Mientras me dirigía, no diré alegremente, pero sí con cierto entusiasmo nacido de mi invencible ingenuidad, hacia el sector de las baldosas y los revestimientos, saltó a mi encuentro un vendedor sonriente, cual cazador que ha logrado descubrir a su presa, y me ofreció una tarjeta de crédito que venía a ser la octava, la novena o tal vez la décima maravilla del mundo. Prometía descuentos infinitos, días de rebajas y la mar en coche, como decía mi abuela. Sus siglas se reducían a cuatro letras. Yo la llamaré XXZY, que me recuerda, no sé por qué, a la novela Un mundo feliz de Aldous Huxley (tal vez porque encierra similares perversidades).
En un rapto de alienación digno de una de esas películas en que extraterrestres capturan a inocentes incautos, acepté la propuesta. Se me tramitó de inmediato la tarjeta, con una celeridad asombrosa, y más tarde, cuando fui a retirarla, firmé el formulario por el que se hacía constar que me había sido entregada. Pero no hubo tal entrega. Ni la funcionaria ni yo, distraídas por una conversación amable sobre las parejas, el tiempo, la rutina y sus efectos sobre el amor, advertimos que la tarjeta se quedó ahí, guardada en un cajón, lacrada y envuelta en su sobre original. Ni ella me entregó el plástico, ni yo recordé reclamarlo. Pero, dado que mi firma quedó estampada en el formulario, el pulpo fosforescente giró sus ojos hacia mí y me atrapó.
Un mes más tarde empezaron a llegar las intimaciones de pago por el uso de una tarjeta inexistente. Llegaron cuatro, ocho, doce. Implacables. Perentorios. Incluso me llamó una funcionaria, en tono acusador, para recordarme el pago (estás rodeado, no hagas ningún movimiento, ahora levanta las manos despacio). Entonces recordé. Le expliqué que jamás me había sido entregada la tarjeta XXZY y que, por lo tanto, no la había usado; y al no usarla, era imposible que hubiera generado una deuda de ninguna naturaleza.
-Sí, la generó. Debe el monto del seguro, me respondió con acento triunfal, y en algún lugar del éter capitalista sonaron trompetas y se dirigieron al cielo las alabardas.
-¿Seguro de qué? -pregunté.
-Uno que la protege a usted de extravíos, robos o usos fraudulentos -me explicó.
-Pero jamás me fue entregada…
-A nosotros no nos consta. Usted firmó el formulario, y por lo tanto generó deuda.
-Pero nunca me llegó un estado de cuenta…
-Pero a nosotros nos figura que usted posee la tarjeta.
-Muy bien -me resigné. -Solicito entonces la baja inmediata.
-¿Cuál sería el motivo de la baja? -preguntó, ya con la voz levemente alterada ante la sola posibilidad de perder a un cliente, hecho que a su vez podría repercutir en su propio desempeño, puesto que la funcionaria también forma parte del mismo sistema perverso en el que estamos atrapados. Yo hice un silencio piadoso, porque me pareció demasiado evidente la respuesta.
-¿Cuánto debo? -pregunté.
-Son 120 pesos del seguro.
-Muy bien. Mándeme por favor el estado de cuenta para pagar. Pero recuerde que he pedido la baja.
Al otro día me dirigí a un local de pagos. Me pidieron el estado de cuenta. No lo tenía. No me lo habían enviado. La funcionaria me pidió el celular, para corroborar, por las dudas.
-Es cierto. No le enviaron nunca el estado de cuenta. Y sin el estado de cuenta, no le puedo cobrar.
Llamé entonces a la tarjeta XXYZ. Mientras tanto, me seguían llegando los mensajes de intimación de pago. Uno, cuatro, ocho. La chica que me atendió me brindó un número de cuenta y me dijo que podía pagar vía web. Cuando intenté hacerlo, una y otra vez aparecía un inquietante cartel rojo proclamando que existía un error. Era, sin duda, el diablo en persona que se complacía en perseguirme a través del éter o de los cristales líquidos. Volví a llamar a la empresa.
-No puedo atender su solicitud porque se nos cayó el sistema -me respondió un joven. -Todo el día estuvimos así. Intente mañana.
Confieso que, a esas alturas, me tenían tan harta que los mandé a todos al infierno. No sé si llegaron a destino, si se encontraron con Dante o con Virgilio (lo que dudo) o con el Cancerbero, pero a los cuatro días las intimaciones regresaron. Dos, tres, cuatro. Vuelvo a llamar.
-Ahora debe 330 pesos -me informó la funcionaria de la tarjeta XXYZ.
-¿Por qué?
-Porque no ha pagado su deuda. Se le juntaron dos meses.
Así estamos al día de hoy, en que escribo este artículo. Intentaré, después de enviarlo para su publicación, pagar la absurda cantidad, por una absurda tarjeta que no poseo, que no poseí nunca, y por una deuda que ni siquiera se ha generado entre la empresa XXYZ y yo (esta es una de las más inefables cuestiones de este lío), sino, en todo caso, entre la aseguradora de la tarjeta y yo (una empresa completamente distinta, tercera, que viene a ser la verdadera interesada, es decir, el tentáculo del pulpo que nadie ve de buenas a primeras, pero que aguarda por mis 330 pesos en el mayor silencio y con el jadeo anhelante de un vampiro agazapado). Pero viene ahora la perlita mayor de esta historia.
-Después de que pague, me dan de baja, ¿verdad?
-No.
-¿Cómo que no? Si ya la he solicitado…
-Después de que pague tiene que llamar a la empresa y pedir la baja.
-¿Y si no llamo?
-Si no llama, sigue de alta.
-¿Y cuál es el motivo de tan fantástico requisito?
-Normas de la empresa.
Ah, la locura de la humanidad. Ah, las retorcidas vías del capitalismo para llegar a tu billetera. Ten cuidado, lectora, lector, y más que nunca guárdate de "Solo la sed / el silencio / ningún encuentro. / cuídate de mí, amor mío / cuídate de la silenciosa en el desierto / de la viajera con el vaso vacío / y de la sombra de su sombra", como canta la gran Alejandra Pizarnik en uno de sus poemas. Yo ya sé que el amor no tiene nada que ver con los cálculos descarnados de los seguidores del Tío Sam y sus acólitos de todo tiempo y lugar, pero recuerda que la publicidad tampoco; y, sin embargo, la publicidad te hace sentir el primero entre los primeros, el ser más importante del mundo, el que puede llegar a la Luna y al Sol y volverse inmortal y todopoderoso; y te dice que te cuida y que cuida todo aquello que amas. Y entonces, ¿no viene a ser lo mismo que canta Pizarnik? El demonio sabe presentarse de muy variadas formas; pues si Flaubert dice que “el buen Dios está en los detalles”, el arquitecto Ludwig Mies van der Rohe popularizó la versión oscura: “El Diablo está en los detalles”, y agregó que esas pequeñas cosas pueden arruinar por completo un gran diseño (tal vez tuvo contacto con la tarjeta XXYZ). En todo caso el diseño es el nuestro. El de nuestras vidas. El del ínfimo y universal destino que eligió colocarnos en un país, en una ciudad, en un barrio, en una tienda, en una esquina de sillones y lámparas, de este aquí y de este ahora, frente a un vendedor de rulos castaños que, por un breve, tonto y casi intrascendente instante, nos prometió el paraíso.