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Virus, libertad y después

Por Marcia Collazo.

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En la novela de la vida, en plena dictadura de Pinochet, los estudiantes de la Facultad de Derecho de Valparaíso desplegaron una gran pancarta en el salón de conferencias: “Bienvenido profesor Bobbio: los que luchan por la democracia y la libertad lo saludan”. Sucedió en 1986, en medio de la feroz vigilancia militar que chilenos armados ejercían contra su propio pueblo, y Bobbio insistió en sacarse una fotografía junto a la pancarta. Un mes después publicó, en el diario La Stampa de Torino, Italia, un artículo alusivo a su viaje a Chile, que tituló “Aplausos a la libertad”.

En la novela de la vida, son estas anécdotas humanas las que nos pintan a los personajes de la historia, a los miserables (dictadores, asesinos, mentirosos y estafadores varios) y a los luminosos, esos que de los modos más diversos han sabido jugarse el pellejo en pos del bien, de la razón y la justicia. Norberto Bobbio lo hizo a través de sus teorías iusfilosóficas, por las que contribuyó a esclarecer los alcances de algunos conceptos, como libertad y democracia. La libertad es una de esas palabras mágicas que, por su extraordinaria carga de seducción, nunca dejan indiferente a nadie, y por eso los políticos suelen echar mano de ella a la hora de desplegar su retórica, casi siempre vacía, manipuladora y cargada de intereses espurios. Pero la libertad no es retórica al uso al servicio de los ambiciosos de turno. Hay que creer o no creer en ella. Y por eso cuando Bobbio habla de aplaudir a la libertad (él, que ha estudiado el concepto como pocos en la iusfilosofía contemporánea) comienza por separarla de aquellas motivaciones mezquinas, puesto que, como dice John Stuart Mill, “una persona con una creencia representa una fuerza social equivalente a la de noventa y nueve personas que sólo se mueven por interés”.

En estos días en que el coronavirus ha vuelto a azotar a la población uruguaya, es inevitable recordar la inefable frasecita del presidente de la república sobre la libertad responsable. No hay más remedio que recordarla, ya que el Comité de Emergencia de Sarandí del Yi levantó hace pocos días las medidas contra el coronavirus porque, al parecer, “no hay voluntad de la población”, e insistió en aquello de la libertad responsable: “Queda a la responsabilidad de cada persona cumplir con las medidas sanitarias establecidas a nivel nacional y el cuidado de su salud”. ¿No es por lo menos contradictoria esta situación? Por un lado la falta de voluntad. Por el otro la apelación a la nada. ¿No roza acaso el absurdo de la vacua retórica a que nos referíamos antes? El sonsonete de la libertad responsable se sigue repitiendo, como un eco del disparate. Como si pudiera representar alguna cosa, un contenido mínimo de racionalidad, un principio de conducta metódica, una forma de organización. No es nada de eso. No existe. Integra el elenco de las frases huecas que no apelan siquiera a lo obvio, o a lo bonito, o a lo popular, sino a la confusión mediática.

El ejemplo perfecto es el de la libertad responsable, aplicado ahora a Sarandí del Yi, pero que puede ser extendido sin hesitación al resto del país. Sin embargo, si no hay voluntad de la población para cumplir con medidas de prevención elementales frente al avance arrollador de la pandemia, ¿puede hablarse todavía de libertad responsable? Es como creer que la humanidad es buena a pesar de todo y que algún día llegará la paz mundial, pero creerlo sin hacer nada, sentado frente al televisor, sin mover un solo dedo en esa dirección, o peor aún, creerlo mientras se ejercen conductas de abuso y de inequidad, y entonces, ¿dónde radica la mínima seguridad jurídica de que cada quien actuará libremente y en el marco de su responsabilidad individual? ¿Qué sería, en este caso, la responsabilidad individual? ¿Dónde quedan las leyes en ese proceso? ¿Hay que obedecer a la ley o a ese concepto perverso de la libertad responsable, que parece salido de un mal anuncio publicitario? Todos sabemos que la improbable libertad responsable no fue la que hizo retroceder al virus en su momento. Fue la vacunación. La libertad responsable fracasó de punta a punta, y la razón de su fracaso es, sencillamente, su vaciedad y su intención puramente retórica. Será por eso que, para Bobbio, es necesario combinar la libertad individual con una participación igualitaria de todos en los beneficios del esfuerzo colectivo.

Para Bobbio hay una conexión indisoluble entre la libertad y la igualdad, estrechamente ligadas a la democracia como forma de gobierno. La cuestión es saber cuánta libertad y cuánta igualdad es capaz de proveer la democracia a las sociedades que han elegido tal régimen político. Hasta ahora, en Uruguay, solo se ha hablado de libertad, mientras que la igualdad pasó a ser una mala palabra. A nadie se le ha ocurrido que la libertad responsable, de existir, pudiera ser un concepto relativo a la comunidad entera, basado en la igualdad de trato y en la igualdad de condiciones para cumplirlo. Y es ahí cuando aparece la necesidad de un orden, de una organización, de un procedimiento y de unas formas, a riesgo de que la libertad se convierta en el atributo de unos pocos, los que pueden evitar subirse a los ómnibus, por ejemplo, o trabajar en lugares atestados de público. La democracia supone implementar un conjunto de reglas y de procedimientos que permitan adoptar decisiones colectivas en favor de esa misma democracia; decisiones que resulten buenas para todos y vinculantes para todos. Esa es en el fondo la verdadera y única responsabilidad, empezando por las cúpulas del gobierno, que-no-toma-medidas-porque-al-no-tomar-medidas-está-tomando-medidas. Tales decisiones, según Bobbio, no se adoptan por capricho, sino “a objeto de proveer a la propia supervivencia”.

La libertad responsable, tal como ha sido enfocada en Uruguay, es vacía y frívola, además de injusta y, por qué no, teñida de cinismo. Una mera invocación lanzada al éter. Para que funcione (vuelvo a Sarandí del Yi) se necesitan decisiones orientadas hacia todos, decisiones colectivas que los individuos no pueden tomar en forma aislada. ¿Quién toma esas decisiones? ¿Quién está a cargo? ¿A quién hemos delegado la tarea de que nos represente? Mientras el gobierno hace gárgaras con las frases huecas (mi tía decía “mucho gre gre para decir Gregorio), la variante ómicron arrasa en el país, y sus consecuencias no se limitan a la muerte. Ocasiona un sinnúmero de males, provoca el colapso de ciertos sectores del sistema sanitario, obstaculiza gravemente el flujo del turismo (única preocupación de este gobierno), de la administración pública, del aparato policial y judicial, y vuelve a perjudicar a la cultura. Lo hará de todos modos, con o sin medidas de aforo, durante lo que resta del verano, especialmente en relación al carnaval.

No hay duda. “Libertad” es una gran palabra que aparece con frecuencia en las obras y discursos de filósofos, intelectuales y políticos. Alf Ross, jurista escandinavo, dice que “difícilmente haya otra palabra utilizada tan extravagantemente, tan ensalzada y loada, pero que al mismo tiempo sea tan carente de un significado claro y preciso”. Y agrega que “libertad es una de esas palabras sonoras cargadas de sugestión, a las que se recurre más bien para despertar sentimientos en el ánimo que pensamientos en la cabeza”. No cabe duda de que, hoy por hoy, sus palabras están resultando proféticas. De eso se trata, al parecer. De evitar que los pensamientos, esos aleteos indecentes de la razón humana, se pongan a rondar las cabezas. Habrá que echarles insecticida.

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