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Columna destacada | lobos | Danza | Sotelo

Fantochada

Los lobos disfrazados de ovejas

Blancos y colorados tienen claro qué es un presidente de facto, porque le aportaron tres a la dictadura, y qué es un usurpador, porque le aportaron decenas de usurpadores a ese régimen predador. Es decir, no tienen autoridad moral para cuestionar a Álvaro Danza, porque son lobos disfrazados de ovejas.

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El martes 24 de noviembre no fue un día más del calendario político. Fue un día de intensa actividad en dos territorios geográficos concretos de la tricentenaria San Felipe y Santiago de Montevideo: el Palacio Legislativo y el paraninfo de la Universidad de la República, separados por menos de doce kilómetros de distancia. Mientras en la majestuosa y emblemática “casa de la democracia” transcurrió un maratónico circo político que insumió casi toda la jornada, además de consumir hectolitros de agua, café y paciencia, en el ágora universitaria el movimiento sindical presentó un audaz proyecto tributario, destinado a implantar una sobretasa de apenas un 1 % sobre el Impuesto al Patrimonio, que afectaría únicamente a 25.000 ciudadanos que ostentan riquezas superiores al millón de dólares, lo cual los transforma en una casta privilegiada. Obviamente, el destino de lo recaudado por este adicional a un gravamen creado por el Partido Nacional hace sesenta años sería financiar políticas sociales para la atención de los niños que nacen en hogares pobres, que son uno de cada tres, según el Instituto Nacional de Estadística.

En ese contexto, en el mismo momento en el cual el movimiento sindical y la academia marcaban a fuego la agenda con una propuesta tan resistida como removedora, el hemiciclo de la Cámara de Representantes era testigo de la fantochada perpetrada por la derecha que, durante una maratónica interpelación a la ministra de Salud Pública, Cristina Lustemberg, exigió el cese del presidente de la Administración de Servicios de Salud del Estado, Álvaro Danza, quien ocupa ese cargo no sólo porque lo designó el presidente Yamandú Orsi, sino también porque su venia fue votada por unanimidad en el ámbito del Senado de la República. Es decir, posee la legitimidad de haber sido nominado por un gobierno electo por la ciudadanía y de haber sido ratificado por un cuerpo parlamentario también electo por los votantes en octubre del año pasado.

Por ende, no es un “presidente de facto”, como lo afirma la derecha que quiere deslegitimarlo para encubrir sus propios pecados del pasado, sino un presidente que cuenta, desde su temprana designación y confirmación, con el aval de dos de los tres poderes del Estado. Es decir, su legitimidad no está en tela de juicio, por más que se le impute públicamente haber violado el artículo 200 de la Constitución de la República y otras normas análogas, por sus actividades paralelas en prestadores de salud privados, a las cuales renunció pese a que el dictamen de la Junta de Transparencia y Ética Pública descartó que su multiempleo fuera incompatible con su cargo en ASSE.

En ese contexto, el experiodista Gerardo Sotelo, recordado por su obsecuencia con la derecha cuando ejercía la profesión y por su gestión como “cazador de brujas” cuando ocupó la titularidad del Servicio de Comunicación Audiovisual Nacional como personal de confianza del paupérrimo gobierno de coalición encabezado por Luis Lacalle Pou, se disfrazó de diputado y de miembro interpelante para protagonizar los cinco minutos de fama que le reservó la historia.

No sorprende que la devaluada Coalición Republicana, que devino en un mero pacto cojitranco blanqui-colorado, le haya asignado el trabajo sucio al único representante del híbrido y casi virtual Partido Independiente, para que éste dejara de ser un mero actor de reparto. Es obvio que ser el solitario miembro de una bancada unipersonal significa una carga emocional muy pesada. El inefable Sotelo, único curul del más pequeño furgón de cola del tren derechista, debe sentirse más solo que Adán en el Día de la Madre.

Además de “presidente de facto”, durante la interpelación se escuchó a los desteñidos colorinches tildar a Danza de “usurpador”. ¿Qué es un usurpador según el diccionario de la Real Academia Española? Es una persona que se apodera de forma ilegítima de un cargo, propiedad o derecho ajeno, a menudo por la fuerza, el engaño o la violencia. El término se aplica comúnmente a alguien que toma el poder político sin derecho, como alguien que perpetra un golpe de Estado o que ocupa ilegalmente un inmueble.

Más allá de eventuales subjetividades, me quiero detener particularmente en esas dos invectivas que le aplicó la oposición al presidente de ASSE, quien no es ni un presidente de facto y menos aún un usurpador, porque fue designado por un gobierno legítimo y luego avalado por un Senado legítimo.

Por ende, su situación nada tiene que ver con presidentes de facto o usurpadores, como el golpista colorado Juan María Bordaberry, quien fue dictador hasta su destitución por parte de los militares también golpistas en 1976, como el también dictador colorado Alberto Demicheli, quien sucedió a su correligionario durante cuatro meses, y como el exministro de dos gobiernos blancos nacionalistas y dictador Aparicio Méndez, quien asumió el mando el 1º de setiembre de 1976.

Esos tres nefastos personajes sí fueron presidentes de facto y usurparon el alto cargo que ocuparon, al igual que decenas de políticos blancos y colorados que colaboraron con la dictadura liberticida, ocupando lugares en el inventado Consejo de Estado, cuyos integrantes se sentaron indebidamente en las bancas de un parlamento arrasado, en ministerios, empresa públicas e incluso en gobiernos departamentales.

Si no me traiciona la memoria, ni el Partido Colorado ni el Partido Nacional le pidieron perdón al Uruguay por el hecho que reputados políticos de ambas colectividades hayan colaborado con un gobierno criminal. Incluso, como si no fuera suficiente, desde el 1º de marzo de 1985, cuando asumió la presidencia Julio María Sanguinetti al frente de un gobierno rengo y tutelado, siempre se refirieron a la dictadura como “gobierno de facto”, para no “ofender” a los tutores militares. Asimismo, en diciembre de 1986, ambos partidos fundacionales perdonaron los crímenes de lesa humanidad perpetrados por los uniformados, al aprobar la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, una norma abiertamente inconstitucional que blindó a los represores durante más de veinte años.

Blancos y colorados tienen claro qué es un presidente de facto, porque le aportaron tres a la dictadura, y qué es un usurpador, porque le aportaron decenas de usurpadores a ese régimen predador. Es decir, no tienen autoridad moral para cuestionar a Álvaro Danza, porque son lobos disfrazados de ovejas.

Por supuesto, el líder del Partido Independiente, Pablo Mieres, quien fue el peor ministro de Trabajo y Seguridad Social de los últimos veinte años, sabe bien la diferencia entre alguien que ocupa legalmente un cargo y alguien que lo usurpa. Sin embargo, la historia le marcó el rol de alcahuete político, con la esperanza, en el futuro, de tal vez volver a ser alguien con visibilidad.

Mientras este episodio desnudó la peor cara del Uruguay del presente, la presentación de la propuesta del PIT-CNT de gravar al Impuesto al Patrimonio con una tasa adicional del 1 % al 1 % más rico fue la contracara. Este es el Uruguay que se preocupa y se ocupa de los niños pobres y promueve medidas para comenzar a cerrar la escandalosa brecha social de nuestra sociedad.

En efecto, en el mismo momento que unos se transformaron en payasos de un apócrifo circo de barrio privado destinado a derribar al titular del organismo estatal encargado de atender la salud de los uruguayos más vulnerables, otros —sindicalistas, académicos y políticos de izquierda— promovieron medidas para mejorar la calidad de vida de esos ciudadanos vulnerables. Son dos miradas bien antagónicas que revelan sensibilidades diferentes, entre la mera derecha corrupta y carroñera y el superior compromiso ético y social con los que menos tienen.

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