el cuidado del ambiente, la protección de derechos y la convivencia ciudadana. Para ello, el diálogo, la educación y la articulación institucional resultan herramientas fundamentales.
Independientemente de quien aborde el tema con dimensión pública, el beneficio será colectivo y se origina en el amor y respeto a la herencia milenaria ancestral africana e indígena, patrimonio espiritual histórico a preservar porque es legado.
Tenemos tiempo y estamos a tiempo de tomar conciencia comunitaria en pro de la convivencia.
Somos memoria, somos identidad, somos resistencia, diversidad y fraternidad.
Honremos la Vida. Axé.
Por Susana Andrade