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IX Cumbre de las Américas

En busca del tiempo perdido

Las dificultades de la IX Cumbre para encontrar "el tiempo perdido" fueron evidentes aun antes de que se inaugurara.

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Nada une a Joe Biden y Marcel Proust. Sin embargo, el presidente de Estados Unidos parece haber pedido en préstamo al celebre novelista francés el titulo de su obra maestra y una de las cimas de la literatura universal del siglo XX para sintetizar su principal objetivo para la IX Cumbre de las Américas que se celebró la semana pasada en la ciudad de Los Ángeles.

Durante cuatro días, el teatro Microsoft -uno de escenarios cerrados más grandes de Norteamérica- debía ser el gran palco para que el país anfitrión comenzara a buscar “el tiempo (y la credibilidad) perdido” en los últimos años en sus relaciones económicas y también políticas con el resto de los países de la región.

La Cumbre de las Américas son las reuniones de jefes de Estado y de gobierno de los países de América y fue pensada por Estados Unidos como el momento más importante para coordinar estrategias diplomáticas y comerciales a nivel continental.

La primera tuvo lugar en Miami en 1994 durante la primera presidencia de Bill Clinton, donde EEUU propuso la creación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), un proyecto estratégico que abarcaba a todos los países del continente americano, con excepción de Cuba y que debía comenzar 10 años después.

Sin embargo, bajo la consigna de “¡No al ALCA!”, muchos gobiernos, partidos políticos, organizaciones sindicales y sociales lograron paralizar su puesta en marcha en la IV Cumbre de las Américas realizada en Mar del Plata en noviembre de 2005, fecha que aún se festeja en muchos países de la región como una de las mayores derrotas infligidas a la Casa Blanca, entonces ocupada por George Bush.

Las dificultades de la IX Cumbre para encontrar “el tiempo perdido” fueron evidentes aun antes de que se inaugurara. A menos de 3 días de la ceremonia de apertura no existía la lista de participantes confirmados sino anuncios de boicot y desacuerdos abiertos sobre quién debía o no ser invitado. Es difícil recordar una cumbre internacional tan caótica y con una preparación tan poco profesional.

La piedra del escándalo fue la decisión unilateral e inconsulta de Washington de excluir de la cita continental a los presidentes Nicolás Maduro de Venezuela, Miguel Díaz-Canel de Cuba y Daniel Ortega de Nicaragua, por considerarlos “dictadores”.

Dicha decisión fue repudiada por los presidentes López Obrador de México, Luis Arce de Bolivia y Xiomara Castro de Honduras, quienes, ante la negativa de Estados Unidos de revocar esa decisión, finalmente desertaron a la cumbre.

24 horas antes del inicio, el presidente mexicano acusó a Biden y a su vice, Kamala Harris, de adoptar “la vieja política de intervencionismo, de falta de respeto a las naciones y a sus pueblos”.

Aún entre los mandatarios presentes, entre ellos, Johnny Briceño de Belice y Alberto Fernández de Argentina, en sus intervenciones repudiaron la postura estadounidense de decidir cuáles países podían o no ser parte de la Cumbre de las Américas, además de criticar abiertamente la posición de Estados Unidos sobre las sanciones a Cuba y Venezuela.

"Definitivamente hubiésemos querido otra Cumbre de las Américas. El silencio de los ausentes nos interpela. Para que esto no vuelva a suceder, quisiera dejar sentado para el futuro que el hecho de ser país anfitrión de la Cumbre no otorga la capacidad de imponer un 'derecho de admisión' sobre los países miembros del continente", enfatizó el presidente argentino en un tramo de su discurso de 8 minutos.

Finalmente acudieron a la cita 23 países, algunos sin sus presidentes, que, comparado con los 34 jefes de Estado que participaron en la cumbre anterior de Lima, hace aun más evidente el fracaso diplomático del país organizador. Para un país que supo ser el líder hegemónico de la región, hospedar un cónclave continental, que será recordado por las ausencias y no por las presencias, más que de un revés político se trató de una verdadera humillación.

“La democracia es el sello distintivo de una Carta Democrática Americana que surgió de la tercera Cumbre de las Américas, que capta nuestro compromiso único con la democracia como región”, subrayó Biden en su discurso inaugural. “Nos reunimos de nuevo hoy en un momento en el que la democracia está siendo atacada en todo el mundo, y renovamos nuestra convicción de que la democracia no solo es el rasgo definitorio de la historia de América, sino también un ingrediente esencial de su futuro”, agregó.

Como lo hiciera en sus visitas a Europa y recientemente en gira por Asia, esta vez fue el turno de las Américas para subrayar que el santo y seña de la política exterior de Washington es la unidad de las democracias frente a las autocracias, particularmente China, que, como proclamara recientemente el secretario de Estado Blinken es “el único país que tiene tanto la intención de reestructurar el orden internacional como la creciente capacidad económica, diplomática, militar y tecnológica para hacerlo”.

Este martes, en un encuentro de 4 horas en Luxemburgo entre Yang Jiechi, miembro del Buró Político y director de la Oficina de Relaciones Exteriores del Partido Comunista de China, y Jake Sullivan, Consejero de Seguridad Nacional del presidente Biden, el dirigente chino volvió a subrayar que una de las condiciones para normalizar las relaciones entre ambas potencias es que “la revitalización de las alianzas internacionales (que se propone EEUU) no fueran contra China”.

Cada día es más evidente que, desencriptada su retórica, el “EEUU está de regreso”, lanzado por Biden desde antes de asumir la presidencia, es un llamado a sus aliados históricos para conformar un frente de las democracias para aislar a China y así restaurar el orden internacional hegemónico que dominó el mundo a partir de la implosión de la Unión Soviética. Es ese y no otro el “tiempo perdido” que EEUU busca restaurar.

De la misma manera, la propuesta de la “Asociación de las Américas para la Prosperidad Económica” -que para Washington es “un nuevo acuerdo histórico” para impulsar la recuperación y el crecimiento de la economía de todo el continente americano- no es otra cosa que una nueva iniciativa para contrarrestar los avances en América Latina y el Caribede la Franja y la Ruta, el megaproyecto presentado en 2013 por el presidente chino, Xi Jinping, para impulsar corredores económicos, tecnológicos, políticos y sociales entre distintos países del mundo.

La asociación, según sus impulsores “reconstruirá nuestras economías” y pretende consolidar las cadenas de suministro, fomentar la innovación en el sector público y privado e incentivar las inversiones que permitan combatir el cambio climático.

Además de estos enunciados, que muchos de los participantes consideraron “genéricos” y “recortados” para lograr los necesarios consensos, Estados Unidos también prometió reforzar los bancos de desarrollo de la región, en particular el Banco Interamericano de Desarrollo y la Corporación Andina de Fomento, y que el Banco Mundial dé la debida prioridad a la región.

Aun sin declararlo, Biden es el primero en saber que el “tiempo perdido” por Washington fue “el tiempo ganado” por Beijing en la región. Y las estadísticas son de una elocuencia abrumadora.

Desde el “sorpasso” en 2018, durante la presidencia de Trump, China ha ampliado la brecha con Estados Unidos año tras año y, salvo México, su principal socio comercial en la región, el gigante asiático ha superado, en términos comerciales, a Estados Unidos en el resto de los países de América Latina.

Según datos del Ministerio de Comercio de la República Popular, las exportaciones e importaciones entre esta y la región se multiplicaron por 25 en los últimos 19 años y alcanzaron en 2021 un récord de 451.600 millones de dólares, con un aumento de 41,4% desde el inicio de la pandemia.

21 países de la región han adherido a la iniciativa de la Franja y la Ruta, donde operan más de 2.700 empresas chinas. Uruguay, durante la presidencia de Tabaré Vázquez, fue el primer país de América Latina en firmar el protocolo de ingreso.

América Latina es hoy el segundo destino de las inversiones chinas, con una cifra que a finales del año pasado superaba los 450.000 millones de dólares, y a pesar de los esfuerzos de las embajadas de EEUU para convencer que Beijing utiliza las inversiones para crear “trampas de deuda” para los países receptores.

Además de la nueva alianza económica, el otro gran tema de la cumbre debía ser la migración, que, como consecuencia de la crisis económica provocada por la pandemia, está adquiriendo las proporciones de un éxodo bíblico. Mientras Biden estaba reunido con sus homólogos en California, una caravana de miles de migrantes se dirigía al norte de México con la esperanza de cruzar hacia Estados Unidos, un significativo ejemplo de los problemas fronterizos que han caracterizado su presidencia.

A último momento y luego de horas de discusiones, EEUU logró un acuerdo migratorio, que incluye una referencia a facilitar la devolución de inmigrantes sin papeles a cambio de financiación para otros países de destino, de compromisos de acogida de refugiados y de abrir vías para la regularización, la inmigración legal y la de trabajadores temporales.

Según los expertos, eso no va a aliviar a corto plazo la presión de una crisis migratoria sin precedentes; muchos dudan sobre la implementación de esa “responsabilidad compartida” que proclama el documento y otros recuerdan que los presidentes México, El Salvador, Guatemala y Honduras -que representan 66% de la migración ilegal en la frontera con Estados Unidos- decidieron no participar en la cumbre como señal de protesta y se hicieron representar por sus respectivas cancillerías.

Un puñado de declaraciones de buenas intenciones, el anuncio de una nueva asociación económica y un acuerdo para regular la migración legal y frenar la ilegal, suscrito solo por 20 de los 35 países de la región, es un resultado demasiado magro para el objetivo de recomponer el liderazgo de Estados Unidos en la región que durante décadas fue su “patio trasero”.

Para Biden, la IX Cumbre “fue un paso en la dirección correcta, pero tendremos que esperar a la próxima cumbre para medir nuestro progreso”.

También hubo que “esperar 15 años entre la publicación de la primera y la séptima y última parte de la monumental novela de Proust, El tiempo recobrado. Biden recién empieza a escribir su novela y el tiempo que se propone “recobrar” es extremadamente difícil, más bien imposible.

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