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Columnas de opinión | Calumnia | fe |

La construcción de relatos

Calumnia nuestra que estás en los cielos

La calumnia, la mentira, la tergiversación y la difamación –como herramienta de confrontación política o de construcción de relato– no es un invento del capitalismo o de la granja de bots que operan en la Croacia profunda.

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Uno rasca un poquito en el tarro de la historia y se encuentra con ejemplos hermosos. Dicho esto, ¿qué tienen que ver “La última cena” (y su pintor, Leonardo da Vinci) con Batlle y Ordóñez, Blanes y Luis Alberto de Herrera?

Da Vinci fortalece un relato

El anonimato es el nuevo envoltorio de la política calumniadora global. Aparecen los haters, trolls y bots. (En el sitio Tripadvisor –plataforma dedicada al turismo– te informa cuáles son las 10 mejores granjas de bots de Croacia). O sea: las campañas políticas ofensivas y de desgaste reputacional pueden contratar en Croacia su propia granja y desde allí operar en los debates de los países. La calumnia y la mentira con status de construcción de relato. ¿La “verdad”? No: la “posverdad”).

Lo interesante es que a la hora de la construcción de un relato, parece central –previo a eso– la construcción de la “fe” y la “creencia”. (Construirlas o detectarlas).

Vayamos a este ejemplo: el cuadro de “La última cena” –pintado por Leonardo da Vinci entre los años 1495 y 1498– contiene inexactitudes o mentiras. Se trata de una interpretación libre que a raíz de la construcción de la “fe” de los promotores del último encuentro de Jesús con sus apóstoles (y el traidor de Judas) se convirtió en “verdad”. Desde la historia contada en los Cuatro Evangelios, la obra refleja el momento en que Jesús dice: “Les aseguro que uno de ustedes me va a traicionar”.

Pero la obra –que se exhibe en Milán– contiene elementos que no existían en el año cero, o el día en que Jesús compartió unos churrascos con sus seguidores. La obra muestra una enorme mesa, bancos, ventanas inmensas y vasos de vidrio. Ninguno de esos elementos era usado en el año cero. En aquella época, se comía en el suelo, entre alfombras y almohadones, las ventanas se construían a pocos centímetros del piso y el vidrio recién sirvió para darle forma a vasos, precisamente en el año que Da Vinci pintó la obra. Pero “La última cena” es “verdad”; en clave de relato es verosímil porque el portavoz de la noticia integra la retórica de la fe. Había mesas, ventanas grandes, bancos y vasos de vidrio y punto. La “agencia de publicidad” del Vaticano –cúpula en conflicto con otras iglesias en el “mercado de la fe”– tenía que fortalecer los mitos desde donde vigorizar el relato de Jesús. Había un héroe, había un martirologio, hagamos una gran historia.

Quién guió la mano de Avelino

El 25 de agosto de 1897, un joven llamado Avelino Arredondo le metió una bala en el pecho al presidente Idiarte Borda, allí frente donde hoy se levanta el Club Uruguay, en la plaza Matriz. Poco o nada se sabe de por qué lo mató o quién fue el instigador. Por aquellos años, hubo un rumor –¿una fake news?– de que el promotor había sido un tal José Batlle y Ordóñez. La prensa se hizo eco de ese rumor. Arredondo estuvo preso algunos años y a su salida ingresó como funcionario del Puerto de Montevideo por orden y gracia a Batlle y Ordóñez, que había asumido en lugar de Juan Lindolfo Cuestas en el año 1904. Aquel rumor de que Batlle había estado detrás del asesinato de Borda, ¿era verdad?

En Entre Ríos (República Argentina), Urquiza es un prócer. Lideró el ejército con el que derrotó en 1852 a Juan Manuel de Rosas en la conocida batalla de Caseros. Aún hoy en el Palacio de Urquiza se observan decenas de cuadros que muestran a Urquiza guiando a sus soldados en las fieras batallas contra Rosas. Las obras fueron pintadas por nuestro Juan Manuel Blanes. Esas obras, ¿efectivamente reflejan lo que ocurrió en los enfrentamientos? Todo parece indicar que no, según los historiadores locales. El asunto es que Urquiza le dio a Blanes y su familia una finca cercana al palacio para que trabajara con sus telas y, obviamente, fue el propio Urquiza el que le contó cómo habían sido los enfrentamientos. Blanes obedeció porque le servía la moneda. Y allí está el general entrerriano, con su espada, poncho y su caballo esbelto, matando a rosistas. Esa es la “verdad”, el relato construido desde las telas de Blanes.

La fake contra el viejo Herrera

Eran las elecciones de 1946. Uruguay estaba polarizado entre batllistas y herreristas. Era una lucha sin tregua. El viejo Luis Alberto de Herrera iba por su cuarta intentona de ser elegido presidente. Argentina y Uruguay tenían claves que se vinculaban y alimentaban el debate: en Argentina estaba Perón, el herrerismo no ocultaba su relación amistosa con el líder argentino y el batllismo criticaba a Perón y se inclinaba por seguir la línea de los Estados Unidos en la zona. En agosto de 1946, el diario herrerista “El Debate” alertó de la circulación periodística de una “carta apócrifa” de Perón para el caudillo nacionalista, en la que aquel exponía los planes expansivos argentinos de realizar “el sueño de Bolívar”. Al mismo tiempo, el batllismo denunció la contribución financiera del peronismo en la campaña electoral nacionalista. A su vez, documentación norteamericana –transmitida por los diarios afines al batllismo– informaba de la presencia de autos con matrícula argentina desde los que se repartían volantes y se pegaban afiches favorables a Herrera, y de que agentes peronistas irrumpían violentamente en actos batllistas. El diario de Herrera definió el escenario electoral como “batalla espiritual”. Todo normal en la patria oriental. Herrera perdió esas elecciones.

El conflicto, la polarización afectiva

En estos tiempos, las redes son herramientas eficaces para trazar estrategias de intoxicación. En cualquier caso, se busca polarizar desde la promoción de las emociones negativas contra el adversario o enemigo.

El circuito preferido por las derechas –con Donald Trump fue exitoso– es comenzar las campañas desde las redes y luego que derramen en las plataformas o los medios tradicionales. (Ocurrió con Trump, que dio información falsa, como lo hace Milei, y luego los grandes medios la difundieron sin chequear).

Fernando Cerimedo es un experto en consultoría política digital. Trabaja para Milei y anteriormente trabajó para Jair Bolsonaro, Mauricio Macri y Patricia Bullrich. Maneja unas 50.000 cuentas creadas artificialmente para monitorear la conversación en la redes. En declaraciones a Infobae, dijo: “Creamos cuentas con inteligencia artificial que tengan cierto volumen, cierta credibilidad, para después utilizarlas en una estrategia definida, con distintos contenidos y que tengan influencia”.

Esa es la línea de trabajo. Lo interesante con Milei, por ejemplo, es la construcción de una “nueva moral” en base a la generación de informaciones que impactan emocionalmente en el público y sobre todo en una audiencia proclive a “creer”.

Lo importante, también, es la enorme capacidad de construir nuevos focos informativos que, dada la masividad, desvían la atención de otros focos. María Teresa Ronderos es periodista colombiana y ha analizado, junto a otros profesionales, las estrategias digitales en la política latinoamericana. En el podcast “Los manipuladores digitales de la política latinoamericana”, dijo: “Si uno se informa mal, toma malas decisiones. Mucha de esa información es falsa y parece creíble”. El pequeño asunto es a quién “creer” y en quién “confiar” para luego tomar “buenas decisiones”.

Cuando las fakes dejan de serlo

Históricamente, en cada caso, la "creencia" o "fe" definió lo que es "verdad". Cada contenido –ya sea “La última cena” o la “carta apócrifa” de Perón a Herrera– está ligado a la “creencia” y a la “confianza”. Esa subjetividad hace que el relato sea “creído”, prenda o se multiplique. Operan las emociones, las creencias, juicios y prejuicios. Todos los operadores saben esto.

El periodismo –bastión de cierta credibilidad– está en aprietos. Ya no miden lectores por cada diario vendido; ahora van por los clicks. Entonces generan información –más bien reproducen declaraciones, cometiendo uno de los pecados más generalizados en estos tiempos, el “declaracionismo”– para capturar clicks. Incluso en algunos países se paga al periodista un complemento salarial por cantidad de clicks logrados. La “mentira” y la “verdad” conviven y circulan.

Lo interesante –y eso es un gran desafío para los expertos en comunicación política– es cómo construir confianza y diseñar estrategias para instalar nuevas certezas y nuevas “religiones”. Y saben que, además, hay lealtades fuertes y otras débiles. En una básica conclusión se advierte que la "fe" o la "creencia" tiene, entonces, distintos grados de vigor o fortaleza. Cuando la "fe" es fuerte, es muy difícil que sea perforada por la evidencia crítica, aunque esta funciona en zonas de lealtades débiles, escepticismo, ciudadanos con ausencia de “fe” o que tienen “fe” en otras cosas que ofrece el menú de la vida.

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