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Columna destacada | política | Bianchi | periodistas

Doña bastarda

La política como carnaval

Gracias a Bianchi, de lo que no se quería hablar terminó siendo de lo que se habla, y la pretensión de blindar la política del gobierno de Lacalle Pou y su entrega del puerto en monopolio cayó hecha añicos.

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Bastardear la política no es una táctica esporádica o casual. Hay una estrategia que juega a pivotear entre la antipolítica, que degrada las instituciones, y una política de la polarización en la que la mediocridad disfraza sus carencias para autojerarquizarse a la altura del conflicto. Eso exige exponentes que erosionen cualquier convivencia para instalar el vale todo y que todo el año es carnaval.

Presentación: la voz del esperpento

Se podría creer que las poses de Graciela Bianchi tienen algo que ver con la celebración carnavalera que sacude a febrero por estos lares. Como si acaso su estilo grandilocuente, de ademán voluptuoso y oralidad exaltada, tuviera que ver con un personaje de Dios Momo en pleno ritual escénico.

Pero no. La senadora no exhibe ninguna sofisticada técnica teatral. No alcanza a desplegar los gestos de la Comedia del Arte a la italiana, con aquellos personajes caricaturescos en su defensa del poder (Capitano, Dotore, Scaramouche o Pantaleone) ya esgrimiendo la verba como palabra jurídica a favor de los privilegios de siempre o por el manejo del garrote vil para imponer su orden a los personajes pobres y pícaros (Arlequino, Pierrot, Colombina, Scapino o Polichinela) que se burlaban de sus amos y subvertían el sistema.

Tampoco logra expresar el sutil refinamiento de la comedia a la francesa, ya en pleno salón de palacio en vez de callejuelas en las urbes, con personajes de delicados movimientos, aunque pertenecieran ya al ancien régime de una corte venida a menos y a una realeza a punto de perder la cabeza, literalmente.

Popurrí: ¿limitando la estupidez?

El último incidente que protagonizó Graciela Bianchi, por ahora, fue su intespectiva intervención chillona de represión verbal a un periodista de la televisión pública en plena conferencia de prensa. Es que a la Bianchi le resulta insoportable siquiera que alguien ose preguntar y deriva al exabrupto.

La conferencia era un decorado, como aquellos cartones de biombo que el parodismo colocaba detrás del tablado con escenas de brocha gorda. El Partido Nacional, con menguados socios de una coalición colisionada, configuró un nuevo intento farsesco de reafirmar la solidez jurídica del monopolio portuario regalado a Katoen Natie. Pero se le vino abajo el tinglado por más que otro histrión del PN, Luis Alberto Heber, antigua figura acostumbrada a engolar la garganta en solos de operetas parlamentarias, entonara la voz como si fuera un tercia experta y afinada para exigir hasta disculpas de la izquierda, Sin embargo, frente a cámaras quedó en falsete y solo atinó a expresar muecas de fastidio y desconsuelo ante la aflautada disonancia estrafalaria de su correligionaria que acaparaba la atención.

Bianchi, que no integraba la mesa patriarcal armada a la usanza del Honorable Directorio, se encontraba parada detrás, en esa especie de coro destinado a gesticular con cara de circunstancia y asentir cada tanto en la coreografía ensayada. Pero resulta que un periodista serio hizo una pregunta que no estaba en el libreto. Gustavo Guisulfo, de TNU Canal 5, simplemente repreguntó, en relación a un matiz del fallo del Tribunal de lo Contencioso Administrativo por el contrato con Katoen Natie. Precisamente, sobre la anulación, por parte de la Justicia, de unas cláusulas que no se querían mencionar. Por eso gritaban como el tero sobre los otros componentes del fallo del TCA. Pero cuando el guión indicaba mesura o hacerse los otarios, la Bianchi escenificó su pamento trastocando todo. Calificó la pregunta como "una estupidez" mientras Heber intentaba hacerla callar, moviendo la cabeza en actitud de desconcierto. Los arreglos corales no daban la nota.

Cuplé: la globalidad del espectáculo

La senadora no sólo estropeó una actuación ensayada con esmero sino que, para peor, arruinó la premisa fundamental. Lo que se pretendía ocultar en el escenario, lo que se necesitaba esconder tras una máscara, terminó emergiendo en el centro de la escena. Las cláusulas en cuestión hunden el monopolio que se pretendió crear por décadas, regalando la operativa portuaria en exclusividad a la empresa belga.

Gracias a Bianchi, de lo que no se quería hablar terminó siendo de lo que se habla, y la pretensión de blindar la política del gobierno de Lacalle Pou y su entrega del puerto en monopolio cayó hecha añicos. Esas cláusulas del fallo del Tribunal del Contencioso Administrativo hoy brillan con luz propia y ocupan el proscenio mientras que los cupleteros de turno, designados para brillar en la conferencia, terminaron la conferencia a la bartola. Queda claro que a Katoen Natie se le entregó un monopolio y el TCA resolvió que no debe haberlo y que se pueden instalar otras terminales especializadas en el Puerto de Montevideo. Y olé.

Salpicón: periodistas rigurosamente vigilados

La cosa no quedó ahí para la sorpresiva protagonista que acaparó el tablado. No contenta con el derrape en vivo y en directo, ni con la postura de dirigentes del PN que en privado expresaron su vergüenza por el comportamiento, Bianchi volvió a la carga contra el periodista desde sus redes sociales. En su cuenta de X exhibió un nivel de acoso extremo, mostrando capturas de pantalla de antiguos posteos de Guisulfo en apoyo a la Organización de Familiares de Desaparecidos, entre otras causas loables que lo enaltecen, aunque para cierto público espectador de la derecha vernácula exaltada, eso sea una mácula.

Además, lo acusó de ser parte de embestidas afirmando que "nuestro gobierno fue objeto de operaciones de prensa muy bien organizadas con mucho financiamiento". Lo peor vino enseguida, en un ataque de incontinencia demostró que integra una suerte de Gran Hermano de Control al afirmar que tiene “clara la filiación” del periodista. “Se cuidó relativamente cuando la Coalición Republicana estaba en el gobierno, aunque los que nos preocupamos de la batalla cultural lo sabemos, por intuición o por estudio”, escribió con ese tono a rancia inquisición.

El hecho no es nada menor ni puede tomarse en solfa aunque se componga de un acto típico que aparenta franqueza, exhibida como excusa para justificar su violencia a cualquiera que se atreva a preguntar lo que se quiere ocultar. En su cuenta de Facebook, Gustavo Guisulfo escribió un texto impecable titulado "Limitar la estupidez" que recomiendo ir a leer con parsimonioso placer intelectual y ético. Allí rememora un hecho ocurrido en el año 2003, cuando la cantante y actriz Barbra Streisand demandó a un fotógrafo por haber publicado en una página web, una imagen panorámica de Malibú donde incidentalmente aparecía su mansión. "Ella quería proteger su privacidad pero, al trascender que la celebridad quería censurar la foto, el sitio web pasó de tener 6 (seis) visitas a 420 mil al mes siguiente. Todo el mundo quería conocer la casa que Barbra no quiere que veas", cuenta Guisulfo y sigue. "Este fenómeno se conoce desde entonces como el Efecto Streisand: la difusión masiva de una información a partir del intento de censurarla, ocultarla o descalificarla. En otras palabras, un tiro por la culata. Esto fue lo que exactamente sucedió durante la conferencia de la Coalición Republicana", concluyó.

Además, el periodista pone el dedo en la llaga con altura cuando explica que "en política, el insulto suele ser el último recurso de quien se quedó sin argumentos. Esa es la tarea que evidentemente se le ha asignado a la senadora Bianchi: pelear en el barro. Pero todo tiene un límite", expresó con claridad y firmeza.

Cuplet: la fierecilla domada

La palabra bastarda y la acción de bastardear provienen del francés y remiten directamente a un origen inferior. Se les denomina así a individuos o cosas que degeneran una estirpe, al punto tal que así se le llama, aún hoy y desde la edad media, a descendientes ilegítimos que no portan alcurnia y fueron concebidos fuera del lecho conyugal. Si se mira la trayectoria de Graciela Bianchi, encaja en su derrotero y en su situación actual.

Adoptada por la derecha uruguaya para la labor de picanear a la izquierda, sin embargo, es considerada fuera de la casta aristocrática que la desdeña y mira por arriba del hombro, con ese típico gesto de la clase dominante cuando no reconoce a alguien como de los suyos. Y aquí es donde se cruza la comedia de Shakespeare, ya que en la inglaterra isabelina, una persona arpía era alguien que carecía de autocontrol o que representaba una amenaza para los demás. En pocas palabras, alguien o algo que necesitaba ser domesticado.

Retirada: y en las horas más tristes

Hay que decir, siendo rigurosos, que existe otra Graciela Bianchi trabajadora en las comisiones del Parlamento, articuladora entre posiciones y seria a la hora de estudiar, mucho más inteligente que muchos de sus correligionarios. Sin embargo, como en ese juego de las máscaras reversibles del teatro, su actuación política está dominada por su rol mediático en función de discursos del odio, de la polarización y del insulto, incluso llegando a publicar notorias mentiras de Fake News, convencida de que eso rinde. No es una táctica solitaria sino parte de una estrategia partidaria que diversifica roles y apuesta a bastardear la política actuando para una tribuna que hoy festeja a lo barra brava "mileismos y dasilvariadas", para decirlo en clave de esperpento.

Pero la actual senadora hace rato que da vergüenza. Claro, en su caso no se trata de una zafra ni de una extroversión de carnestolendas momentáneas propias de la fiesta de Momo con su clausura temporal, porque con ella todo el año es carnaval. A esta altura de su actuación grotesca, sería bueno preguntarse, en esa compleja resignificación que suele provocar el pasaje del tiempo, si acaso Doña Bastarda, murga de verdad, no terminará siendo opacada en su nombre por semejante representante política cuyo disfraz ya tanto cansa.

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