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Y todavía #NosFaltan43

Por Celsa Puente.

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Es increíble la facilidad con la que podemos pasar los seres humanos de un estado espiritual a otro completamente opuesto en un brevísimo tiempo. Es que en el fondo, la vida es eso, un collar de cuentas de colores teñidas cada una con sentimientos diversos que se van sucediendo sin que podamos controlarlo.

El 27 de setiembre fue un día incalificable para mí. Protagonicé desde el atardecer la alegría inmensa de vivir en un país que celebra la diversidad y la expresa como un ejercicio de libertad y de genuina democracia, una delicia al paladar de quien concibe el mundo como un escenario vital para todes. Sin embargo, no pude evitar sentir durante todo el día el dolor de la herida producida hace cinco años en la misma fecha -la noche y madrugada entre el 26 y el 27 de setiembre- en Ayotzinapa, México. Algo que no ocurrió solo allí, que nos ocurrió a todos, que le ocurrió a la humanidad.

Y es que todavía #NosFaltan43. Cuarenta y tres vidas jóvenes con risas posibles, con abrazos disponibles, con palabras no dichas, con sueños sin cumplir. Cuarenta y tres estudiantes de Magisterio que diseñaron en sus cabezas una vida de donación a otros -eso es la docencia, en definitiva- y que un contingente de desalmados borró de la faz de la tierra, a esta altura de los hechos, presumiblemente para siempre.

Son cuarenta y tres vidas desaparecidas por un estado responsable que “plantó” pruebas ficticias y ocultó otras evidencias. Un Estado “descompuesto”, permeado por el crimen organizado, del cual este hecho terrible es solo una de sus consecuencias más visibles, además de tremendamente doloroso y profundamente vergonzante para todos los humanos. Es también expresión de la banalización del mal, aquel concepto que la filósofa Hannah Arendt acuñó en su tiempo para explicar cómo algunos humanos pueden matar, torturar y “desaparecer” a sus semejantes como si se tratara de un trámite, sin cargas emocionales.

El caso tomó dimensiones especiales y no pudo quedar como un caso más. Hubo una portentosa manifestación el 20 de noviembre de 2014 en la que, en simultáneo, en varias ciudades mexicanas la gente salió a la calle. En Ciudad de México la manifestación fue masiva e impactante, indicando al hasta ese momento presidente Peña Nieto por su complicidad, su silencio, su indolencia. Las pancartas denunciaban: “¡Fue el Estado!”; “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”; “¿Qué cosecha un país que siembra muertos?”; “¿Por quién hablará mi espíritu si están matando a mi raza?”; “¿Por qué nos asesinan si somos la esperanza de América Latina?”.

El movimiento superó las fronteras de México y generó movilizaciones en varios países de todo el mundo, como España, Holanda, Alemania. Se sumaron también las reacciones de íconos de la cultura y el arte, como nuestro Eduardo Galeano, Elena Poniatowska, Emir Sader, Rubén Blades, René Pérez Residente, el cantante de Calle 13, quien, además, a la hora de recibir el Grammy latino en el año 2014 dedicó unas palabras al recuerdo de estos jóvenes desaparecidos, afirmando que la desgracia de los ocurrido en Ayotzinapa va más allá de México, de la política  y que “trasciende los derechos humanos”. Los artistas callejeros, las bordadoras, los pintores y cantantes siguen alzando la voz cada día para visibilizar y apoyar a las familias en la búsqueda de la verdad y la justicia.

Lo cierto parecería ser que estos jóvenes fueron detenidos por las fuerzas policiales y entregados a uno de los grupos del crimen organizado que parece tener en México una inusitada fama: los Guerreros Unidos. No es un hecho aislado, aunque este caso haya tomado dimensiones que superaron las fronteras. Al decir de expertos en el abordaje de temas de derechos humanos, México es un país plagado de fosas con personas que fueron asesinadas, muchas de las que continúan siendo buscadas por sus familias y lo terrible es la naturalización de la muerte o las desapariciones forzadas por cuenta de las fuerzas del Estado, es decir que quien debe cuidar, daña, quien debe proteger, tortura y “desaparece” a sus semejantes. Una paradoja demasiado dolorosa como para no ponerle freno.

El gobierno de López Obrador (AMLO) tomó esta causa con fuerza y se reunió en varias oportunidades con las familias de estos jóvenes. Retomó a foja cero la investigación desde la certeza de que los cuatrocientos -sí, 400- volúmenes de documentación casi no tienen validez por el grado de simulación, falsedades y mentiras que los mismos contienen. Se organizó en acuerdo con la Comisión Interamericana de DDHH un grupo de trabajo para esclarecer la verdad, y hay algo de ilusión en estas madres y padres que corean los nombres de sus hijos, los números uno a uno hasta llegar a 43 y que terminan juntos, acompañándose, gritando “justicia”.

Parece que estos jóvenes, aspirantes a docentes, nos terminan enseñando que hay que indignarse sin cesar y sin olvido para que el mundo despierte del letargo y defendamos la vida como condición inclaudicable.

“Unas veces me siento / como pobre colina / y otras como montaña de cumbres repetidas. / Unas veces me siento / como un acantilado / y en otras como un cielo / azul pero lejano / A veces uno es / manantial entre rocas / y otras veces un árbol / con las últimas hojas”. Así lo expresa Benedetti en “Estados de ánimo”, así lo siento, como un remolino me golpea la alegría de la libertad de ser, de expresar, de sentir, como lo que viví el viernes pasado en la marcha celebrando la diversidad, y otras veces, casi en simultáneo, el dolor de vivir en un mundo donde, como dijo otro grande de nuestra literatura, Eduardo Galeano, algunos son “los nadies”, “los ningunos, los ninguneados […] que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local”. No los olvidemos.