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Sociedad

Nos dijeron que la revolución ya fue

«La revolución es imposible hasta que se vuelve inevitable». León Trotsky

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Caras y Caretas Diario

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Que las manifestaciones no servían para nada. Que las ideologías habían envejecido y que las nuevas generaciones ya no estaban interesadas en cambiar el mundo.

Nos dijeron, sobre todo, que la juventud no reaccionaba.

Que estaba distraída, pendiente de una pantalla, de una imagen, de un consumo inmediato. Habiendo cambiado las banderas por las marcas y las convicciones por los seguidores. Y de pronto, la Puerta del Sol, Madrid.

La gente ocupando las calles. Los cuerpos reunidos. Las voces multiplicándose. Jóvenes que se organizan, que discuten, que se reconocen en el malestar de otros.

¿Dónde estaban?

Estaban intentando imaginar un futuro que parecía pertenecerles cada vez menos.

Y estaban aprendiendo algo que ninguna generación puede enseñar completamente a otra: que una injusticia vivida individualmente puede convertirse en una fuerza política cuando empieza a reconocerse como una experiencia colectiva.

Cada generación tiene derecho a inventar su propia desobediencia.

Porque hay algo que ninguna innovación tecnológica ha conseguido resolver: la desigualdad. Podemos comunicarnos instantáneamente con cualquier lugar del planeta, y seguimos sin poder garantizar una vivienda digna. Podemos producir imágenes de futuros extraordinarios mientras miles de personas no saben cómo llegar a fin de mes.

Nos prometieron libertad y nos entregaron incertidumbre.

Nos hablaron de oportunidades mientras convertían derechos en mercancías.

Y cuando alguien protesta, aparece inmediatamente la pregunta disciplinadora: ¿Por qué no trabajan en lugar de manifestarse? Como si protestar fuera lo contrario de trabajar. Como si la democracia consistiera únicamente en votar y después regresar a casa.

Hay una violencia silenciosa en responsabilizar individualmente a las personas por problemas que tienen dimensiones colectivas.

Si no conseguís trabajo, no te esforzaste lo suficiente.

Si no podés pagar una vivienda, administraste mal tu dinero.

Si estás agotado, no supiste organizarte. Si protestás, sos un exagerado.

Siempre la responsabilidad recae sobre el individuo, nunca sobre las condiciones que organizan su existencia.

Por eso me interesa esa imagen de la plaza ocupada.

Porque allí ocurre algo que el individualismo no puede administrar completamente: las personas descubren que no están solas. Que comparten la angustia.

Que aquello que vivían como una derrota privada puede convertirse en una pregunta pública.

Una plaza no resuelve por sí sola una crisis social. Una manifestación tampoco garantiza transformaciones. Las protestas pueden dispersarse, equivocarse, agotarse. También pueden abrir discusiones que parecían clausuradas.

La indignación encuentra un relato propio. No es el relato fabricado por los asesores de comunicación, ni las palabras seleccionadas para producir una reacción favorable, ni los discursos de quienes contratan especialistas para averiguar cómo debe percibirse lo que sucede afuera.

La realidad irrumpe sin pedir permiso.

Una mujer de 87 años enfrenta la pérdida de su vivienda. Y una generación que todavía no sabe si alguna vez podrá tener un techo propio, sale a la calle. Entre esa mujer y esos jóvenes hay décadas de distancia, pero una pregunta compartida: ¿cuándo dejó de ser un derecho aquello que necesitamos para vivir?

Quizás lo más significativo de esta acampada sea precisamente ese encuentro entre generaciones.

La injusticia no tiene edad. La solidaridad tampoco.

Me pregunto cuántas veces habremos declarado muerta una forma de resistencia simplemente porque no sabíamos reconocerla. Cuántas veces confundimos nuestra decepción con el fin de la historia.

Tal vez la revolución no llegue con las imágenes que imaginábamos. Tal vez no tenga una dirección única, ni una estética reconocible, ni siquiera una palabra capaz de reunir todas sus contradicciones.

Tal vez comience de una manera mucho más sencilla.

Con alguien que dice: “No puedo más”. Y otro que responde: “Yo tampoco”.

Y una tercera que propone: “Entonces hagamos algo”.

Lo que sí sé es que la desobediencia no es una amenaza contra la convivencia. A veces es exactamente lo contrario: una manera de defender aquello que permite vivir en comunidad. Desobedecer puede ser una forma de responsabilidad colectiva cuando obedecer significa aceptar la injusticia.

Sé que Madrid no es Montevideo, ni Buenos Aires, ni Bogotá, ni Tacuarembó. Las ciudades tienen sus propias memorias, distintas; sin embargo, las desigualdades empiezan a parecerse demasiado.

En tiempos de una derecha globalizada, de presidentes que repiten discursos, enemigos y estrategias, las resistencias empiezan a reconocerse más allá de las fronteras.

Durante décadas nos explicaron las desigualdades a partir de las diferencias entre el primer y el tercer mundo. A pesar de las diferencias, vuelve a hacerse visible una disputa que atraviesa las fronteras: ¿quién concentra la riqueza, quién administra los derechos, quién decide qué vidas merecen un presente y un futuro?

La izquierda y la derecha no han desaparecido, como tampoco han desaparecido el bien y el mal. Para ponerlo en términos bien claros.

Y el bien se defiende tomando posición, comprometiéndose, reconociendo que la vida ajena también nos concierne.

Hay algo profundamente político en una generación que decide no aceptar como destino aquello que otros presentan como inevitable. No sabemos qué conseguirán, cuánto durarán sus protestas ni qué podrán provocar. Quizás la pregunta sea: ¿por qué nos acostumbramos a creer que ninguna revolución es posible?

Y lo imposible empieza a discutirse.

Por Marianella Morena