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Columna destacada | Artigas | abuelo |

Un frontera

Artigas apasionado

Los 19 de junio coinciden en Uruguay el Día del Abuelo con la conmemoración del natalicio de Artigas.

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No sé a quién se le ocurrió la idea de hacerlos coincidir, pero tiene lo suyo.

Por un lado una fecha publicitada por la publicidad comercial justo antes de que llegue el invierno, para vender bufandas, guantes de abrigo, buzos de lana y, por otro, el cumpleaños del que antes llamábamos “el padre de la patria” y ahora lo asociamos al abuelo.

El asunto tiene su vuelta, digo, porque del Artigas en edad de padre sabemos bastante. Tenemos todo ese ideario que a mí me hace avergonzar por sentirme chauvinista. ¿Cómo hago para explicar que no lo soy y le discuto a cualquier individuo del planeta que el pensador político más libertario de la historia fue oriental del Uruguay?

Porque Artigas en las Instrucciones del año 13 fue Rousseau, Voltaire, Montesquieu, Thomas Paine y Diderot juntos, más el federalismo de los iroqueses y los charrúas, más la austeridad, la anarquía y el comunismo franciscano y el comunismo jesuita, todo llevado a una perfección democrática directa universal que hoy apenas nos es imposible imitar

Y fue además la integración de razas, naciones y hasta sistemas sociales y económicos en el reglamento del año 15. Pero... ¿y el abuelo Artigas?

A ver: Artigas no fue derrotado en 1820. En ese año perdió una batalla, la de Tacuarembó y un territorio, La Provincia Oriental. La guerra la perdió cincuenta años después, en Cerro Corá, con la muerte de Solano López. Entre el exilio paraguayo de Artigas, en 1820 y su muerte en la casa de los López en 1850, transcurrieron los 30 años del abuelo Artigas (entre sus 56 y sus 86 años), de los que sabemos muy poco.

Lo que sí sabemos es que a los emisarios más o menos indirectos del imperio inglés que fueron a buscarlo los escupió –es decir, los recibió, les dijo que no estaba en absoluto de acuerdo con ellos y que se quedaría en Paraguay– y sabemos que incidió ideológicamente en el gobierno del presidente Carlos López, que inició el desarrollo independiente de la mayor potencia americana del siglo XIX, Paraguay. Pero los documentos del abuelo Artigas en la parroquia de Ibaray y la parroquia misma fueron incendiados por los invasores, la ignominiosa “Triple Alianza”.

El año que viene, por primera vez, el día del abuelo va a ser también mío, albricias; aunque mi viejo detestaba las fechas comerciales y se las fumaba discreto, y pienso que tenía razón, yo voy a festejarla, pero el 19 de junio siempre es el de la jura de la bandera por escolares y liceales (a excepción de 2020 y 2021, cuando, a causa de la pandemia, se trasladó para el 23 de setiembre, día de la muerte de Artigas). Recuerdo que al jurarla de liceal, ya sentía que la mía es la de Artigas y la de Artigas es la de la diagonal roja, que en la versión más poética del motivo de su diseño es una bandada de churrinches atravesando el cielo.

En un libro para niños, El abuelo más loco del mundo, de Roy Berocay, que mi hija, cuando tenía diez u once años, me hizo leer y además me llevó a ver la obra de teatro que montó Alberto Restuccia basada en ese libro, aparte de sus virtudes específicas de literatura y teatro, ese abuelo liberal, idealista tozudo, no dejó de ser una buena proyección mitológica de nuestra historia. El de Berocay es un viejo jipillo, pero ni al flower power ni al mayo francés se les ocurrió definirse por "la libertad en toda su extensión imaginable". ¡Qué lo parió, Mendieta!

El abuelo Artigas tiene hoy lo que podríamos llamar "el prestigio de un 'frontera'". He leído el Artigas de Barreiro y el de Monterroso (sus cartas y sus escritos), el de Jesualdo, el de Zorrilla, el de Sala de Tourón, Fernández y Rodríguez, el de Melogno, el de Reyes Abaddie, el de Maggi, el de Caula, el de Abella, el de Ribeiro, el de Cayota, el de Marcia Collazo y unos cuantos más. Los he leído y he sacado en conclusión que nuestro prócer era un genio, de una inteligencia extraordinaria, un adelantado a cualquiera época, un fenómeno... ¡Pero estaba loco mismo, andaba sacadísimo ese tipo, vo! Sus enemigos le llamaban “autómata” y con argumentos pragmáticos de indudable actualidad. Para resumir en clave sarcástica: tacticista Artigas no era.

Le cabe a nuestro caudillo el obituario que Zum Felde dedicó a Herrera y Reissig en el entierro del poeta. “Si todos nosotros nos fuéramos de aquí, él no quedaría más solo de lo que está, porque pertenece por completo a la posteridad”.

Artigas no contemporizaba. Así de simple. Por eso sigue vivo. “Contemporizar es la muerte”, decía Lenin.

Lenin sí contemporizó. Fue muy político. Pero Artigas ni ahí. Artigas se mandó de una. Pa’trás, ni pa’tomar impulso.

Civilizados en la frontera

Ser un frontera –según Manolo Marinero– significa ser de un modo que le hace a uno vivir al límite. Voluntariamente, o instintivamente o irremediablemente. Por convicción y elección o por necesidad desesperada. Los fronteras van hasta el final de sus posibilidades. Generalmente son considerados personas que van al ataque, cuando en realidad lo que hacen es una defensa a ultranza de derechos y principios, de su vida, tal como la han encontrado por desdicha o tal como la han construido con esfuerzo, o de sus ilusiones.

El primer ejemplo de “frontera” es el apache Jerónimo y muy luego otros que también admiro: Dylan Thomas fue un frontera galés y Valle-Inclán un frontera gallego, celtas los dos. Ser frontera no es lo mismo que ser valiente ni que ser fuerte. Colón que era muy sagaz, calculador, ambicioso y valiente, no era un frontera, pero sus marineros, que no sabían si la Tierra era plana ni si el mar tenebroso se acababa en algún punto en catarata hacia el espacio, pasaron con seguridad bastantes de ellos un pánico atroz, pero eran fronteras.

Artigas era ilustrado, valiente y más frontera que ninguno.

Dicen que fue el fundador de la nacionalidad oriental. No sé. Pero de ahí a decir que fue el creador de nuestra identidad –que suena parecido y se confunde– hay que ponerse a buscar con lupa. ¿Qué tenemos en común los uruguayos con nuestro prócer?

Tenemos algo, sí, algo que destacó El Cuarteto de Nos con absoluto rigor histórico: a don Pepe Artigas –buen cristiano que no se creía Cristo y habrá sabido que para cada humano existe un pánico atroz y un mar tenebroso que se acaba en catarata hacia el espacio– le gustaba la ginebra, es cierto y fue un ilegal del pobrerío mismo por elección, el sujeto social de su revolución.

Se armó tremendo escándalo cuando los de El Cuarteto cantaron “El día que Artigas se emborrachó” (con ginebra). Decir eso era bajar al prócer del caballo, era sentarnos con él de frente y mano a compartir una botella. Cuando al piantado abuelo ese le hicimos tamaño monumento, con semejante pedestal, lo pusimos allá arriba, bien arriba, de un caballo bien alto –y hasta le elegimos un caballo árabe, más grande y más altivo que cualquiera de los que de verdad montó–, precisamente para poder pasar por debajo de él, del caballo y de sus principios, siempre.

Domenech diría que Artigas hacía patria practicando la endogamia porque “garchaba” (dijo Domenech en el Parlamento a propósito de “la endogamia”) con una prima, pero también practicaba la exogamia a troche y moche o al menos abundante (ver, de Marcia Collazo, Amores cimarrones, las mujeres de Artigas).

Mientras Carlos Maggi demostró la preponderante influencia charrúa en Artigas, esencia de su ideario y explicación de su poder, Mario Cayota, en un libro sobre Artigas, que le dedicó al hermano Jeremías de los Conventuales de la calle Canelones (a su hábito arremangado para pedalear su triciclo con sidecar, requechando para los pobres del barrio, con su sonrisa espléndida bajo el armazón antiguo de sus lentes de aumento y, entre las cosas que recaudaba en su peregrinar ciclístico, los domingos, infaltable en el sidecar, una pelota de cinco litros de tinto grignolino y una botella de vino de misa; la suya era toda sangre de Cristo), hizo algo bien distinto a la ecuanimidad científica. Negó casi todas las influencias que los autores liberales habían adjudicado a filósofos de la ilustración en el pensamiento artiguista para colocar en primerísimo plano los aportes del filósofo jesuita Francisco Suárez y los del fraile José Monterroso. Si Maggi fue la reivindicación de lo charrúa, Cayota lo fue de lo guaraní misionero, de lo jesuita y de lo franciscano, en definitiva, de lo católico en la doctrina de Artigas.

Cayota desnudó la politicidad de la historia. Y luego deshizo completamente la tesis de Ana Ribeiro de que la de Artigas no fue una revolución indigenista. Si hubo un solo indigenista entre los llamados libertadores de América, fue José Gervasio Artigas. Hubo uno solo (escrito sin mengua de fervor por los otros, Bolívar, San Martín...).

Artigas y Melchora

Pero Mario Cayota era nuestro embajador en el Vaticano e hizo, desde luego, sus trampas. Buen polemista habituado al debate político (que desde su cargo debía ser especialmente cuidadoso), supo pasar con velocidad por los crímenes de los invasores con el rápido argumento de que eran hombres de su época si de la iglesia se trata, pero rechazó ese mismo argumento cada vez que los liberales defendieron a los censistas de entonces. En cualquiera otra geografía, el asunto no hubiese pasado de un intercambio de contemporizaciones, pero Artigas contemporizaba tan poco como Rousseau (que no era centralista como lo descalificó Cayota, sino radical y genuinamente universalista, “católico” en sentido literal).

Quien por momentos resultó demasiado puritano para ser católico fue Cayota; en cuestiones amorosas más pareció calvinista (no mojigato; abordó el tema, pero lo hizo con severidad inquisitorial. A varios amores de Artigas los catalogó como “aventuras”, cuando fueron amor puro y duro, y a la sonrisa con que los contemplamos la calificó de “mordaz”, cuando es sonrisa nomás, si no divina).

Al fin y al cabo, la libertad en toda su extensión imaginable, el lema de Artigas, incluso en el amor, también es una herencia franciscana, si no olvidamos que el Vaticano persiguió a franciscanos como fray Mella y fray Guillén, entre otros, quienes por vivir en multitudinarias comunidades de cuerpos y de bienes fueron condenados por la iglesia romana.

Parece que, igual que en Durango de fray Mella, también en el Ayuí de Artigas había brujas en el campamento franciscano a los ojos del Vaticano. Cayota desacredita la importancia de Melchora Cuenca. “Finalmente –escribe–, ya en Purificación, el prócer entabló relaciones con Melchora Cuenca, que por entonces, se afirma, se encontraba en Entre Ríos. De éste idilio nacieron sus dos últimos hijos (de Artigas): Santiago, en 1816, y María, en 1819.

Algunos escritores que han abordado este tema aseguran que, con Melchora Cuenca, Artigas habría contraído nuevas y segundas nupcias. Se basan para afirmarlo en que la partida de matrimonio de su hijo Santiango menciona a este como hijo legítimo de don José Artigas y de su esposa Melchora Cuenca.

Sigue Cayota: “La imaginación convenientemente ejercitada puede alcanzar alturas prodigiosas. Tal lo que ocurre al referirse a varias de las compañeras de Artigas, sobre las que se han escrito cosas hermosísimas, pero que, lástima grande, no tienen asidero alguno. En especial, Melchora Cuenca ha excitado la fecunda imaginación de muchos de los que sobre ella escribieron. Así, por ejemplo, ya es un lugar común, de verdad indiscutible, referirse a ella como la lancera paraguaya, que valientemente acompañara al prócer en sus patriadas. Atreverse a poner en duda la pertinencia de este título reviste casi carácter de sacrilegio. Y, sin embargo, debe hacerse. Es más, su condición de lancera ha de rechazarse de plano. No existe un solo documento ni testimonio fidedigno que así lo demuestre.

Como si todo esto fuera poco, los escasos elementos documentales sobre la relación de Artigas con Melchora distan mucho de ser propicios para hacer pensar en una romántica y pasional relación amorosa. Las cartas a su hijo mayor, Juan Manuel, como luego se comprobará, expresan gran ternura para con sus hijos menores, pero para Melchora solo una respetuosa preocupación por no desampararla. En Artigas no se trasluce una furiosa pasión por Melchora y en ningún momento se muestra un amante desesperado obligado a dejar a su compañera”.

Me pongo el sayo (franciscano, talar) porque este pasaje me toca en prenda (aunque sospecho que antes que a mí, alude a Gonzalo Abella, a Aníbal Sampayo o a su amonestado, reconvenido y finalmente bien recomendado Nelson Caula). Colaboré sobre Artigas y Melchora en un guion, donde se aclara la cuestión del fenotipo guaraní de Melchora en los mismos términos que lo hace Cayota. Pero la importancia que Taco Larreta (el mejor guionista hispanoamericano) le atribuyó al personaje de Melchora en la vida de Artigas no respondió a la intención de darle al héroe la funcionalidad para la trama que Hollywood llama the romantic interest.

Da el caso que Melchora convivió varios años con Artigas, formó con él una familia (casada por iglesia o no; probablemente no) y tenía una fuerte personalidad, era capaz de enfrentarlo y en definitiva desobedecerle, como surge de los documentos, desobedecerle por decidir el destino de sus hijos en la guerra. A la larga volvió a casarse, siguió la guerra desde un punto de vista que Artigas no compartió, y fue paraguaya (ni el único retrato de que disponemos ni los testimonios disímiles alcanzan para ubicarla en un catálogo étnico) y guerrillera (era muy raro en su situación no empuñar armas; que a Cayota los testimonios no le parezcan fidedignos no permite rechazar de plano nada sobre la condición de lancera de Melchora). Sabemos que vivió en Purificación, donde fue “la mujer de Artigas” en aquellos años. Se separó de Artigas en Mandisoví en 1819, cuando acató la orden de no seguirlo con el hijo de ambos en la casi imposible intentona de atravesar las Misiones en la huida de un ejército derrotado (pudo haber sido el momento más apasionado en la vida de Artigas; no está documentado que él se haya mostrado de ningún modo, y las palabras hacia Melchora en que Cayota encuentra “respetuosa preocupación”, si expresan preocupación no traslucen respeto; al contrario, “si Melchora se aburre, se puede ir”, dice Artigas, como si la guerra fuese para ella una diversión. Más probablemente traslucen rencor, despecho y algo más que machismo cuando agrega: “Pero no dejes que se lleve al niño”. Es la única instancia de su vida conocida en que lo veo despótico, sin arreglo a justicia -aunque las intenciones de Artigas para con el niño pudieran ser mejores que las de Melchora, ella era la madre-. La contradicción era política; Artigas no quiso que a su hijo lo acaudillara un traidor, pero en la decisión pesó más la madre, que, lancera o no, también era militar.

Si Artigas lo hubiese permitido, ella hubiese intentado atravesar las Misiones con sus niños en brazos, expuestos a continuos combates harto desiguales, cruentos y adversos. Era más "frontera" que Artigas. Sin duda tuvo más incidencia política en él que su prima Rosalía, aunque con Rosalía se haya casado por iglesia.

Cayota lo excusa diciendo que Artigas se comportó entonces con Melchora como un hombre de su época. No es verdad. A la época de Artigas, si es que llegamos, todavía no la hemos siquiera vislumbrado. Era flor de cabeza dura, pero es el abuelo más loco y avanzado del mundo.

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