Unanimidad sospechosa
Nada más sospechoso que la unanimidad. El reciente VIII Congreso del Frente Amplio, mejor dicho, su instancia final de sesiones durante el fin de semana pasado, dejó un rastro de diferentes visiones según donde se mire, donde se lea o escuche. Toda organización partidaria reconoce la importancia de la construcción de un relato que refuerce elementos positivos mediante una retórica adecuada.
Leonor Arfuch (1945-2021) fue profesora titular de la materia Política, nueva subjetividad y discurso. Problemas teóricos y debates contemporáneos, en la cátedra de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA en Argentina, y se destacó internacionalmente por su producción de conocimiento sobre las subjetividades, lo autobiográfico y las interrelaciones entre narrativa, identidad y memoria. Uno de sus conceptos es el de "polifonía" en la construcción de identidad, algo que es aplicable a individuos pero también a organizaciones.
Expone una dimensión narrativa constitutiva de la identidad que también incluye una ficción que se expresa en el relato "porque no hay identidad fuera de la narrativización de la ficción de sí mismos". Esa cuota de ficción no significa mentira sino un proceso complejo de construcción permanente. Toda organización lo realiza, no sin claroscuros ni contradicciones, aunque nunca falten quienes prefieran lo monolítico en versión panegírica.
El ejercicio implica poner énfasis en lo que se quiere resaltar y diluir lo que no quiere ser mostrado o asumido. En favor de esa lógica, el discurso en este tipo de rituales suele repasar rasgos identitarios que apuntalan el presente y proyectan esa suerte de radiación cósmica, como si la luz de las estrellas del pasado iluminara el futuro. De ahí la usual referencia a nombres que integran el panteón de la fuerza política. Uno de los problemas radica en la dificultad de nombrar, porque, contradiciendo a la poeta, nombrar no alcanza y no nombrar suele decir mucho.
La decisión de mantener a Fernando Pereira en la Presidencia del FA no solo es merecida sino que no estaba realmente en discusión, más allá de que nunca faltan disconformes. Seregni jamás cosechó unanimidades y menos quienes le sucedieron. Sin dudas supo jugar un papel muy importante después de la dura derrota electoral de 2019 y aportó a dinamizar al FA, sobre todo, al frente del Movimiento Sindical con la pueblada de juntar las firmas contra la LUC cuando algún precandidato orejeaba y se miraba el ombligo. Pero como tampoco es perfecto, lo más honesto es analizar y criticar de frente.
Análisis crítico del discurso
Por ejemplo, el discurso inaugural de Fernando Pereira fue correcto pero mostró un par de carencias llamativas. Esa larga lista de nombres de dirigentes anteriores expresó lagunas de olvido. Por ejemplo, en una sucesión de personalidades que aportaron al Frente Amplio desde diferentes corrientes, la abrumadora mayoría fueron hombres. Alguien con sensatez dirá que eso es porque en el pasado la gran política estaba protagonizada en las alturas partidarias por varones y la presencia de la mujer era escasa a esos niveles.
Bien puede ser un argumento que exprese aquella situación pero eso deja en claro lo poco que se comprende la importancia de aplicar en la actualidad una lógica diferente que permita visibilizar una riqueza que en el pasado estaba oculta. No hacerlo, no es ser fiel a unos hechos sino reproducir fósiles. Es caer en la repetición que mantiene la invisibilización cuando ya no refleja ni siquiera aquella realidad que siempre fue más rica y diversa que el relato patriarcal que construyó. No solo ya no es necesario, es un tic torpe olvida y discrimina, haga quien lo haga.
Y no es que Fernando sea un discriminador serial contumaz, que no lo es, sino que reproduce un sentido común, una lógica impuesta desde tiempos inmemoriales y heredada que suele entenderse aún hoy como lo normal y natural, cuando jamás lo fue. Nos ha pasado a todos o casi y hay que agradecer la posibilidad de aprender, sobre todo de aquellas mujeres que supieron estar y las que hoy nos demuestran saberes y rebeldías imprescindibles y bienvenidas. Lo demás es recitado, gesto repetido abonado por milenios pero, ante el cual, ser de izquierda exige extirpar.
Por ejemplo, sin negar la lista de varones recordados, aunque se notó la ausencia de Hugo Cores, por nombrar uno, y por solo citar algunos nombres ineludibles, a la hora de repasar a nuestros muertos más recientes es incomprensible el olvido de Daisy Tourné, Daniela Payssé, Ivonne Passada o Susana Dalmás, entre otras, que tuvieron destaque, independientemente del mucho o poco acuerdo con algunas de sus posiciones en sus largas trayectorias.
Fui, soy, seré
Pero la falta mayor en el discurso fue respecto del feminismo, tal vez, o sin tal vez, el movimiento más fermental de la izquierda en los últimos años, seguido por el ecologismo. El último fue apenas esquivado, y sobre el primero llama poderosamente la atención el salto retórico que lo amputó. En un momento Pereira reafirmó la definición antimperialista del FA, lo que viene muy bien ante tantas actitudes torpes a nivel de gobierno. Sin embargo, lo siguiente parecía desembocar sin vueltas en la definición antipatriarcal, pero no apareció nunca. En su lugar, la mención al feminismo se redujo a la alusión a la violencia de género.
Vaya si será importante remarcarla, pero acotarla a ese universo perverso implica amputar a un movimiento que hoy atraviesa transversalmente a toda la izquierda y la sacude de manera ejemplar poniendo el cuerpo, pero también ideas y nuevas prácticas. Ahí están los feminismos, en plural, también por sus contradicciones por las que suelen pasar todos los movimientos que subvierten la realidad, a condición de que tarde o temprano asuman desafíos que se les presentan.
Por ejemplo, para los feminismos, sigue ahí la difícil resolución de cómo avanzar sin caer en la instalación de mujeres que aupadas en la ola de la lucha de miles, se encaraman en altos puestos dirigenciales negando esas luchas y siendo funcional al sistema patriarcal que las coopta y posiciona.
"Y bien
que todo siga en su rumbo,
aunque se viva a los tumbos
sin darnos cuenta",
Los Zucará
Lo otro que le faltó al discurso es fermento crítico. Una fuerza política debe asumir la condición de defender y apuntalar con fuerza a su gobierno, a la par de exigir alguna reciprocidad aunque sea de vez en cuando, que no estaría nada mal. El último affaire de Orsi sobre la eterna fiscal de Corte, Mónica Ferrero, y la negociación de altos cargos de contralor en el Estado vuelven a dejarlo en orsai.
Por eso lo que nunca debe faltar es el espíritu crítico que ayude al avance, que fermente las ideas y la renovación, que sea audaz para integrar miradas y desterrar puntos ciegos que suelen mermar la visión, cuando no cegarla. No ya en lo que se patina; cada cosa que se hace bien desde el gobierno y a nivel partidario, puede ser festejada como logro pero siempre exige renovar el análisis. Sobre todo porque cuando algo modifica la realidad para bien, ese cambio implica una nueva realidad a seguir transformando. Lo otro es dormirse en los laureles.
Cuando se avanza en algunos temas claves, como que los ricos paguen más, y triunfa abrumadoramente la idea del impuesto del 1 % a los ultrarricos se remarca que nada ni nadie puede detener ese debate tan necesario, porque vaya si se lo quiso frenar y denostar con torpes argumentos desde que surgió en las bases sociales de la izquierda. Pero resulta que al otro día, en la mañana del lunes, sale la vicepresidenta Verónica Piñeiro a descartar su posible aplicación durante todo este período de gobierno, lo que no estaba en la moción aprobada y es obvio que dependerá de tal debate. Sin embargo, se sale despavorido a repetir la monserga de que una cosa es la fuerza política y otra el gobierno, perogrullada gigante que cualquier militante es capaz de exponer con mucho más dialéctica y sentido común en cualquier comité de base, en comparación al uso que alguna dirigencia repite con liviandad y escasa profundidad teórica y práctica.
Sobre todo porque hay variopinta experiencia internacional y a nosotros ya nos pasó. Y no fue que el partido se tragó al Gobierno sino al revés, que el Gobierno se tragó a la fuerza política, y vaya si lo pagamos con la suerte de nuestro pueblo sufriendo años de restauración conservadora.
Un congreso Rashomon expresa esa diversidad de testimonios, más allá de que también hay poses infantilistas, maximalismos varios y sueños de saltos de siete leguas que deberían ser capaces de mirarse a un espejo y preguntarse por qué será que nunca les sigue nadie. Porque por más lucidez propia que se autoproclame, si no se es capaz de transformar una correlación de fuerzas ni siquiera entre los más cercanos, algo patina y la explicación no es inventar conspiraciones. La culpa nunca la tienen siempre los demás.
Eso sí, una cosa es la riqueza que mantiene la izquierda uruguaya y su enorme acumulación histórica; una cosa son los muchos matices y miradas contrastantes y la participación de miles discutiendo y aportando, algo que no puede hacer ningún otro partido político uruguayo ni por asomo, ni tampoco quieren.
Pero otra cosa es la imposición de relatos basados en el no hagan olas, porque solo lleva al seguidismo, a la repetición y al anquilosamiento que, por más que grite "somos, vamos, vemos", se termina no viendo los desafíos presentes ni el futuro que se viene encima de seguir así. Si eso se impone, a la larga, no vamos. Y lo peor, en algún momento ya no somos. Sería imperdonable que nos suceda.