La pregunta que surge es ¿Por qué se tiran a un costado? La respuesta es que así quedará claro que hizo el esfuerzo e intentó parar el balón. Existe una lógica muy arraigada, sobre todo en los hinchas muy fanáticos pero poco conocedores de los movimientos que exige el fútbol, para los cuales si un portero se queda quieto es sinónimo de displicente o directamente un cobarde bajo los tres palos.
Por lo tanto, quedarse en el centro ante un tiro penal equivale a quedar expuestos ante una hinchada torpe que exige sacrificio. La acción expresa el jugar para la tribuna. Se le denomina sesgo de acción a preferir moverse aunque quedarse en el centro sea más efectivo. Los penales que van al centro suelen ser gol porque casi ninguno se queda allí.
Elogio de la quietud
Otro aspecto radica en que quedarse quieto y esperar puede llevar a obtener mejores resultados. Un análisis interesante es el de Kira Warje, en The decision Lab, con su artículo titulado ¿Por qué preferimos hacer algo a no hacer nada? Su respuesta se basa en que hay una "tendencia a responder con la acción como una reacción automática por defecto, incluso sin una justificación sólida que la respalde
Ante situaciones personales, Warje explica que "dar prioridad a la acción sobre la inacción, sin un razonamiento suficiente que lo respalde, puede llevarnos a manejar mal una situación. Es una respuesta automática basada en el impulso y no en la lógica. Si tomamos una decisión sin tener en cuenta toda la información posible, el sesgo de acción puede llevarnos por un camino menos eficaz, comprometiendo nuestro resultado".
En tanto que para efectos sistémicos, indica que "en nuestra sociedad, el sesgo de acción propaga la creencia de que los que no actúan tienen la culpa. Incluso si actuar no resulta como esperábamos, podemos racionalizar que habría sido peor si no hubiéramos hecho nada (aunque no sea así). Este razonamiento refuerza nuestra visión de la acción como superior a la inacción, creando un ciclo interminable de malas decisiones".
Warje recuerda que este sesgo de acción es muy antiguo en los seres humanos y tuvo un papel relevante en la época en que éramos cazadores y recolectores, cuando ese impulso fue importante en la adaptación y transformación del ambiente en que se actuaba. Sin embargo, en la sociedad actual es menos necesario para la supervivencia.
Siguiendo el razonamiento de Anthony Patt y Richard Zeckhauser en "Sesgo de acción y decisiones ambientales" (publicado en Journal of Risk and Uncertainty en el año 2000) la experiencia humana tiende a premiar a quienes más actúan o participan en detrimento de quienes permanecen quietos o callados, lo que suele reforzar estos comportamientos aunque no aporten mucho. Es decir, que la acción tiende a ser recompensada y la inacción castigada, aun cuando hay muchas situaciones que requieren y exigen no hacer nada, o queda claro que actuar a las apuradas no lleva a la mejor opción. Pero esto influye en la toma de decisiones en la que terminan pesando comportamientos arquetípicos producto de contextos muy diferentes a nuestras reales posibilidades.
Las apariencias engañan
Estos autores propusieron que un problema es la adopción de medidas innecesarias en la formulación de políticas. Por ejemplo, se proponen, y a veces se aprueban y toman, medidas legislativas o del poder ejecutivo que dan la impresión de que se está haciendo algo, "cuando en realidad los efectos son mínimos. Nuestro sesgo hacia la acción puede hacer que aplaudamos estas acciones vacías, aunque el político no esté haciendo ningún progreso real" afirman. Un ejemplo es la prédica de supuestas medidas contra la inseguridad, basadas en la propagación del miedo, cuando existe profusa evidencia teórica y empírica de no aportar una mejora o son directamente contraproducentes.
Por otro lado, desde la psicología social, Rolf Dobelli, en un capítulo del libro: “El arte de pensar” expone el Síndrome del legislador improductivo. "Primero, el legislador se siente mejor si presenta proyectos de ley y consigue que se aprueben. Así puede justificar su sueldo y presentarse a los electores como una persona diligente y trabajadora. Segundo, la opinión pública espera que el legislador haga la mayor cantidad de leyes" porque nadie aplaude el no hacer nada, aunque sea aparente, ya que el trabajo legislativo se compone de una participación mucho más profunda en las comisiones.
Es allí donde se reciben posturas de la sociedad, se debate sobre propuestas y se elabora la verdadera producción legislativa, a la vez que se frenan intentos que pueden ser perjudiciales para los intereses que se representan y defienden. Sin embargo, los medios de comunicación hegemónicos soslayan ese trabajo y visibilizan el cruce de palabras en cámara y ante cámaras. El sesgo de los algoritmos no es algo nuevo, existía un sesgo mediático amparado en que la noticia es que el hombre mordió al perro. Pero ese sesgo no es solo periodístico, es político y funcional al poder.
Acciones en la política
Trasladando este sesgo de acción a la política, actuar por múltiples presiones expone que muchas acciones se realizan sin fundamentación respecto de su efectividad en la práctica, más allá de la incertidumbre siempre presente en lo que se haga. Esto se da tanto en la actividad de gobernar como en acciones partidarias quedando muy evidente cuando se intenta jugar para la tribuna.
Las presiones en la actividad política suelen llevar a la necesidad de hacer o mostrar que se está haciendo algo. Shakespeare le hace preguntar a un personaje ¿Qué es gobernar?, a lo que el Rey Lear responde: es correr de un lado para otro haciendo creer que estamos haciendo algo.
En la comunicación política también se expresan estos fenómenos. A menudo se considera un error la ausencia de comunicación, más allá de que más de una vez funcionó bien cierto "profundo y prolongado silencio". Parafraseando a Marx (Groucho y no Carlos) más vale quedarse callado y pasar por imbécil que abrir la boca y despejar toda duda al respecto.
Por eso darle la importancia justa a comunicar bien no debe olvidar que cierta facilidad para la producción y difusión de discursos mediante nuevas tecnologías tiende hacia una comunicación constante, sin comprender que existe un riesgo de producción excesiva (ver El síndrome Gerd Muller en Caras y Caretas del 17-2-2023) que conlleva el peligro de la sobreexposición producto de una ansiedad por el destaque que se autopercibe como necesaria.
Razón, emoción, repetición
Max Weber definía tres tipos de acciones políticas: las basadas en la racionalidad, en la emoción o en una tradición. Las primeras tienden a una fundamentación analítica que puede incluir un estudio científico; las segundas están permeadas por lo afectivo e implican una pulsión pasional que suele ser bien vista aunque también sobrevalorada; y las terceras son acciones ancladas en un comportamiento ritual repetitivo que tiene una fuerte ligazón con la construcción de identidad y un deber ser. Dicho esto más allá de que no existen acciones puras sino que mezclan componentes muy difíciles de disociar.
Los que caminan despacio y los que vienen corriendo
El Frente Amplio inicia el viernes su VIII Congreso. Como órgano de máxima decisión dentro de la orgánica partidaria implica un proceso de participación previa del que su reunión conjunta es la instancia final. En términos estatutarios exige disposiciones que regulan su funcionamiento y establecen la participación activa de todos los niveles de la fuerza política.
Esperemos que prime la participación real y profunda, la multiplicidad de miradas más allá de la importancia de la correlación de fuerzas concreta, para que su legitimidad trascienda lo formal y se ancle en un sentido político para la acción, no como dogma sino como guía para la transformación de la realidad.
Cualquier síntoma de jugar para la tribuna correrá el riesgo de divorciarse del análisis concreto de la situación concreta. Lo mismo cuenta para el peligro de caer en un elogio de la quietud o de la moderación, más allá del peso de los contextos internos y externos y de la imprescindible necesidad de pensar lo que se dice, porque hay que recordar que Seregni lo hacía indisoluble del decir lo que se piensa y, sobre todo, del hacer lo que se dice.
Porque así como es bueno extirpar o reducir el sesgo de la acción para no moverse por aparentar que algo se está haciendo, también hay que desterrar el elogio de la quietud. Incluso cuando se basa en la aparente sabiduría del ir despacio con su eterna promesa de ir más lejos. Porque si esa actitud termina siendo funcional a quienes dirigen se impondrá como un nuevo sesgo.
Si algo enseñan algunas tradiciones en la izquierda, es el control de una élite que determina el cómo y el cuándo. Si lo que se hace (o no se hace) solo es determinado por quienes detentan un lugar preponderante, por más legítimo que haya sido su ascenso, y no por las necesidades de quienes necesitan los cambios, el ritmo no solo será lento; es muy probable que vaya mal el rumbo. Así se abonó más de un divorcio entre la jerarquía política y la fuerza social que la sustenta, hasta que deja de hacerlo, claro está.
En el fútbol y en la política, la opinión pública mimetizada como tribuna y los medios de comunicación exigen acción al igual que al arquero le presionan para que se tire. Incluso valorando su movimiento cuando la pelota entró por el centro donde estaba parado. Pero mientras que en el fútbol, el sesgo de acción del arquero solo afecta el marcador de un partido o, a lo sumo, define un campeonato; en la política tiene un costo social real que se mide en leyes o medidas perjudiciales para los intereses de la mayoría necesitada, cuando no, en una lentitud que abona la percepción de que no se avanza. Por eso siempre vale recordar aquella máxima de Brecht que decía: "ante los irreflexivos que nunca dudan, están los reflexivos que jamás actúan". No deberíamos ser de los unos ni de los otros.