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Columna destacada | fútbol | Mundial | México

Ceremonias

Fútbol, espectáculo y poder

El jueves comenzó el primer Campeonato Mundial de Fútbol con la friolera de 48 selecciones participantes y por primera vez organizado en tres países.

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Si bien hay un solo partido inaugural, el que disputaron México y Sudáfrica, las ceremonias son tres. México es una sociedad mucho más futbolera que la de sus vecinos anfitriones. Es el único país que ya cuenta con tres mundiales, dos en solitario (1970 y 1986) y el Estadio Azteca, denominado ahora Banorte por el marketing corporativo del poder financiero que se lo agenció, volvió a ser remodelado para ser el coliseo inaugural del torneo.

Con un evento más acotado que las viejas ceremonias de cada mundial, México exhibió a una autóctona banda del pop melódico, como Maná, el cantante de rancheras, Alejandro Fernández, y la impresionante Lila Downs como componente del indie-folk que reúne tanto las vertientes mesoamericanas más la influencia anglosajona por parte de padre.

Tampoco faltaron los cumbieros de Los Ángeles Azules, entre otros. La inefable Shakira volvió a componer el tema del mundial, titulado Dai Dai, acompañada por el nigeriano Burna Boy, estrella del afrobeat, según dicen las crónicas. Este viernes hay acto en Toronto con Alanis Morissette de abanderada, mientras los estadounidenses tendrán su propio show en el SoFi Stadium de la muy chicana Los Ángeles, aunque Hollywood lo siga negando.

Ritos

Caere era un pueblo cercano a Roma donde los sacerdotes etruscos celebraban sus rituales, y en latín, monia aludía a un estado del ser. Claro que los seres humanos vienen realizando ceremonias desde la noche de los tiempos y su orígen no está necesariamente vinculado a lo religioso, aunque la mixtura entre arte y religión y entre acción y fantasía sea difícil de separar como componentes autónomos por parte de nuestros más lejanos antepasados.

Las grandes ceremonias representadas en estadios deportivos tuvieron, por mucho tiempo, una configuración espacial que utilizaba la cancha como gran escenario teatral vinculado a las artes de la ópera. Durante décadas estuvieron pensadas en función de la percepción visual del público presente. La radio operó como un medio de transmisión pero sin incidir en la ceremonia misma.

En cambio, primero el cine y la televisión después, influyen directamente en la configuración del evento a mostrar. Se deja de pensar en la escala espacial del estadio para hacerlo en función de la configuración audiovisual captada por las cámaras y su secuenciación concatenada de planos.

La percepción del público, multiplicada en millones de personas en todos los continentes, requería una configuración acorde al lenguaje audiovisual. El espectador in situ es superado por el espectador televisivo y la ceremonia ya no puede codificarse solo en función del primero porque el plusvalor depende de una audiencia cada vez más global.

Los mundiales de fútbol operaron como grandes eventos para conquistar no solo a los países con mayor tradición en el deporte del balompié, sino que operaron como punta de lanza hacia los nuevos mercados. La FIFA se reconfiguró en el último cuarto del siglo XX como una de las más poderosas empresas multinacionales del capitalismo.

Además, un espectador remoto puede ver detalles que son imposibles desde un solo punto de las tribunas. Por eso proliferan las enormes pantallas dentro de los estadios, los televisores en los palcos, las pantallas de las tablets o laptops de los asistentes técnicos y hasta los teléfonos inteligentes de los espectadores en las gradas pero adictos al replay.

Las ceremonias inaugurales remitían al país anfitrión que exhibía su imagen, no solo de país organizador sino, más bien, de país organizado. De ahí que los elementos centrales del espectáculo lo constituían movimientos sincronizados de miles de personas que formaban diversas figuras tanto en la cancha como en las tribunas. Más allá de los elementos simbólicos expuestos, se traslucía la importancia de transmitir la disciplina como valor arquetípico a demostrar.

Todo poder necesita monumentalizarse, ya sea a través de grandes estatuas o arquitecturas, como en la configuración de imágenes emblemáticas en movimiento. Por algo Hitler encargó personalmente la realización cinematográfica de los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 a la polémica cineasta Leni Riefenstahl, por su voluptuosa estética audiovisual glorificadora de la supuesta supremacía aria.

Basta ver otras experiencias vinculadas a regímenes dictatoriales para tener una idea de la poderosa relación entre política y deporte, con sus correspondientes eventos faraónicos concebidos como parte de un engranaje funcional al servicio de enormes ganancias financieras, a menudo plagadas de corruptelas varias, además de los ansiados réditos políticos.

El Mundial de Argentina 78 se yergue como paradigmático en ese aspecto pero no fue el único. Los dos campeonatos obtenidos por Italia en 1934, oficiando de local, y en 1938 en una Francia amenazada, fueron cuidadosamente armados por el fascismo de Mussolini y sus cómplices. En la Guerra Fría, a la Unión Soviética ni a ningún país del socialismo real se le dio oportunidad de exhibirse pero los desfiles en la Plaza Roja del Kremlin daban cierta idea de lo que pudieran haber sido.

Existe cierta visión que asocia política y deporte como una relación de mera manipulación y la idiotización de las masas como derivado automático. Nada es nunca tan lineal y mecánico y tales realidades expresan un nivel de complejidad que merece ser tenido en cuenta, más allá de los intentos de control social. Sin embargo, múltiples experiencias exigen un análisis fino de comprensión y resignificación de aspectos dejados de lado por las coberturas de los medios comerciales, tan superficiales en su carrera por llenar huecos de página u horas al aire, casi tanto como su obsecuencia ante el poder de turno.

Hay ejemplos históricos de recuperación de espacios ganados en medio de censuras y duras represiones. Muchas veces, en los intersticios de eventos pensados para la consolidación de regímenes de todo tipo, surgieron fuertes o sutiles resistencias que jalonearon procesos ulteriores. Por ejemplo, en el Mundialito de 1980 (aunque terminó en enero de 1981), organizado por la FIFA junto con la Dictadura uruguaya, elaborado como imitación del Mundial de Argentina 78 y su rotunda presencia militar, supuso en Uruguay un conjunto de fenómenos que abonaron la lucha contra la dictadura, a veces tan solo por algunos cánticos aprovechando el anonimato en la tribunas.

Fútbol y patria

El sociólogo argentino Pablo Alabarces, en su libro Fútbol y patria: el fútbol y las narrativas de la Nación en la Argentina (Editorial Prometeo, 2002), analiza el surgimiento de nuevos nacionalismos, a fines del siglo XX, muy diferentes a los viejos corpus identitarios que construyeron las naciones modernas y, mucho menos, a los que enfrentaron luego las diversas políticas colonialistas de los imperios. Y lo vincula con los conceptos de Marcos Mayer, quien inscribía a estos neonacionalismos en una esfera más amplia que la grabación de canciones y marchas patrióticas destinadas a atormentar a las nuevas generaciones con las gestas de los próceres o el resurgir de elementos telúricos anacrónicos.

Por el contrario, esos intentos conservadores sucumben ante un nacionalismo de mercado que busca la identidad pero asociada a la expansión capitalista extractivista de cualquier recurso, ya sea natural como cultural, para masificarlo mediante la típica tilinguería musical y coreográfica al uso en las ceremonias del mundial. Lo mismo que en los miméticos fan fest pululan fenómenos epigonales del centro repetidos en las periferias. Suelen ser eventos con figuritas del acaramelado pop internacional que licúa toda diversidad cultural mediante apelaciones a una étnica identitaria, aunque se desboquen tras una plusvalía marginal, ya sea como renta económica o ilusión política.

Vale recordar al historiador Eric Hobsbawm, quien apuntó que el pasado nacional fue puesto al servicio de dictadores. La Italia fascista de Mussolini tenía como referencia a la Roma Imperial; la Alemania de Hitler era una combinación de tribus teutonas con cantos nibelungos y leyendas de caballeros medievales envueltas en la operística wagneriana; y para la España de Franco, fue la era de los Reyes Católicos y su limpieza étnica, tanto en la península ibérica como en las tierras del nuevo continente americano. La cruz y la espada como dos puntas al ataque.

Este nuevo Mundial 2026, la diversificada tríada organizadora es muy diferente en el México de la presidenta Claudia Sheinbaum o en el más difuso liberalismo de un Canadá lejano para nuestros lares, que en el terrorífico régimen de un Donald Trump posando como emperador de la decadencia del imperio americano.

Pasar por alto el carácter funcional al poder que opera en favor de la proyección de los eventos deportivos como extensión de la hegemonía de las camarillas de turno, no debe caer en la ingenuidad de verlo como un fenómeno aislado o circunscripto al fútbol.

Por el contrario, responde a una férrea causa estructural del sistema que los necesita y promueve, no sólo en función de ganancias monetarias sino, sobre todo, ideológicas y, consiguientemente, políticas. Aun así, sería imperdonable pretender anclar o reducir la complejidad de la inserción social de estos fenómenos polisémicos con base en categorías dogmáticas y reductoras que ven a estas ceremonias como un nuevo circo romano o apenas como una variante laica del opio de los pueblos.

La capacidad de resignificación por parte de los movimientos populares, sin idealizarlos, implica la puesta en juego de dinámicas imposibles de controlar, a la vez que la participación de multitudes adquiere una ambigüedad que remite a una riqueza diversa de múltiples significados relacionales actuando en simultáneo. Todo gol es político y, en ese terreno de juego, no es tan fácil determinar si es a favor o en contra.