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Editorial

Una vez más, hay que defender a los condenados a muerte

Por Alberto Grille.

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Caras y Caretas Diario

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El programa Santo y Seña del domingo pasado, en Canal 4, que conduce Ignacio Álvarez, me empuja a escribir esta nota. No me refiero a él como el periodista Ignacio Álvarez porque no se trata de un periodista, sino de showman, un personaje patético que ha construido su fama con la misma moral de un sicario, alimentándose de la carroña, sin pudor, pisoteando el honor de las personas, sin respeto por el semejante. sean su familiares cercanos, su amigos, su compañera sexual de turno o su adversario.

Yo creo que Ignacio Álvarez no vale ni la décima parte de lo que pesa y construye su poder enroscado en un nudo de jueces, políticos, abogados y fiscales, los servicios de inteligencia de la Policía y una corte de periodistas mamaderas y algunos auspiciantes fieles que le han llenado los bolsillos pagando sus servicios profesionales por el trabajo de poner una lápida a gente honesta aprovechando la sed de sangre de su público, ávido de sacrificios.

La última víctima es Nicolás Cendoya, un abogado de izquierda, honesto, muy competente, limpio, con los bolsillos vacíos y que, respetando el marco jurídico vigente, hizo cumplir la ley haciendo las cosas muy bien en Ursec, haciendo cumplir la ley a los poderes hegemónicos que hoy lo quieren cocinar a la parrilla.

No escribo solamente para criticar una manera de exponer los hechos que están al borde o fuera de la ley. Para eso no escribiría ni una letra porque este señor goza de impunidad. Tampoco voy a contar historias que conozco, de cómo los dueños de radio Sarandí se sacaron de arriba un personaje que era una vergüenza, tocándole el bolsillo, sabiendo que no resistiría el golpe en su órgano más sensible. Una víctima de sus andanzas se preguntaba, hace unos años, cuánto valía la conciencia de este personaje. Le respondí recordando una solfa de un viejo pasquín que se llamaba La Escoba: “La basura que se barre no deja de ser basura y, aunque por los aires suba, basura será en el aire”.

Dije que de Álvarez no quería hablar, aunque fue el programa Santo y Seña el que me impulsó a escribir estas líneas.

Fue la manera en que dibujó los hechos lo que me impulsa, la forma en que ensució a las personas indagadas en las investigaciones, a quienes culpabilizó y criminalizó, la manera en que cazó brujas entre los fiscales, agravió al Poder Judicial, uso su poder mediático para arruinar una vida y tal vez más de una, se propuso condicionar el accionar de los magistrados y se benefició de la ruindad de quien lo denunció -confío en que no fue mi amigo Jorge Barrera-, que le entregó una fracción de la documentación confidencial de la que disponían las partes, lo que constituye un delito que debería ser investigado por la fiscalía y, eventualmente, castigados los responsables.

No voy a hablar más de Ignacio Álvarez, a quien detesto. Voy a hacerlo de una persona en la que quiero creer, por él, por su familia, por sus amigos, porque representa una institución prestigiosa que, por supuesto está compuesta por hombres y mujeres falibles. Es el fiscal Diego Pérez, del que me dicen que es muy competente y recto.

Conste que desconfío de la Justicia como desconfían quienes piensan un poquito. Incluso los que, como yo, no son muy inteligentes, pero saben de los lazos que vinculan a la política, las agencias de inteligencia nacionales y extranjeras y los poderes fácticos con la Justicia. Si lo que me dicen quienes lo conocen, es verdad, Diego Pérez equivocó o se enredó o se dejó enredar y ahora no sabe salir del molote que armó.

Como mal pescador que es, se le entreveraron las pialas.

Diego Pérez le quiere pasar el mochuelo a otro juez porque no quiere formalizar a Nicolás Cendoya porque no ha encontrado ningún delito, ni dolo, ni causa penal sostenible alguna, ni pruebas ni evidencias. Sí, acaso, una eventual “apariencia debida” de una infracción penal que no tiene límites precisos y que ha servido siempre para un lavado y un fregado, muchas veces para lucimiento de un juez y para escarnio de un inocente.

Pérez no encontró ninguna víctima, ni móvil ni oportunidad y, por tanto, por más que Diego Pérez escriba tres kilos de papel en un expediente, no tendrá argumentos para seguir adelante. Se encuentra con una situación ingrata, que provoca insomnio en los investigadores de la ley y el orden, investiga un crimen, pero no hay muerto, ni culpable, ni móvil ni arma homicida. “Dónde está el muerto. Yo no lo sé, tiene que estar, pero no se ve”, decía una murga en un carnaval de hace casi un siglo.

Tal vez Pérez quiera hacer justicia, pero no debió prestarse a que se operara política y mediáticamente con su propósito, no debió dejar que los medios hegemónicos montaran con sus filtraciones un relato que condenaba a Cendoya y que le privaba de una mirada justa y equilibrada como merece encontrar cada ciudadano en un fiscal que debe hacer que la investigación respete los derechos de un ciudadano cualquiera en un juicio justo e imparcial.

Al fiscal se le fue la mano desde el vamos. Allanó el domicilio de Cendoya- pocos minutos después de que por El Observador, Cendoya se enterara de que iba a ser investigado por una denuncia de la Dra. Mercedes Aramendia, una reciente Presidenta de Ursec, vinculada profesionalmente con una multinacional privada, denuncia en la que invocó el nombre del directorio de Ursec sin sustento institucional y sin autorización del organismo.

Sin una causa contra él, aceptando una denuncia de dudosa legitimidad  le secuestró papeles y soportes digitales, le incautó los celulares y le entregó a la inteligencia policial su contenido, violando el secreto profesional de un abogado que hubiera podido mantener con sus clientes todas las conversaciones confidenciales que hubiera necesitado y que nada tenían que ver con la causa con la que se le indagaría.

Le trató como un delincuente, lo interrogó como a un culpable, le ocultó la verdad, a él y a sus abogados, permitió que los denunciantes le entregaran a Ignacio Álvarez documentación secreta sin investigar ni denunciar la filtración de información confidencial, lo que constituye un delito.

Es más, Ignacio Álvarez mostró a los televidentes unas tiritas de papel presuntamente reconstruidas, que, si no eran puro humo, ni siquiera están en el mencionado expediente y que, si son verdaderas, solamente pueden haber sido proporcionadas por los servicios de inteligencia policiales o la propia Ursec. También esto la fiscalía debería investigar y no lo ha hecho.

En realidad, Pérez se apresta a mantener sin resolución una denuncia penal y de esta manera posterga indefinidamente la designación de Cendoya para el directorio de un ente autónomo. Como no se atreve a formalizarlo, se conforma con evitar que sea nombrado para el directorio de Antel y así cree que representa el interés del Estado.

Se vuelve evidente que es una maniobra política y, además, bastante antidemocrática.

Supongamos que todo esto sea causado por una personalidad peculiar, por el carácter de un justiciero empeñado en demostrar que el alma de cualquiera está podrida y que su propósito en el mundo es hacer justicia. Descartemos intereses espurios que explicarían su exposición mediática de los últimos meses, absolutamente inusual en un fiscal de flagrancia. Creamos en él, en su buena fe, admitamos que no hay motivaciones políticas ni personales. Entonces, ¿por qué no lo formaliza a Nicolás Cendoya? El daño ya está hecho y a Diego Pérez le llegó la hora de ir para adelante. Si hay un eventual delito, formalícelo, busque algo que lo inculpe, pero hágalo y termine este asunto. No debiera sacarle la cola a la jeringa porque, si bien puede estar haciendo méritos para un ascenso, lo está haciendo a un costo muy alto.

A manera de Epílogo

El llamado caso Cendoya deja al Frente Amplio desnudo. La fuerza política tiene un complejo panorama y no se atreve a defender a un compañero. Es más, se corre el rumor de que, al final, el Frente Amplio aceptaría sustituir a Cendoya y propondría a otro para el directorio de Antel. A mí me da vergüenza; Cendoya no metió la mano en la lata, ni la pata. Por supuesto nadie lo acusa de lo primero y tampoco de lo segundo. No debería dejarse que el gobierno disponga quien no puede ir al directorio de Antel. Si no hay director de la oposición, no va a pasar nada. Si se renuncia a sostener a Cendoya por un cargo en la administración pública, si se pierden, credibilidad, confianza y principios. El gobierno hará en Antel lo que quiera hacer o lo que pueda hacer, independientemente de que haya o no representación de la oposición. Algunos frenteamplistas, tal vez muchos, tal vez pocos, estamos dispuestos a defender a Cendoya porque creemos que defenderlo es defender al Frente Amplio y Antel.