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Villarreal Durán: “Cuando un discurso es relato de guerra, se habla del enemigo”

Reflexiones filosóficas con el exsecretario de Derechos Humanos de Presidencia, Nelson Villarreal Durán.

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Por Alfredo Percovich

En tiempos en que todos somos sospechosos de algo, el miedo a lo desconocido gana terreno y, por cierto, escasean las certezas. Si a eso le agregamos el rol que desempeñan las redes sociales -ese terreno fértil para el odio, la banalización de las ideologías y el desprecio por la inteligencia-, se necesita más que nunca salir a dar la batalla por las ideas. Pelear el relato del presente, ese que se pretende imponer de manera irreversible, hegemónica y terminante. El capital salvará al mundo, dicen. La riqueza todo lo puede y ellos saben cómo hacerlo. Sin embargo, filósofos, historiadores, pensadores y analistas advierten sobre las nefastas consecuencias de dar por válidas las fórmulas neoliberales y “unidimensionales” para la construcción de sociedades mejores. En nuestro país y en clave de conversatorio de ideas, el filósofo y exsecretario de Derechos Humanos de Presidencia, Nelson Villarreal Durán, analizó para Caras y Caretas los escenarios posibles y advirtió que se avizoran tendencias «fuertemente negativas que nos desencadenarán en sociedades disciplinadas, controladas y autoritarias». Modificarlo «dependerá también de cómo vivimos y decidimos en la pandemia”.

Villarreal Durán sostiene que estamos atravesando un momento «dilemático», un cambio a la vez de época y geopolítico, «la primera pandemia globalizada” en la historia de la humanidad no solo por lo sanitario sino por la vivencia subjetiva y las decisiones que se van tomando sincrónicamente entre los países. Esta situación desencadena inevitablemente una dinámica unidimensional que hace perder la perspectiva de lo integral en la tensión que desencadena la crisis por el coronavirus. Pero en gran medida agudiza tendencias que ya estaban presentes en lo positivo como en lo negativo.

El conflicto y la contradicción es parte de la historia humana, hoy quizás estamos llegando al fin de la modernidad, período centrado en la racionalidad instrumental, la cultura europea y la fase de globalización. Ciclo que venía cuestionado por la aceleración de las desigualdades, de la crisis climática, por el deterioro de la democracia, de gran movilidad humana y migratoria, de transformaciones científicas y tecnológicas que impactan en las formas de las subjetividades, las redes sociales, las formas del empleo y la acumulación y distribución del capital que se genera de forma ilógica en lo que gana un jugador de fútbol o una maestra o un médico.

Se llega así a la conciencia de que la historia no es lineal y que no necesariamente el progreso es para mejorar la humanidad. Se cae en la sensación del eterno retorno de lo negativo, de lo que se creía superado. Pero la historia y la realidad son más que la ingenuidad de lo lineal o el pesimismo del eterno retorno, son un espiral ascendente en que la humanidad en sus recodos o bien dirime lo que la humaniza o cae en la deshumanización. Hoy estamos en uno de esos recodos y distintos pensadores y pensadoras plantean que de la forma en la que se resuelva esta coyuntura actual será el mundo que vendrá. La última palabra no está dicha, pero hay tendencias fuertemente negativas que indican que nos desencadenarán en sociedades disciplinadas controladas y autoritarias. Asimismo, es probable que se retome un rol rector del Estado frente al mercado para dar respuesta a temas sanitarios y de mínimos sociales, lo que es un valor, pero con grandes déficits democráticos en la forma en la que se desarrolle.

En nuestro país conviven diversos niveles que se superponen. El Estado tiene capacidades instaladas y políticas abarcativas luego de 15 años de gobiernos del Frente Amplio (FA) y una historia de casi un siglo de construcción de Estado social que se deterioró en la segunda mitad del siglo XX. Son estas capacidades instaladas las que le permiten al actual gobierno implementar decisiones en salud, educación, protección social y conectividad, entre otras. Por otra parte existen las tendencias de un sector privado reacio a asumir responsabilidades estructurales, con algunos oportunistas que ven en la crisis la condiciones de obtener réditos y sin escrúpulos manejan artículos de primera necesidad, sanitarios o de alimentación para tener réditos circunstanciales. Asimismo, hay sectores que solo perciben la respuesta a las consecuencias socioeconómicas a la crisis como compensatorias y puntuales, perdiendo la comprensión de lo devastadora que se transforma la pérdida de ingresos en núcleos familiares sin ahorros ni infraestructura.

Por otro lado, el movimiento social y el Pit-Cnt -que está visibilizado por el actual gobierno como el gran cuestionador de las políticas y sus insuficiencias ante la crisis que estamos viviendo- se posicionan buscando mantener su histórica capacidad de involucramiento y participación. Hay otro aspecto a tener en cuenta y es la unidimensionalidad del control social que provoca el recluirse en casa y la pretensión de ver todo cuestionamiento como si fueran trabas a la forma en la que se sale de la crisis. Parece absolutamente desmedida la reacción que hubo a nivel discursivo contra el caceroleo y eso solo amplía la brecha entre uruguayos.

A la vez, en los barrios y distintas localidades han surgido ollas populares que se transforman en una solidaridad activa y compensatoria de lo que el gobierno no ha podido responder de forma rápida y eficiente. Creo que la cooperación adquiere dos aspectos claros, el asumir las responsabilidades de cuidarse para cuidar desde una política que ha apelado a la voluntad, no dejando claras las normas en la movilidad. Hay una cooperación que podríamos llamar ‘egoísta’ y que ve solo la ayuda como consecuencia de cumplir las normas. Es la normativización y disciplinamiento lo que se privilegia. Este ‘egoísmo’ es promovido sobre la convocatoria a las responsabilidades personales; se deja el ser político al gobierno y solo se dan apoyos de tipo emocional, como los aplausos. Por otro lado, hay una cooperación como solidaridad que se hace cargo no solo de quienes quedan en mayor vulnerabilidad, sino en la conciencia crítica del compromiso activo de las organizaciones sociales. Como planteamos en las actividades que desarrollamos en el colectivo de Educadores de la Ciudad de la Costa, son a la vez “el pan y las rosas”, la solidaridad debe apoyar en la comida como en la cultura y la conciencia social. Por eso lo que hablábamos al comienzo, las subjetividades están cambiando rápidamente y no queda claro qué es lo que se consolidará como tendencia mayoritaria, si la empatía social para lo inclusivo e igualitario o una fragmentación que termine viendo en las otredades un peligro a la sobrevivencia y, por tanto, que refuerce el miedo ligado a otras inseguridades que se dinamizan con varias violencias ya existentes en lo intrafamiliar, entre vecinos o vínculos con espacios sanitarios que se amplifican».

 

Nosotros y los miedos

Por estos días, se ha percibido mayor presencia del aparato represivo en espacios públicos en clave disuasoria y ante la exhortación a quedarse en casa. Consultado si este proceso es parte de la lógica del gobierno para satisfacer un reclamo de mayor seguridad y hasta la militarización de las calles, Villarreal Durán sostuvo que la sociedad y la dinámica política ya venían en una tendencia de abordar fragmentariamente el tema de las violencias e inseguridades. «Fue eje de campaña electoral y más de un 40% de la población apoyó una reforma que se centra en la pérdida de la libertad. La tendencia a no visibilizar el tema de la seguridad como una condición humana integral, sino atada más a los atentados a la propiedad y la delincuencia de robos y rapiñas, o aislando el tema de la violencia contra las mujeres como un tema focalizado y desvinculado de una estructura cultural. Se pierden los datos de que la mayor violencia es el suicidio, el tránsito, la violencia intrafamiliar, las vulnerabilidades en las que están sectores sociales desprotegidos por diversas razones. Esta disociación es potenciada por un gobierno que no logra reconocer y asumir cuáles son las raíces de las violencias y qué mecanismos fragmentados agudizan la dinámica de control social, el disciplinamiento y finalmente de valoración de los órganos represivos de la represión del Estado, y aún más, confundiendo los roles de los militares con la Policía. La crisis de coronavirus agudizó subjetividades centradas en el miedo, pero los espacios privados son más peligrosos que los públicos».

 

El discurso del odio

En relación a los furibundos ataques en las redes sociales al movimiento sindical y el creciente fenómeno del discurso del odio, Villarreal afirmó que hay muchos factores que explican que en los últimos años se haya amplificado este fenómeno. «Cuando el discurso de cuidados pasa a ser relato de guerra, se comienzan a identificar enemigos, primero es la propia pandemia y el virus, luego los irresponsables, los portadores, los que no tienen recursos para sostenerse, los que actúan en niveles de riesgo, los que cuestionan que está bien lo que hace el gobierno pero es insuficiente. Los que plantean la centralidad de la salud como un bien ético y no económico».

En relación a las tensiones y linchamientos virtuales, dijo que la filosofía intenta aportar espacios reflexivos para generar conciencia crítica del tiempo que se vive.

«Desde la perspectiva de la filosofía -como comprensión dialógica de la realidad y el pensamiento en alteridad de los procesos que nos interpelan-, este es un momento privilegiado para instalar dinámicas reflexivas y de análisis que nos saquen de las posiciones o visiones cíclopes. Los diversos aportes de filósofos contemporáneos colaboran en ese sentido y es necesario instalar en la cotidianidad la práctica y ejercicio reflexivo y analítico para generar conciencia crítica. Pero la filosofía no se debe quedar solamente en el análisis de cómo se perciben las contradicciones, el ser de los hechos y el deber ser a partir de los escenarios que se abren. Plantearía también el desafío existencial que implica la relatividad de la vida, ya no solo ligada a las múltiples vulnerabilidades, exclusiones y pobrezas que existían, sino a la idea misma de bienestar y recursos. Por otra parte, la tendencia al encierro y la seguridad de la vida hace perder la perspectiva de que el verdadero dilema de la existencia humana no es cómo no morimos, sino de qué forma ejercemos la libertad y ello no solo desde la singularidad, sino desde el ser social. El dilema de cómo nos hacemos libres remite al ejercicio de la ética y la política, como del sentido de la existencia. Es en los tres aspectos que la filosofía debería aportar junto al análisis crítico de lo que sucede y podría suceder para la humanidad, la especie y el planeta.

 

El día después

Una de las interrogantes que están planteadas en esta cuasi detención del planeta refiere a cómo será el día después y qué cambios posibles provocará esta pandemia del siglo XXI en la humanidad.

Para Villarreal, lo que estamos viviendo tiene puntos de contacto con el filme Matrix. «No sabemos cuál es la realidad; lo que sí ya se puede visualizar son tendencias que instalan lo que podrían ser escenarios de distopías, es decir, que todas las decisiones que se están tomando hoy, que son de control para poder enfrentar la pandemia, refuerzan todos los mecanismos que son desmovilizadores, por más que el aspecto virtual o las redes virtuales nos hacen creer que estamos participando. Y esto está bueno porque también pone bajo sospecha la idea que teníamos que a través de las redes se podía incidir en determinadas cosas, que por ahí sí se incide, pero no en todas y tal como creemos. Por tanto, estamos ante escenarios que al reforzar el disciplinamiento, también van generando el virus de la impunidad. Hoy se está tomando una multiplicidad de decisiones en distintos países del mundo; en muchos de ellos, lo que se está haciendo es reforzar las formas dictatoriales, autoritarias, dando cabida a los mecanismos que refuerzan las estructuras de poder vigentes. Por tanto, deberíamos tener en cuenta que si estos escenarios se terminan consolidando, tendremos en la inmediatez fenómenos autoritarios de distinto nivel, mediatizados por las estructuras democráticas formales. Por tanto, ahí creo que es fundamental entender cómo se está percibiendo lo que se refuerza y cómo y qué decisiones se toman hoy. A la vez, en esta cuestión dialéctica de los procesos históricos, está emergiendo un conjunto de redes que se resisten a la unidimensionalidad, se resisten a un mundo que transite hacia la desigualdad estructural ya consolidada, hacia las formas más trágicas de dominación que quizás el propio miedo generado por la dinámica de la lucha contra el coronavirus lo habilite de forma más concreta.

A la vez, las semillas o la acumulación histórica por la emancipación, por la capacidad humana de la autonomía crítica a favor de una convivencia que le permita a la humanidad transformar sus estructuras a favor de todos los pueblos va a mantener, si se quiere, una contradicción relativa a ejes tales como el cambio climático, el tema del rol de las tecnologías, la condición de la subsistencia y ahí entra el tema de las rentas básicas o los mínimos sociales, el reenfocar el desarrollo en función de los derechos económicos, sociales y culturales y ambientales. Es decir, que los escenarios que se ven hacia el futuro aún son tan contradictorios por la propia dinámica de que las decisiones que se están tomando, las explícitas, tienden al cuidado, tienden al cómo nos protegemos y en cómo nos hacemos cargo. Sin embargo, hay otras que son implícitas, que tienden a reforzar el control, el autoritarismo, el disciplinamiento, la no empatía y el aislamiento. Habrá que ver, en esa contradicción de tendencias, qué mundo se va a instalar.

Por tanto, yo, que soy genéticamente optimista, tengo que asumir que no estamos ante los mejores escenarios, al menos en el mediano plazo, que mejoren al mundo en que veníamos y en el que estamos viviendo. Probablemente muchos aspectos empeoren, pero también quizás queden evidenciadas las contradicciones y eso permita en el mediano o largo plazo un cambio de paradigmas de convivencia en favor de humanizarnos».

 

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